Científicos colaboracionistas

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Para aquellos que estén un poco al corriente del panorama científico, sabrán que en cualquier campo del saber académico existe una corriente principal de expertos (en inglés, mainstream) que suele agruparse bajo el llamado “consenso”, que no es ninguna verdad empírica en sí misma sino un simple punto de acuerdo o base común, que bien podríamos denominar “acuerdo político”. Esto significa –ni más ni menos– que una mayoría de científicos asume y defiende unos determinados postulados dándolos por ciertos (o al menos “no falsos”), según las reglas teóricas y metodológicas aceptadas. De esta manera, se crea una cierta ortodoxia –la ciencia normal en terminología de Khun– que permite la sustentación del paradigma científico imperante. Los que no comparten ese consenso quedan pues en la heterodoxia, defendiendo en minoría sus tesis más o menos alejadas de la ortodoxia, lo que a veces tiene una mínima importancia, pero otras no, sobre todo cuando la ciencia ortodoxa sirve de apoyo a determinados fines sociales, políticos o económicos.

Por ejemplo, en el campo de la arqueología se puede sostener que los iberos vinieron de África, en contraposición a otras teorías más predominantes que se inclinan por una población autóctona prehistórica, o bien de origen euroasiático. El caso es que nadie va a dejar de dormir por esta controversia, ni siquiera los cuatro expertos que se interesan por el tema. Sin embargo, los biólogos o médicos que se posicionan en contra de la administración de vacunas por considerarlas dañinas –incluso mortales– son una minoría muy señalada que topa directamente contra las directrices del poder sanitario-político, por no mencionar los fuertes intereses económicos asociados. En este contexto, y según el grado de herejía mostrada, mantener una férrea postura frente al paradigma y las autoridades puede comportar diversas consecuencias personales y profesionales, que van desde la falta de promoción o denegación de recursos hasta la marginación y persecución en los casos más extremos[1].

Lo que es más lamentable es que la ciencia moderna no está tan alejada, como podríamos pensar, de los más oscuros tiempos inquisitoriales. Así, ocurre que en determinadas áreas del conocimiento se ha impuesto un dogma tan cerrado que impide el debate, la crítica y la discrepancia científica, algo que debería ser totalmente natural y hasta muy recomendable para abrir las mentes y avanzar en terrenos especialmente complicados. De este modo, ha surgido en todo el mundo una categoría de científicos, calificados como negacionistas, que se oponen a ciertas verdades absolutas que han sido elevadas a los altares y convertidas en objetos sagrados y blindados ante cualquier crítica razonada. Sólo por poner algunos ejemplos conocidos, están los negacionistas del SIDA, los del Holocausto y más recientemente los del cambio climático, y ya sabemos que en muchos casos se han desatado persecuciones legales contra los que osan desafiar la verdad absoluta impuesta por las autoridades nacionales e internacionales.

En fin, frente a este escenario, me gustaría dar la vuelta a la tortilla y denunciar la situación inversa. Vaya por delante que no deseo tirar piedras contra el tejado de la ciencia en sí misma, pues, aunque la ciencia exotérica vive constreñida en su limitación conceptual, sensorial o perceptiva, considero que cuando es llevada a cabo con honradez, rigor y método puede dar un resultado fiable para conocer el universo material en el que vivimos. Por supuesto, dado que el ser humano es falible, admito que la ciencia se puede equivocar y se puede perder en caminos que no llevan a ninguna parte, pero eso es algo inevitable y asumible. En la misma línea podríamos hablar de una ciencia mal practicada, en que se produce un autoengaño o sesgo, o en la que simplemente se aplica mal el método o se hacen chapuzas científicas.

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Las grandes instituciones oficiales (como el CDC) marcan las pautas a seguir

De todos modos, la situación más habitual es la del mero continuismo. Así, existe un gran grupo de científicos que simplemente se deja llevar por la corriente y en general no se plantea dudas ante el trabajo de sus colegas, especialmente cuando dicho trabajo se ajusta a los parámetros aceptados del consenso. Además, todo el ámbito científico tiene presente el enorme peso de determinadas organizaciones, publicaciones o instituciones científicas –ya sean de carácter privado o público– que marcan la pauta a seguir en muchas áreas del conocimiento. Salirse de esos cauces puede ser un riesgo o una temeridad o, como mínimo, una pérdida de tiempo. Al final, para progresar en el terreno profesional y tener expectativas, los científicos optan por hacer seguidismo y aprovechar las oportunidades que ofrece el propio sistema, detrás de las cuales suele haber proyección, prestigio y dinero.

Sin embargo, es oportuno remarcar que algunos de esos “continuistas” tienen a veces la valentía de cuestionar los hechos cuando, desde un genuino espíritu científico, sospechan que hay algo que no cuadra. Por ejemplo, hace unos pocos años el meteorólogo y físico alemán Klaus-Eckart Puls se llevó una ingrata sorpresa cuando quiso comprobar por sí mismo los fundamentos empíricos del llamado calentamiento global antropogénico. Puls afirmó literalmente: “Hace diez años yo simplemente repetía como un loro lo que IPCC nos había dicho. Un día empecé a comprobar los hechos y los datos, y al principio tuve una sensación de duda, pero luego llegué a enfurecerme cuando descubrí que mucho de lo que el IPCC y los medios nos estaban diciendo era una completa tontería y que no estaba apoyada por ningún dato o medición científica. A día de hoy, siento vergüenza de que –como científico– realicé presentaciones de su ciencia sin haberla comprobado primero.”

Otra cosa bien distinta sería el caso en que el científico dispone de los medios y los conocimientos adecuados y produce unos determinados resultados a sabiendas de que está pervirtiendo la verdad y engañando al público. Estaríamos hablando aquí de una ciencia corrupta que vende su alma por intereses personales, políticos o económicos a los poderes establecidos. A estos científicos bien podríamos llamarlos colaboracionistas, pues sin su expresa colaboración, asentimiento y participación (por acción u omisión) no podrían salir adelante muchos de los grandes proyectos con base científica que son aplicados o trasladados a toda la población, ya sea en el ámbito público o el privado. Por supuesto, esto implica aceptar que la ciencia moderna no es neutral ni imparcial, y en verdad nunca lo ha sido. Más bien podríamos decir que la ciencia ha sido repetidamente intervenida, dirigida o manipulada para servir a los poderosos, pues –como es bien sabido– la información es poder, y la ciencia en sí misma es conocimiento. Por consiguiente, el control, la tergiversación o la ocultación de determinados conocimientos constituye una cuestión estratégica.

Lo cierto es que, como la gran mayoría de la gente, durante muchos años rendí pleitesía a los esforzados científicos de todas las disciplinas, por cuanto pensaba que actuaban honorablemente y que no sufrían indeseables presiones, una vez superado el oscurantismo y las persecuciones de tiempos pasados. Sin embargo, cuando uno empieza a ver cosas demasiado simplistas, versiones diferentes, incoherencias, trapos sucios, intereses ocultos, maniobras que se escapan del ámbito científico, etc. entonces se da cuenta de que el mundo de la ciencia no es muy diferente de lo que podemos ver en otros campos de la actividad humana. Quizá lo más complicado para apreciar esa trastienda oscura y siniestra es la dificultad de adentrarse en terrenos técnicos que no son de nuestra incumbencia, pero al final –disponiendo de la información adecuada– se pueden ver claramente los hilos de la tergiversación y el engaño. Sólo a modo de muestra me gustaría citar una serie de casos de colaboracionismo científico en que se hace prácticamente imposible creer que los profesionales que actúan en un determinado sentido son inocentes, no saben nada o se equivocan constantemente.

En primer lugar, tendríamos el flagrante colaboracionismo de la ciencia más avanzada en propagar la muerte en los escenarios bélicos. Si nos fijamos en el último siglo, ya no se trataba de los antiguos armeros o inventores de ingenios militares. Desde ya antes de la Primera Guerra Mundial, los científicos de diversas especialidades se vendieron a los gobiernos para desarrollar las armas más mortíferas que se habían visto sobre el planeta. ¿Quiénes creen que fueron los que pusieron en liza los gases venenosos que causaron decenas de miles de víctimas entre muertos y heridos? Naturalmente, fueron químicos, encuadrados en grupos industriales que luego darían lugar a grandes emporios, como el cártel I.G. Farben. Posteriormente, ya tras la Segunda Guerra Mundial, dicho cártel se recicló y se dividió en potentes industrias químicas y farmacéuticas, que fabricaron desde pesticidas hasta los fármacos más tóxicos, como la quimioterapia.

¿Y qué podemos decir de las armas nucleares implementadas a mediados del siglo XX? Evidentemente, fueron ideadas y desarrolladas por los físicos más adelantados de su tiempo, que pusieron sus conocimientos al servicio del “Proyecto Manhattan”, esto es, la fabricación de la primera bomba atómica. Desde luego, sabían muy bien lo que estaban haciendo y la terrible cantidad de energía letal que iba a desplegarse sobre la población. Los casos de Hiroshima y Nagasaki hablan por sí mismos y sin la colaboración activa de esos científicos nada de ello habría sido posible. Sin embargo, aplicando la más falaz y siniestra lógica maquiavélica, dieron por bueno su trabajo en aras de “salvar vidas” por aquello de que el fin justifica los medios. Y los medios los pusieron ellos de forma consciente.

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¿Se puede negar el largo historial de ineficacia y perjuicio de las vacunas?

En segundo lugar, tenemos el tema médico, sobre el cual ya me he referido ampliamente en este blog. Por citar una situación harto conocida, cabe remarcar que ya a inicios del siglo XX se empezaron a publicar libros y artículos que destapaban no sólo la inoperancia, sino la alta peligrosidad de las vacunas, si bien ya existían registros del siglo XIX que indicaban por dónde iban los tiros. Esos estudios e informes prosiguieron a lo largo de todo el siglo XX y llegaron a las autoridades sanitarias y políticas, y por supuesto a los colegios y asociaciones de profesionales de la medicina. Y aunque fuera minoritario y escaso, el conocimiento crítico existía y era imposible negarlo. Pero, a pesar de los datos negativos y los informes y denuncias sobre lesiones, efectos secundarios y muertes, el estamento médico ha seguido “colaborando” con las políticas de vacunación impuestas por los gobiernos y las instituciones internacionales.

Aparte, resulta evidente que las vacunas, en tanto que productos farmacológicos, son diseñadas y elaboradas por científicos especialistas, y por lo tanto tales personas saben positivamente que las vacunas que ellos fabrican y luego se administran a la población contienen[2]:

  • Múltiples ingredientes tóxicos como formaldehídos, organismos manipulados genéticamente, MSG (Glutamato monosódico), escualeno, mercurio, antibióticos, etc.
  • Sales de aluminio, bajo el pretexto de que potencia la respuesta inmune del cuerpo a la propia vacuna. Sin embargo, el aluminio también aumenta las posibilidades de contraer debilidad muscular, anemia, osteoporosis, demencia, hasta incluso cáncer.
  • Ingredientes ocultos como la enzima/proteína nagalase, que provoca un desequilibrio en el sistema inmunitario e impide que la molécula llamada GcMAF desarrolle la proteína GC, que es altamente eficaz contra enfermedades como el cáncer, el autismo o la diabetes. Así, el nagalase favorece el crecimiento de tumores y por ende la expansión de la farmacoterapia para el cáncer.
  • Células humanas y de animales, empleadas para el cultivo de las bacterias o los virus. Dichos componentes suponen la inserción de ADN extraño en el torrente sanguíneo.

¿Es que no saben todo esto? ¿O creen que es inocuo o incluso beneficioso? ¿O es que alguien les obliga a emplear esos elementos? Como dice Lluís Botinas, ya sería hora de pasar del campo científico al delictivo-criminal. La responsabilidad no se puede eludir.

Del asunto VIH/SIDA también me he explayado largo y tendido, pero sólo quisiera resaltar dos puntos que afectan directamente a los científicos implicados. ¿Es que nadie apreció que con el anuncio del descubrimiento del VIH se saltaron muchas normas de procedimiento en el ámbito científico? ¿Por qué sólo una minoría de científicos –los malvados negacionistas– tuvo el valor de señalar que no se ha había verificado ni uno solo de los requisitos o protocolos exigidos para dar por bueno el aislamiento de un nuevo virus? ¿Por qué en 1982 la comunidad científica aceptó de inmediato que se trataba de una terrible pandemia mortal con poco más de 400 casos de muerte, y sólo registrados en los EE UU? Por cierto, ¿no les recuerda esto a la más actualidad más viral?

Y luego sacaron su test para detectar el virus y resultó –como queda patente aludiendo a las pruebas objetivas– que dicho test no detectaba el virus sino los anticuerpos que supuestamente generaba el VIH en la sangre. Pero –lo que ya colma el vaso– es que no había realmente un factor cualitativo; sólo ante un cierto umbral (prefijado) de anticuerpos se disparaba el positivo por VIH. ¿Se imaginan un test de embarazo en que los resultados fueran cuantitativos? Sería algo como esto: nada embarazada, muy poco embarazada, ligeramente embarazada, bastante embarazada, embarazada del todo… En la práctica, el médico, tomando una medida arbitraria como frontera para decidirse, acabaría diciendo: “Usted está embarazada (…o no)”. Esa es la “ciencia” que está detrás de los tests[3]. ¿Nadie con suficiente conocimiento lo vio? ¿Es que todos los científicos perdieron de golpe la razón y el sentido común?

No obstante, lo verdaderamente sangrante es que los colaboracionistas elaboraron su remedio para el SIDA en forma de cóctel de fármacos, con el añadido de unos marcadores o medidores, como la llamada “carga viral”, que permitirían seguir la “buena evolución” de los pacientes ante los efectos del tratamiento. Pero una vez más, para imponer esos marcadores, se sacaron de la manga criterios y conceptos no demostrados o contrarios al conocimiento médico firmemente establecido, como considerar que un alto nivel en el recuento de linfocitos T4 en sangre era señal de buena salud, contraviniendo la teoría y práctica médica aceptada durante décadas. Pero aquí tampoco (casi) nadie dijo nada.

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El AZT es un inequívoco veneno

Luego tenemos los cócteles basados en el fármaco llamado AZT. Este producto era un conocido veneno empleado en tareas de desinfección de laboratorio, pero al ser elegido como terapia para el SIDA pasó a llamarse Retrovir. Eso sí, los ensayos clínicos implementados para aprobar su administración no cumplieron con los requisitos habituales exigidos, al igual que sucedió en el caso de otro famosísimo fármaco recetado en el ámbito psiquiátrico, el Prozac. A todas luces, el AZT es un producto altamente tóxico que causa severos efectos secundarios sobre la salud (reconocidos incluso por las compañías fabricantes), porque –entre otras acciones nocivas– impide la división celular bloqueando la cadena de ADN. Pese a todo ello sigue siendo recetado a los diagnosticados de SIDA, entre los cuales hay niños, mujeres embarazadas y personas asintomáticas. ¿Es que ningún científico estudió las estadísticas de lesiones y muertes en los tratamientos oficiales? ¿Es que no conocían las características bioquímicas del AZT? ¿Se puede alegar ignorancia? ¿O es aquello de “yo sólo cumplo órdenes”, como en el estamento militar?

Finalmente, el último campo que quiero mencionar es el ya conocido del “cambio climático”, en que intervienen múltiples factores físicos, químicos y biológicos, en el marco de la climatología. Aquí el colaboracionismo es absolutamente flagrante y descarado, pues se ha pervertido la ciencia hasta límites increíbles a fin de proporcionar una fachada científica a las medidas sociales, políticas y económicas dictadas por los más altos poderes. Tras haber estudiado las bases científicas de la cuestión, incluso para un lego no resulta complicado apreciar que se está mintiendo y se están tergiversando los fundamentos de la ciencia para crear un pseudociencia que sea creíble y razonable para la población “ignorante”. Pero, claro, convencer firmemente a los colegas reticentes a admitir la falacia más repugnante, eso ya es otra cosa.

El caso es que durante años se ha mentido, se han ocultado datos y se han modificado otros de forma arbitraria para hacerlos casar con las amenazantes tesis ecologistas. El lamentable tema del Climagate, que salió a la luz en 2009, muestra a las claras que los científicos colaboracionistas eran conscientes de su engaño y que estaban dispuestos a tergiversar numerosos datos y hechos para que dieran el resultado apetecido, aparte de proponer actuaciones para marginar y desacreditar a los científicos escépticos o negacionistas. En todo caso, no es de recibo admitir que los científicos que han estudiado una carrera específica –ya no digo los que tienen méritos superiores o han realizado investigaciones a fondo– no sepan cómo funciona de verdad el CO2, que el impacto de las emisiones humanas de este gas es insignificante, o que la correlación entre aumento de CO2 y aumento paralelo de temperaturas no está probada, como lo muestran los mismos estudios llevados a cabo por entidades científicas… a menos que se maquillen convenientemente, como hizo Michael Mann. No hace falta seguir, porque los lectores ya conocen de sobra todos los entresijos de este despropósito.

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Ejemplo de fraude: Gráfica original (a) que fue modificada torticeramente (b) para apoyar la teoría del calentamiento

En resumidas cuentas, la ciencia moderna funciona como un gran poder fáctico global, y no podemos hacernos ilusiones en cuanto su neutralidad e imparcialidad. Desde luego, existen muchos individuos que hacen su camino y tratan de ser honrados y rigurosos en su actividad científica, pero suelen quedar apartados de los grandes mecanismos de “creación” y aplicación de ciencia. De hecho, la ciencia es manejada y desarrollada como un tema muy sensible que debe controlarse y orientarse en perfecta sintonía con los grandes intereses globales en todos los órdenes de la vida. Por consiguiente, como ya mencioné al principio, es muy difícil salirse de los canales oficiales y más aún oponerse a ellos.

¿Y cómo funciona entonces la “colaboración”? En mi opinión, todo se basa en un núcleo duro de científicos de máximo nivel ligado a las grandes instituciones nacionales e internacionales, con conexiones directas en el mundo político y económico y con la capacidad de conducir la ciencia por los caminos establecidos por los poderosos. De este modo, practican el colaboracionismo de forma natural y plenamente consciente, sin ningún problema de conciencia, porque no pretenden hacer otra cosa distinta que lo que viene impuesto desde las más altas instancias. Estas son las grandes figuras públicas –y quizá otras no tan conocidas– que “crean” los grandes avances e investigaciones, así como las normas y políticas en la práctica científica, de tal modo que son capaces de fijar y controlar el consenso y de trasladar a la sociedad una visión sólida y homogénea de la ciencia a través de los medios de comunicación (obviamente, también manipulados).

El resto de profesionales de la ciencia, que se encuadrarían en el ya citado continuismo, son más bien colaboracionistas funcionales por miedo e ignorancia, y se dedican a implementar ciegamente las directrices, confiando en que lo que viene de arriba ha sido ampliamente estudiado y probado, posee el sello oficial, y en definitiva no puede estar equivocado. Así pues, defienden el sistema porque forman parte de él, cobran de él y sólo pueden progresar dentro de él. Como he mencionado, en el fondo todo se parece mucho al estamento militar, con jerarquías y poderes bien definidos que no se pueden desafiar. Cada uno ha de cumplir con su misión dentro de su nivel y no puede –ni debe– cuestionar las órdenes. En todo caso puede hacer “méritos de guerra” para intentar subir un grado en el escalafón. Y no hay más.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Dejo aparte el turbio asunto de los cientos de científicos que mueren o desaparecen en circunstancias anormales, extrañas o cuando menos sospechosas, generalmente en forma de muertes naturales rápidas e inesperadas, o bien accidentes. Obviamente, en este asunto se puede tender a ver fantasmas donde no los hay, pero cuando se juntan una serie de circunstancias y fatalidades no estaría de más mantener un cierto espíritu crítico.

[2] La siguiente información procede de un artículo original en inglés en: http://www.wakingtimes.com/2017/07/31/top-10-reasons-never-take-vaccine/. En dicho documento se adjuntan los enlaces a las fuentes científicas que sustentan la argumentación.

[3] Es preciso recordar aquí que las compañías farmacéuticas que fabrican los tests de VIH ponen en letra pequeña en sus prospectos que la aplicación de sus tests no confirma la presencia o ausencia de anticuerpos de VIH-1 o VIH-2.


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