Indigenismo, invasiones y leyendas negras

No es ninguna novedad señalar que, desde hace ya unos cuantos años, se viene desatando en todo el mundo una fuerte ola de corrección política que llega a todos los órdenes de la vida y que trata de dictar verdades y preceptos de forma global. El objetivo de tales campañas de corrección no es otro que crear una opinión única entre la población mundial acerca de múltiples fenómenos sociales, económicos y políticos, lo cual en no pocas ocasiones obliga a “los correctos” a violentar o anular la realidad científica y el debate de ideas o enfoques. En efecto, para sacar adelante tales estrategias, la ciencia honesta, la investigación imparcial o incluso el simple sentido común son más bien un estorbo. No nos engañemos pues: la corrección política es propaganda y manipulación masiva.

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Cristóbal Colón, de héroe a villano

Esta corrección imperante se ha instalado también en el campo de la historia y así pues hoy tenemos entre manos otra campaña de alcance mundial cuyo objetivo no sólo es reivindicar a las poblaciones “indígenas” (para entendernos, los no blancos) de todos los continentes, sino cargar duramente contra la raza blanca y las potencias occidentales por haber causado un enorme daño a tantas etnias y culturas en términos de genocidio, masacre, esclavización o explotación durante los procesos de conquista y colonización. Este es, en suma, el actual fenómeno del indigenismo militante y reivindicativo que apunta su dedo acusador contra los “señores blancos”, entre los cuales destacan en particular los conquistadores españoles y su pésima fama, arrastrada desde los tiempos de la infausta Leyenda negra. Pero, por supuesto, las cosas no suceden por casualidad ni vienen solas, sino que forman parte de un inteligente entramado de estrategias para conseguir unos fines determinados, y eso es lo que vamos a tratar de analizar en este artículo.

Empezaremos precisamente por el tema de la citada Leyenda negra, pues en gran medida el actual fenómeno indigenista es un revival de esta vieja historia. Sólo para poner en contexto, digamos que la Leyenda negra nació en el siglo XVI como una maniobra de propaganda política de la Europa protestante (sobre todo Inglaterra y Holanda), con el fin de socavar el poder de la España imperial y católica de la dinastía de los Austrias. Esta estrategia se fundamentaba básicamente en ofrecer a la opinión pública europea una imagen siniestra del imperio español. Así, por un lado, se incidía en que España era una potencia intolerante, intransigente y represora, que no dudaba en perseguir y eliminar físicamente a todos los librepensadores y herejes en Europa mediante la acción punitiva de la Inquisición. Por otro lado, también se hacía hincapié en que los españoles habían sometido, vejado, esclavizado y asesinado en masa a los indios de América, como fruto de una política criminal y despiadada propia de los católicos. Además, esta maniobra venía mucho más reforzada por cuanto los que acusaban a España echaban mano del testimonio de un religioso español, el famoso fray Bartolomé de las Casas, que había denunciado con dureza la terrible situación de los indios en los territorios americanos a inicios del siglo XVI.

Lo cierto es que esta visión parcial y propagandística referida a la situación de las Américas triunfó y se convirtió en una verdad histórica en Occidente durante varios siglos. Ahora bien, para que la mentira sea más creíble e impactante, debe contener una parte de verdad, y este es el caso de la Leyenda negra. Nadie, con las fuentes históricas en la mano, niega que durante el tiempo de la conquista –y aún después– se cometieron muchos abusos, crímenes y matanzas sobre la población indígena. Sin embargo, hoy en día, la gran mayoría de historiadores, incluidos los anglosajones, reconoce que hubo mucha exageración y manipulación a partir de unos hechos ciertamente lamentables que tuvieron lugar principalmente en los primeros tiempos. Por tanto, los estudios rigurosos e imparciales han puesto las cosas en su sitio y han mostrado un panorama mucho más cercano a lo que muy probablemente ocurrió en América cuando se dio el choque de culturas. Vamos a ver pues la disonancia entre la historia contrastada y el reciente relato reivindicativo que se deriva de la corrección política.

Lo primero que hay que poner de relieve es que el indigenismo insiste en emplear clichés y soflamas grandilocuentes que no casan con la realidad. Por mucho que se recurra al término “genocidio”, no hay justificación para aplicarlo a lo que sucedió en América. Si entendemos por genocidio el asesinato o exterminio premeditado de un pueblo o raza, supuestamente para sustituir la población autóctona por una población foránea, entonces la situación de América en el siglo XVI no se corresponde con tal escenario. Algunas fuentes indigenistas hablan de decenas de millones de muertos (¡hasta incluso 90 millones!) a causa de la conquista militar española, y eso teniendo en cuenta que la presencia hispana en la época de la conquista –hasta mediados del siglo XVI– apenas ascendió a unas decenas de miles de personas.

En verdad, tales cifras no se sostienen. Podríamos empezar diciendo que los censos de aquella época no eran muy fiables y que carecemos de datos objetivos sólidos. Con todo, los estudios más reconocidos sobre la población precolombina de toda América, a cargo del profesor argentino Ángel Rosemblat, sitúan la población indígena en torno a los 13 millones a la llegada de Colón; de ahí a los 90 millones… hay un largo trecho. Bien es cierto que, en las primeras décadas de la conquista, en algunas regiones concretas se produjo una fuerte mortandad y un despoblamiento enorme, pero ello fue sobre todo a causa de las enfermedades llevadas allí por los europeos. De hecho, las estimaciones actuales atribuyen la gran mortandad de indios a las enfermedades como factor muy destacado sobre el resto[1]. Con toda probabilidad, fray Bartolomé de las Casas puso el grito en el cielo sobre los abusos y asesinatos, pero obvió el tema de las enfermedades y exageró del todo la cifra de muertes (llegó a hablar de 15 millones de víctimas), creando así una alarma desproporcionada que tuvo un amplio eco entre los enemigos de la Corona española.

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Conquistadores españoles en Tlaxcala (México)

Nada de esto, empero, puede lavar la imagen de una conquista militar que se llevó por delante la vida de muchos miles de indígenas, con toda clase de excesos, tropelías y atrocidades durante las operaciones militares. Y tampoco se debe obviar la esclavización, explotación y maltrato de los indios una vez sometidos, en particular con el sistema de las llamadas encomiendas. Este panorama, por desgracia, no fue muy distinto del de otras muchas situaciones de conflicto y conquista en que el vencedor lo tomaba todo y procedía a explotar sin cortapisas los recursos naturales y humanos de las regiones conquistadas. Lógicamente, los españoles fueron a América a obtener nuevas tierras y sobre todo a explotar sus bienes, en especial los metales preciosos como el oro y la plata. Así, en este contexto, “evangelizar” o “civilizar” a los indígenas era algo completamente secundario, o más bien un medio para obtener un fin. Se trataba de añadir nuevos territorios al imperio y extraer el máximo beneficio de la conquista.

Sin embargo, no sería justo ocultar los esfuerzos emprendidos por la Corona por dignificar a los indígenas y proteger sus derechos, y existe amplia prueba documental que desde la Corona –ya en tiempo de los Reyes Católicos y más adelante– se implementaron medidas y disposiciones legales[2] para amparar a los indios y equipararlos a los súbditos de España o cualquier otra parte del Imperio. Lo que sucedió realmente en América con el paso de los años y los siglos es que la sociedad cambió radicalmente porque se implantó una estructura social, política, cultural y económica europea sobre la población indígena, lo que se tradujo en la desaparición de las estructuras tribales o estatales preexistentes y su sustitución por un poder foráneo. Ahora bien, ese largo proceso de superposición o fusión de ambas culturas –una vez superado el trauma de la conquista– se tradujo en un mestizaje físico[3] y cultural en la mayor parte del continente, que es el que ha llegado hasta nuestros días. Así pues, hoy aún tenemos en América un legado indígena puro o bien mezclado con la tradición hispánica. En todo caso, la situación de los indios y mestizos bajo la Corona española no debió ser tan mala, pues cuando se produjeron los movimientos de independencia de las colonias en el siglo XIX, dicha población autóctona tomó partido mayoritariamente por el bando realista frente a los rebeldes, o sea, los criollos terratenientes. Y como ya sabemos, tras las independencias, la situación de los indígenas no mejoró, sino más bien al contrario en muchos casos[4].

Y, por cierto, es de reseñar que los que más clamaron contra los españoles y sus brutalidades no se comportaron mejor con sus indios. Esto queda patente en la actuación de los anglosajones en América del Norte, donde casi exterminaron a las tribus locales, sin llegar a mezclarse con ellos y enviándolos a las actuales reservas donde son poco más que una curiosidad antropológica. Algo similar sucedió en Australia en el siglo XVIII, donde los aborígenes ni siquiera fueron reconocidos como personas; todo su territorio fue declarado terra nullius, o sea, “tierra de nadie”. En la práctica, a los indígenas no se les explotó ni se les insertó como iguales en la estructura colonial: se les expulsó progresivamente de sus tierras y se les redujo demográficamente, ya fuera por la violencia o por la negación de recursos para la subsistencia. En general, el trato dado por los occidentales a los indígenas en todas sus colonias fue muy similar, pero marcadamente más racista y brutal por parte de las naciones protestantes.

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Escenas de sacrificios humanos indígenas

Dicho todo esto, ahora podríamos caer en el mito del buen salvaje, impulsado en gran medida por Rousseau, y de hecho esta la visión que hoy predomina en el indigenismo militante. Sin embargo, este es un nuevo falseamiento de la realidad histórica y antropológica. Como es de sentido común, ni todos los indígenas ni todos los blancos mostraron un mismo comportamiento, ni se los puede tratar con generalizaciones y tópicos. En la América precolombina había ya poderosos imperios, supuestamente civilizados, que ejercían un poder despótico sobre los pueblos conquistados, en un contexto en que la violencia, la guerra y la esclavitud estaban bien presentes. Y todo ello por no citar el recurrente tema de la crueldad mostrada con los enemigos y prisioneros, que eran sacrificados brutalmente a decenas de miles cada año para ofrecer sangre fresca a los dioses. No es de extrañar, pues, que Cortés recibiera el apoyo de varias comunidades sometidas al imperio de los aztecas. Sin ese apoyo, la conquista de México, pese a los caballos y armas de fuego que portaban los españoles, hubiera sido prácticamente imposible. Y otro tanto se puede decir de Pizarro a la hora de derribar el grandioso imperio inca.

El caso es que la historia es bastante explícita a la hora de tratar el tema de las guerras y las invasiones, pese a que muchas veces las “historias nacionales” tratan de manipular o maquillar los hechos. Desde el inicio de la civilización, los núcleos de poder –normalmente en forma de estados– han promovido el conflicto y la obtención de nuevos recursos a costa de otros estados o comunidades. Y esta no es una cuestión de raza o cultura: nadie está libre de culpa. Mucho antes del auge de las potencias occidentales europeas, muchos imperios habían llevado a cabo invasiones en todos los puntos del planeta. Ya hemos citado los imperios precolombinos en América, pero también tenemos los casos harto conocidos de Egipto, Sumeria, Babilonia, Asiria, Persia, China, Arabia… Algunos de estos imperios fueron muy violentos y guerreros, como el Imperio Mongol en la Edad Media, que se extendía desde las costas de China hasta la Europa oriental y que en algunas de sus conquistas diezmó poblaciones enteras, como sucedió en Rusia.

Lamentablemente, la historia está llena de invasiones y de atrocidades y todo ello nos debería hacer reflexionar, pero el enfoque radical del indigenismo –que se posiciona contra la cultura “blanca”–no parece ser la mejor idea. Buscar enfrentamientos, exigir disculpas, retirar estatuas, eliminar festividades, acusar de racismo, fomentar el victimismo y, en suma, querer rescribir la historia no conduce a nada. Antes bien, da la impresión que la última finalidad de todo este fenómeno es promover el odio y el rencor, algo que ya se ha hecho en España con la infausta Ley de Memoria Histórica, que más bien se ha centrado en desenterrar la Guerra Civil y promover la vuelta al frentismo y las trincheras, pues no ha existido un auténtico espíritu de reconciliación y equidad, sino de partidismo y venganza.

Ahora, con el fenómeno indigenista, se busca implantar el complejo de culpabilidad en la sociedad blanca occidental, que actualmente está en fuerte retroceso demográfico en Europa, frente a una marea inmigratoria que en las últimas décadas ha ido ocupando todo el continente, desde España hasta Suecia. Me abstengo de comentar a fondo la parte más oscura del fenómeno, en forma de criminalidad creciente de una pequeña parte de tal inmigración, porque entonces a uno le pueden llamar racista, xenófobo y fascista, pues parece que sólo los no-blancos tienen derecho a alzar la voz para denunciar abusos y atropellos y demandar el socorro humanitario. Además, en los últimos tiempos dicha inmigración cada vez ocupa menos trabajos, se beneficia de generosas ayudas públicas y no se integra o adapta a las costumbres del país, lo que nos recuerda mucho a lo que hicieron los colonizadores blancos durante siglos: vivir de los conquistados y menospreciar la cultura autóctona, al sentirse prácticamente impunes. Sea como fuere, la realidad es la que es y todo el mundo debería entender que buena y mala gente la hay en todos los pueblos y etnias, y que más bien son unos pocos los interesados en sacar tajada de la división y los conflictos, lo que a su vez nos tendría que provocar nuevas reflexiones[5].

Y, en fin, si los indígenas americanos –o de cualquier otro lugar del planeta– desean denunciar las invasiones y abusos de los europeos y exigen disculpas, podríamos citar el mismo caso de España, aunque el resultado de tal protesta podría resultar casi cómico. Pero como vivimos inmersos en la sociedad del odio y de los siempre ofendidos, todo resulta natural. Empezaríamos pues por protestar ante el Líbano y Grecia porque sus mercaderes (fenicios y griegos) se instalaron en colonias costeras sin permiso, ocupando tierras de los indígenas de Iberia y explotando sus recursos. En la misma línea se tendría que levantar el dedo acusador contra Túnez, porque los cartagineses invadieron buena parte de la Península Ibérica en su expansionismo imperialista. Luego deberíamos exigir disculpas formales a Italia, como heredera de Roma, por habernos invadido y sometido durante unos seis siglos. También deberíamos exigir explicaciones y perdones al gobierno alemán por habernos enviado a sus visigodos hace 1.600 años, cuando conquistaron la Península (la famosa “invasión de los bárbaros”). Podemos proseguir exigiendo a los países del Magreb que se disculpen por la invasión musulmana del siglo VIII, que se prolongó durante ocho siglos, aunque ahora hay una corriente heterodoxa que niega tal invasión y afirma que el país se islamizó poco menos que por arte de magia, ¡qué casualidad!

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Fusilamiento de españoles por parte de las tropas francesas (1808)

Saltando ya a épocas más recientes, el gobierno de Francia también debería disculparse por la invasión napoleónica, que trajo no poca destrucción y miseria al país. Y a Estados Unidos les tendríamos que recriminar la muerte de muchos españoles para que ellos se quedaran con las últimas colonias de ultramar españolas. Y rizando el rizo, podríamos quejarnos ante Rusia, Italia y Alemania por habernos invadido durante la última Guerra Civil causando muerte y desolación… aunque su intervención viniera propiciada por la “invitación” de los dos bandos españoles en liza. En realidad, este triste panorama se podría aplicar a muchísimos países de todos los rincones del planeta… (Sólo como anécdota, cabe citar que quien se llevaría la palma en ofrecimiento de disculpas sería el Reino Unido, pues a lo largo de su historia ha estado implicado en invasiones y guerras –sobre todo coloniales– en todos los países del mundo excepto veintidós.) Por tanto, puestos a exigir disculpas no acabaríamos nunca, pues pocos están libres de pecado en este teatro de la historia humana.

En cualquier caso, lo que ocurre es que es muy fácil sacar a la palestra ofensas y agravios en forma de invasiones y genocidios (o grandes matanzas), pero –como casi todo en este mundo– la verdad no es blanca ni negra, sino que navega en una escala de grises, que a veces pasan desapercibidos. Sólo por poner unos ejemplos, cabe decir que –sin que hubiera “invasiones” o “conquistas” de blancos sobre otras razas– en tiempos modernos se realizaron auténticas masacres de población, como el exterminio de unos dos millones de armenios a inicios del siglo XX por parte del gobierno turco o la hambruna intencionada provocada por el estado soviético en los años 30, que se llevó por delante la vida de unos seis millones de campesinos ucranianos. Y ya en épocas muy recientes (años 90), hay que destacar que en África se produjo un terrible episodio de matanzas masivas entre comunidades negras –los hutus y los tutsis– enfrentadas por el poder.

Pero también es cierto que muchas invasiones pintadas como actos de gran violencia, no lo fueron en realidad. Por ejemplo, la ya citada invasión visigoda de Hispania nos podría sugerir una imagen de muerte y saqueo típica de los “bárbaros”, pero el estudio de los hechos históricos nos indica que la invasión –más bien ocupación– del siglo V fue muy poco violenta[6] y que los godos, que eran una minoría muy reducida en comparación con la población hispanorromana, simplemente entraron en la Península como aliados de Roma y luego se hicieron con el poder ante el vacío de autoridad imperial. El caso es que se convirtieron en la casta militar dominante, heredaron las estructuras e instituciones romanas y se dedicaron a gobernar. Y en cuanto a la germanización de Hispania, fue bastante superficial. Más bien sucedió lo contrario: los visigodos se romanizaron y en gran medida se adaptaron a la cultura local. Ciertamente, se produjeron cambios, pero no hubo un gran trauma, sino una situación de pacto y convivencia. Dicho de otro modo, estaríamos en un escenario de continuidad, pero bajo nuevas autoridades, lo que para muchos pueblos ha sido algo consustancial en su devenir histórico durante largos siglos, al haber sufrido múltiples invasiones u ocupaciones que comportaban la servidumbre a nuevos amos.

Dicho todo esto, y a pesar de haberse producido grandes masacres y haber pasado el tiempo del rencor, los gobiernos de los países muy raramente se disculpan o realizan reconocimientos hacia las víctimas de otros pueblos, incluso habiendo admitido más o menos abiertamente la brutalidad de muchas acciones. En fin, está claro que sólo los poderes organizados tienen la facultad de emprender y cerrar guerras, independientemente de lo que diga o piense la población, a la que se suele empujar a los conflictos mediante la mentira, el engaño y la manipulación masiva, aunque en última instancia, por si hay resistencia, se suele recurrir al mantra del espíritu tribal para justificar la agresión contra otros (los que supuestamente nos amenazan). Recordemos aquella famosa frase: “El patriotismo es el último refugio de los canallas.”

Por desgracia, es cierto que la sociedad occidental ha cometido muchos abusos y crímenes contra poblaciones nativas de todos los continentes, y no hace falta que los indigenistas o la ONU nos lo recuerden. No obstante, también es cierto que la propia población blanca ha sufrido lo indecible en continuas guerras durante siglos que culminaron con dos terribles guerras mundiales en las que se produjeron matanzas colectivas sin precedentes “gracias” a los modernos métodos de asesinato en forma de poderosísimas armas que exterminan en masa. Que se lo pregunten a los alemanes o a los rusos, por ejemplo, que fueron diezmados en las dos grandes guerras ya citadas. Tal vez ya sería hora de indagar quién está detrás de las guerras, invasiones y matanzas, o quién se beneficia de ello, porque desde luego la gente normal y corriente de cualquier raza o cultura nunca ha tenido nada que ganar en esas vorágines de sangre.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] El ecólogo Jared Diamond calcula que hasta el 95% de las muertes de indios se pudieron deber a las enfermedades traídas por los españoles desde finales del siglo XV, en particular en forma de grandes epidemias.

[2] En especial destacan las Nuevas Leyes de 1542, que reconocían a los indios como súbditos libres de la Corona.

[3] Por lo menos en la América Latina, es notorio que los españoles llegados de allende los mares tomaron esposas o concubinas indígenas –y no por violación– para crear sus propias familias en el Nuevo Mundo. Eso hizo que la población se fuera mezclando genéticamente hasta el punto que hoy en muchos estados latinoamericanos coexista una minoría de blancos –criollos o inmigrantes modernos– con una mayoría de mestizos (descendientes de las uniones entre blancos e indias) y de indios puros, combinación demográfica muy notable aún en algunos países.

[4] Un episodio muy significativo es que durante el dominio español en el siglo XVIII el virrey del Perú envió una expedición científica y pacífica a la isla de Pascua. En cambio, en el siglo XIX, con un Perú independiente, los esclavistas desembarcaron en la isla y se llevaron a la mayoría de la población como esclavos. Ahora resulta bastante incongruente que algún dignatario latinoamericano descendiente de esa casta criolla se convierta en férreo defensor del indigenismo y reclame atención para unos indios considerados inferiores por dicha casta.

[5] A este respecto, los adictos a la conspiración se refieren a un cierto Plan Kalergi, diseñado en 1923, según el cual se provocaría una invasión silenciosa de Europa occidental para desnaturalizar y neutralizar a la población indígena blanca e ir sustituyéndola paulatinamente por una población mestiza y multicultural, fruto de la incorporación masiva de gentes llegadas de otros continentes.

[6] Esto es bastante cierto en el caso de los visigodos, si bien las crónicas sobre la invasión de parte de la Península por parte de los suevos sí hablan de violencia y devastación.

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6 respuestas a “Indigenismo, invasiones y leyendas negras

  1. ¡Gracias! leyendo sus palabras reflexiono sobre la historia que se me ha contado. Soy mestizo mexicano y aquí en mí país hay mucho rencor, mucho odio, mucha corrección política y poca reflexión.

    1. Amigo Miguel Ángel,

      Muchas gracias por su comentario. Conozco lo que me explica. Hace ya algunos años estuve en México, y debo decir que tuve muy buena relación con varios compañeros de trabajo mexicanos, aunque prácticamente no se tocaba el tema de la conquista, de Cortés o de los españoles porque creaba una cierta incomodidad. Pero yo mismo vi que la sociedad mexicana es mayoritariamente mestiza y que todavía hay mucha población indígena más o menos pura, y que en algunas áreas rurales se ha conservado el idioma y las costumbres, con la lógica influencia hispánica.

      Fueron pocos los españoles que llegaron allí a conquistar y a hacer fortuna a cualquier precio. El resto de españoles, mis antepasados incluidos, se quedaron en la Península. No se puede generalizar ni culpar a pueblos enteros de lo que hicieron unos pocos. Son los actuales dirigentes de México y de otros países latinos los descendientes de esa clase dominante hispánica. Esa es la realidad. En cuanto a la historia, es la que es y, por mucho que nos duelan las atrocidades, no podemos borrarla ni cambiarla viajando en el tiempo. Todos los pueblos y razas han sufrido, como ya he expuesto. De rencor y del odio, aunque sea mirando al pasado, no puede salir nada bueno. Más bien, hemos de aprender y vivir en la concordia. La corrección política no hace más que generar enfrentamiento, división, represión y sobre todo complejo de culpa.

      Un cordial saludo para todos los mexicanos y latinoamericanos en general.

  2. Le he mostrado el post a mi chaval,con la intencion de que viera que aun queda gente honesta,que prefiere divulgar verdad,antes que sacar beneficio de la mentira.
    Para que se haga una idea,es de lo mejorcito que hay en su clase y si todo sigue asi,en poco tiempo,llegara a ser alumno universitario y despues de leer el informe,me planteó las siguientes dudas:
    1º/ ¿ Que es un indigena ?
    2º/ Si America no es el nombre de ninguna amiga o conocida suya,¿ que es ?
    3º/ Si España esta situada por alla y los godos vinieron por alli,los “egitos de tutankamos que estaban en el medio” ¿porque no lucharon?
    4º/ El cura ese,Bartolome de Las Casas,¿era de Franco o era de los buenos?.
    Comprende ud. como esta el tema,este articulo,cuasi imposible de difundir o explicar en cualquier centro educativo de la España actual,donde el iluminado profesor de Historia de turno,plantearia su limitada cosmovision particular,exclamando con todas las fuerzas que le permite su vacio neuronal,al mismo tiempo que sostiene con su mano el embudo puesto del reves que le tapa las ideas, ¡ pe,pe,pe,pero ¿ y laz cruzadaz que? ¿eh?.
    Menos mal que al chaval aun le vive su bisabuela,que le ayuda a completar,la cultura general de la que carece en el instituto.
    Y nosotros,los que ya pasamos del whisquichely,esperando pacientemente a que el motor arranque de una puñetera vez,eso si,muy pacientemente.

    Gracias por su trabajo. Un saludo.

    1. Apreciado Alarico,

      Como ya he comentado más de una vez, no estamos en la cúspide de la civilización, sino en lo más profundo del pozo. Lo que me explica sobre su chaval no me sorprende demasiado: están educando en la estulticia, la estupidez, la represión y la culpabilidad… y en la santa doctrina LGTBI (se me olvidaba). Esto es el Gran Hermano: el lavado de cerebro y la visión simplista y unívoca de las cosas, con buenos y malos. Por cierto, lo de “¿Fray Bartolomé era de Franco o de los buenos?” me parece cómico por no decir delirante. Yo recuerdo que en pleno franquismo, y en clase de religión, un cura tuvo el valor y la honestidad de decirnos a los chavales que los dos bandos de la Guerra Civil habían cometido terribles crímenes. Hoy esto es prácticamente una quimera.

      Saludos,
      X.

  3. Hola Xavier

    Excelente artículo. Ojalá pueda ser leído por muchas personas.
    Me ha pasado de tener discrepancias con algunas personas por mi punto de vista, muy similar al tuyo.
    Saludos

    Roberto

    1. Apreciado Roberto

      Gracias por tus palabras. Ya sé que en América este tema es especialmente sensible, pero hay que hacer frente a la verdad y la realidad, y no quedarnos en la corrección política. Por el camino que vamos, cualquiera que tenga opiniones libres o discrepantes se acabará enfrentando a una sociedad lobotomizada o zombificada por un pensamiento único basado en el odio y la división.

      Un cordial saludo,
      X.

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