¿Es el ateísmo una posición científica?

hawking_5Como ya comenté en su momento, en los últimos tiempos los medios de comunicación se han volcado a ofrecer al público una gran cantidad de información científica en forma de avances o descubrimientos de todo tipo en varios campos del saber. Muy posiblemente esto se hace con el ánimo de fomentar en la población una visión científica y objetiva de nuestro mundo, desterrando así todo tipo de supersticiones, pseudociencias o creencias que pudieran distorsionar la correcta interpretación del universo a través de la ciencia empírica (léase en tono irónico).

No obstante, me llama la atención que bastantes de esas noticias –relacionadas a menudo con la astronomía, la física, la química, la biología, etc.– comportan declaraciones altisonantes de científicos ateos que niegan a Dios de forma rotunda, incluso antes de que les pregunten sobre ello. Recordemos, además, que grandes buques insignia de la ciencia contemporánea, como el fallecido Stephen Hawking o el biólogo Richard Dawkins, se dedicaron con más o menos intensidad al proselitismo militante del ateísmo como estandarte del genuino pensamiento científico. Y dado este interés, me surge la correspondiente pregunta: ¿Es el ateísmo una posición científica? ¿O es otra cosa? A este asunto voy a dedicar este artículo.

Empecemos por el principio. No cabe duda de que la existencia de Dios ha sido uno de los temas clave de la filosofía durante milenios y, por supuesto, ha sido el eje de las religiones, tanto si se defendía la creencia en un solo Dios como en varios dioses. Sin embargo, quedaba otra vía de conocimiento: la ciencia, que despegó con fuerza en el mundo griego en el primer milenio antes de Cristo. Por supuesto, en otras civilizaciones anteriores había existido algún tipo de ciencia, pero ésta había quedado relegada a las puras aplicaciones prácticas (la técnica) o bien seguía mezclada en gran medida con la religión y el mito.

Lo que hicieron los griegos de la Antigüedad fue abandonar el reino de los dioses y centrarse en la mera observación y experimentación de la naturaleza (que ellos llamaban Fysis; de ahí la Física). De este modo, separaron claramente lo que era el mundo de las creencias y el mundo de lo que podía observarse y analizarse mediante los sentidos y el uso de la razón. Esta fue la primera piedra de lo que sería posteriormente la ciencia moderna, o ciencia empírica o positiva. De este modo, y pese a la presión de los credos religiosos y las imposiciones dogmáticas, los científicos fueron avanzando en la creación de un método científico que permitiera conocer la naturaleza y el universo de una forma fiable y contrastable. En este camino, muchos científicos mantuvieron sus convicciones religiosas porque ellas no interferían en su afán investigador, y veían perfectamente compatible la idea religiosa de la divinidad con la búsqueda de respuestas científicas.

Eso sí, cuando esa investigación descubría cosas más o menos incómodas o ponía en aprietos al dogma imperante se producía el temido choque con la autoridad político-religiosa, que no estaba dispuesta a ceder fácilmente ni a renunciar a las verdades reveladas. El caso es que, aunque muchos sabios fueron marginados, perseguidos e incluso ejecutados por defender sus ideas, ello no trastocaba sus visiones sobre Dios. Más bien creían que los que supuestamente “representaban a Dios” estaban equivocados, porque eran seres humanos falibles y las escrituras sagradas les merecían respeto, pero no como documento científico. El astrónomo Galileo, por ejemplo, tuvo que pasar por esto y se vio enfrentado a una jerarquía eclesiástica que se negaba a reconocer lo evidente. En todo caso, hasta el siglo XVIII la religión y la ciencia convivieron con sus roces y desencuentros, pero realmente no hubo una exclusión de Dios del ámbito científico.

Todo esto cambió con la Ilustración, el Enciclopedismo y la creación de sociedades científicas (como la famosa Royal Society), que comportaron un nuevo impulso al pensamiento y a la ciencia. Fue a partir de esa época en que la ciencia –y hasta cierto punto la filosofía– dio un marcado giro hacia el puro materialismo y hacia la desvinculación, no sólo con la religión, sino también con Dios. Como remarcó el brillante filósofo Bertrand Russell[1], en ese momento se asentaron tres grandes principios:

  1. Las afirmaciones sobre hechos deben basarse en observaciones, no en anteriores declaraciones de autoridad (o sea, dogmas) sin fundamento.
  2. El mundo inanimado es un sistema de autofuncionamiento y perpetuación, en el cual todos los cambios se ciñen a leyes naturales.
  3. Ni la Tierra ni el hombre son el centro del universo, y de hecho no hay propósito en la existencia humana. Es más, el concepto de propósito no tiene sentido en términos científicos.

Desde esa época, la ciencia se fue desmarcando progresivamente de los márgenes religiosos y fue consolidando un método científico que respondía exclusivamente al primero de los principios citados. Así pues, llegados al siglo XIX, aparece Darwin con su teoría de la evolución, que no sólo causaría un gran impacto en la biología, sino en todas las ramas de las ciencias naturales, y en general sobre todo el paradigma científico. Y aunque Darwin tenía raíces religiosas –en realidad sus estudios académicos fueron de teología y no de biología– su visión supuso el triunfo de la explicación “natural” frente a la explicación “divina”, que había dominado o condicionado la esfera científica durante siglos.

Origen_especies
Portada original de “El origen de las especies”, de Charles Darwin

Lo que vino a proponer el darwinismo fue el concepto de autonomía de la naturaleza, con sus propios mecanismos y leyes. En ese contexto, la variedad de especies y su adaptación al medio se debía sólo a la fuerza de la evolución, regida por un proceso de selección natural. Esto suponía que ningún ente divino había creado a las múltiples especies vegetales y animales, sino que estas se habían desarrollado desde las más simples hasta las más complejas por vías estrictamente naturales de competición y supervivencia. Así pues, la divinidad fue desbancada de su rol creador y en su lugar se entronizó a la propia naturaleza. Del mismo modo, todo lo que sonase a creación, orden o diseño fue progresivamente apartado del ámbito científico y en astronomía se impuso la idea del origen del universo a través de una gran explosión primigenia o Big-Bang.

Hoy en día, el evolucionismo impregna todo el pensamiento científico y la concepción de que el hombre no ocupa ningún centro en el mundo (ni que hay un propósito definido en su existencia) domina completamente el paradigma moderno. Es un edificio teórico que ha eliminado las causas últimas y se ha centrado en la pura materia, que es el objeto del estudio científico; de ahí que el paradigma sea calificado por algunos como materialista-reduccionista. En este contexto, sólo es digno de estudio lo que puede observarse y medirse de alguna manera. Con todo, por si quedara algún resquicio de divinidad en la ciencia, algunos científicos han creído oportuno hacer una cruzada intelectual contra la idea de Dios, por ser un concepto retrógrado heredado del pasado pero que ya no tiene ningún sentido en nuestro moderno dominado por la ciencia positivista. Así es como tenemos una pléyade de científicos que se declaran abiertamente ateos y que incluso escriben libros dedicados enteramente a esta cuestión, como es el caso del famoso biólogo británico Richard Dawkins, paladín de neodarwinismo y “azote de creacionistas y creyentes”, que firmó todo un alegato ateo en su The God delusion (“El engaño de Dios”).

Si ahora volvemos a la pregunta que encabeza este texto, nos topamos con el quid de la cuestión: ¿Puede la ciencia moderna negar a Dios a partir los fundamentos de su propio paradigma? “Por supuesto”, respondería yo mismo. Opinar es gratis. Otra cosa sería dilucidar si tal posición es coherente o tiene sentido desde una perspectiva estrictamente científica. Así pues, lo que quisiera destacar seguidamente es que el concepto propio de ateísmo no se sostiene dentro de los márgenes del marco científico actual, pues precisamente abordar la cuestión de Dios supera tales márgenes hasta convertirse en una pura postura ideológica. Trataré de explicarme.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es que el término “ateo” (del griego a-theos) significa literalmente “no-Dios” o “sin Dios”. Esto implica que la persona que se declara atea niega firmemente la existencia de Dios. Pero aquí surge el problema de base: cuando alguien afirma que Dios no existe, es porque detrás tiene un conocimiento o un saber que le permite asegurar que tal cosa es cierta. Pero ya hemos dicho que opinar es gratis y que las palabras se las lleva el viento. O que es igual decir verdad o mentira, o simplemente hablar por hablar. Sin embargo, si nos expresamos desde una posición estrictamente científica (que tiene por objeto analizar y conocer la realidad del universo para saber cómo funciona), entonces podemos decir que los científicos se han de ajustar a la máxima latina de facta, non verba (“hechos y no palabras”) y que lo que un científico afirma de modo tajante ha de ajustarse a los parámetros de su método científico. No hay pues opiniones, sino hechos que se fundamentan en la observación y la experimentación del mundo supuestamente objetivo.

Y aquí viene la conclusión evidente: el actual paradigma científico materialista (o positivista) se fundamenta en el estudio de la realidad material observable y medible, y por tanto el propio concepto de Dios –ya sea visto desde una perspectiva filosófica o religiosa– escapa por completo del margen de actuación de la ciencia, porque de ningún modo es experimentable. Como ya hemos mencionado, la ciencia moderna renuncia a explorar la causa última y siempre pone a la naturaleza como su “terreno de juego”, en que todo se ajusta a unas leyes y parámetros cognoscibles. Desde este modo de pensamiento, todo lo que percibimos –e incluso lo que pensamos– se deriva del mundo físico. Así, para los científicos materialistas, hasta la propia conciencia es un producto bioquímico de la actividad cerebral (siendo el cerebro un complejo mecanismo creado en el proceso de evolución).

En realidad, en la cosmovisión materialista, el ser humano –tomado como un conjunto de células y órganos– es una simple máquina que responde al interés de sobrevivir y progresar a cualquier precio, lo que le hace ser un ente egoísta per se, como el resto de criaturas maquinales. Esto lleva a concluir que hasta los propios genes que nos configuran han de ser también egoístas, lo cual explicaría la conducta natural competitiva y despiadada de los humanos. Véase lo que dice Richard Dawkins sobre este determinismo genético, en su libro El gen egoísta:

“…nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes. De la misma manera que los prósperos gánsteres de Chicago, nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades en nuestros genes. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta cualidad egoísta en el gen dará, normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano.”

Gen_egoista
El libro de R. Dawkins

Tomando este punto de vista, la ciencia de nuestro tiempo es estrictamente mecanicista, como si el universo fuese una gran máquina compuesta de innumerables piezas cuyos secretos tratamos de desvelar con nuestras herramientas intelectuales y tecnológicas. Lo que ya empieza a chocar es que los científicos ateos / darwinistas conciben esa maquinaria como fruto del caos y del azar, sin un orden establecido (ni propósito, como ya hemos mencionado). Y pese a ello, se lanzan a buscar regularidades y leyes que les permitan explicar el funcionamiento de la maquinaria, como si no hubiera detrás ninguna inteligencia o conciencia, y como si las complejas cadenas de ADN que constituyen el ABC de la vida –incluida la nuestra– hubiesen sido fruto de una azarosa y feliz combinación de casualidades[2].

Y por supuesto, que haya humanos en este universo es un mero resultado secundario de esa maquinaria, como tantos otros posibles resultados. Por ejemplo, para el descubridor del ADN y premio Nobel Francis Crick, el universo estaría “ahí fuera” con toda seguridad, aunque no hubiera humanos –y por ende se debería decir cualquier otra criatura– para observarlo. La verdad es que me resulta chocante que se pueda decir alegremente que sin observador el mundo estaría igualmente esperando “a que alguna entidad lo observase”. Claro que para los teóricos más avanzados de la física cuántica el observador y lo observado son inseparables, y, de hecho, el observador determina lo observado (véanse propuestas como el clásico gato de Schrödinger).

En todo caso, hay otro elemento que chirría en el ateísmo científico y es la propia necesidad de demostrar que Dios no existe. Así, cuando alguien pretende afirmar tal cosa, debe apuntalar esa aseveración con el mismo rigor científico materialista que se aplica en el estudio del universo. Sin embargo, aquí llegamos a una paradoja obvia. ¿Conocen ustedes a algún científico que haya tratado de probar fehacientemente que los gnomos, las hadas o los fantasmas no existen? Por supuesto que no. Hay científicos herejes que han entrado en el mundo de lo paranormal para explorar lo que se sitúa fuera de la realidad material o sensorial, pero con el ánimo de probar que tales entidades o fenómenos sí existen[3]. Ningún científico, sea cual sea su posición, se dedica a buscar pruebas de que “algo no existe”. Es completamente absurdo, pues la ciencia se dedica a estudiar lo que puede percibir, no aquello que “flota en la imaginación”. Así pues, el razonamiento es obvio: tratar de probar con el método y las herramientas de la ciencia que algo “no existe” es realmente una estupidez. Por lo tanto, si un científico ateo afirma muy convencido que “no hay Dios” debería probarlo en consecuencia empleando su método científico. Y eso es materialmente imposible.

Por tanto, ¿qué nos queda? Ante el problema suscitado, sólo cabe una postura lógica y coherente para los científicos defensores del paradigma: el agnosticismo. La posición agnóstica (del griego a-gnosis, “no-conocimiento”) es la que realmente tiene sentido en el contexto de la ciencia actual, pues el científico materialista debería desmarcarse del debate sobre la existencia de Dios, pues no entra en el campo que él considera abordable o cognoscible. Así pues, ante la imposibilidad de observar y medir a Dios, el científico ha de reconocer que no tiene argumentos o herramientas para probar la existencia de Dios, pero tampoco para negarla. En su planteamiento científico, Dios puede existir o no, pero él no puede determinarlo, y en consecuencia deja ese asunto para el ámbito de las creencias. El agnóstico se muestra pues como un auténtico escéptico, que tiene dudas sobre nuestra capacidad de conocer con certeza el mundo, y ya no digamos lo que está más allá de él.

De este modo, vemos que existe una importante diferencia entre el ateo y el agnóstico, pues mientras el primero se arroga una convicción de la inexistencia de Dios (y en muchos casos trata de convencer a los demás para sacarlos de su “error”), el segundo acepta humildemente la imposibilidad del conocimiento de Dios desde un enfoque estrictamente científico. El ateo no quiere plantearse siquiera la existencia de la divinidad, aunque –vista la forma activa en que lo combate– más parece que crea obsesivamente en él y que éste sea su enemigo acérrimo, al que debe negar ante la opinión pública. El agnóstico, empero, se mantiene en su línea de riguroso escepticismo y normalmente respeta –aunque no comparte– las creencias de tipo espiritual o religioso. Dicho todo esto, el hecho de declararse ateo o agnóstico no debería dar más prestigio, credibilidad o certeza al científico, pues queda claro que el campo de las creencias (o no creencias) queda apartado del rigor en la aplicación del método y la práctica científica honesta.

En suma, desde una estricta observancia de la ciencia empírica, los que afirman ser ateos deberían ser más precisos y reconocer que son agnósticos. Así, el impulso de promover y difundir un ateísmo militante parece más bien una postura meramente ideológica –por no decir política– con el fin de eliminar o reducir la tradicional influencia de las religiones en la población, o incluso de acabar con cualquier visión de tipo espiritual o de trascendencia en la vida de las personas. A este respecto, está claro que durante siglos la religión organizada persiguió a todos aquellos que se oponían a las escrituras y a los dogmas establecidos, pero ello no tenía realmente nada que ver con cualquier idea de divinidad. Lo que ocurre actualmente es incluso una situación inversa, en que el dogma materialista critica o censura cualquier propuesta sobre conceptos como principio original, orden, diseño, creación o conciencia que sugieran la entrada en una dimensión espiritual.

Para concluir, cabe recordar que muchos científicos a lo largo de la historia –y aún hoy en día– mantuvieron sus creencias sin que ello interfiriese en su labor de escrutinio del universo. Muy posiblemente, en el mundo actual la mayoría de estos científicos no creen en la visión tópica y antropomórfica de un Dios en forma de anciano de largas barbas blancas, con un triángulo sobre su cabeza y rodeado de ángeles que flotan entre nubes celestiales. Más bien podemos decir que su concepto de Dios está bastante alejado de la religión tradicional y se sitúa más próximo a la pura espiritualidad o ciencia de la conciencia, en que no hay una creencia implantada sino un conocimiento íntimo y profundo que quizás podríamos imbricar en el contexto de la gnosis.

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C. G. Jung

En este sentido, a modo de ejemplo representativo, me quedaría con la reflexión que hizo en su día el famoso psiquiatra Carl Gustav Jung. Concretamente, en una entrevista televisiva concedida a la BBC en 1959, le preguntaron si creía en Dios. Y Jung contestó: “Yo no necesito creer en Dios. Yo (lo) sé.” Más tarde, a petición de muchas personas, algo confundidas sobre estas palabras, escribió una carta en que clarificó su postura, que considero que podría ser compartida por muchos científicos que miran más allá de la pura materia y que buscan razones últimas. He aquí un breve fragmento de dicha carta que resume perfectamente la visión de Jung:

“Sé que estoy obviamente enfrentado a un factor desconocido en sí mismo, que yo llamo Dios en consensu omnium (“consenso de todos”), quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditur. (“Lo que ha sido creído siempre, en todas partes y por todos”). […] Sin embargo, debería considerar una inmoralidad intelectual caer en la creencia de que mi visión de Dios es el Ser universal y metafísico de las confesiones o “filosofías”. No cometo la impertinencia de una hipóstasis[4] ni tampoco una calificación arrogante como: “Dios sólo puede ser bueno”. Solo mi experiencia puede ser buena o mala, pero sé que la voluntad superior se basa en un fundamento que trasciende la imaginación humana. Dado que sé de mi colisión con una voluntad superior en mi propio sistema psíquico, conozco a Dios, y si me atreviese a expresar la hipóstasis ilegítima de mi imagen, diría que hay un Dios más allá del bien y del mal, que mora tanto en mí como en cualquier otra parte: Deus est circulus cuius centrum est ubique, cuis circumferentia vero nusquam (“Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes, pero cuya circunferencia no está en ninguna parte”).

Finalmente, para los que quieran explorar el vínculo entre el genuino espíritu científico y la búsqueda de la divinidad, les recomiendo que repasen este artículo que publiqué del científico británico Peter Russell, autor del notable libro From Science to God, que certifica el inevitable encuentro entre Dios y la ciencia (la que va más allá del paradigma materialista).

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] En su interesante obra The impact of science on society, de 1953.

[2] Véase la entrada que publiqué sobre el diseñador o programador del ADN.

[3] Otro tema sería el de afirmar que ciertos fenómenos observables no existen, como el conocido caso de los OVNI. Así, durante décadas, la ciencia oficial los ha negado fervientemente aduciendo que se trataba de fraudes (mentiras), alucinaciones u observaciones erróneas. Ahora, para sorpresa de muchos, parece que el estamento oficial ya admite que se trata en efecto de “objetos volantes no identificados”, y de aquí a que digan que muy posiblemente son naves extraterrestres sólo falta un paso… sin tener pruebas científicas de nada.

[4] Término griego que significa “consideración de lo abstracto o irreal como algo real” (o, en contexto cristiano, “supuesto o persona referido a la Santísima Trinidad”). También se podría considerar como “esencia” o “realidad verdadera”.


12 respuestas a “¿Es el ateísmo una posición científica?

  1. Un coronel llamado Willian Casey decia ” No hay ateos en las trincheras ” y Louis Pasteur afirmaba ” poca ciencia te aleja de Dios,mucha ciencia te lleva a El “.
    Observar,pensar y luego razonar,es un buen metodo para intentar descubrir o averiguar algo sobre Dios,no aportara pruebas,porque ningun metodo puede aportarlas,pero si despejara dudas,eso si puede hacerlo.
    Condicion imperativa es tener una azotea bien amueblada y un poco de conocimiento y fidelidad total a la verdad,si es que existe una verdad absoluta o en su defecto lo que mas se le parezca.
    Por otro lado me gustaria decir que si bien existen muchos divulgadores de ciencia,ojo,que no cientificos,que son ateos,tambien existen y esta vez si cientificos y de gran prestigio que han aportado mucho a la humanidad con su conocimiento y descubrimientos,que son Teistas,y casi todos Cristianos,son muchos,incluso algunos ateos que a raiz de sus observaciones,siendo fieles a la ciencia y a la verdad,se convirtieron en Teistas.

    Gracias por su trabajo.Un saludo

    1. Apreciado Alarico

      Gracias por el comentario, que comparto en gran medida. Siguiendo el lado jocoso, también los ateos desaparecen en cuanto perciben que el avión en que viajan se va a estrellar. Por lo demás, es cierto que muchos científicos han buscado a Dios, aun si darle ese nombre, en sus pesquisas científicas o han dado con él al tratar de obtener respuestas últimas en el propio campo científico (cuando éste deriva inevitablemente a posiciones filosóficas o espirituales.

      Cordial saludo,
      X.

  2. En este tema tenemos la polaridad creacionistas versus darwinistas o mecanicistas.
    Y ya tenemos flujo energético tutelado entre ambos bandos.

    ¿Y quién crea este flujo y para qué?.
    Pues los que no quieren ser vistos deben matar a Dios el cual es un concepto dado a las masas por los teocratas manipuladores de la especie humana.
    Pero Dios no es un concepto y no puede ser encerrado en tal porque no es lo que las masas han sido inducidas a creer que es.
    Dios no está separado del Hombre.Lo uno no puede ser sin lo otro.

    Afirmar o negar a Dios es absurdo, es como afirmar o negar nuestra SOMBRA en función de si unos creen que es real o aparente.
    En realidad no puede ser sin nosotros y viceversa.Y eso es lo que no quieren que entendamos.
    Es como el árbol y la semilla, quien iba a decir que de algo tan pequeño surgiera algo tan grande y que algo tan grande de como semillas algo tan pequeño.

    Como bien dices la ciencia moderna es ideología tutelada por los que no quieren que veamos-vayamos más allá del plano cartesiano, que si bien es cierto apenas es el comienzo de una casa con muchas moradas.

    Las bestias sin alma para destruir lo que no pueden poseer han de negar cualquier principio espiritual en el Hombre.
    De ahí que el cientifismo moderno esté financiado por las mismas fuerzas que usan la magia ritual y la ciencia secreta para manejar a las masas.

    Las disciplinas académicas modernas se han fragmentado para impedir una visión global de la Naturaleza y así hacer del Hombre un mero capricho del destino material.Una marioneta facilmente manejable.

    Sin embargo es justo lo contrario.Somos el origen y el linaje.
    Lo material es por nosotros y para nosotros y no al revés.

    La sangre blanca del Cordero del Big Bang es la nuestra.

    1. Gracias Heliotropo

      Profundo comentario sobre el tema. Efectivamente, Dios no está separado del hombre ni viceversa. Ni mucho menos es un ser que “está por encima de nosotros” (como el Dios tópico de las tres religiones monoteístas). Creo más bien que la religión ha sido una construcción para reconducir o amansar la espiritualidad genuina, y en ese sentido entendería la reacción de agnósticos y ateos, al considerar la religión como un fraude. Tengo que reconocer que son muy hábiles: crean la religión y luego la destruyen, llevándose por delante todo lo que haga falta.

      Saludos,
      X.

  3. Hola Xavier
    He discutido (en el sentido de cambiar opiniones) con varias personas sobre mi postura agnóstica. Creo que con este artículo voy a poder expresarme mejor.
    Gracias
    Saludos
    Roberto

    1. Gracias Roberto

      Espero que el artículo haya sido pues clarificador; dicho esto, siempre me ha parecido mucho más fácil defender una postura agnóstica que una atea o creyente, y más desde un enfoque científico.

      Saludos,
      X.

  4. Los griegos, los creadores del método científico, nunca renunciaron a “los dioses”, pero dios o los dioses, no tenían nada que ver con la imagen que después trasmitieron las religiones “modernas” a lo largo de la historia.

    El ateismo nunca puede ser defendido científicamente, porque la existéncia de dios (que cada uno defina ese concepto) no entra en el campo de la ciencia, pero por esto mismo, tampoco puede ser negado. El amor, la felicidad, la simpatía… tampoco se pueden medir, ni pesar, pero nadie duda que existan… a menos que nunca las haya experimentado.

    Un saludo.

    1. Apreciado piedra

      Muchas gracias por el comentario. Sí, en efecto, lo que quise decir es que los griegos separaron el reino divino del reino natural para llevar a cabo sus investigaciones. Ahora podríamos hablar mucho sobre el politeísmo de los griegos o romanos, pues en el fondo creían en un dios único y todos los demás eran manifestaciones de éste, como defendió el emperador Juliano al intentar reinstaurar el paganismo (que en su visión era mucho más filosófico que “religioso”).

      En tu segundo párrafo, completamente de acuerdo; en realidad creemos en un montón de cosas abstractas (que existen, pero no se pueden ver, tocar, etc.) y Dios tampoco es experimentable desde el método científico actual materialista. Desde esa posición, lo lógico es el agnosticismo, no el ateísmo.

      Saludos,
      X.

  5. Desde el prisma de la percepción psiconáutica el núcleo de la polémica se daría más bien en el error de interpretar cualquier modalidad de fenomenología cósmica (ya bien terrestre o celeste) en términos de entidades (sujetos), en lugar de como mero discurrir de acción (verbo).

    A estas alturas no solamente nadie en su sano juicio le da por hablar ya de “dios del aire”, “dios de la lluvia”, de la gravedad o de interacciones nucleares fuertes, débiles o hasta del electromagnetismo… toda vez se entiende de sobra que tales eventos son fenómenos y no hay entidades ocultas dirigiendo sus respectivos procesos.

    Con este y/o cualquier otro universo en progreso ocurriría justa y exactamente lo mismo. La acción deviene por sí misma de manera espontánea y natural, como mero resultado de una concatenación de causas y efectos cuyo origen hoy nos resulta inviable descifrar en la memoria y en el pasado del tiempo.

  6. II) [ No me coge el comentario entero; sorry ]

    Y lo peor no es ya que no haya nadie “listo, güeno, gwapo y omnipotente” al volante de todo el constructo sino que… ni siquiera existe inteligencia singular, propia y perenne tras cada una de las emanaciones de individualidad que normalmente sentimos encarnar.

    Es decir que, ni siquiera existen de facto los avatares entendidos como ‘nosotros’. Igualmente no pasan de ser más que meros fenómenos, cumpliendo su función de experimentación por sí misma, sin sujeto receptor, autor o dueño del compendio de experiencias.

    Curiosamente este prisma de entendimiento es el que parece prevalecer en las metafísicas y ciencias ocultas ‘nástika’: Vedanta advaita, budismo mahayana y derivados, zen, taoísmo, tantra, bön, etc.

  7. III) [ Ya concluyendo ]

    En resumen:

    No es ya que no exista “dios” sino que, por no existir… no existe “ni diosss” (XDD!).

    No existe nadie… realmente. Todo lo que se da en realidad es mera fenomenología percibida por una misma consciencia en ‘modo pulpo’; un cefalópodo con trillones y trillones de tentáculos sensibles aparentemente aislados y separados unos de otros, aunque unidos por los correspondientes extremos… que concluyen en una misma masa encefálica, que a su vez tiene un principio y un fin en un concreto fluir del tiempo.

    Y todo aquéllo que tiene un inicio y un final, en realidad NO es real. No pasa de ser una imagen proyectada en una pantallita que, desde siempre, nos pasó inadvertida.

    Por lo tanto: Solo existe la pantalla; y en realidad por defecto, está casi siempre vacía.

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