Dialogar con el diablo

Congreso_de_los_DiputadosSi exploramos la realidad cotidiana de eso que llamamos “política”, tendríamos que acabar por reconocer que –por mucho que nos esforcemos– no hay forma de explicarla en términos razonables y lógicos. Entre lo que se dice y lo que se hace suele haber una distancia enorme y, en general, el lenguaje político se puede retorcer hasta límites insospechados, a fin de “colar” cualquier cosa a los ciudadanos. Ahora mismo se vive en España una situación de cierto estupor y desbarajuste político que algunos pretenden solucionar mediante la aplicación de una palabra mágica llamada “diálogo”, concepto que mejor prensa no puede tener, aunque mucha gente desconoce o distorsiona su significado exacto, que en sentido estricto no equivale ni a “pacto”, ni a “negociación”, ni a “acuerdo”. El diálogo es simplemente un intercambio de mensajes entre dos o más interlocutores. Y tampoco implica necesariamente que los interlocutores se escuchen –de forma activa– ni que se entiendan, ni que compartan nada.

Sobre este tema del diálogo en el marco de la esfera política, déjenme que les exponga una cierta metáfora histórica, para comprobar precisamente que la historia se repite tozudamente una y otra vez, y que lo que ocurre ahora ya ocurrió antes en otros contextos no muy distintos, aunque las apariencias pudieran sugerir otra cosa. De este modo, veremos que el diálogo político –ya sea entre fuerzas políticas o entre estados– es una enorme farsa detrás de la cual ya hay unos planes e intenciones prefijadas, y que todo lo que se vende de cara a la galería es un mero despliegue de fuegos artificiales para justificar las posteriores acciones. Nada es lo que parece. Atentos pues a lo que pasó hace décadas y a lo que pasa ahora en nuestros ámbitos más próximos.

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Carné de filiación de Hitler al DAP (precursor del NSDAP)

Esta historia empieza en los años 20 del pasado siglo en Alemania. Por aquel entonces se estaba consolidando el NSDAP, el partido nacional-socialista de los trabajadores alemanes, liderado por Adolf Hitler. Era un partido, o más bien un movimiento[1], de corte ultra-nacionalista y radical que se basaba en lo que hoy se denomina convencionalmente “populismo”, con una fuerte dosis de racismo, supremacismo y totalitarismo, que consiguió calar en amplias capas sociales (sobre todo bajas y medias) gracias a su discurso emocional, patriótico y victimista, haciendo ver al pueblo que todos se habían conjurado contra Alemania, tanto los enemigos exteriores como los “traidores” interiores. Este partido no estaba pues para dialogar con nadie, pues su planteamiento era unívoco y hostil tanto hacia otros sectores de la población alemana como hacia las grandes potencias. Eso sí, para poder crecer y hacerse una opción deseable y realista, se apuntó al juego democrático, se alió ocasionalmente con otros partidos pangermanistas y se presentó a las elecciones al parlamento de la República de Weimar, obteniendo cada vez mejores resultados. El objetivo final era participar del sistema para luego tomarlo y dinamitarlo desde dentro.

Los nazis ya mostraron en esa época que su visión de Alemania y del mundo no admitía diálogo ni acuerdo con otras facciones o maneras de entender la sociedad, pues se encerraron en su ideal patriótico y totalitario basado en el odio y en el agravio, con un enemigo principal: los judíos. Así pues, decidieron acabar con cualquier diversidad social o ideológica en su país, montando grandes concentraciones, marchas y desfiles de antorchas que reforzaran la cohesión popular y la identificación entre el nazismo y Alemania. Asimismo, se apropiaron del espacio público y ejercieron la coacción social y política –que incluía la violencia callejera– con sus escuadras de agitadores y matones (las SA o camisas pardas), y extendieron su simbología ritual por todas partes en forma de estandartes, banderas y sobre todo cruces gamadas. En esa visión no había lugar para una Alemania “de todos”, sino una identificación total entre ser un buen alemán y un buen nacional-socialista. No había pues ningún intercambio de mensajes, sino un mensaje único que debía ser impuesto a toda la sociedad.

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Adolf Hitler saludado por miembros de sus SA (1931)

Llegados a julio de 1932, los nazis obtuvieron su primera victoria electoral con poco más del 37% de los votos, consiguiendo más escaños que cualquier otra fuerza, pero quedándose en una mayoría simple que no les permitía gobernar solos. En ese contexto, con una gran fragmentación de partidos y con fuertes hostilidades entre éstos (sobre todo entre los comunistas y los nazis), el diálogo político se hizo imposible y no se pudo formar un gobierno estable. En noviembre de ese mismo año se repitieron las elecciones, con una nueva victoria nazi (33% de los votos), pero con la pérdida de hasta 34 escaños. El país siguió falto de acuerdo entre las fuerzas políticas y con unas perspectivas de gobierno aún peores, mientras los nazis, pese a su triunfo, seguían en la oposición a la espera de asaltar el poder. Así, a inicios de 1933 el débil gobierno de Schleicher cayó y –para superar la constante inestabilidad– el presidente de la República, el mariscal Hindenburg, acabó por nombrar canciller a Hitler para que formara gobierno[2].

A partir de ese punto, Hitler ya tuvo las manos libres para ejecutar su política totalitaria, que acabó en pocos meses con el régimen democrático de la República de Weimar, pues las elecciones generales convocadas en marzo estuvieron completamente manipuladas por los nazis (¡y aun así tampoco llegaron a obtener la mayoría absoluta!). Poco después, se acabaría prohibiendo todos los partidos –menos el NSDAP, naturalmente– y persiguiendo a todos los enemigos políticos y disidentes. Se instauró un régimen dictatorial sustentado en un enorme aparato burocrático policial y de propaganda, con un masivo adoctrinamiento en todas las capas de la sociedad, empezando por la escuela. Ese fue, desde luego, el fin de cualquier “diálogo interno” en Alemania, pese a que buena parte de la población alemana no era nazi.

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Tratado de Versalles

No obstante, quedaba otra faceta que los nazis debían cumplimentar: su reposicionamiento en la esfera internacional. Aquí tenían una misión que cumplir que no aceptaba recortes ni retrasos: devolver al país su dignidad y sus derechos, arrebatados en gran parte por el funesto Tratado de Versalles. Eso comportaba una serie de desagravios, concesiones y devoluciones territoriales, más otras legítimas aspiraciones del pueblo alemán, incluyendo un rearme adecuado y la atención a las comunidades germánicas oprimidas en otras naciones. Y aquí, una vez más, los nazis se hicieron las víctimas y esgrimieron su buena voluntad y determinación para resolver los conflictos de manera pacífica y dialogada, recurriendo a las negociaciones con los diversos países europeos, y en particular con las principales potencias democráticas, Francia y Gran Bretaña. Por supuesto, su “voluntad de diálogo” no era otra que la de imponer sus intenciones sí o sí bajo una mascarada de negociación, en que siempre se podía culpar a la otra parte de romper los puentes y negarse a entrar en razón.

De este modo, durante los años 30 se produjo un amplio despliegue de diplomacia europea a fin de dar “solución” a los conflictos –reales o imaginarios– que tenían lugar en el continente. Entre estas maniobras cabe destacar una que no protagonizaron los nazis, sino los muy democráticos británicos. Fue el Comité de No-Intervención en la Guerra Civil española, que tenía como objetivo explícito apagar la guerra negando los recursos bélicos a ambos bandos, al tiempo que se procuraba que la contienda no se internacionalizase. En la práctica, como todo el mundo sabe, fue un ejercicio del más puro cinismo e hipocresía política, pues el diálogo y acuerdo entre los firmantes se tradujo en todo lo contrario a la intención declarada: los dos bandos pudieron recibir sin demasiados problemas armas y tropas de otros países (básicamente de las dictaduras soviética, fascista y nazi), la guerra se alargó y se hizo más cruenta, se selló el destino de la República española y se creó un clima de fuerte inestabilidad europea.

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Hitler en un típico acto de masas nazi (1933)

A todo esto, Hitler siguió reuniéndose con los diplomáticos occidentales y les expuso cortésmente sus demandas, porque él quería pasar por ser un “hombre de paz”. Pero mientras que a la República de Weimar apenas se le hicieron concesiones y fue obligada a sufrir duras cargas, con Hitler todo fueron contemporizaciones, que acabaron en la total claudicación ante los hechos consumados del régimen nazi: la anexión de Austria (1938) y luego de Checoslovaquia (1939). Con todo, los dirigentes occidentales (sobre todo Chamberlain), sacaron pecho por haber conseguido frutos de su diálogo con Hitler en el Pacto de Munich, al haber salvado la paz europea… aun a costa de plegarse a los deseos de los nazis en Centroeuropa. Para el régimen nacional-socialista quedaba claro que la táctica del diálogo internacional era un cheque en blanco para imponer su voluntad y sus acciones unilaterales, frente a las cuales nadie decía nada, más allá de algunos aspavientos, porque todo se hacía en aras de “solucionar un conflicto”. Pero todavía quedaba un escollo más para los alemanes: Polonia, país con el cual los nazis habían firmado un tratado de amistad en 1933 pero que se mostraba reticente a aceptar las demandas alemanas.

Entonces, en medio del estupor internacional, se abrió un inaudito escenario de diálogo y acuerdo entre los dos archienemigos europeos: el régimen nazi y el soviético. Así, el 23 de agosto de 1939, las dos potencias que antes no se habían podido entender de ninguna manera firmaron por sorpresa un Pacto de no agresión (o Ribbentrop-Molotov, por los ministros de Asuntos Exteriores) que instaba a resolver sus disputas pacíficamente e incluso formalizaba cierta colaboración. Con esta jugada surrealista se pudo fundamentar una acción contra Polonia sin que la URSS se sintiera oficialmente amenazada (e incluso se acordó secretamente que los rusos ocuparan la parte oriental de Polonia). Ahora bien, faltaba una buena excusa para hacer detonar la bomba. Así pues, Hitler exigió un diálogo definitivo al gobierno polaco para solucionar los dos graves asuntos pendientes: la salvaguarda de la minoría alemana en Polonia –que era objeto de acoso y persecución– y el establecimiento de un pasillo en el llamado Corredor polaco que enlazase la Prusia oriental con el resto de Alemania, aparte de la devolución de la ciudad libre de Danzig[3].

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El ejército alemán traspasa la frontera polaca (1939)

Polonia podría haber intentado entonces un acercamiento para evitar males mayores, pero optó por abandonar las negociaciones diplomáticas. A Hitler le bastó esta ruptura para justificar su actuación; dado que los polacos se negaban a dialogar y a entrar en razón, Alemania se veía obligada a pasar a los hechos. En consecuencia, las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939 y las alarmas saltaron en toda Europa, pues Polonia estaba protegida por un acuerdo con Francia y Gran Bretaña. Dos días después, ambos países decidieron cumplir su palabra y declararon la guerra a Alemania, dando el pistoletazo de salida a la Segunda Guerra Mundial. Para desgracia de los polacos, empero, ni franceses ni británicos hicieron absolutamente nada por auxiliarlos, pero en todo caso el escenario de la guerra ya estaba en marcha. Por consiguiente, todos los diálogos, acuerdos y pactos no sirvieron para nada más que justificar una guerra de cara a las respectivas opiniones públicas de cada país. Todo fue papel mojado o una farsa para acabar implementando lo que ya se había decidido.

Si ahora avanzamos 80 años y nos situamos en el actual panorama de España, tal vez bastantes de los hechos citados nos resulten familiares, con algunas semejanzas que también giran en torno al tan manido diálogo (o a la falta de éste). Aquí se puede apreciar una realidad política enmarañada desde hace unos pocos años, gracias a la fragmentación del arco político y a la presencia de más partidos principales –aparecidos y aupados a lo más alto por arte de magia– que dificultan la posibilidad de alcanzar mayorías si no hay un diálogo entre todos que rompa el temido bloqueo. Pero, como ya es más que patente, casi todo el mundo ha decidido romper los puentes, no sentarse a tomar café con nadie ni dar agua al enemigo. Todo son declaraciones altisonantes para defender la postura propia y no ceder ni un ápice ante las exigencias –o simples propuestas– de los demás. Tampoco faltan en este sainete los del “yo contra todos”, pues nadie quiere dialogar con ellos (o al menos si no queda más remedio, a fin de lograr el poder).

Otros ofrecen diálogo, es cierto, pero siempre que sea a cambio de cargos, prebendas y altas posiciones. Entretanto, los que tienen que dialogar con los demás para formar gobierno insisten en que están abiertos a todo, pero que quieren gobernar en solitario, pues sólo ellos tienen la legitimidad para tal misión y esperan que los demás simplemente cedan “por el bien del país”. Por tanto, el diálogo que proponen consiste en ofrecer algunas migajas y reclamar sumisión. Pero, claro, luego resulta que cualquier acuerdo o participación de los supuestos socios es poco menos que pactar con el diablo, dejando en pleno insomnio a todo un presidente.  Sin embargo, la función es tan grotesca que –apenas realizadas unas nuevas elecciones– los hasta entonces indeseables resultan ser ahora amigos de toda la vida y socios preferentes, en un abrazo bien digno de Ribbentrop y Molotov ante el pasmo de todo el mundo. Y tampoco faltan los equidistantes que niegan tajantemente el diálogo hasta que el líder del partido despierta un día y decide hacerse el bueno y tender su mano para el acuerdo, cuando ya es tarde y casi nadie le hace caso.

A todo esto, cierto movimiento republicano-patriótico exige diálogo –porque ellos son muy demócratas y pacíficos– para acabar con un terrible conflicto que han montado ellos a partir de su ineludible mandato popular, que también han montado ellos, a pesar de que saben bien que su posición no es mayoritaria en su comunidad. Pero eso da igual, es una nimiedad que no merece ningún diálogo interno. Ahora bien, como de alguna manera tienen la sartén por el mango, amenazan con actuar unilateralmente y perpetuar el bloqueo político, lo que incluye impedir cualquier opción de gobierno que no se atenga a sus condiciones, deponiendo gobiernos las veces que haga falta si no se satisfacen sus legítimas aspiraciones. Vemos pues ese viejo estilo de diálogo en que no se trata de negociar o acordar nada, sino de imponer sí o sí la agenda propia. A su vez, las otras opciones políticas en liza tampoco están por la labor de conceder nada, pues la democracia –más que nunca– se ha convertido en una guerra de partidos e intereses que ya llega al punto de convertirse en una guerra social y una trifulca continua. Esto sucedió en España, por cierto, hace 80 años, cuando tanto se dialogaba en Europa, y acabó en la ya citada Guerra Civil.

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Un Brexit que nadie entiende (en Reino Unido tampoco)

Naturalmente, todo esto lo podríamos exportar a otros países, incluso de mayor tradición democrática, como el caso del propio Reino Unido, en que a partir de un despropósito en forma de un referéndum (el Brexit) que nadie pidió, se ha roto el diálogo entre los partidos –e incluso entre los miembros de un mismo partido– hasta hacer que la situación política y social británica sea un auténtico galimatías del que nadie sabe cómo van a salir. Otro tanto se podría decir de la política italiana y sus continuas crisis y desencuentros entre los partidos, o del reciente espectáculo mediático de la política estadounidense, en que con sólo dos partidos –y un presidente que no tiene por costumbre dialogar– basta para que todo el mundo se tire los platos por la cabeza. No sigo con la lista, porque sería una pérdida de tiempo citar tantos países encharcados en la más barriobajera lucha política en la cual los partidos no pueden o no quieren entenderse.

Y uno, desde la más completa ingenuidad, se podría preguntar por qué suceden estas cosas en el ámbito de los que tienen la responsabilidad de gobernar. Si en la vida cotidiana, en la familia, el vecindario, la comunidad, etc. las personas se hablan, se escuchan y acaban por buscar puntos comunes que resuelvan las diferencias o discrepancias, ¿cómo es que en la política son incapaces de dialogar a fin de acordar temas de máxima importancia? Igualmente sería del todo impensable que en el mundo del trabajo y la empresa no existiera el diálogo necesario entre las distintas partes para sacar adelante la empresa y superar las dificultades. Pero, ¡ah, amigo!, la política es otro asunto bien distinto.

La historia nos demuestra que en ese teatro del diálogo político nunca ha habido realmente buenos y malos, aunque siempre se ha tenido la oportunidad de cargar las oportunas culpas sobre unos malvados oficiales, como fue el caso de los nazis en el siglo XX. Sin embargo, fue cada país o facción el que representó en cada momento su papel con una variedad de posturas prefabricadas, como: “ahora te dejo hacer lo que quieras”, “ahora me planto”, “ahora no hablo contigo”, “ahora te amenazo”, “ahora no pienso renunciar a nada”, “ahora nos reconciliamos”, “ahora vas a tragar lo que yo te diga”, etc. Acostumbrados como estamos a ponernos una etiqueta y a defender una trinchera que en realidad no es nuestra, creemos que el argumento que propugnan “los nuestros” es el bueno y que la culpa de todo la tienen los demás. Pero tal diálogo, posible o imposible, es una completa farsa, una elaborada escenificación para que la gente se acostumbre a las diferencias y divisiones y se vea obligada a tomar partido y, llegado el caso, a aceptar el conflicto como algo inevitable.

No hay pues diálogo de verdad en la escena política. No hay interlocución, comprensión, empatía o ganas de construir. Sólo vemos una cháchara infumable o unas declamaciones de actores, sin ningún poder real, que representan una función que ha sido decidida y escrita en ámbitos reservados y secretos para contentar a las respectivas parroquias y para justificar lo injustificable cuando se llega a un callejón sin salida. Todos cumplen las instrucciones dadas y luego son tan amigos en sus ambientes lógicos, pero de cara a la galería se amarán, se odiarán o se ignorarán según lo marque el guion. Los que creen en esa hiperrealidad prefabricada y dirigida ni siquiera se imaginan que les puedan estar engañando de esa manera tan grosera. Pero es que los políticos (por lo menos los del más alto rango) no resultan ser de nuestra especie: o son increíblemente ineptos o son miserables en grado sumo; yo me inclino por lo segundo.

En fin, en un mundo normal de armonía y concordia, la gente colaboraría y daría lo mejor de sí misma para llegar a una situación de acuerdo y provecho para todos. Sin embargo, la política es realmente un diálogo con el diablo… o tal vez sería más adecuado decir un monólogo, pues el discurso de muchos es en realidad el discurso de uno.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] En realidad, para muchos autores se trataba de una auténtica religión pagana basada en unos ideales y dogmas superiores e indiscutibles, con un mesías (Hitler), unas escrituras sagradas (el Mein Kampf), un elaborado ritualismo (las concentraciones) y una simbología mágica (basada sobre todo en la esvástica).

[2] Resulta casi kafkiano cómo se le pudo entregar el poder a una persona que tenía por objeto acabar con el mismo régimen que le había dado cancha para crear una Alemania completamente distinta. Además, no había ningún equívoco al respecto: Hitler ya había dado un golpe de estado (fallido) en 1923, por el cual fue detenido y juzgado. Por tal delito, según la ley alemana, debería haber sido condenado a cadena perpetua, pero sólo se le impusieron 5 años de prisión –en un castillo que más parecía un hotel– y ni siquiera llegó a cumplir un año completo. Tampoco fue inhabilitado, por lo cual, en cuanto salió de prisión, pudo proseguir con su lucha política con total normalidad.

[3] Esta separación había sido otra de las polémicas medidas del tratado de Versalles, que dejó a la parte más oriental de Alemania incomunicada con el resto del país para permitir una amplia salida al mar (el Corredor) al nuevo estado polaco.


6 respuestas a “Dialogar con el diablo

  1. Sin duda, se siguen rigurosamente los postulados de la “ventana Overton” con la inestimable ayuda del bombardeo mediático. Muy bien definido en el siguiente párrafo:
    “”Pero tal diálogo, posible o imposible, es una completa farsa, una elaborada escenificación para que la gente se acostumbre a las diferencias y divisiones y se vea obligada a tomar partido y, llegado el caso, a aceptar el conflicto como algo inevitable.””

    1. Gracias por el comentario Mi Rincón

      En fin, creo que es bastante evidente que la realidad supera a la ficción y al conspiracionismo. En este sentido, la ventana de Overton es un instrumento más que permite manipular estas aceptaciones o sumisiones por parte de la ciudadanía. El problema de fondo es que no hay “democracia” verdadera en ningún lugar del planeta: existe la dictadura de una casta y la sumisión del rebaño. Y si se permite que esa gente gobierne y nos venda su “diálogo”, seguiremos así per secula seculorum.

      Saludos

  2. No es solo que sean ineptos o miserables aunque también sino que han sido escogidos para estar donde están por las mismas fuerzas invisibles que los usan para mantener un cierto estado de vibración y transmitirlo continuamente a la población y ellos/as son las cuerdas de la guitarra que tocan a todas horas.

    El BreXit (como no en el REINO UNIDO, simbolismo mesiánico) en mi opinión simboliza la ruptura entre los que quieren ver y verán y los que no.No digo que los que lo apoyen son los que ven o al revés, no, en estas mecánicas simbólicas las razones políticas o si son buenas o malas a nuestro entender son lo de menos, lo que importa es lo que simbolizan y en este caso se nos está hablando de una ruptura o salida de una parte del todo o lo que es lo mismo un tránsito entre dos tipos de humanidades mezcladas y obligadas a convivir para beneficio de parásitos astrales que viven de estos procesos.

    Esa ruptura necesaria, inexorable y curativa a largo plazo es ya inevitable y exponencial mas no tiene que darse necesariamente sobre el plano físico de formas violentas sino en la esfera de lo mental lo que también en simbología mesiánica significa separar el trigo de la paja.

    Cuando llega la luz los que pueden ver ven mas los que no permanecen en penumbras.
    Y la Luz siempre resulta perturbadora cuando llega para los que permanecen a oscuras por ello estos procesos nos permiten tener la suerte de tomar partido por crecer en conocimiento o permanecer a oscuras.

    Eso es el crecimiento del alma.

    1. Apreciado Heliotropo,

      Gracias por tu profundo comentario, que va en la línea de traspasar el mundo material (o Matrix) para llegar a la esencia, algo que ya sugerí en la anterior entrada sobre al asunto arcóntico. No he querido ir tan lejos ahora, pero sí al menos hacer una reflexión de fondo sobre lo que cada vez parece más evidente para más gente y es la farsa de nuestro mundo “real”, en que la política aparece como una manipulación más, sino la más estridente.

      No sé hasta qué punto hay simbolismo en eso que mencionas del Brexit, pues todo lo que viene de arriba forma parte de la manipulación (incluyendo todas las oposiciones controladas), y no soy capaz de distinguir luz entre tanta penumbra y caos. Si todo lo que está pasando -que no es poco- es un “despertador de conciencias” para ver quien lo capta y puede salir de la Red, la verdad, no te lo sabría decir. Lo que está claro es que la hipnosis colectiva está funcionando a potencia máxima… ¿para tratar de frenar lo inevitable?

      Saludos,
      X.

  3. Muy pero que muy bueno, y hace poco, viendo un video de Fortunata y Jacinta sobre los origenes de la Segunda Republica con el famoso pacto de San Sebastian, como ese escenario ya me quedaba + lejano ke el de la guerra civil aunque es igual de absurdo y camorro que este, pensaba, / la politica es tan absurda y tan camorra, que no hay quien la entienda, o no se entiende a la primera, desde luego/. Pero date cuenta, y de este tema ya hemos hablado un poquito, que en medio de aquel escenario europeo, estaba tambien SUIZA, con su parte ALEMANA y tambien ITALIANA y FRANCESA, y sin embargo los camorristas la respetaron y Suiza, a dia de hoy y desde hace muchos años, concretamente dos siglos y pico porque Napoleon si la invadio en su dia, es lo mas parecido a una sociedad que funciona como una empresa o una escalera de vecinos, con ganas de salir adelante y dialogo de verdad debido a su democracia de verdad, ya que con un numero minimo de firmas el pueblo puede convocar un referendum y por eso no prosperan los chiringuitos ideologicos ni los numerosos elevadisimos impuestos con su burrocracia y funcionariado…Un liberal dijo en una charla que los politicos suizos SOLO COBRAN LAS DIETAS y NO TIENEN PAGAS VITALICIAS, ahora, si es mentira pues no lo se… Y el resto del mundo, estamos inmersos en la pesadilla de la camorra y el absurdo mas alucinante y encima lo vemos NORMAL….Es tan raro todo…

    1. Gracias Ania

      Pues ya ves que la historia se repite y funciona con unos mecanismos bastante similares. Mucha gente ya ha advertido los parecidos entre este momento y la llegada de la 2ª república a España, que fue degenerando hacia una situación cada vez peor. Lo que es grotesco es que haya tanta trifulca y ganas de hacer saltar todo por los aires en uno de los países donde, pese a que existen ciertos problemas, mejor se vive del mundo (no es exageración).

      Saludos,
      X.

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