Credibilidad y autoridad

esceptico_conspiracionesPodemos admitir que en los últimos tiempos cada vez hay más personas que son receptivas a eso que llamamos “ciencia alternativa”, o simplemente posiciones heterodoxas, críticas o escépticas. No obstante, siendo realistas, debemos reconocer que la gran mayoría de la población es reticente a oír otras cosas que no sean los discursos oficiales ante los temas de debate público. Y aun en el hipotético caso de conocer la existencia de esas “otras visiones”, no querrán darles ningún crédito o importancia. Esta es la clásica situación en que alguien que no comulga con el sistema intenta dialogar seria y sosegadamente sobre “la otra cara de la realidad” y el interlocutor –que puede ser una persona inteligente, culta y con muchos estudios– le pone cara de estupor o de extrañeza y no quiere entrar a discutir nada, pensando que el pobre crítico ha sido víctima de un engaño o de una secta, o que cree en conspiraciones, pseudociencias y demás ralea. O incluso que tal persona padece un trastorno mental o social; ya se sabe: los iluminados, los marginados, los poseedores de la verdad, los anti-sociales, los indignados, los individualistas, etc.

En este punto es cuando nos hemos de preguntar qué pasa con la cuestión clave de la credibilidad. O, dicho de otro modo, por qué motivo muchas visiones contrarias a los dogmas oficiales no son creídas y son automáticamente rechazadas pese a que muestran una solidez manifiesta en términos de argumentos y pruebas. Es el viejo problema de la doble vara de medir. La versión difundida por el poder puede tener muchos vacíos, dudas y problemas, pero tales defectos no son vistos por el público. Bastan unas cuantas explicaciones accesibles al ciudadano medio –como en la escuela– y todo lo demás es una enorme labor de lavado de cerebro, aplicado en todos los ámbitos, todos los días y a todas horas. Pero, ¿de dónde procede esa doble vara? ¿Por qué unas voces son aceptadas sin rechistar y en cambio otras producen reacciones contrarias y son sometidas a la máxima exigencia para ser creíbles?

Me he preguntado esto muchas veces al comprobar que, pese a moverse en los parámetros de la investigación científica, ciertos temas no admiten un debate social imparcial y desapasionado, y acaban siendo objeto de prejuicios y de reacciones emocionales. En la práctica, la gente “normal” no acepta fácilmente lo que sale de su terreno de comodidad y de creencia firme. Las personas necesitan tener referentes claros, guías y directrices. Necesitan que su mundo no sea cuestionado ni desafiado por elementos extraños. En cierto modo, se produce una vuelta a la infancia en que el input que se recibía en la escuela o en el ámbito familiar no era cuestionado. Y al final vamos a parar al quid de la cuestión; la credibilidad no depende de una discusión con argumentos y hechos contrastables, sino del factor de autoridad.

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Novela en que se basa la película

Para enfocar este tema, me gustaría retomar un caso que ya expuse en una entrada de hace unos años, y que tenía como eje el asunto de afrontar la verdad y qué hacer con ella una vez se ha asumido plenamente. Me refería entonces a una película de cierto éxito comercial llamada La caja de música. En dicho film, la protagonista es una exitosa abogada norteamericana llamada Ann Talbot (interpretada por Jessica Lange), que de pronto ve su vida alterada al saber que su padre, un inmigrante de origen húngaro, va ser procesado por graves crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. La abogada se siente indignada y cree que todo es una burda maniobra contra su padre, que se había mostrado como firme activista anticomunista (Hungría estaba entonces bajo la órbita soviética) y que por eso ha recibido esas falsas acusaciones. El siguiente paso es ya la apertura del juicio donde Ann trata de desacreditar las pruebas y testigos de la acusación, y obtiene cierto éxito en su defensa, pese a tener que oír a algunos testigos acusar a su padre de ser miembro de un escuadrón paramilitar que había perpetrado múltiples violaciones y asesinatos. Ann sigue sin ver otra cosa que una campaña de difamación en que se ha suplantado a un desconocido policía criminal con la imagen de su padre.

La situación en ese punto es que su amado padre, en el que confía a ciegas, está siendo atacado injustamente y que ella tiene que defenderlo a cualquier precio. Incluso cuando aparece algún pequeño atisbo de duda, el padre le dice: “¿Pero de verdad puedes creer que tu padre fue capaz de esas monstruosidades?” Sea como fuere, el proceso prosigue con más pruebas, pero sin que la acusación pueda demostrar nada fehacientemente. A última hora, a fin de recoger unos últimos testimonios, la defensa y la acusación se trasladan a Budapest, donde Ann piensa cerrar ya el caso en favor de su padre. Sin embargo, un encuentro revelador con una mujer húngara lo cambiará todo. Después de haber intuido la presencia de un chantaje hacia su padre por parte de otro ciudadano húngaro, Ann dará al final con el objeto acusador: la caja de música que desvela la existencia de unas terribles fotos en las que aparece su padre en el inequívoco contexto de los crímenes. El shock es enorme, pero al volver a Estados Unidos, su mente ya ha cambiado. Conoce la verdad y decide actuar en consecuencia. No es mi intención juzgar aquí lo que se ve en la película –que Ann envía la documentación al fiscal para que proceda en consecuencia– pero está claro que se produce la pérdida definitiva de la credibilidad de la hija hacia su padre.

Esta historia se puede trasladar sin demasiadas dificultades a lo que es el problema de la credibilidad científica, o incluso a otros campos como la economía, la política, etc. Las personas han crecido bajo el principio de una autoridad o referente en la que creen a modo de figura paterna (o materna). Esa autoridad, que socialmente está representada por el poder político, los medios de comunicación y la ciencia oficial, no puede ser cuestionada ni discutida por el individuo, porque éste de algún modo está unido mental y emocionalmente a tal influencia. “Mi padre no es una mala persona; no me puede mentir, no me puede engañar, no me puede perjudicar.” El reverso de este enfoque es igualmente válido: “Mi padre es bueno, siempre ha estado ahí conmigo, me ha aconsejado, me ha protegido, me ha sacado adelante… no puede ser un canalla.”

Por lo tanto, la palabra del padre, o de la autoridad, no se cuestiona. Lo que dice la autoridad es creíble per se, porque precisamente es la autoridad, y no hay forma de salir del círculo vicioso. Es como la famosa lista de Schindler: lo que está fuera de los márgenes del papel es la barbarie, el vacío y la perdición; en cambio, lo que está dentro es la verdad y la salvación. La vida de las personas está fundamentada en ese pilar de credibilidad y confianza hacia la autoridad, pensando que ésta es básicamente buena, y que –lógicamente– puede cometer errores, pero no nos va a mentir o manipular. La autoridad aparece pues avalada por el poder, que desde su posición de control y dominio permite poner el sello de “auténtico” y “fiable” a cualquier tipo de propuesta, teoría, iniciativa, regulación, etc. Por tanto, podemos decir que el ciudadano deposita su confianza en la autoridad desde su más tierna infancia y realiza un acto de fe ante todo lo que proceda de ella.

¿Y cómo lo hace la autoridad para imponer su credibilidad? Básicamente son dos mecanismos en juego. El primero es la propia difusión del mensaje deseado hasta la saciedad. Desde las más altas instancias se lanzan directivas, dogmas o proclamas y luego todos los niveles inferiores de poder se hacen eco del mensaje poniendo el debido sello de “oficial”. En este contexto, es evidente el papel decisivo de los medios de comunicación, que inundan de información a los ciudadanos a todas horas. El mundo moderno ha vivido esto desde el siglo XIX, y el siglo XX ya contempló el triunfo completo de la propaganda (como se vio en particular en los regímenes totalitarios): la repetición constante de consignas para ganar la mente de la población. Cuando todo el mundo ha recibido y asimilado el mensaje, que suele apelar –y mucho– a factores emocionales, la mente colectiva está ganada. Como resultado, la versión oficial es la única y la que contiene toda la validez, y quien se opone o hace críticas a tal versión se convierte es un disidente o un reaccionario, alguien que se posiciona contra el interés común. Por supuesto, en este escenario los medios de comunicación son un mero aparato del poder, una correa de trasmisión en que no hay ninguna independencia real, ni siquiera en la llamada “prensa alternativa”. Actualmente, el único atisbo de libertad y de contraste de opiniones se da en Internet, a cargo de entidades pequeñas o de personas que trabajan a título individual.

Bruno
Giordano Bruno: quemado por hereje

El segundo mecanismo es más brutal, pero al mismo tiempo más sutil, y descansa en el principio mismo de la autoridad: la posibilidad de imponer cualquier cosa por la coacción, el castigo, la represión o la violencia (lo que sustenta a los estados y administraciones, tengámoslo en cuenta…). En el mundo político y judicial –que están íntimamente unidos– esto es más evidente, pero en ámbitos como la ciencia no es tan fácil de detectar. Se supone que la ciencia es una actividad libre y honorable, pero en la práctica nunca ha sido “neutral”, sino que ha respondido a los intereses de los poderosos. De este modo, casi siempre ha existido una corriente principal (u ortodoxa) y otra minoritaria (o heterodoxa). En el pasado, ya lo sabemos, aquella ciencia que no concordaba con el poder político-religioso era perseguida y reprimida ferozmente, lo que a menudo implicaba el enjuiciamiento, la prisión, el exilio o incluso la ejecución para los “herejes”.

En el mundo moderno parece que esto ya está más que superado, pero existen otros mecanismos para ejercer la autoridad oficial, como pueden ser la falta de promoción, la marginación laboral o académica, el retiro de fondos o apoyos, el acoso personal, la imposibilidad de publicar (o sea, la censura), etc. Y por supuesto siempre hay espacio para criticar, ridiculizar o despellejar a los disidentes, acusándolos de todo lo posible, con el objetivo de quitarles toda credibilidad, que es el objetivo final. En este empeño, el poder puede recurrir a lo que haga falta, imponiendo incluso restricciones a la libertad de investigación y difusión de resultados. Esto se aplica, por ejemplo, en las ciencias sociales, donde no se pueden hacer revisiones históricas del Holocausto so pena de infringir las leyes, cometer delito y acabar en la cárcel. Y en el ámbito de la medicina es obvio que existe una abierta persecución legal contra teorías, terapias y productos naturales alternativos, tarea en la cual los estados y los emporios farmacéuticos van de la mano no sólo para desacreditar a los herejes sino también para imponerles castigos ejemplares por vía judicial.

Ahora bien, cuando el peso de la amenaza o el castigo es insuficiente o no es practicable, el poder recurre a otros métodos a fin de eliminar cualquier atisbo de credibilidad a los críticos. Así, se los vincula con elementos indeseables o se los etiqueta adecuadamente con estereotipos condenables socialmente. Por ejemplo, a muchos científicos opuestos a la teoría del calentamiento global antropogénico se les ha acusado de estar a sueldo de las compañías de combustibles fósiles. En otros casos, los que mantienen una posición disidente simplemente son asociados a movimientos perversos, ideologías de extrema derecha, creencias religiosas o pseudociencias. Pero incluso si todo esto falla, se tiende a minimizar la fiabilidad de la opinión disidente, restando valor a su credencial científica con argumentos de todo tipo: “No es su especialidad”, “Está obsoleto”, “Ya está retirado”, “En su universidad nadie le hace caso”, “Sólo quiere tener protagonismo”, etc. Y todavía queda lo más siniestro, pero más complicado de demostrar: científicos que mueren o desaparecen en extrañas circunstancias. Existe una amplia lista de científicos que entrarían en esta categoría; la gran mayoría son anónimos, pero también hay algunos nombres que se hicieron especialmente molestos para el sistema, como el Dr. Andrew Moulden, por sus exhaustivos y rigurosos estudios sobre los efectos nocivos de las vacunas, sobre todo en niños.

La cuestión es que, se mire como se mire, la credibilidad que aporta el estamento oficial –las autoridades políticas y académicas– se sustenta en ese statu quo de poder y de dictado de dogmas, en el que realmente no pueden recurrir a la verdad y al análisis imparcial y objetivo de la realidad científica, porque ni siquiera respetan sus propias reglas (las del paradigma del conocimiento empírico). Para sacar adelante su credibilidad han de echar mano de la manipulación, la tergiversación o simplemente la mentira más soez. Carecen de la antigua auctoritas romana, la legitimidad moral basada en la sabiduría, la honestidad y la ecuanimidad. Y a falta de moral, su posición de poder sólo se sustenta por la efectividad de la fuerza y la ley, la potestas.

gandhi_citaAsí, han de emplear todos los subterfugios posibles para cubrir de credibilidad lo que no hay forma de abordar honestamente. Por ejemplo, en muchos temas –sobre todo el “cambio climático”– dicen que el consenso entre los científicos es casi total, cuando esto es abiertamente falso. Existe una minoría de discrepantes, a veces no pequeña en número, y se trata de personas con la misma calificación académica, trayectoria o prestigio que los oficialistas, como mínimo. Pero tal maniobra no es más que una burda distracción, pues cualquier persona que sabe un poco de ciencia tiene claro que el consenso es un mero acuerdo político, una posición común de la mayoría, pero no una verdad científica[1]. En ciencia no hay “democracia” que valga. Da igual que una teoría o propuesta sea apoyada por 999 científicos contra uno. El número de personas o el acuerdo alcanzado no tienen peso en sí mismos; lo que tiene peso es la verificación de los resultados reproducibles. Así pues, y como dijo Mahatma Gandhi, “la verdad sigue siendo la verdad, aunque sólo la defienda una persona”.

A lo largo de los últimos años, y no sólo en mi especialidad de ciencias sociales, he visto como ese mundo de verdades científicas en gran medida no era más que una puesta al día de las antiguas religiones, en que el dogma se aplicaba sobre la población de forma plana e indiscutible, sin debate, ni contraste, ni raciocinio. Se trata de convencer e imponer la doctrina deseada mediante el uso de la autoridad, aunque ello a menudo violente de manera flagrante las propias normas creadas por el sistema. Algo no va bien, pues, cuando se tapan todas las miserias y se impide el debate público de todo aquello que es objeto de controversia. Cuando alguien levanta el brazo y discrepa, se activan todas las alarmas. Se trata de demonizar a todo aquel que cuestiona la autoridad, porque nos dicen que la autoridad deriva de la soberanía del pueblo (¡esta es la gran falacia!), y por tanto el discrepante es un enemigo del pueblo. Esto, que era el pan de cada día en los regímenes comunistas, lo vemos ahora en las condenas que los medios de comunicación hacen de todos los que piden y defienden una ciencia libre y honesta (o simplemente una sociedad con diversidad de pensamiento).

Lo peor, sin embargo, es que a estas alturas el engaño y la mentira más ruin y bochornosa se han convertido en algo habitual y aceptado por toda la población. Se han invertido los términos y lo malo se da por bueno, y al revés. En este blog he expuesto sobradamente la presencia de esta extraordinaria anomalía, que –de tan grande y “normal” que es– no parece llamar la atención de nadie. No obstante, cuando uno duda, se hace preguntas, se informa a fondo y busca los porqués acaba por descubrir que ahí en medio del sofá había un gigantesco elefante que antes no había visto, y que la mayoría de la gente sigue sin ver.

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Fármaco AZT: un veneno recetado

Por ejemplo, en el tema del SIDA, la supuesta identificación del virus VIH no cumplió ni uno solo de los requisitos metodológicos exigidos para dar por bueno el aislamiento de un nuevo virus. Pero (casi) todo el mundo de la ciencia aceptó que el VIH existía. Luego, las compañías que fabricaban los tests pusieron en sus prospectos –en letra pequeña– que sus tests no aseguraban la detección del VIH. Y aquí no pasa nada. Y los recuentos de linfocitos T4, cuya alta cifra en sangre siempre había significado mala salud, de pronto cambiaron de sentido por orden de los especialistas de SIDA; ahora un alto índice de T4 era señal de ir por buen camino, aun cuando la persona estuviera en un estado lamentable. Y para rematar la locura y la mentira se recetó a los diagnosticados de SIDA –incluso a los que no presentaban ninguna sintomatología o patología– el fármaco AZT, reconocido anteriormente por las autoridades sanitarias como un peligroso veneno. Pero el rodillo del poder ha pasado por encima de todo, incluso de las evidencias más sangrantes, como también vemos ahora con la creencia implantada –a fuerza de dictado político– de que los humanos no tenemos dos sexos sino muchos géneros, pese a que la biología es muy clara al respecto.

¿Les ha parecido poco? Con la histeria del cambio climático se han superado con creces. Gracias a su poder omnímodo, a la propaganda aplastante y al abuso de menores (léase la niña Greta y similares), han creado un estado de hipnosis colectiva y han hecho creer a la gente que estamos ya en “emergencia climática”, que el mundo está a punto de acabarse, que el dióxido de carbono es un gas tóxico y contaminante, que el hombre es culpable de todo eso por las emisiones de los combustibles fósiles, que desaparecen millones de especies animales, que la civilización es insostenible, que ahora hay más desastres que nunca. Casi todas las personas que conozco, incluidas muchas con estudios superiores, creen esto a pies juntillas y están dispuestas a hacer todo lo que impongan los gobernantes para “salvar el planeta”. Por supuesto, asumen como verdadero todo lo que se dice en televisión, pero no han contrastado ninguna información crítica sobre el tema, y –como poco– ven con recelo a los “negacionistas” (esto cuando llegan a saber que existen disidentes…). Ya he escrito tanto sobre esta bazofia que no creo que deba añadir nada más.

Lo puedo decir por activa y por pasiva, en mayúsculas o minúsculas, con cursiva o negrita, pero no se puede decir más claro: la búsqueda o investigación científica, aunque sea bajo las reglas del universo material, es un ejercicio de humildad, de duda, de reflexión, de libertad, de respeto, de debate y de contraste, en que podemos errar y desviarnos, porque esa es nuestra condición humana. Pero que nadie se confunda: en la ciencia verdadera no caben los dogmas, las imposiciones, las verdades proclamadas con altavoz, las amenazas, las represiones… y sobre todo las mentiras, se vendan como se vendan.

Desde luego, por muy grave que nos parezca todo esto, es sólo una pequeña parte de la mentira cotidiana. La autoridad se aplica también para dar credibilidad a todo el sistema de opresión que funciona bajo las etiquetas de “política” y “economía”, de tal modo que la gente crea en la bondad del régimen y las instituciones, en la virtud de la justicia o en el uso de un dinero que no es dinero. En fin, si ya en el ámbito de la ciencia –donde deberían reinar el rigor, la razón, la objetividad y el método– todo se ha convertido en el teatro de las falsedades y las imposiciones, qué podemos decir de ese nebuloso mundo de la política y la economía, que nadie entiende de verdad, porque en el fondo no hay nada que entender. Sólo hay que seguir tragando, trabajando, votando, pagando impuestos, endeudándose, etc. No vayan a creer que estamos en un mundo libre, por mucho que hablen de democracia, soberanía, derechos, mandatos populares y otras zarandajas similares.

Para concluir, retornemos a la película La caja de música para extraer una última enseñanza. Recordemos que la abogada vuelve a Estados Unidos con las pruebas del delito de su padre. Es todo muy claro y no hay discusión posible. Así, Ann le dice a su padre que ha visto las fotos, que ya no puede creer en él, que todo se ha acabado. Y entonces se podrían esperar dos reacciones por parte del padre. La primera: reconocer lo obvio, sacarse la máscara y decir a su hija: “¡Pues sí, soy un criminal! ¿Y qué pasa?” La segunda: admitir lo hecho, arrepentirse y pedir perdón de forma sincera. No obstante, en la película no vemos ninguna de estas dos cosas. El padre lo sigue negando todo. Explota, se enfurece y replica a su hija que ha sido engañada, que le han lavado el cerebro los comunistas. No quiere perder la autoridad sobre su hija, quiere seguir siendo para ella el referente de la verdad y la honestidad. Necesita ese poder y por ello sigue apelando a su condición de padre infalible y amoroso hacia los suyos, incapaz de ejercer la maldad. En suma, ha de engañar y mentir compulsivamente, hasta el infinito si es preciso, porque no quiere admitir nada, no quiere hacerse responsable de nada. Los demás tienen la culpa, él no. Sólo quiere defender su posición a toda costa, y –como ya no tiene credibilidad– ha de ampararse en su autoridad para seguir con su farsa.

Eso es exactamente lo que sucede con la elitista casta de innombrables que gobierna el planeta. Desde siempre, han estado echando mano de la mentira más rastrera para consolidarse en su posición de dominio. Necesitaban hacerse pasar por padres amorosos que han de cuidar de sus hijos, decirles lo que han de hacer y cómo tienen que pensar y actuar. La credibilidad se derivaba pues de su autoridad, de su papel casi divino. Pero no había realmente una credibilidad fundada en lo moral, lo ético o lo decente. Ni tampoco en la objetividad o ecuanimidad. La credibilidad se reducía simplemente a conquistar las mentes de la población y a exigir obediencia, pues sólo ellos tenían conocimiento de las cosas y poder para aplicar lo que era mejor en cada momento.

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Se creen protagonistas y son esclavos

Lo que ocurre es que ahora los hemos pillado con las manos en la masa. Cada vez salen más y más fotos de los crímenes, que ellos tratan de negar, tapar, destruir o desacreditar con todos los medios disponibles a su alcance. Aun así, la mayor parte de las personas sigue confiando ciegamente en ellos, porque si no creyesen en los políticos, los jueces, los periodistas o los científicos se derrumbaría su confianza y se hundiría su sistema de creencias, aquello que da sentido a sus vidas. Esto lo hemos visto ya en el mundo de la política, cuando muchos ciudadanos –a pesar de que han sido ninguneados, manipulados y engañados por sus instituciones, partidos o asociaciones– siguen aferrándose tercamente a la irrealidad y a la mentira, porque no son capaces de aceptar la verdad. Han vivido en el sectarismo y en las verdades únicas y salir de eso es muy difícil. Nadie quiere asumir la frustración y el trauma de ver que tu querido padre (o madre) te ha engañado y que además es un criminal de la peor calaña. En realidad, estamos ante un infantilismo llevado al extremo, en que no se quiere salir del engaño; hay que seguir creyendo en los Reyes Magos y en las baratijas que reparten.

En fin, esa es la realidad que tenemos y ahí está el problema del apego a alguien que no ejerce de padre sino más bien de amo de sus esclavos. En el mundo humano cabe el error y el egoísmo, pero estas personas que manejan nuestras vidas no parece que estén dispuestas a reconocer nada. No quieren mostrar su verdadero rostro ni quieren admitir la maldad de su actuación. Siguen vendiendo la mentira como la verdad más absoluta y bajo ningún concepto se sienten implicados por las consecuencias de sus actos, aunque en el fondo les aterra la idea de ser descubiertos. Son personas que no tienen piedad, ni empatía ni remordimientos… ni vergüenza. Es posible pues que estos individuos tengan mucho poder y autoridad, y por ello sacan adelante sus planes, pero si hablamos de credibilidad –la auténtica, la que emana de la rectitud y la sabiduría– no tienen ninguna.

Así pues, las consignas más infumables se siguen manteniendo e imponiendo a base de ignorancia, espíritu borreguil y, sobre todo, miedo. El miedo a desmarcarse de los demás, a pensar y a investigar por uno mismo, a cuestionarse las cosas, a ser políticamente incorrecto, a padecer marginación o acoso, a perder el respeto o aprecio de tu entorno… No obstante, creo que poco a poco cada vez más gente se va dando cuenta de que aquí hay algo que no funciona, que el cheque en blanco y la confianza absoluta en las autoridades ha ido demasiado lejos. Ya hay muchos científicos que no se venden, e incluso periodistas[2] que se bajan del carro del dogma obligatorio sin temor a las consecuencias. Ya somos mayorcitos para poder discernir entre lo falso y lo verdadero, y tomar decisiones sobre lo que nos conviene. La edad de la inocencia y la ingenuidad deberían ya acabar de una vez, por nuestro propio bien.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Creo que la razón por la que se insiste tanto en la existencia de consensos totales o casi totales es porque la gente no tiene una comprensión sólida de la práctica científica y de sus principios, y en cambio está acostumbrada –por la vía política– al sistema de partidos y de mayorías. Por consiguiente, si se les asegura que el 95% de los científicos dicen tal cosa, creen que debe ser cierta y que tantos no pueden estar equivocados.

[2] Véase esta valiente declaración de un periodista que se ha negado a vender la versión oficial sobre la farsa del cambio climático y que –tras informarse adecuadamente– ha expuesto al público su opinión sin ningún tapujo: https://www.vozpopuli.com/opinion/negacionista-cambio-climatico-greta-thunberg_0_1287172741.html


2 respuestas a “Credibilidad y autoridad

  1. Muy bueno el artículo.

    El mejor mentiroso es el que se cree ciegamente sus mentiras porque está profundamente programado.
    MK-Ultra.
    El Mundo no es entendible (hasta donde nos es posible entender) sin el reconocimiento de la programación mental desde el astral.
    Lo que antiguamente se denominaban demonios y que yo prefiero denominar ángeles-demonios para que los niños no sean llevados al huerto tras ver ropajes blancos (protégete de los buenos que a los malos se les ve venir) son los que verdaderamente controlan la conciencia de masas.

    Solo cuando ponemos en la ecuación esa X desconocida y que causa pavor pues actua no solo sobre la mente colectiva sino sobre nuestra mente, solo entonces toma sentido el sinsentido.

    http://pluralidaddelosmundos.blogspot.com/2012/05/demonologia-ufologia-trabajo-interior.html

    Hay una película que muestra la inserción de pensamientos en personas clave para reajustar los futuros probables.
    Destino Oculto ó The Adjustment Bureau.Incluso muestran cómo congelan la linea de tiempo.

    Por supuesto la mecánica transdimensional es mucho más compleja y no mostrable en una película.

    1. Gracias por el comentario Heliotropo

      Lo que mencionas sobre ese mecanismo de control ya lo he oído previamente y nos obliga a situarnos en otra esfera de “realidad”. En todo caso, sería objeto de otro artículo más profundo, que iría bastante más allá de lo que la gran mayoría de la gente quiere (o puede) creer. Por ejemplo, ¿podría creer la gente en lo que dijeron los gnósticos hace más de 2.000 años? Ahí lo dejo.

      Saludos,
      X.

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