La destrucción del mundo rural y natural

civilizacionNuestros amigos globalistas (por llamarles de alguna manera) ya llevan muchos años blandiendo su espada de Damocles sobre la Humanidad y nos recuerdan que somos demasiados, que hay una tremenda superpoblación y que eso es insostenible. En este contexto, en vez de mostrar su verdaderas cartas –las políticas de eugenesia o de genocidio– prefieren hablar de ecologismo y de salvar el planeta. En fin, ya me he referido anteriormente a este discurso perverso en que nada es lo parece y en que las palabras dicen una cosa mientras los actos apuntan en una dirección bien distinta. Y sí, mucho recurrir con grandilocuencias a la naturaleza y la ecología, pero es precisamente la conexión tradicional entre el hombre y su entorno natural la que está en peligro.

Lo cierto es que, analizando la realidad sin ningún sesgo, veremos que la Tierra está deshabitada en su mayor parte y que los ecosistemas naturales, muchos de ellos inhóspitos, aún ocupan la gran mayoría de la superficie terrestre. Dicho de otro modo: la población mundial se ha ido concentrando en los dos últimos dos siglos en grandes ciudades y megalópolis, mientras que las zonas rurales se han ido despoblando a un ritmo cada vez más acelerado. No falta espacio; tampoco faltan recursos para tanta gente. Lo que ocurre es que estamos casi todos apiñados en ciudades cada vez más grandes, deshumanizadas e insufribles, si me permiten la expresión. El objetivo final, no nos engañemos, es “almacenar” a los seres humanos en gigantescas urbes globalizadas, al estilo de la película Blade Runner.

Lo cierto es que la economía ha cambiado el mundo, haciendo que el sector primario –la agricultura y la ganadería– queden cada vez más relegadas a un segundo o tercer plano. La industria tomó el mando durante el siglo XIX, pero ya durante el XX y hasta la actualidad, el sector del comercio y los servicios (con toda la parafernalia tecnológica) acapara la actividad productiva humana. En este contexto, la pequeña producción agrícola local ha quedado cada vez más relegada a un plano marginal, mientras que la gran agricultura –que podríamos llamar industrial por sus grandes extensiones y la tendencia al monocultivo– se ha hecho cada vez más preponderante. La agricultura ha pasado a ser dominada por los grandes productores, distribuidores y mercados. El objetivo actual es abastecer las necesidades de las grandes ciudades y por ello la parte comercial, e incluso especulativa, se ha hecho la dueña de la situación.

Esta nueva agricultura moderna se ha ido alejando cada vez más de la naturaleza, con la creciente inclusión de pesticidas y otros productos químicos en la cadena de producción, por no hablar de los organismos genéticamente modificados (GMO, en inglés) que se han ido imponiendo desde finales del siglo XX. En la actualidad, la inclusión de estas semillas artificiales –a cargo de empresas multinacionales como Monsanto y Bayer– está desvirtuando la calidad de los productos naturales y amenaza con extenderse a la gran mayoría de vegetales que comemos, y eso a pesar de muchos científicos han alertado de los perjuicios para salud y para el medio ambiente de estos nuevos organismos “mejorados”. Las personas que tienen más de 40 años que comparen los productos actuales con los que comían en su niñez o juventud sabrán a que me estoy refiriendo: cambios (a peor) en la textura, el sabor, el olor, la conservación, etc. Sin embargo, la presión sobre los agricultores es enorme y actualmente sólo les queda adaptarse a las nuevas condiciones de explotación o desaparecer.

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Imagen de un mercado mayorista occidental

Si a esto le unimos que los agricultores son el eslabón más débil de la cadena comercial, no es raro que muchos acaben por arrojar la toalla. En un mundo capitalista globalizado, existe una larga cadena de intermediarios que ganan un buen dinero comprando y vendiendo hasta que el producto llega al consumidor, sin contar lo que se lleva el estado con sus correspondientes impuestos. De este modo, una simple lechuga puede ser comprada al agricultor por unos pocos céntimos de euro, pero cuando llega a un supermercado, el consumidor la llega a pagar a 80 ó 90 céntimos, o incluso a 1 euro. De este modo, el margen que necesita el agricultor para poder sobrevivir y seguir con su explotación se hace mínimo, y ya se hace inviable cuando tiene que vender prácticamente a precio de coste o menos.

Por todo ello, no es de extrañar que el campo se vaya despoblando, pues los jóvenes hijos de agricultores no ven posibilidad de seguir adelante al no tener perspectivas de futuro, con un trabajo muy duro y sacrificado, que depende de muchos factores adversos (climatología, mercado, competencia de terceros países…) y que apenas les da rentabilidad. Y todavía es más escandaloso que por las propias necesidades del mercado, en casos de exceso de oferta, se tengan que tirar o destruir miles de toneladas de vegetales para no afectar a los precios de venta, cuando mucha gente no tiene para comer (y no sólo en los países del Tercer Mundo). No olvidemos, además, que los mercados financieros poseen literalmente los resortes de la comercialización de los alimentos y no dudan en apretarlos hasta el límite para maximizar el beneficio. Y finalmente, es bien conocido que muchas entidades financieras ofrecen productos de inversión a sus clientes en los que se juega –se especula– con una expectativa de alta rentabilidad del mercado alimentario.

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La realidad de la industria avícola

Algo muy parecido ocurre con la ganadería, que también ha tendido a hacerse industrial y ha recurrido a la química y a los antibióticos en la crianza de los animales, por no hablar de los casos en que las condiciones de vida de éstos son deplorables, como es palpable en particular en el sector avícola. A ello se une una gran desnaturalización de los alimentos derivados, que del mismo modo han quedado inmersos en la gran industria alimentaria, lo que ha supuesto la intervención artificial sobre productos que durante siglos se han elaborado de forma natural. Por ejemplo, hasta bien entrado el siglo XX la producción de embutidos se hacía mediante procedimientos tradicionales y artesanales que aseguraban el curado de la carne y un consumo razonablemente seguro. Sin embargo, hoy en día casi todos estos productos –por imposición de las autoridades políticas– son sometidos al añadido de numerosas sustancias químicas (conservantes, colorantes, estabilizantes, etc.) con la excusa de un estricto control sanitario.

Si hacemos un balance de toda esta situación vemos que mientras todavía mucha gente padece hambre en el mundo, una buena parte de la población mundial come en demasía, y –lo que es más grave– come peor, con un tipo de alimentación cada vez más artificial y tóxica, lo que provoca enfermedad, malestar y muerte. Pero el ser humano lleva milenios adaptándose a las condiciones de vida más duras en todos los rincones del planeta, sobreviviendo a todo tipo de desgracias y carestías. Algo falla en esta ecuación, si se supone que estamos en la era más avanzada de nuestra civilización. La ciencia y la tecnología más moderna han demostrado que se puede llevar a cabo una agricultura viable aplicando los procedimientos adecuados incluso en los terrenos más adversos, como han hecho –por ejemplo– los israelíes cultivando con éxito zonas prácticamente desérticas. Se podría, pues, implementar planes a gran escala en todas las regiones del planeta para inclinar la balanza una vez más hacia el sector primario, con el propósito de ofrecer una alimentación digna y suficiente para todos los habitantes del planeta, y en unas condiciones de explotación naturales (y justas).

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Agricultura tradicional en Asia

Sin embargo, las intenciones de los amos del mundo van por otros derroteros. Puesto que hay medios, se podría acabar con el hambre, la pobreza, el hacinamiento, la enfermedad, la explotación, etc., pero eso no interesa. El ser humano ha estado durante siglos o milenios ligado al mundo natural, tanto en su faceta de cazador-recolector como en la de productor (labrador o pastor), y esa unión ha sido fructífera, sobre todo por cuanto las personas más humildes podían subsistir de forma más o menos holgada o precaria gracias a los recursos naturales de su entorno. Dicho de otro modo, la naturaleza proveía a los individuos o pequeñas comunidades de unos bienes que les aseguraban la subsistencia, la autonomía y la autogestión. Estamos hablando de personas que vivían sin necesidad de poderes superiores ni estados ni autoridades, si bien desde el arranque la civilización los poderosos ya se preocuparon de controlar tierras y cosechas y recibir impuestos o prestaciones de los que cultivaban el campo o tenían pequeñas granjas.

En el caso de los nómadas o cazadores-recolectores, la civilización ya tuvo cuidado de irles despojando de sus territorios (si bien sería más preciso decir que esas comunidades estaban unidas a la tierra, pero no la poseían) a fin de acabar con una forma de vida salvaje, para dar paso a las bondades del mundo moderno. Esta tendencia arrancó ya en tiempos antiguos, se extendió con el predominio de la civilización occidental en todo el mundo y aún persiste en los intentos de acabar con las pequeñas sociedades autónomas que están integradas en la naturaleza, como por ejemplo las tribus indígenas del Amazonas, que cada vez ven más amenazada su forma de vida.

En la actualidad, la actividad agrícola en muchos países occidentales tiene que estar subvencionada para poder subsistir porque si no desaparecería ante la competencia de los productos que vienen del otro extremo del mundo, en una sociedad completamente globalizada. Y no es que los campesinos del Tercer Mundo estén mucho mejor, pues sus condiciones de vida no son envidiables en la gran mayoría de los casos. Entretanto, el entorno rural del mundo occidental se está despoblando a pasos agigantados, pues la atracción de la ciudad, la posibilidad de promoción y los trabajos más cómodos y mejor pagados son factores determinantes para abandonar el campo. Es una cuestión básicamente económica, pero también subyace ahí una tendencia intencionada de enviar al máximo de población a las ciudades.

Si a eso le unimos que los estados no invierten apenas en el mundo rural, ni tienen interés por cambiar las cosas y equilibrar las desigualdades, y que la natalidad se hunde completamente, se hace casi imposible mantener una agricultura viable con poblaciones muy envejecidas que ya no pueden revertir la situación. El cambio, de hecho, ha sido drástico y brutal durante el siglo XX. Por ejemplo, en los años 30 España era todavía un país básicamente rural, con un alto porcentaje de población residente en pueblos y dedicado al sector primario. Hoy en día, esa población corre el riesgo de ser residual.

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Noticia sobre la hambruna de Ucrania

Todo apunta a que las pequeñas explotaciones van a ser difícilmente viables en un futuro próximo, y es que la autonomía productiva nunca ha sido deseada por los poderosos, como ya se pudo ver en la Revolución Rusa, que expropió las tierras a los pequeños propietarios y los puso a trabajar en grandes explotaciones colectivizadas como simples operarios al servicio del estado, al cual debían entregar sus cosechas. Estas condiciones de esclavitud resultaron mucho peores que la antigua situación de los siervos en el contexto feudal, pues por ejemplo las autoridades soviéticas podían exigir unas cuotas de producción “para el estado” tan altas que dejaban a los campesinos sin apenas recursos para comer, lo que de hecho provocó una pavorosa hambruna en los años 30 en Ucrania, que se llevó por delante las vidas de seis millones de personas, lo que constituye un auténtico genocidio. Actualmente, no tenemos esa situación de férreo dominio estatal, pero si consideramos que los grandes mercados acaparan la economía rural y que los estados realmente están alineados con esos poderes, el panorama no resulta tan distinto. En todo caso, existe una evidente intención por parte de esos grandes poderes de controlar y monopolizar todos los recursos naturales, empezando por uno tan vital como es el agua.

Por otro lado, el medio rural viene siendo castigado por los incendios forestales, la deforestación y desertización, la agresión química –que incluye la geoingeniería en forma de fumigación o chemtrails y la generalización de los residuos tóxicos– y la creciente contaminación electromagnética, si bien esta última está mucho más enfocada a las áreas urbanas con gran cantidad de población. No obstante, con gran habilidad, los amos del mundo han creado un elaborado discurso ecológico para salir en defensa del planeta y culpar de todo a fenómenos como el calentamiento global antropogénico (supuestamente provocado por el hombre), que no resiste ningún análisis científico serio. Sea como fuere, han logrado ocultar los auténticos ataques al mundo natural y han montado una farsa en torno a la industrialización y las emisiones humanas de CO2 como culpables de la situación, y así poder culpar a su vez a toda la población de ese desastre por su dejadez, egoísmo y comodidad. Esto viene a ser como si un asesino culpase del crimen a la propia víctima. Puede parecer exagerado, pero así es.

Asimismo, en esta cruzada siniestra han sabido crear un fenómeno tremendamente pernicioso que yo englobo en lo que podríamos denominar la sociedad del odio. Me refiero a los falsos defensores de la naturaleza en forma de veganos radicales y animalistas, cuya función social es sustentar el discurso oficial ecofascista de enfrentamiento entre el ser humano y el entorno natural, enfatizando por encima de todo el sentimiento de culpa y agresión. Además, este es un fenómeno marginalmente rural; en realidad, estos defensores radicales de los vegetales y los animales son mayoritariamente urbanitas progres que viven inmersos en su moderno mundo civilizado pendientes de las redes sociales y que repiten sin atisbo de crítica las consignas políticas de los grandes poderes sobre la cuestión ecológica y todos sus derivados (como el cambio climático, etc.). Y no vayan a creer ahora que las manifestaciones de jóvenes a favor de las causas ecologistas/animalistas son espontáneas. Todo está proyectado, financiado y ejecutado de forma bien calculada.

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Para los animalistas, el oso polar blanco es carnívoro; el hombre, en cambio, es asesino

En efecto, si uno se toma la molestia de analizar ese movimiento, verá que está compuesto de gente que bien poco sabe de cómo funciona la naturaleza de verdad, de la depredación, de la cadena alimentaria, del equilibrio entre carnívoros/omnívoros (la mayoría de animales del planeta) y herbívoros. Todo esto hace que el mundo natural sea así, y que el pez grande se coma al chico, nos guste o no. Todos estamos en un gigantesco ciclo –que incluye la vida, la reproducción y la muerte– en que la energía fluye y la vida sigue adelante. En este contexto, el hombre ha sido omnívoro desde tiempo inmemorial y eso no es peor ni mejor, como no lo es en ninguna otra especie. Aparte, ser vegetariano no nos asegura necesariamente tener una mejor salud ni adquirir una mejor actitud ante la vida en general (Hitler era vegetariano estricto). El caso es que estos movimientos ponen el acento en la maldad humana y una supuesta bondad “natural” animal, olvidando que nuestras buenas mascotas –perros y gatos– han sido desde siempre igual de omnívoros que el ser humano, y que si no les diéramos su alimento ellos aún estarían depredando, que es su conducta natural para poder subsistir.

Por lo demás, muchas de sus manifestaciones rayan en la intolerancia, el desprecio, la ignorancia o directamente el odio, como han subrayado personas que saben de qué va el tema, como el mediático personaje Frank Cuesta, reconocido defensor de los animales, que ha terminado asqueado con estos activistas de calle y de Internet, que sólo buscan imponer su opinión –como si fuera una verdad absoluta– sin escuchar ni dialogar. En su delirio, han llegado a alegrarse de la muerte de un torero o de protestar en la calle durante la tradicional celebración del día de San Antonio, considerando que la bendición de los animales era un acto de ofensa y maltrato hacia las bestias. En fin, vamos a dejarlo ahí. Pero déjenme decirles una cosa: el animal más maltratado, explotado, esclavizado y vejado de este planeta no es otro que el ser humano.

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La civilización está asociada al mundo urbano

Para concluir, ¿en qué punto estamos? Durante milenios el ser humano, aun en grandes civilizaciones avanzadas, ha interactuado con la naturaleza para obtener provecho y sustento de ella como han hecho todas las otras especies. Pero desde la Revolución Industrial (y ahora tecnológica), impulsada por científicos, inventores, técnicos, financieros, políticos, etc. (esto es, la casta dirigente) el hombre se ha ido adentrando en un entorno artificial que cada vez nos ha alejado más de nuestra raíz natural. El resultado ha sido un creciente mundo urbano y tecnológico que ha acabado por fagocitar el mundo salvaje o el mundo rural, y ha aplicado la regla del todo vale para satisfacer las necesidades de una sociedad que parece no tener nunca suficiente. La globalización justamente ha perseguido este ideal social, político y económico.

En el objetivo final de todo esta estrategia quizá esté la sumisión entera de la población en enormes megalópolis donde el ser humano funcione como un ente maquinal completamente controlado, en un horizonte de existencia transhumanista. Tal vez para entonces dejemos atrás la comida “natural” para comer una alimento artificial sintético (una especie de pienso[1]) para no matar animales pero tampoco plantas, que también son seres sensibles y conscientes, hecho que está demostrado científicamente, aunque no aceptado por la ortodoxia académica. En la práctica, lo que ya comemos actualmente en el mundo occidental es un paso intermedio hacia ese escenario. El caso es que con la excusa de no agredir a la “madre naturaleza” pueden llevarnos a situaciones cada vez más extremas de esclavitud y transformación de nuestro mundo hacia algo que no tiene nada de natural.

No podemos negar, empero, que la acción civilizadora moderna ha causado impactos desagradables en nuestro entorno, pero estamos muy lejos del desastre total y del fin del mundo. Cualquier persona bien informada sabe que a lo largo de millones de años la Tierra ha sufrido enormes variaciones geológicas y biológicas –sin la más mínima relación con la actividad humana– y en que las condiciones de vida pasaron de ser muy duras a ser óptimas para la expansión de la vida vegetal y animal, y viceversa. Véase, sólo como ejemplo, que el norte de África (en particular lo que es el actual Sahara) fue un vergel lleno de humedad y vegetación hace muchos miles de años y que los propios cambios naturales acabaron por llevar a esa zona a la actual situación de desertización extrema. Por tanto, ningún CO2 de por medio, ninguna industria, ningún plástico, ninguna urbanización… todo se debió a los cambios cíclicos del clima provocados por la actividad solar, según apuntan los expertos especialistas en el tema que no están comprados o influidos por el lobby del cambio climático de la ONU.

Así pues, la naturaleza soporta mucho más de lo podemos pensar y tiene una gran capacidad de regenerarse al igual que nosotros podemos regenerar nuestros cuerpos enfermos. En este sentido, la amenaza, el control y la espada de Damocles no son el camino. El camino es abandonar la paranoia mundana y dejar de escuchar las consignas de los falsos defensores de la naturaleza. Podemos retornar a un mundo natural y al mismo tiempo avanzado, pero no desde una tecnología o industria dañina, sino en un estadio de existencia más elevado, como el que creo que pudo existir en la mítica Edad de Oro de la Humanidad. Para mí, es bien posible que debamos ir más allá del mito y considerar seriamente que tal vez existió una realidad en que los humanos estaban imbricados en la naturaleza, vivían en paz y armonía entre ellos y con el entorno, y su ciencia –y conciencia– era infinitamente superior a la que tenemos ahora.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Esto ya se ha propuesto abiertamente en la literatura y el cine de ciencia-ficción.

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5 respuestas a “La destrucción del mundo rural y natural

  1. No se muy bien si dirigido o no,pero la organización de la sociedad que tenemos responde a la creencia de la mayoría de sus individuos. Contra esto poco podemos hacer porque son creencias atadas a lo emocional,este desprecia incluso el gran conocimiento tradicional. Soy nacido en un pueblo y he tenido que sujetar las patas del cerdo o del pollo para matarlo…..un aspecto este,bastante mas importante de lo que parece ….No me extiendo porque el tema es amplísimo.Saludos Xavier.

    1. Apreciado Ismael,

      Gracias por tu comentario, y te animo a explayarte si lo crees conveniente porque tu opinión como “gente rural” creo que tiene un valor añadido en este caso. Lo cierto es que la corrección política y el pensamiento único están aplanando las mentes de las personas y se está perdiendo la realidad del mundo natural y de aquello que se llamó “tradición”, y no sólo me refiero a lo folclórico sino a una forma de vivir, pensar y sentir.

      Hoy en día, todo está adulterado e industrializado, cada vez más lejos de lo que un día fue natural. Mientras tanto, la mentira más repugnante como el cambio climático por actividad humana se está convirtiendo en la religión y dogma moderno que va a llevar a los hombres a las cotas más insufribles de sumisión. A los que mandan les importa un rábano la naturaleza y todavía menos les importan los seres humanos, pero juegan muy bien a su juego.

      Saludos,
      X.

  2. Aquel que se conoce a si mismo no es esclavo de nada ni de nadie. Solo la ignorancia esclaviza….

    La belleza salvará al mundo

  3. Gracias por el magnífico artículo, Xavi. Totalmente de acuerdo en todo lo que expones.

    Un único apunte, tal vez una anécdota (no sé si cierta, o no), una vez leí que era falso que Hitler fuera vegetariano. Su ministro de propaganda, Goebbels, tomó la idea de la figura pacifista de Ghandi, que sí era vegetariano, para hacer parecer a Hitler “mejor persona” (por aquello de que, si ni siquiera comía carne de un animal, menos aún le haría daño a una persona…). Ya sabemos el poder que tiene la propaganda.

    Lo cierto es que no me gusta nada el rumbo que está tomando nuestra civilización y, cuanta más información tengo, más consciente soy de que estamos rodeados de mentiras por todas partes. Durante años me sentí “culpable” (dentro de mi escasa capacidad por hacer algo) del cambio climático, y me adherí a un grupo de activistas “de sofá”, apoyando campañas a través de Internet. Gracias a personas como tú, que exponen todas estas mentiras en las que estamos envueltos, me he podido liberar de esa manipulación y llegar a la conclusión de que sólo un cambio a nivel de consciencia colectiva puede revertir la situación actual. Mientras, aporto mi granito de arena intentando mantener la esperanza (para que no baje mi “nivel de vibración”) y transmito la información que he ido recopilando al que tenga la suficiente inquietud sobre estos temas como para escucharme.

    Saludos,

    M.

    1. Gracias amiga por tu comentario

      En fin, lo de Hitler lo he leído en diversas fuentes históricas, y dicen que dio este paso a finales de los 20 por una crisis personal. En realidad me da absolutamente igual si comía coles o bistec, pues ello no afecta a su papel histórico. El problema que tenemos hoy es que tanto el vegetal como la carne que comemos es cada vez menos natural, aparte de que muchos expertos dicen que una alimentación sólo vegetal puede comportar serias carencias y problemas de salud.

      No obstante, la alimentación omnívora -más o menos adulterada- también es fuente de problemas, sobre todo en el mundo occidental. Y algún día escribiré algo sobre las personas que sobrevivien sin ingerir alimento e incluso sin beber agua, lo cual resulta más sorprendente. Los médicos han estudiado estos casos, han certificado que no son falsos y no encuentran explicación. Yo creo que es un control absoluto de la mente, que muy pocos individuos son capaces de conseguir hoy en dia, aunque potencialmente todos podríamos lograr lo mismo.

      En cuanto a lo demás que citas, todos hemos pasado por esa etapa de creernos las consignas oficiales -yo el primero- hasta que uno se empieza a cuestionar el “mundo real” a través de la ciencia (la de verdad) y la conciencia. Hay que seguir por esta senda y aceptar que vivimos en un mundo de engaño y esclavitud y que sólo nosotros mismos podemos cambiarlo desde dentro.

      Saludos,
      X.

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