La Corporación vela por nosotros

Vaya por delante que el siguiente texto no es más que una narración, un cuento, un relato, una fantasía… y que no guarda ninguna similitud o relación directa con cualquier cosa que podamos percibir en nuestro entorno. Como dice el tópico de la ficción: “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

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El resort de la Corporación: un estupendo lugar de vacaciones

Hace muchos, muchos años, recibí una oferta que me pareció irresistible. Una entidad llamada la Corporación me ofrecía pasar un tiempo ilimitado de vacaciones en un lugar privilegiado, un resort (complejo turístico) de alto standing, pleno de comodidades y oportunidades. Se trataba de un bello emplazamiento natural de enorme extensión y equipado con todo tipo de facilidades e instalaciones, con la posibilidad adicional de llevar a cabo numerosas actividades recreativas. Me prometieron una experiencia inolvidable, con la garantía de que no tendría que preocuparme por nada, pues la Corporación velaría por mí en todo momento y se ocuparía de todo. Así que no lo dudé demasiado y ante la presencia de unos representantes de la Corporación firmé un largo contrato para obtener mi estancia deseada en el resort. Bien es cierto que algunas condiciones no me parecieron demasiado claras y que había al final una parrafada en letra pequeña, pero pensé que todo eso no eran más que formalidades y que el objetivo final bien valía algún pequeño sacrificio.

Lo que vino después nunca lo hubiera imaginado, pero es de justicia que aquí lo ponga por escrito para que conste y para que cada cual extraiga su conclusión. El caso es que la propia Corporación se hizo cargo de todo. Me llevó en un flamante vehículo hasta el destino deseado, donde esperaba ver un lugar paradisíaco. Sin embargo, nada más aproximarme me di cuenta enseguida de que algo fallaba. El resort era gigantesco, es cierto, pero estaba rodeado por muros, vallas, alambradas y una especie de torres de vigilancia. Le pregunté al chófer por aquel despliegue intimidatorio, y me contestó que no me preocupase, que era una cuestión de mera seguridad. Llegamos por fin ante unas grandes puertas que se abrieron automáticamente. Bajé del vehículo con mi equipaje y acto seguido, el coche salió a toda velocidad al exterior y las puertas se cerraron con un cierto estruendo.

Un individuo bien trajeado me estaba esperando para recibirme:

– ¿El señor desea acompañarme? Le mostraré su alojamiento.

– Gracias, muy amable.

Y así fue como me dirigí a un gran bloque de apartamentos, donde iba a residir cómodamente junto con otros muchos clientes. No obstante, no tardé en darme cuenta de que quizás lo que me habían vendido no era exactamente lo que iba a experimentar. Para entrar y salir de mi bloque precisaba de unos documentos especiales y siempre había unos empleados que controlaban la entrada y salida de todo el mundo. Los otros bloques eran distintos, más grandes o más pequeños, algunos más lujosos que otros, y en cada uno solía predominar una determinada comunidad racial, cultural o lingüística. Con todo, el funcionamiento general de los bloques venía impuesto desde muy arriba, por una cierta Administración Central, que estaba ubicada en una gran mansión en un lugar apartado del resort. Allí vivían y gestionaban el día a día los administradores del resort, pero era un lugar altamente reservado y vigilado y ningún cliente podía acceder a él.

En cuanto a las actividades recreativas, todo estaba controlado por la Corporación, pero no eran en absoluto optativas: forzosamente tenía que realizar actividades al menos 8 horas al día (como mínimo) y no resultaban placenteras sino más bien agotadoras. Además, la estancia en el resort, el bloque y casi cualquier espacio estaban regidos por una larga serie de reglamentos, normas y obligaciones que no se podían discutir ni cambiar. Por cualquier parte encontrabas carteles y empleados que decían lo que tenías que hacer, por dónde debías ir, los horarios y las condiciones, etc. Asimismo, pronto observé que existía una pequeña corte de cargos y responsables en cada bloque, que supuestamente representaban a los inquilinos –o clientes– a fin de mejorar la experiencia y resolver los problemas, pero que en realidad sólo respondían ante la Corporación.

Lógicamente, fui a quejarme de la situación tan restrictiva y agobiante, con la firme idea de abandonar el resort. Sin embargo, los responsables me dijeron que una vez entrado en el resort, ya no se salía de allí y que mi fatigosa actividad debía proseguir en pago de los muchos servicios y bienes que me ofrecía la Corporación, como estaba estipulado en el contrato (por supuesto, en la letra pequeña). Todo lo más, me podía mover por el interior de resort e incluso cambiarme de bloque, pero no podía traspasar las puertas principales ni mucho menos los muros. En suma, aquella especie de Disneylandia siniestra era una pura fachada para un sistema absolutamente controlado y robótico.

Pese a todo esto, los clientes no parecían quejarse demasiado. Con el paso del tiempo casi todos se habían acostumbrado a la rutina del resort y encontraban que las ventajas superaban con mucho a los inconvenientes, sobre todo por cuanto los administradores cada vez se hacían cargo de más cosas y se preocupaban por el bienestar de los clientes con nuevas medidas y normas, y también con nuevas actividades más estimulantes. Y, por si fuera poco, los administradores fomentaban una cierta rivalidad y competencia entre los bloques –y aun dentro de éstos– para que cada cliente se sintiese orgulloso de su bloque y obtuviese más ventajas o atenciones por parte de la Dirección. En este sentido, se procuraba un cierto espíritu de corresponsabilidad y compromiso con la gestión y se permitía la libre elección de los responsables de cada bloque mediante un proceso de votaciones. De este modo se pretendía implicar a los clientes de todos los bloques en lograr la excelencia del resort, que debía ser el objetivo común inalienable.

En fin, todo aquello me parecía kafkiano. La Corporación nos había vendido una completa farsa, pues nada era lo que parecía, o más bien carecía de sentido… a menos que se interpretase correctamente el propósito del resort. Afortunadamente, conocí en mi bloque a otro cliente que llevaba allí aún más tiempo que yo y que parecía del todo ajeno a la rutina del resort. Pude entablar amistad con él y por fin llegamos al asunto que en verdad me tenía preocupado: ¿Qué era el resort? Mi amigo, al que llamaré “Z”, se sinceró conmigo y me dio las respuestas, aunque de algún modo yo ya las había intuido en mi interior:

– ¿Así que quieres saber qué es el resort?

– Creo saber por dónde van los tiros… pero lo que me sorprende es cómo el resto de clientes no lo ven… ¿qué pasa aquí?

– No lo sé, tal vez prefieran no ver, tal vez prefieran no sufrir, tal vez vivan mejor en el engaño.

– Pero tú bien sabes que esto no es un resort de vacaciones, sino un…

– Campo de concentración. Eso es exactamente lo que es, y lo presentiste nada más ver los muros y las torres. Es un lugar de explotación y reclusión perpetua. Aquí no hay realmente clientes, sino internos. Así me considero, aunque ellos –los administradores– nos llaman “prisioneros”. En realidad, usan un cierto lenguaje y unas formas o convenciones para nosotros, pero ellos, en privado, emplean otro lenguaje y otras claves, que con el tiempo fui descubriendo.

– Cuéntame, pues.

– De acuerdo, pero quizá no te guste lo que vas a oír…

– ¿Hay algo peor que la mentira, Z?

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Lo que de verdad era el resort… un lugar oscuro y tétrico

Así pues, Z me empezó a explicar que el campo de concentración había sido diseñado y construido por unos ciertos “propietarios” que no vivían allí, sino en un lugar muy distante. Ellos nunca pisaban el campo excepto en contadas ocasiones en que entraban de forma muy discreta –por una puerta especial– en la gran mansión para dar instrucciones y pedir cuentas a los administradores (los “jefes”). En realidad, nadie sabía quiénes eran y por qué se mantenían en la oscuridad. Los administradores hacían el trabajo sucio de mantener el campo y depredar a los internos. Luego recaudaban los grandes beneficios derivados de las actividades (lo que en verdad era “trabajo”) y se quedaban con una pequeña parte; lo demás iba a parar directamente a los propietarios.

En cuanto al tratamiento de los internos, vivían separados en bloques de apartamentos por conveniencia. Los jefes llamaban a los bloques “barracones” y los controlaban mediante unas figuras de poder, los “kapos”. Los internos elegían a un kapo por cada barracón a partir de unos pocos candidatos que se presentaban y que decían defender los intereses colectivos. Pero los kapos no eran verdaderos internos, sino sicarios de los administradores. Daba igual cuál fuera el escogido en una “votación limpia”, porque todos ellos obedecían fielmente a los administradores. Después, todo consistía en mantener unidos a los prisioneros de cada barracón y hacerles ver que los otros barracones quizá tenían más ventajas y privilegios en el campo. De este modo, se creaban envidias, agravios y disputas, lo que en la práctica se traducía en desunión entre los internos y un puro interés egoísta por sobrevivir y sacar la mayor tajada posible.

Además, para que todo funcionase correctamente, debían existir unas normas muy estrictas, con castigos y penalizaciones. Lo que yo conocía por departamento de atención al cliente del resort era en realidad un organismo de control que los jefes llamaban “Justicia”. A las normas del resort las llamaban “leyes” y sólo unos ciertos sicarios de los jefes (los “jueces”) tenían derecho a redactarlas, interpretarlas y aplicarlas. Cualquier reclamación, queja, conflicto o actuación dudosa pasaba por el filtro de esos “jueces”, y sus actos y veredictos eran inapelables. Los administradores argumentaban que sin ese orden el resort no podría mantener su actividad normal ni garantizar la seguridad y el bienestar de los clientes. En la práctica, todo el poder del campo se ejercía desde ese control e imposición de las normas. Los propios jefes y kapos decían que ellos mismos debían atenerse a las normas de la Corporación y que en consecuencia todo el mundo debía obedecer y respetar ese marco de convivencia.

Una vez oí todo esto quedé estupefacto y confirmé, por desgracia, mis peores presentimientos y sospechas. Pero todavía quedaba una cuestión crucial: ¿Cómo salir de allí? Le pregunté por ello a Z.

– Entonces, ¿cómo se puede escapar de este cruel engaño, de esta pesadilla?

– Mientras eres un interno, no se puede escapar. No hay forma de superar las barreras y puertas. Sólo se sale de aquí cuando ya no sirves a la Corporación.

– Eso quiere decir que…

– Cuando alguien se hace viejo o inútil, o incluso peligroso, lo llevan ante las puertas principales. Estas se abren, la persona sale al exterior, luego se cierran las puertas… y ya no sabemos más.

– Pero tú sí sabes… No sé cómo, pero lo sabes.

– Está bien. Pero esto todavía te va a gustar menos que todo lo anterior. Afuera, quedas liberado y echas a andar, pero no eres realmente libre. Existen hasta siete anillos o líneas de seguridad que circundan el resort. No es posible traspasarlos. Entonces llegan unos empleados (o sea, sicarios) de la Corporación, te preguntan por tu estancia en el resort y te “invitan” a regresar porque todavía no has acabado de “pasar tus vacaciones”, que aún tienen cosas de las que disfrutar y que –dado que ya que lo tenías todo pagado– no es cuestión de renunciar. Entonces te extienden otro contrato similar al que ya viste en su momento. Tú lo firmas y entonces –no sé cómo– te rejuvenecen y te borran la memoria para que puedas tener “nuevas y excitantes experiencias”. En ese punto quedas como hipnotizado y te diriges de vuelta al resort, se abren las puertas y entras como un individuo completamente renacido. Luego ocurre lo que ocurre, pero ya es demasiado tarde. Todo vuelve a empezar. A este proceso los propietarios lo llaman “reciclaje”.

– ¿Y tú como sabes esto?

– Tuve la inmensa suerte de conocer a otro interno llamado “Q” que pasó por el reciclaje. Pero con él fallaron los procedimientos técnicos de eliminación de memoria. Volvió y empezó a recordar todo y me explicó con detalle lo que había ahí afuera. Fue capaz de recordar no uno, sino varios reciclajes. Y obtuvo la clave, el saber preciso. No habría para él más reciclaje ni más campo. Sólo tuvo que esperar su momento.

– ¿Y tú también sabes cómo huir? ¿Me lo explicarás?

– Yo no te puedo explicar nada. Lo tendrás que descubrir por ti mismo y llegada la hora, saldrás para no volver nunca más. Tal vez salgamos todos juntos. Tal vez se acabe la Corporación para siempre. ¿Está todo escrito? ¿O podemos jugar con el pasado, el presente y el futuro? ¿Cómo va a terminar esto? Sólo Dios lo sabe.

Esta conversación tuvo lugar hace mucho tiempo. Mi amigo Z hace años que traspasó la puerta y me sonrió justo antes de salir. Me he ido aclimatando al resort, a los muros, a los guardias, a las normas, a los kapos, a la absurda parafernalia de este lugar… pero no participo de nada de su mundo. Ahora sé que mi liberación está cercana. Todo lo que tenía que saber ya lo sé, no necesito nada más. Respecto a ellos, no importa ya lo que hagan, el resort está condenado a desaparecer y tarde o temprano todos caminaremos libres por el campo abierto o quizá sobre las aguas… porque todo lo posible está más allá de los muros. No se puede poner puertas al campo, ¿recuerdan?

© Xavier Bartlett 2020


7 respuestas a “La Corporación vela por nosotros

  1. Hola Xavier,

    Sencillamente una foto de donde vivimos. La película Nuestro Hogar, a partir de uno de los libros de Xico Xavier, habla de los preparativos antes de entrar al resort muy recomendable. El enfoque es New Age como la mayoría de medium que hablan de estos temas, pero si te pones las gafas de ver del gnosticismo encuentras la profundidad de lo que explica.

    Y por otro lado Robert Monroe, fue muy conocido por ser un pionero en los viajes astrales pero la realidad es que sus descubrimientos mas profundos han pasado desapercibidos. En su libro Viajes lejanos (Far journeys) habla que la tierra esta rodeada por varios anillos donde la gente cuando desencarna, va pasando por ellos en función de su vibración y en el último de todos esta lo que diríamos los jefes de la granja. Son como unos cerrojos sobre la tierra. Explica en otro de sus libros que todo es un sistema diseñado artificialmente por los sembradores para que mediante ese diseño ellos puedan obtener energía. La vida en laTierra es un sistema depredador diseño a propósito para que así sea. Explica por ejemplo que cuando los sembradores se dieron cuenta que cuando las primeras unidades móviles (animales herbívoros) se quedaban sin comida y se peleaban, destilaban mas energía, entonces se diseñaron unidades que comían otras unidades (carnívoros) con armas (colmillos dientes velocidad garras etc) para que la lucha fuera mas agónica y destilar mas alimento a los sembradores. Por encima de esas unidades está el ser humano y por encima ellos. Como se ve, no somos los últimos de la cadena alimenticia y el resort esta diseñado para que siga generando alimento. Por mi parte tengo claro que es la última partida aquí dentro. No vale quejarse mientras estemos aquí y la mentalidad tiene que ser la del guerrero y el monje a la vez… pero hasta que dure la partida y no mas iteraciones por mi parte. Y tengo claro que los tenemos este convencimiento es por algo, quizás entramos aquí como agentes de campo para ayudar a otros clientes, quien sabe…quizás solo podemos salir si sacamos a otros del resort…

    Saludos.

    1. Gracias Victor por tu amplio comentario

      No tengo mucho más que añadir. Es obvio que existen muchas historias y antiguas tradiciones paralelas que nos hablan de lo mismo. En mi caso, como el protagonista del cuento, sigo teniendo muchas más preguntas que respuestas, si bien creo que la tradición gnóstica no iba muy desencaminada.

      Saludos,
      X.

    1. Por supuesto, es todo una fantasía, ya lo avisé. Es como si la ciudad de Barcelona fuera un resort lleno de restricciones, castigos e impuestos (eso sí, con caras sonrientes y de buen rollo) y nadie se hubiese dado cuenta… Bromas aparte, lo de contrato me recuerda a los que extienden las compañías de servicios o los bancos sin ir más lejos: “Firme aquí, haga el favor”. “Nosotros ponemos la letra; usted, la firma.”

      Saludos,
      X.

      1. Pues yo he oído o leído en algún lugar que tal vez sí que nos hacen “firmar un contrato” cuando supuestamente decidimos encarnar o volver a nacer en este planeta, o sea que esta fantasía podría ser más real de lo que parece.

        Incluso hay quien sostiene que tenemos la opción de no volver a encarnar en este planeta-prisión y hay entidades que “nos convencen/nos engañan” para que lo hagamos. Supongo que habrá que morirse para saber si es verdad.

        Saludos,
        M

  2. Uno de los descubrimientos más interesantes de Monroe fue que el planeta se encontraría envuelto en anillos o bandas espectrales, de un color gris o marrón profundo, en donde los individuos se congregan luego de la muerte física, durante un tiempo variable, en función a la resonancia vibracional y a su sistema de creencias. Las bandas espectrales fueron descritas en el libro Viajes Lejanos, de acuerdo a su orden de aparición y progresión hacia las zonas más exteriores del planeta, las cuales estarían divididas en sub-anillos y ocupadas por diferentes clases de entidades descarnadas. En definitiva, estas envolturas vibracionales funcionarían como un cerrojo para aprisionar almas una vez descarnadas del cuerpo físico.

    http://pluralidaddelosmundos.blogspot.com/2014/01/robert-monroe-vision-evolucion-humana.html

    Hoy ponen una peli interesante en Paramount Channel a las 22…The Forgotten (2004) Misteriosa obsesión en castellano…

    https://www.elmundo.es/television/programacion-tv/peliculas/1017133_misteriosa-obsesion.html

    La visioné hace ya unos cuantos años pero si no recuerdo mal trataba el secuesrtro de niños, la abducción, los falsos recuerdos o implantes de memorias falsas y la experimentación con las emociones humanas (instinto maternal) para determinar y estudiar que es eso llamado alma por parte de entidades desconocidas.

    No son pocos temas para una película aparentemente insulsa en la que los lectores de este blog seguro encontrarán paralelismos con EL SISTEMA DE CONTROL.

    1. Gracias Heliotropo por tu aportación

      Evidentemente he tenido varias inspiraciones para el cuento, pero sobre todo estaba pensando en la tradición gnóstica. Quizá en otro momento escriba algo específico sobre la rueda del samsara o el ciclo de encarnaciones (si es que existe tal cosa). Y por supuesto, no todo es religión, superstición o creencias sino que hay también indicios científicos (heterodoxos, desde luego), pues el estamento científico materialista no contempla nada más allá de la materia y afirma que la conciencia es un subproducto de ésta.

      Saludos

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