Diez falacias comunes sobre el cambio climático

chimeneasEn la línea de facilitar materiales accesibles al gran público sobre la farsa del “cambio climático”, me complace aportar un documento basado en un artículo[1] del científico Chris de Freitas, profesor de Geografía y Ciencias Ambientales de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda). En este artículo, el profesor de Freitas recoge las falacias más extendidas entre la población sobre el cambio climático y razona la invalidez de las propuestas oficiales a partir de argumentos científicos derivados de la simple observación y experimentación de la realidad, es decir, el contraste de los hechos. Con esta base, el autor insiste en que no hay consenso ni certeza sobre lo que va a pasar en los próximos 100 años (y hasta ahora no hay indicios de que la situación sea preocupante), pero entretanto los calentólogos han vendido una “ciencia” –basada en modelos matemáticos– en forma de predicciones o profecías con tintes catastrofistas y que más bien responde a una agenda con motivaciones políticas, sociales y económicas.

Así pues, como ya he repetido una y mil veces, no estamos ante una ciencia real sino ante un arte adivinatorio especulativo y engañoso comparable a algunas pseudociencias tan denostadas como el tarot y la quiromancia. En realidad, sería más exacto decir que es pura propaganda sociopolítica. De hecho, cabe recalcar una vez más que el máximo organismo de la ONU para este asunto, el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), no es una asociación de científicos que investigan, discuten y buscan respuestas, sino otra cosa bien distinta. El presidente de Chequia, Vaclav Klaus, lo dijo muy claro hace unos años: “El IPCC es un cuerpo político, una especie de organización no gubernamental de color verde. No es ni un foro de científicos neutrales ni un grupo equilibrado de científicos. Esas personas son científicos politizados, que llegan ahí con una opinión parcial y una asignación parcial.”

Y tampoco me cansaré de repetir que no se trata de simples errores; eso se podría entender durante un tiempo, pero ya llevamos muchos años viendo los fallos, las tergiversaciones, las incoherencias y las predicciones incumplidas. Llegados a este punto, en buena lógica, se debería reenfocar toda la controversia y superar la histeria alarmista. Pero no. Los oficialistas no se bajan del burro y siguen con la misma matraca, y cada vez más desquiciada, con nuevas propuestas a cuál más falsa y delirante, como la última estupidez de que “el mundo se acaba si comemos carne”. Estamos pues ante una maniobra de engaño masivo intencionado[2] que necesita construirse y agrandarse con más mentiras, y cuanto más amenazantes y apocalípticas, mejor. Con todo, muchas personas ya están empezando a ver que el cambio climático, apoyado abiertamente por otras tendencias paralelas (sobre todo el veganismo y el animalismo), es la perfecta cobertura o excusa –fundada en apelaciones emocionales de “salvar el planeta”– para imponer un gobierno mundial totalitario que controle absolutamente la vida de las personas, en lo social, económico y político.

En fin, frente al catastrofismo y alarmismo desbocado de que el mundo se va al garete, hay que empezar a explicar la verdad, tal como la recogen los científicos honestos. Por ejemplo, que gracias a la leve subida del CO2, las regiones verdes del planeta están en aumento, aunque la deforestación masiva del Amazonas es un hecho grave (y me gustaría saber quién le está pegando fuego salvajamente). Las poblaciones de osos polares, entretanto, están estabilizadas o en crecimiento. La hambruna en los países subdesarrollados, en general, se está reduciendo. ¿Seguimos?…

Repasemos pues esas falacias, con algunos argumentos que ya nos sonarán, más otros nuevos y la aportación de información clave para entender dónde colocan sus trampas los calentólogos.

Falacia n.º 1. El dióxido de carbono en la atmósfera se está acumulando a un ritmo alarmante.   

El dióxido de carbono no es un gas tóxico ni contaminante; ni siquiera nocivo, como suele ser calificado en los medios. Antes bien, es un gas indispensable para el ciclo de la vida; es alimento para el reino vegetal, la base de nuestra existencia. La actividad humana industrial lleva décadas emitiendo CO2 a la atmósfera, pero no siempre de forma regular ni en aumento exponencial. De todas maneras, la proporción de CO2 de origen humano en el total del CO2 natural atmosférico es muy pequeño, y a su vez, el CO2 es un porcentaje ínfimo en los llamados gases invernadero, que pueden provocar calentamiento. A todo esto, el profesor de Freitas incide en que los registros de finales del siglo pasado indican que los niveles de CO2 están más o menos estabilizados, como resultado de los sistemas de auto-regulación de la propia naturaleza. Las investigaciones recientes han demostrado que las plantas del planeta pueden absorber hasta 10 gigatones de carbono al año, lo que supone hasta tres veces al aumento anual de emisiones de CO2 de origen humano por combustión de combustibles fósiles.

Falacia n.º 2. Existe una estrecha relación entre los cambios del dióxido de carbono en la atmósfera y las temperaturas globales.

La observación de las tendencias en las temperaturas no permite establecer una correspondencia con los cambios en los niveles de CO2 en la atmósfera. Sin embargo, según el IPCC, sí existe esa correlación (al alza), al haberse dado una gran expansión en el uso de combustibles fósiles. Así, las temperaturas registradas en superficie en el último siglo muestran un aumento de 0,6º C, habiendo ocurrido el mayor incremento antes de los años 40. Lo que hay que remarcar ahora es que el 80% de la introducción de CO2 procedente de combustibles fósiles tuvo lugar después de los años 40. Esto es, sabemos que la década de los 30 –en que los niveles de CO2 de origen humano eran considerablemente más bajos– fue tan cálida o más que los tiempos más recientes. Y para rematar el despropósito, las propias autoridades mundiales ya alertaron en los años 70 de que íbamos a entrar en una nueva Edad de Hielo, al bajar notablemente las temperaturas globales… ¡justo cuando se estaba incrementando de modo importante el nivel de emisiones humanas de CO2!

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Gráfica comparativa de la evolución de las temperaturas y las emisiones de dióxido de carbono

En suma, las investigaciones y los registros sobre estas dos variables desmontan la correlación perfecta que propugnan los calentólogos y más bien apunta a que, de haber una correlación, sería más bien a la inversa. Esto es, la subida de temperaturas provocaría una posterior subida de los niveles de CO2. Por lo demás, no hay ninguna evidencia firme que indique que los niveles de CO2 en la atmósfera constituyan un agente decisivo que influya en los cambios climáticos.

Falacia n.º 3. Las temperaturas globales han aumentado notablemente en las últimas décadas. 

Los datos que ha aportado el IPCC parecen demostrar que, en efecto, las temperaturas globales han experimentado un significativo aumento a finales del siglo XX[3], en un margen que oscila entre 0,3º y 0,6 º C. No obstante, los registros están fuertemente sesgados porque buena parte del registro de temperaturas procede directamente de estaciones ubicadas en ambientes urbanos o industriales (¡incluso hasta en aeropuertos!), con un importante impacto de la actividad económica humana. Esto se ve especialmente en el llamado efecto “isla de calor urbano”, en que la sola presencia de asfalto o cemento ya distorsiona al alza las temperaturas, con diferencias tan grandes de hasta 12º con relación al entorno campestre circundante.

El profesor de Freitas insiste además en el sesgo que supone esa actividad humana sobre el clima “a ras de suelo” y en que los registros de temperaturas no son fiables porque muchas estaciones rurales han quedado engullidas por el crecimiento de las áreas urbanas y porque otras muchas estaciones (hasta dos tercios del total que operaban en 1975) han sido cerradas progresivamente. Por otro lado, el IPCC ha ignorado sistemáticamente otros modernos métodos de medición de temperaturas, que podrían ser más representativos, sobre todo para evitar las distorsiones locales. Así, las mediciones por satélite, mediante radiometría de microondas y validadas independientemente con los datos de globos radio-sonda, han permitido alcanzar una precisión de hasta 0,1 º C. Dichas mediciones, que están orientadas a la parte baja de la atmósfera, son mucho más fiables que las obtenidas por los termómetros terrestres para evaluar el impacto del calentamiento, en particular por el efecto de los gases invernadero en dicha porción de la atmósfera. Pues bien, hasta la fecha, los registros de estas mediciones no han demostrado una apreciable tendencia de calentamiento. 

Falacia n.º 4. Los modelos climáticos globales proporcionan predicciones fiables del clima futuro. 

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Las proyecciones oficiales quedan desmontadas por la realidad observada

Es obligado recordar que los llamados “modelos climáticos” usados por los calentólogos son meras simulaciones o proyecciones informáticas. En dichas simulaciones entran en juego variables y agentes sobre los cuales no se tiene aún un conocimiento profundo, como el papel de las nubes o las trasferencias de calor en la circulación oceánica. Por otro lado, tampoco se tiene una idea sólida sobre cómo responden otros factores clave –como el vapor de agua– ante el incremento de CO2 en la atmósfera. Frente a tantas incógnitas e indefiniciones, empero, los oficialistas se han dedicado a proyectar de manera arbitraria fuertes subidas de temperatura. Sin embargo, los datos reales recogidos en este siglo XXI ya han destrozado las predicciones a corto plazo[4]). Es tal el galimatías que las cifras de los informes del IPCC han ido variando con el paso de los años al intentar fijar fiablemente la subida de temperaturas para el año 2100. El resultado ha sido un sube y baja incoherente, sólo sostenido por nuevas conjeturas sin ninguna base objetiva. Así, en 1990 se estimaba el aumento en 3,3º; en 1992, en 2,8º; en 1996, en 2º; y en 2001 la estimación se disparó al alza con unos amenazantes 5,8º.

Todos los expertos –obviamente los “no comprados”– en clima y meteorología afirman que tales modelos no son en absoluto coherentes ni fiables (y los resultados hasta la fecha así lo demuestran). Son simples hipótesis que pueden estar sesgadas por varios elementos o criterios y que para validarse deben confrontarse con la posterior observación de los registros “sobre el terreno”. No obstante, de cara a la población, se siguen vendiendo las especulaciones de los modelos como si fueran datos objetivos.

Falacia n.º 5. Las tendencias climáticas globales del último siglo no se parecen a nada ocurrido en el pasado. 

El escenario climático que presenta el IPCC sobre el clima de los últimos 1.000 años remarca que la tendencia de los últimos 50 años ha sido completamente inusual con respecto a la totalidad del periodo, y que tal diferencia viene marcada por la inequívoca influencia del CO2 de origen humano depositado en la atmósfera. No obstante, existe un considerable cuerpo de pruebas científicas que desmiente tal aseveración. Según estos estudios rigurosos e imparciales, el siglo XX no ha sido el más cálido en el milenio ni tampoco el que ha tenido más variabilidad meteorológica. Por ejemplo, hay pruebas de un extenso periodo cálido en la Edad Media, en particular entre el 800 y el 1300, con temperaturas semejantes a las del siglo XX.

Falacia n.º 6. El ser humano es responsable del calentamiento global. 

Como premisa, se debe insistir en que no hay, ni ha habido nunca, “estabilidad” en el clima. El clima está en constante cambio o alteración, y nosotros sólo podemos percibir aspectos puntuales o temporales. Incluso lo que observe una persona a lo largo de su vida puede no ser representativo, pues hay ciclos de muy larga duración. Por tanto, existe cambio climático siempre, con periodos cortos o largos de calentamiento y enfriamiento, y esto se ha podido corroborar de forma fehaciente. A este respecto, los cambios observados en los últimos 100 años entran dentro de los márgenes de las variaciones climáticas naturales y no hay motivo para afirmar que la actividad humana ha sido determinante. Las investigaciones más modernas sobre el principal factor que rige los ciclos climáticos apuntan a la actividad del sol y su emisión de energía. Los estudios realizados hasta la fecha ya han podido detectar correlaciones entre esos ciclos solares y las tendencias al alza o baja de las temperaturas.

Falacia n.º 7. El calentamiento global causará un aumento del nivel de los mares.

En el corto plazo, un apreciable calentamiento global podría provocar el aumento del nivel de las aguas, por la mera expansión térmica de los océanos; en cambio, la subida de las aguas por la fusión de los hielos polares sería más bien un efecto a largo plazo. Dicho esto, no se ha registrado en todo el siglo XX una subida destacable en el nivel de los mares, y hay que tener en cuenta que el nivel de los mares lleva milenios subiendo desde la última glaciación. Lo que mucha gente no sabe –ni se imagina– es que un calentamiento de la Tierra por el efecto de los gases invernadero provocaría justo lo contrario: un descenso del nivel de los mares. Para explicarlo brevemente, tal calentamiento causaría una mayor evaporación de los mares, que comportaría más precipitaciones de nieve en los polos, sobre todo en la Antártida, lo que causaría a su vez una enorme transferencia de agua marina a los polos (en forma de capa de hielo). Con una gran cantidad de agua retenida en forma de hielo, este proceso acabaría por causar un leve descenso del nivel de las aguas. Además, se tiene constancia de que en el periodo muy caluroso de los años 20-40 del siglo XX el nivel de las aguas dejó de crecer y, de hecho, se paró. Esta tendencia podría indicar que un calentamiento global futuro más bien ralentizaría la subida de las aguas en vez de acelerarla.

Falacia n.º 8. El calentamiento global dará como resultado más eventos climáticos extremos. 

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No hay más huracanes; simplemente hay más propaganda

Los medios de comunicación llevan años insistiendo en la idea de que el calentamiento global es el responsable de las sequías y las inundaciones, así como de una mayor frecuencia en otros eventos catastróficos como los huracanes. No obstante, los propios informes del IPCC no refrendan tales afirmaciones, como ya se anunció en 1996 y luego en 2001, dejando claro que el siglo XX no había destacado por una mayor incidencia de desastres naturales o variabilidad extrema del clima. De hecho, los registros de estos fenómenos –por ejemplo, en el número de huracanes especialmente intensos– durante la segunda mitad del siglo XX no mostraban una tendencia al alza sino más bien a la baja, en comparación con las décadas precedentes. Según el profesor de Freitas, un ambiente más cálido puede suponer un clima más estable y una mayor cantidad de CO2 en la atmósfera puede disminuir la variabilidad de las temperaturas.

Falacia n.º 9. Las predicciones del IPCC son razonables.

Como ya es harto conocido, los calentólogos se han esmerado en presentar a la sociedad las variaciones climáticas y el aumento de las temperaturas como un resultado directo de las emisiones de dióxido de carbono y han minusvalorado o ignorado los diversos factores que impactan en los cambios climáticos, como ya se ha comentado. En este contexto, el IPCC ha manejado el asunto de las emisiones de manera tendenciosa para favorecer los mensajes alarmantes. Así, el sesgo en la elaboración de escenarios futuros en función de las emisiones de CO2 ha sido más que evidente. De Freitas señala que el IPCC ha tendido a ignorar los descensos de emisiones de CO2 en años concretos y que incluso ha realizado modelos en que se plantean subidas de emisiones de CO2 a una ratio del 1% anual, cuando las mediciones de las décadas anteriores estaban en la mitad de esa cifra. Asimismo, el IPCC ha puesto el énfasis en otros gases invernadero como el metano, pero las cifras de la concentración de este gas en los últimos 20 años del siglo XX han ido claramente a la baja.

Falacia n.º 10. La amenaza del cambio climático provocado por el hombre ha justificado la toma de acciones previstas en el Protocolo de Kyoto.

Para finalizar, el profesor de Freitas se refiere a los acuerdos o protocolos climáticos, que en realidad no tienen que ver nada con la protección del medio ambiente, sino con la implementación de medidas globales de carácter político-económico. En concreto, existe una opinión extendida en la comunidad científica acerca de que el famoso Protocolo de Kyoto va a ser ineficaz en la pretendida reducción de las temperaturas globales. La reducción de emisiones que se quiere implementar tendría un efecto de descenso del calentamiento en 0,06º C para el año 2100. Tal reducción, por cierto, pasaría totalmente inadvertida ante el efecto de los agentes naturales que rigen la variabilidad del clima. En este contexto, el impacto económico del protocolo de Kyoto para muchos países –sobre todo los que están en desarrollo– será mucho más grave que cualquier eventual perjuicio causado por el “calentamiento global”. Así pues, por mucho que vendan el mantra, el hecho de tasar fuertemente la industria “contaminante” de combustibles fósiles no va a tener ningún impacto en las variaciones del clima.

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Tasar la industria “antigua” no va a impactar en las variaciones del clima ni en el medio ambiente

Acabo con unas últimas reflexiones. Según he leído en recientes artículos de expertos en clima, los registros meteorológicos recogidos en los pasados años podrían indicar que estamos entrando en una era fría, aunque aún es pronto para determinar si esta climatología más fría se va a imponer en el futuro inmediato. Sea como fuere, desde la ONU, las ONG y los gobiernos se sigue amenazando con el alza imparable de las temperaturas, y todo ello por las dichosas emisiones humanas. El escenario será, según nos explican, un planeta inhabitable para el ser humano y para miles de especies, a no ser que hagamos lo que nos dicen. Llevan años azotándonos con ese espantajo y siguen poniendo fechas de caducidad (muy próximas) a la vida en la Tierra.

Pero según el profesor de Freitas, y esto lo he leído ya en otros expertos desde hace años, que se dé un calentamiento moderado y que tengamos una cantidad apreciable de CO2 en la atmósfera ES BUENO para la vida, para las plantas, para la biodiversidad, para los ecosistemas, y por supuesto para el ser humano. Y hasta la propia NASA, todo un buque insignia de la ciencia oficial, ha destacado un informe[5] de 2016 según el cual esa mayor presencia de CO2 en la atmósfera, registrada mediante mediciones por satélite, estaba reverdeciendo a buen ritmo el planeta, pues el CO2 provoca la fertilización de la vida vegetal. Este impacto positivo se traduce en una mayor reforestación del planeta, mayores precipitaciones, aumento de la producción agrícola, aumento de la biodiversidad forestal, transformación de áreas desérticas en áreas de cultivo, etc.

Sin embargo, y aun con este reconocimiento explícito, la propaganda continúa demonizando a un gas no sólo inocente sino absolutamente necesario para la vida. Entretanto, nos quieren imponer una economía “verde”, que nada tiene de natural, pues es tendente a eliminar el CO2 a cualquier precio mientras fríe a impuestos y regulaciones a los ciudadanos. En fin, el mundo al revés. Todo está invertido. Y cada vez más.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Nota: En el texto he mencionado la última farsa oficial referente a la demonización del consumo de carne (en particular, de ganado vacuno), en relación directa con las emisiones de gas metano a la atmósfera. Para que no se diga que tiro la piedra y escondo la mano, adjunto seguidamente un artículo claro y explicativo sobre este tema específico, con las oportunas argumentaciones científicas, a fin  de desmontar esta nueva falacia:

https://disidentia.com/la-onu-las-vacas-y-el-clima-otro-bano-de-irrealidad/


[1] DE FREITAS, C. Global Warming: prediction vs. reality. New Zealand Geographic. Nº 64. July-August 2003. (El artículo ya tiene unos cuantos años, pero la visión global y las explicaciones técnicas pueden ser perfectamente válidas a día de hoy, pues coinciden con los datos más recientes aportados por los críticos.)

[2] Existen múltiples pruebas de que los oficialistas han mentido y tergiversado los datos para poder vender su patraña, llegando incluso a maniobras mafiosas como el llamado Climagate de 2009.

[3] En el artículo original, el autor se refería a las dos últimas décadas del siglo XX, pero los argumentos y datos ofrecidos pueden extrapolarse sin perder validez a los inicios del siglo XXI.

[4] Como ya expuse aquí en su momento, y ante la evidencia empírica de su fracaso, los propios científicos oficialistas tuvieron que reconocer en un artículo científico de 2017 que los modelos informáticos climáticos se habían equivocado en las predicciones para 2022 sobre el aumento de temperaturas y el impacto del CO2 en el clima.

[5] ZHU, Z et alii. Greening of the Earth and its drivers (disponible en https://sci-hub.tw/10.1038/nclimate3004.)

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6 respuestas a “Diez falacias comunes sobre el cambio climático

  1. Todos esos movimientos se unen en una doctrina totalitaria: el neomaltusianismo. Su objetivo es reducir drásticamente la población humana. Es un objetivo tanatófilo.

  2. Gracias Pablo

    Coincido plenamente con tu opinión. Control, y en última instancia eugenesia masiva a través de varias estrategias paralelas, como ya expuse en el amplio artículo sobre la omnipresente religión ecologista. Lo han insinuado veladamente pero también lo han dicho abiertamente. Ya no saben cómo matarnos (a la espera de una 3ª guerra mundial), pero lo primero es evitar la reproducción “natural” para frenar el aumento de población, sobre todo en Occidente.

    Saludos,
    X.

    1. Gracias Piedra

      Exacto. Así funciona esta patraña y el resto de las que hay en este mundo: engaño masivo aplicado a rodillo. Como lo dicen los “dioses”, pues deberá ser verdad… A ver quién es el guapo que les lleva la contraria.

      Saludos

  3. En algo tienen que sustentar la masiva subida de impuestos que nos irán introduciendo. Y que mejor argumento para ello que la salvación del planeta. Lo recaudado ya sabemos a donde irá a parar: hacer frente al pago de los intereses de la deuda, al creciente número de funcionarios y agentes del orden, al enorme aumento en gasto militar y a los suntuarios gastos de todos los gobiernos mundiales, entre otras cosas.

    1. Gracias Jumanper

      Pues sí, no lo podías haber dicho mejor; creo que por ahí van los tiros, aunque me temo que el asunto va más allá de lo estrictamente económico. No hay más que ver cómo convergen las estrategias de ingeniería social a fin de tener un control absoluto de las personas, anulando su libertad y hasta su propia identidad (véase la paranoia del género).

      Saludos

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