La riqueza del beduino

(Cuento árabe atribuido a un maestro sufí anónimo)

Caravane_Marco_PoloCierto día, una gran caravana en la que viajaban los comerciantes más ricos y notables del califato fue víctima de una pavorosa tormenta de arena en el desierto. Hombres y animales se dispersaron o quedaron sepultados por las arenas. La mayoría de los potentados perecieron, pero unos pocos escaparon con vida, y consiguieron reagruparse. Sus servidores habían muerto o desaparecido, y carecían tanto de provisiones como de agua. Estaban perdidos y no podían esperar ayuda en tales circunstancias. Así pues, desesperados, agotados y sedientos, sin fuerzas ya para retroceder, decidieron adentrarse más en el desierto en busca de un oasis.

Tras caminar horas y horas, completamente exhaustos, toparon con un solitario beduino en su camello. Nada más verlo, fueron hacia él y le rogaron:

– ¿Puedes darnos un poco de agua? Estamos sedientos y vemos que tú llevas dos tinajas llenas.

– No, el agua es para mí. Todavía me queda un largo viaje.

– Pero seguro que puedes compartir un poco con nosotros. Danos agua; te pagaremos bien.

– No voy a daros el agua; es mi vida.

– No te apresures en tu negativa. Mira, podemos darte 1.000 dinares por una tinaja.

– No.

Los potentados se miraron unos a otros y viendo la dificultad del momento, decidieron ir más allá en su oferta.

– Bueno, tal vez lo consideres mejor si te concedemos 100.000 dinares por esa tinaja. Serás rico, el hombre más rico de tu comunidad. Podrás comprar muchas cosas…

– He dicho que no.

– ¿Es que estás regateando con nosotros? Bien, te ofrecemos un millón de dinares, eso no es dinero para nosotros. No se hable más. Acepta, somos hombres de negocios al más alto nivel.

– ¿Por qué insistís si ya os he dado mi respuesta?

– Te daremos… 100 millones de dinares, pero véndenos el agua o te arrepentirás.

– ¿Me estáis amenazando?

– No, de ningún modo. Te daremos esos 100 millones y 1.000 lingotes de oro. Y cientos de diamantes, lo que tú pidas.

– No hay trato que valga. ¿Acaso puedo beber las monedas, el oro, los diamantes? ¿De qué me sirve aquí vuestro dinero? Además, ¿por qué tendría que creer en vuestras promesas, ahora que estáis desesperados? Si yo fuera a suplicar un bocado de pan a la puerta de vuestros palacios, vuestros lacayos me arrojarían de mala manera a la calle.

Viendo que la situación era extremadamente grave, y sin fuerzas para atacarlo y robarle el agua, los comerciantes lanzaron su última oferta.

– Eres obstinado, y no aprecias las riquezas del mundo. Pero nosotros podemos darte algo más que no está al alcance de cualquiera.

– ¿Qué es tal cosa?

– Nosotros tenemos un pacto con el diablo, por el cual podemos concederte la inmortalidad. ¿Te parece poco esto? Danos el agua y te haremos inmortal. No hay mejor oferta, nadie te la hará.

– Lo siento, ¿a quién tratáis de engañar? Yo ya soy inmortal. Soy mucho más poderoso que todos vosotros juntos. ¿No lo habéis entendido a estas alturas?

Los poderosos trataban de buscar una salida en su desesperación y entonces uno de ellos se volvió al beduino y le dijo:

– Entonces, ¿es que no quieres nada de nosotros? Tenemos el mundo a nuestros pies y tú te permites rechazarnos. Algo podremos ofrecerte.

– Sí, así debería ser, pero no es el caso. Estáis completamente vacíos para mí. Mirad en vuestro interior y descubriréis de qué vacío estoy hablando.

– No entendemos…

– Por supuesto que no entendéis, ya que por donde vosotros pasáis sólo hay arrogancia, codicia, especulación, envidia, vicio, egoísmo, maldad en suma. Poder y dinero sí tenéis, pero… ¿algo de amor y compasión por vuestros semejantes, por los que sufren, por los muertos a causa de la guerra, la miseria y el hambre? ¿Tenéis sed? Os daré agua a todos, saciad vuestra sed. No os pediré nada a cambio, ni dinero, ni oro ni joyas. Ni siquiera vuestro agradecimiento.

– Escucha beduino, ¿Estamos hablando con el mismo Dios encarnado? ¿Puedes perdonarnos?

– ¿Dios? En efecto, soy Dios. Y también vosotros lo sois. Está en cada uno de nosotros cuando obramos bien con rectitud y compasión, buscando el beneficio de todos porque el otro no existe más que en uno mismo. Por eso, al daros agua, me estoy dando agua a mí mismo y a todos los hombres, sin ninguna distinción. Cambiad y cambiaréis el mundo. Podéis hacerlo, nada os lo impide.

Sin más palabras, todos se abrazaron, compartieron el agua, y los potentados prometieron cambiar para fomentar un mundo más justo, en el que el hombre fuera la medida de todas las cosas. Y así debe ser, puesto que todos somos uno y uno es todo.


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