¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

Iraqi_insurgentsDesde el mundo occidental, y más aun en los tiempos que corren, se tiene una visión bastante parcial y sesgada de lo que significa el Islam, tanto en lo religioso como en lo cultural, social y político. En efecto, nuestra imagen actual del islamismo se ha formado a través de largos siglos de división, prejuicio, hostilidad y resentimiento mutuo, y el occidente cristiano (o incluso laico) tiende a ver el mundo islámico –o árabe para ser más concreto– como un mundo arcaico, anclado en las tradiciones y costumbres del pasado, y más bien fanatizado y agresivo, cuya última expresión anti-occidental es el extremismo político ligado al integrismo religioso, que ha conducido finalmente al llamado terrorismo yihadista, tan denostado como símbolo de una maldad irracional que quiere destruir la civilización mundial. 

No voy a extenderme en este último fenómeno, que ya abordé en una entrada anterior, y que a mi entender no es más que un montaje de los poderosos que dominan el planeta para crear inestabilidad, conflicto, miedo y amenaza, todos ellos elementos muy útiles para el control de la población y la implementación de grandes planes globales de ámbito social, político y económico. Dicho de otro modo, el islamismo radical moderno es realmente una creación artificial que ha sido utilizada para captar fieles, acólitos o mercenarios y fomentar guerras y conflictos allá donde es necesario para obtener unos determinados efectos deseados.

En todo caso, el poso para justificar esta hostilidad ya existía desde hace mucho tiempo, desde el mismo momento en que surgió el Islam, a inicios de la Edad Media. Las grandes preguntas ahora serían: ¿De dónde viene este recurso al fanatismo religioso o a la guerra santa? ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Por qué se produjo ese fuerte antagonismo entre el mundo cristiano y el islámico? ¿No será que el mundo cristiano tuvo su parte de culpa y utilizó a Dios –o la religión por extensión– de la misma forma torticera para llevar a cabo cualquier política agresiva? Estamos, una vez más, ante la lógica perversa de la acción-reacción.

damiette
Desembarco de cruzados en tierras musulmanas

En mi faceta de historiador he examinado esta cuestión y coincido con la opinión de varios expertos que han considerado que hay claramente un antes y un después en esta relación de confrontación ligado a la época de las Cruzadas, que –como es obvio– ha tenido dos lecturas bien distintas, según quién explicara los hechos. En el mundo occidental se mantuvo durante siglos una visión estereotipada de tal acontecimiento histórico, que duró más o menos dos siglos, y se vendió –sobre todo por las crónicas y la literatura– como una heroica gesta de reconquista de los Santos Lugares frente a los pérfidos infieles. Ahora bien, ¿Qué sabemos del punto de vista árabe-islámico? ¿Cómo vivieron los seguidores de Mahoma la agresión en nombre del dios cristiano? Vamos a remontarnos un poco en la historia y comprenderemos que lo que subyace en el conflicto es el enquistamiento de una vieja rencilla, basada en los mutuos agravios que acabaron por producir una fuerte separación ideológica y una especie de “superioridad moral” de unos frente a otros, lo que consolidó la ya citada dinámica de acción-reacción.

Si nos vamos al Mundo Antiguo, existían entonces muchas religiones, la gran mayoría politeístas, y en general, los pueblos antiguos convivían con esa variedad de forma normal en un ambiente de relativa tolerancia (aunque no siempre). Por ejemplo, durante el Imperio Romano coexistían cultos de todo tipo, los propios del mundo grecorromano, pero también los cultos paganos locales de muchos pueblos conquistados, más las grandes religiones de la parte oriental del Imperio. Sólo la religión judía se mostraba como más apartada de esa diversidad y tolerancia, pues el dios de los judíos era considerado el único dios verdadero (lo que implicaba una oposición férrea al politeísmo). Tal dios no era el de todos los hombres sino el dios de un pueblo en concreto, que además propugnaba la destrucción o el sometimiento de los enemigos de Israel, según se puede apreciar en el Antiguo Testamento.

Constantinus_I
Constantino I

En esta tesitura llegó el cristianismo con el cambio de era, y también se posicionó como una religión exclusivista con un único dios verdadero, y que por ende rechazaba el culto al emperador, lo que le condujo a ser una religión perseguida durante al menos 300 años. No obstante, la llegada al poder del emperador Constantino a inicios del siglo IV dio un vuelco a la situación político-religiosa del Imperio. Tras el primer Concilio de Nicea, Constantino consigue unificar las diversas tendencias cristianas existentes y crea una uniformidad religiosa –lo que sería el culto católico– marcando una clara separación entre lo admisible y lo rechazable (la herejía). De este modo, el pujante cristianismo pasó de ser un culto perseguido a un culto preferente unido al poder político imperial, si bien la oficialización del cristianismo como religión del imperio no llegó hasta el emperador Teodosio, a finales del mismo siglo.

Desde ese momento, el poder religioso y el político en Occidente fueron de la mano, y los Papas y obispos se convirtieron en figuras de poder y de influencia, y muchas maniobras políticas –en las que estaba incluido el recurso a la guerra– pasaron a justificarse por motivos divinos. Esta situación no cambió con la caída del imperio occidental, pues el poder religioso siguió en su puesto como firme bastión de la civilización y los pueblos germánicos adoptaron el cristianismo precisamente para incorporarse a la antigua legitimidad político-religiosa imperial. Entretanto, en Oriente hubo un pequeño cataclismo cuando los persas paganos invadieron la casi totalidad del imperio –incluyendo Tierra Santa– a inicios del siglo VII, pero el emperador bizantino Heraclio contraatacó, recuperó todo lo perdido y devolvió la reliquia de la Vera Cruz a Jerusalén, que había sido tomada como trofeo por los persas. Este fue el primer referente cristiano de la lucha por la posesión de los Santos Lugares, que eran considerados como patrimonio exclusivo de los cristianos.

Mahoma y seguidores
Mahoma y sus seguidores

Acto seguido, aparece en escena el Islam que, aprovechando la debilidad de los dos grandes imperios de la zona tras un largo conflicto, adquiere el control de Oriente Medio mediante la yihad o guerra santa. Así, en apenas unos 30 años, liquidan al imperio persa e invaden la mayor parte del imperio bizantino, tomando violentamente Jerusalén en el 638. Aquí se reproduce una vez más el mismo patrón religioso. Nace una religión monoteísta derivada directamente de la tradición judía, con algunos toques cristianos, pero con la misma tendencia a la imposición dogmática y a la expansión mediante la guerra, lo que unía por enésima vez los objetivos políticos y económicos con los religiosos. Según nos narra la historia, Mahoma no fue el único profeta monoteísta en aquella época y región, y por ello existieron rivalidades y desencuentros para obtener el máximo poder en Arabia. En esta situación, Mahoma optó por llamar a la guerra como factor aglutinador de voluntades bajo su mando, haciendo que la unificación religiosa fuera en paralelo a la expansión política y militar, lo que le hizo evolucionar y desmarcarse de muchas herencias judías y cristianas para modelar una religión con unos rasgos propios más marcados.

De este modo, el Islam se convierte en una extraordinaria maquinaria de poder en Oriente, que no duda en recurrir a la fuerza y al exterminio del enemigo cuando es necesario, a fin de imponerse como referente político y religioso. La guerra, pues, se establece como instrumento divino plenamente justificado para alcanzar la meta de la conquista de todo el orbe. Así por ejemplo podemos leer en el Corán lo siguiente:

“Matad a los que no creen en Allah ni en el Día último y no se vedan lo que vedó Allah y Su enviado y no cumplen la ley de la verdad, a aquellos que recibieron el Libro hasta que no paguen el tributo y se sometan en todo.”[1]

expansion_islam
Expansión del Islam entre los siglos VII y VIII

En suma, a los conquistados sólo les quedaba la opción de convertirse o quedar marginados y sometidos a tributo (cuando no asesinados). Esto explica de alguna manera el éxito fulgurante del Islam en sus primeros tiempos, cuando había aún todo un mundo por conquistar y saquear. Con todo, con el paso de los años quedaron en territorio islámico –incluyendo la Península Ibérica– pequeñas comunidades judías y cristianas en un régimen de sumisión, si bien con cierta tolerancia. Ahora bien, por otro lado, el Islam dejó de ser la religión de unos semi-salvajes nómadas y se impregnó de todas las estructuras y refinamientos de las dos grandes civilizaciones que había derrotado: el imperio persa sasánida y el imperio bizantino grecorromano. Esto hizo que tras unos primeros siglos de guerra de expansión, el Islam se fuera apaciguando y se “aburguesara” en muchos aspectos, desarrollando una rica civilización que destacaba en las ciencias, las artes y la tecnología, habiendo recogido también gran parte del conocimiento clásico que estaba medio olvidado en el bárbaro Occidente germánico.

Así pues, el califato de Bagdad se consolida como gran potencia mundial con su centro en Mesopotamia y en convivencia-competencia directa con el imperio bizantino, al cual combatía pero también admiraba y respetaba como heredero del antiguo Imperio Romano. De hecho, los musulmanes llamaban a los cristianos orientales rum (o sea, los romanos). En cuanto a las remotas tierras del este, el occidente de los reinos germánicos, el contacto fue mínimo si exceptuamos la época de la conquista de Hispania y de parte del reino franco, que tuvo lugar en el lejano siglo VIII. En este caso, los árabes englobaban conceptualmente a esa cristiandad occidental medio bárbara en el término frany o ifrany, esto es, los francos o franceses.

Y es justo en ese momento de apogeo islámico cuando se produce el gran choque de trenes entre la Cristiandad y el Islam. De repente, pasado el año 1000 del calendario cristiano, surge en Occidente un gran fervor religioso y una llamada a acudir a Tierra Santa, y no sólo en pacífica peregrinación sino también con ánimo de reconquistar el terreno sagrado a los infieles y liberar Jerusalén. Este movimiento “popular” fue fomentado ávidamente por parte de las autoridades políticas y religiosas –empezando por el Papado– y se convirtió en una aventura político-militar al grito de “¡Dios lo quiere!” (hoy diríamos que es un eslogan político) que aunaba voluntades para organizar una enorme marcha de peregrinos y soldados con el objetivo de llegar a Jerusalén y retomar la ciudad para el orbe cristiano.

damascus_gate_jerusalem_gate
Puerta de Damasco de la ciudad antigua de Jerusalén

En este contexto, parece evidente que bajo el pretexto del entusiasmo religioso –que muchos podían sentir de forma sincera– se escondían claros intereses expansionistas de los grandes poderes occidentales, como han señalado varios historiadores, enfocados a obtener tierras, recursos y posesiones estratégicas en Oriente Medio, sobre todo de cara a tomar el control del comercio con el Lejano Oriente. A todo esto se unió la necesidad por parte del imperio bizantino de salvaguardar su integridad, pues había sido duramente derrotado en la batalla de Mazinkert (1071) y estaba a merced de los turcos selyúcidas, que se habían extendido por gran parte de Asia Menor. Para rechazar esta grave amenaza, el emperador Alejo Comneno pidió ayuda militar a Occidente a fin de preservar sus fronteras y fortalecer el imperio. En este momento, todas las piezas empezaron a encajar para producir un escenario de guerra a gran escala entre el mundo cristiano y el musulmán.

Así, a finales del siglo XI se presentó en Asia Menor una gran multitud de cristianos occidentales en que había una muchedumbre de peregrinos, liderados por un clérigo llamado Pedro el Ermitaño, y un fuerte contingente de hombres de armas, conducido por el noble francés Godofredo de Bouillon. Frente a esta amenaza, no existía entonces en Oriente Medio un fuerte poder unificado y centralizado musulmán, aparte de la mera autoridad nominal del califato. De este modo, los entonces llamados cruzados (por llevar cosida una cruz sobre el pecho) penetraron en territorio musulmán y pese a algunos reveses parciales no tuvieron mayor problema para tomar una gran ciudad como Antioquia en 1098.

Pero el plato fuerte vino con la toma de la propia Jerusalén el 15 de julio de 1099, tras unos 40 días de asedio. Allí se produjo una terrible matanza y saqueo generalizado, y no se respetaron las vidas de mujeres, niños o ancianos. Fue un exterminio en toda regla. Sólo unos pocos refugiados lograron huir de la masacre para poder explicar en Damasco lo sucedido en la Ciudad Santa. Los testimonios fueron tan duros que al momento provocó un enorme impacto en el mundo islámico; en realidad casi podríamos hablar de trauma. Los frany habían entrado a sangre y fuego en la ciudad y no habían mostrado ninguna piedad, confirmando así otros relatos de conducta salvaje de estos invasores.

Por otra parte, el emperador de Constantinopla se quedó de piedra al comprobar que los cruzados no sólo no le retornaban los territorios reconquistados, sino que tenían la firme intención de quedarse en aquellas tierras y fundar reinos independientes. Y más adelante, el propio imperio bizantino sufriría en sus carnes la traición occidental, cuando Constantinopla fue tomada con gran violencia por los cruzados en 1204. De hecho, hubo saqueo generalizado y degollina de miles personas durante varios días, a pesar de que allí todo el mundo era cristiano. Los bizantinos tardaron más de medio siglo en recuperar el control de su capital, no si gran esfuerzo, y ya quedaron reducidos para siempre a una potencia de segundo orden.

6948166116_c26319a91e_o
Estatua de un caballero templario

Sea como fuere, ya después de esta primera Cruzada, quedó bien claro que la apelación a Dios y la toma de Jerusalén era una mera excusa para la guerra de conquista en Oriente, pues los cruzados ya se habían establecido sólidamente en el levante mediterráneo, con varias plazas fuertes, y pretendían ampliar su territorio, sobre todo hacia Siria y Egipto, aprovechando la debilidad y la división entre los musulmanes. Para ello contaban con la llegada de refuerzos y con la aportación inestimable de las nuevas órdenes religiosas de carácter plenamente militar, como los caballeros Hospitalarios y sobre todo los caballeros Templarios. Este afán expansionista fue de hecho el origen de la segunda Cruzada, que finalmente acabó en fracaso por ser demasiado ambiciosa. Como vemos una vez más, el nombre de Dios se empleaba para justificar la guerra y no se separaba la cuestión política de la religiosa, haciendo honor a aquel dicho de “A Dios rogando y con el mazo dando”.

A todo esto, el mundo islámico apenas pudo reaccionar en un principio, pues aún seguía enfrascado en conflictos internos y rivalidades políticas en que cada uno buscaba su propio interés, lo que podía incluir cierta condescendencia o pacto con los invasores. Sin embargo, para muchos musulmanes, el contacto con el mundo cristiano occidental les producía no poca repulsión, más allá de los hechos puramente militares, con todas sus barbaridades. Los cronistas árabes narran con perplejidad y horror cómo veían las costumbres y métodos de los occidentales, desde la práctica de una salvaje medicina de amputaciones hasta la aplicación de la justicia. En este último aspecto, cabe reseñar que en la cultura islámica, si bien las penas eran severas, se tomaba muy en serio el proceso judicial, y los cadíes –los jueces– tenían especial esmero en respetar los procedimientos, las pruebas, los testimonios, etc. No es de extrañar que quedasen impresionados por los llamados “juicios de Dios” de los occidentales, en que tras someter al reo a una situación mortal (suplicio por fuego, agua, etc.), se esperaba que la divinidad viniese en su auxilio para demostrar su inocencia.

Entretanto, en el terreno político, desde la lejana Bagdad no se veía un peligro inminente y el califato parecía estar al margen de los acontecimientos. Sin embargo, los líderes locales de las tierras que estaban en guerra con los cruzados ya estaban hartos de tanta inacción y desunión y exigían hacer algo frente a la expansión cristiana. Así, a inicios del año 1111 el cadí de la ciudad siria de Alepo se plantó en Bagdad con muchos de sus conciudadanos, irrumpiendo en la mezquita del sultán para poner el grito en el cielo. Según narra el cronista Ibn-al-Qalanisi:

“Obligaron al predicador a bajar del púlpito y se pusieron a gritar y llorar por las desgracias que padecía el Islam por culpa de los frany que mataban a los hombres y esclavizaban a las mujeres y a los niños. Como impedían orar a los creyentes, los responsables que estaban allí les hicieron, para calmarlos, promesas en nombre del sultán: enviarían ejércitos para defender el Islam de los frany y de todos los infieles.”

De algún modo, este fue el comienzo de la reacción, si bien no fue inmediata. Pero la apelación a Dios, a Allah, ya estaba ahí, y este fue el primer paso para organizar un contraataque en forma de yihad. No obstante, todavía pasaron décadas hasta que se pudo lograr una unidad de acción eficaz bajo un fuerte mando político y militar, que culminó a finales del siglo XII con las campañas del sultán Salah al-Din (Saladino), que aún se lamentaba de la situación entre sus filas:

“¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión mientras que nosotros los musulmanes no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa.”

Sea como fuere, Saladino vino a culminar esa reacción que sólo pudo lograrse por la apelación a la guerra santa y a la reconquista de los Santos Lugares (recordemos que Jerusalén es también Ciudad Santa para el Islam). A este respecto, sabemos que el propio Saladino no tenía nada que objetar a que los occidentales organizasen peregrinaciones a Jerusalén (bajo autoridad musulmana), siempre que fueran de gentes pacíficas desarmadas. Precisamente, su gran victoria en Hattin frente al ejército de Jerusalén, en 1187, le abrió las puertas de la dicha ciudad, que cayó sin demasiada resistencia unos meses después. Cabe destacar que Saladino perdonó la vida a los habitantes de la ciudad, que pudieron marchar sin problema; asimismo, tampoco permitió que fueran destruidos los templos cristianos. Los musulmanes habían reconquistado por fin la gran ciudad santa, lo que provocó en Occidente una fuerte conmoción que dio paso a la tercera Cruzada con la intervención de varios reyes cristianos occidentales, que se marcaron como objetivo la toma de Jerusalén y el mantenimiento de los reinos cruzados en la región.

Saladin_and_Guy
Pintura que representa a Saladino con los líderes cruzados vencidos tras la batallla de Hattin

Lo que ocurrió en la práctica es que se vertió mucha sangre, pero Saladino resistió el embate y los cruzados no alcanzaron sus propósitos, a excepción de algunos éxitos aislados, como la dificultosa toma de Acre en 1191, que se tradujo en el saqueo y el asesinato de toda la población, tal como se había hecho en Jerusalén un siglo antes. No obstante, la situación de los cruzados era frágil y las plazas fuertes de los cristianos fueron cayendo una a una. En estas duras refriegas los musulmanes en muchas ocasiones pagaron con la misma moneda a los cruzados, llevando a cado tremendas escabechinas entre la tropa y la población cristianas.

Todavía se emprendieron varias cruzadas más hasta finales del siglo XIII, pero ya fueron de menor alcance y mal enfocadas, y todas ellas acabaron en sonoros fracasos. El último bastión cruzado en Palestina, la ciudad de Acre, fue tomado tras un largo asedio el 17 de junio de 1295 por las tropas musulmanas, que mataron o esclavizaron a la población superviviente. El cronista Abul-Fida da testimonio de este episodio histórico con estas palabras, que reflejan el alivio musulmán ante el cataclismo que había supuesto la invasión occidental:

“Con estas conquistas, todas las tierras del litoral volvieron íntegras a los musulmanes, resultado inesperado. De esta forma, los frany, que habían estado antaño a punto de conquistar Damasco, Egipto y otras muchas comarcas, fueron expulsados de toda Siria y de las zonas de la costa. ¡Quiera Dios que nunca vuelvan a pisar este suelo!”

Ese fue el fin de las Cruzadas, y al mismo tiempo el principio de un proceso histórico que prácticamente iba a prolongarse hasta la actualidad. Tras estos hechos, tuvo lugar un fuerte repliegue del mundo islámico en su integridad ideológica y religiosa, así como en sus valores tradicionales, frente a la impiedad y prepotencia del mundo occidental (al que identificaban con Satán). Así pues, en la política, el imperio otomano –que heredó las riendas del poder musulmán en Oriente Medio– mantuvo una gran hostilidad contra el mundo cristiano y fue capaz de tomar Constantinopla en el 1453 y de amenazar al mundo occidental hasta plantarse ante la mismas puertas de la ciudad de Viena por dos veces (en los siglos XVI y XVII).

Tintoretto.2tomaconstantinopla
Toma de Constantinopla por los turcos en 1453 (cuadro de Tintoretto)

Este desencuentro político, empero, fue poca cosa en comparación con el desencuentro social y cultural. Con el impacto o trauma de las Cruzadas, el mundo islámico se desmarcó de todo lo occidental y se refugió en su cultura ancestral basada en la religión mahometana, creando así un desapego y una desconexión ante todo lo que procedía de Occidente. De este modo, el mundo islámico quedó anclado en la Edad Media, en un marco de cierta intolerancia, integrismo, despotismo y xenofobia.

No obstante, en el otro lado, muchos cristianos aprendieron el árabe y se empaparon de la rica civilización musulmana, recogiendo sus frutos en muchos aspectos de la ciencia y el conocimiento, lo que favoreció en gran medida el progreso y la prosperidad de la Baja Edad Media en Europa. Así, mientras la Europa cristiana evolucionaba rápidamente hasta llegar a la explosión del Renacimiento, el mundo islámico se iba quedando atrás en un ambiente de cerrazón y decadencia. En Occidente fueron apareciendo nuevas ideas y grandes avances en ciencia y tecnología, y el laicismo fue abriéndose paso –no sin graves problemas– frente al dogmatismo religioso. Las costumbres, los valores y las actitudes también cambiaron y con el triunfo en Occidente del capitalismo, las revoluciones burguesas y la Revolución Industrial, el abismo entre ambos mundos se hizo ya insalvable.

Con todo, bien es cierto que ya en la época de las Cruzadas hubo personas de ambas culturas que se interesaron por la otra parte y buscaron puntos de colaboración y acuerdo, pero desgraciadamente predominó el clima de hostilidad, en una lucha a muerte por la posesión de unos territorios y por la imposición de un dogma religioso. De este modo, amparándose en la apelación a Dios (al de cada uno), ambas civilizaciones chocaron con violencia y no fueron capaces de empatizar y respetarse, si exceptuamos algunas situaciones puntuales, como pudo ser el ambiente multicultural de la ciudad de Toledo bajo Alfonso X el Sabio, donde convivían en paz judíos, cristianos y musulmanes.

Raising_the_Ink_Flag_at_Umm_Rashrash_(Eilat)
Soldados israelíes alzando una bandera en terreno conquistado a los árabes

En fin, en los tiempos modernos, Occidente ha ido arrinconando el cristianismo –y ya casi estamos a las puertas de una abierta persecución– y ha sustituido la figura de Dios por otros conceptos o lemas como “civilización”, “democracia”, “orden”, “legalidad”, “humanitarismo”, pero todo ello no ha podido ocultar la justificación del colonialismo o el imperialismo frente a otras culturas a las que tacha de inferiores o bárbaras, entre las cuales está el antiguo mundo islámico. En este contexto, se cree con el derecho de intervenir, defender sus intereses e imponer su voluntad como se ha podido comprobar en las trágicas guerras de finales del siglo XX y principios del XXI en Oriente Medio.

Lógicamente, a los que manejan el mundo les viene de primera rescatar su clásico juego de las viejas rencillas y oposiciones, y así no es de extrañar que hayan podido poner en primer plano la amenaza islámica contra Occidente en forma de terrorismo integrista y guerras locales. A su vez, el Satán occidental se ha mantenido en el imaginario árabe, y no cabe duda que la implantación del estado de Israel en Tierra Santa por parte de Occidente a mediados del siglo XX fue vista por las naciones árabes como una afrenta, una nueva invasión occidental que llevó a insertar un reino cruzado en medio de lo más sagrado del mundo islámico. Incluso el presidente Nasser de Egipto fue comparado a menudo con Saladino por haber conseguido aunar los esfuerzos árabes en contra del enemigo invasor. Lo que vino después, con ese eterno conflicto en la zona, es de sobras conocido y no voy a insistir en ello.

Como puede verse fácilmente, alguien lleva siglos hablando en nombre de Dios, en una u otra trinchera, para justificar la división, la guerra, la agresión o el imperialismo. Esto es, alguien se dedica a agitar esos fantasmas relacionados con la religión y la posesión de una cierta verdad para enfrentar a los pueblos y las culturas en beneficio propio. Llegados a este punto, no hay que reflexionar mucho para hacerse la gran pregunta: ¿Qué tiene que ver Dios –no el de las religiones– con todo esto?

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Nota: para los que estén interesados en profundizar en el tema del desencuentro entre la Cristiandad y el Islam a partir de las Cruzadas, recomiendo la lectura del clásico del autor franco-libanés Amin Maalouf Las Cruzadas vistas por los árabes (1983), que me ha servido como eje conceptual y fuente de contenidos para la realización de este artículo. Las citas literales del texto proceden de esta obra.


[1] Sura 9, 29

Anuncios

One response to “¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

  1. ¿Como contempla el mundo islámico a Occidente ?.

    La Batalla de Lepanto fue un hecho importante en la historia de occidente.

    saludos

Responder a camaleon Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s