Los siempre peculiares monarcas británicos

A fin de cambiar de tercio y salir un poco del tenebroso clima imperante, me complace adjuntar un breve divertimento histórico basado en algunas anécdotas de la vetusta monarquía británica, que lleva siglos siendo centro de atención pública, más allá de las actuales polémicas y comidillas más propias de la prensa amarilla o rosa. Ahí les dejo con estos reyes y reinas, que no dudaron en emplear todas sus argucias y astucias para salirse con la suya.

Pasiones reales
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Estatua ecuestre de Ricardo I de Inglaterra

Sin duda, mucha gente reconocerá el nombre del famoso rey inglés del siglo XII Ricardo I, apodado “Corazón de León” por su bravura e impetuosidad, sobre el cual se construyó toda una leyenda repleta de épica, valor y aventura, sin olvidar su vinculación con la no menos famosa historia literaria de Robin Hood. Lo cierto es que la realidad histórica nos muestra las cosas desde una óptica más mundana, poniendo de manifiesto que en verdad el rey Ricardo –sin desmerecer ciertas cualidades personales– fue un personaje arrogante, vividor, cruel, belicista y ambicioso, que llegado el caso no tenía demasiados escrúpulos en faltar a su palabra y a sus compromisos para mantener su propio interés.

Un episodio muy representativo de esta conducta se dio durante el inicio de la tercera Cruzada, a la cual asistían el emperador germano Federico Barbarroja, el rey Felipe II de Francia y el mismo Ricardo. Estando en Sicilia, de camino para Tierra Santa, los reyes de Francia e Inglaterra entraron en disputa por viejas desavenencias entre ambos y Ricardo, aprovechando la coyuntura, se negó en redondo a casarse con la hermana de Felipe, rompiendo así un compromiso que se había pactado anteriormente. Lo que es bien cierto es que Inglaterra y Francia llevaban años de desacuerdo y conflicto por cuestiones de territorios y soberanías, y de hecho Ricardo I pasó una parte importante de su vida guerreando en Francia para hacer valer sus derechos.

Sin embargo, el motivo último del desplante de Ricardo en Sicilia fue otro bien distinto. De hecho, Ricardo era un corazón fogoso y apasionado y se dejaba llevar por sus impulsos e instintos. Así, no tenía mucho interés en el matrimonio comprometido pero sí en una joven princesa llamada Berenguela, hija del rey Sancho VI de Navarra, a la cual había escrito cartas de amor algunos años antes. El caso es que Ricardo no perdió el tiempo en Sicilia y decidió allí casarse cuanto antes con Berenguela, cosa que hizo poco después, pero ya en Chipre, isla tomada por el propio Ricardo en 1191.

Lo que ya no es tan conocido en este asunto –ni aireado por la historiografía ortodoxa– es que el monarca inglés tuvo graves remordimientos de conciencia por su proceder, y no precisamente por la “traición” a Felipe de Francia. Al parecer, Ricardo –antes de esposarse con Berenguela y a fin de limpiar su corazón– se sometió a una severa penitencia ante un sacerdote en la catedral de Messina. Allí, semidesnudo, pidió perdón por haber cometido pecado contra natura, esto es, actos homosexuales. El sacerdote le conminó pues a que no perdiera más tiempo y a que consumase el matrimonio lo antes posible, lo que finamente hizo en Chipre. El caso es que, aparte de una vida conyugal normal, Ricardo I prosiguió con sus correrías eróticas, sus amantes, algún hijo ilegítimo y todavía algunos escarceos homosexuales. Con todo, para ser justos, en esos aspectos de vida licenciosa el rey inglés no difería en exceso de otros muchos monarcas de su época y aún de tiempos posteriores… hasta la actualidad.

Un príncipe para los galeses

En el siglo XIII el rey Eduardo I de Inglaterra estaba enfrascado en una dura lucha por someter a los galeses, que se resistían a aceptar la autoridad inglesa. La guerra se iba prolongando y el monarca inglés deseaba ponerle término, pero sin renunciar a imponer a un gobernante inglés sobre los galeses. De este modo, estando aún en campaña militar, Eduardo se reunió con los nobles galeses y se comprometió a poner fin a las hostilidades si ellos reconocían a un monarca designado por él mismo. Los líderes galeses aceptaron el envite pero impusieron tres condiciones para aprobar tal propuesta. Primero, debería ser príncipe real; segundo, debería haber nacido en Gales, y tercero, no debería ser capaz de hablar ni una sola palabra de inglés. Con tales exigencias pensaron que el rey inglés nada les podría ofrecer. Sin embargo, ante su asombro, Eduardo les emplazó al día siguiente en el castillo de Caernarvon, en el corazón de Gales, para presentarles a su nuevo gobernante.

Así pues, los nobles galeses se llevaron una buena sorpresa cuando el rey inglés apareció ante ellos y les mostró un escudo, en el cual reposaba un bebé de apenas dos días. Se trataba del hijo recién nacido de Eduardo y su esposa, nacido en el propio castillo de Caernarvon. Por consiguiente, los galeses tuvieron que reconocer al pequeño como su soberano, pues cumplía perfectamente las tres condiciones indicadas, incluyendo la incapacidad para hablar inglés (¡o cualquier otra lengua!). Esto supuso el fin del conflicto y la sumisión de Gales a la corona inglesa, y por ende dio origen a la tradición de que el primogénito varón de los reyes y heredero del trono británico llevara desde entonces hasta nuestros días el título de Príncipe de Gales. Naturalmente, esta es una pintoresca historia que tiene más de legendaria que de real, según he podido comprobar, pero –como dicen los italianos– “se non è vero è ben trovatto”.

El discurso de la reina 
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Retrato de Isabel I de Inglaterra

Los ingleses todavía siguen exaltando la gran gesta de su victoria ante la Armada Invencible (apelativo puesto por ellos, no por los españoles) en 1588, a pesar de que hoy en día los datos nos señalan que fue un episodio bastante exagerado y confuso en el cual los británicos no llegaron a causar un daño vital a la flota española, aunque sí importantes pérdidas. El caso es que en este contexto desde hace siglos se ha ensalzado la famosa arenga de Tilbury (Essex), en que la reina Isabel I se dirigió a un gran contingente de tropas acampadas para levantar su moral. Este discurso ha sido tomado como un ejemplo de épica, heroísmo y determinación de la reina inglesa en el momento crucial de hacer frente a la amenaza de la invasión española. Entre otras cosas, la soberana dijo literalmente: …shortly we shall have a famous victory over the enemies of my God and of my kingdom (“Pronto obtendremos una famosa victoria sobre los enemigos de mi Dios y de mi reino.”) Con ello se refería a las tropas hispanas estacionadas en el continente –al mando de Alejandro Farnesio– que tenían por objetivo desembarcar en Gran Bretaña. Además, añadió que en esos momentos difíciles no pensaba en abandonar a su ejército para regresar a la seguridad de Londres.

Hasta aquí todo muy rimbombante y épico, pero lo cierto es que tal discurso fue en realidad una operación de calculada propaganda política, en que todas sus palabras estuvieron perfectamente medidas para conseguir el deseado efecto emocional y patriótico entre los suyos. Para ajustarnos a la verdad histórica, hay que resaltar el hecho de que Isabel I pronunció el discurso el 19 de agosto de 1588, y para entonces la reina ya jugaba con todas las cartas marcadas. La gran mayoría del pueblo inglés no tenía una idea clara de los acontecimientos en marcha, pero la reina sí estaba muy bien informada y sabía perfectamente que la Armada española estaba ya en retirada hacia el norte, rodeando Escocia para luego bordear las Islas Británicas y regresar a la Península. En cuanto a las tropas que estaban al otro lado del canal de la Mancha, también sabía que los tercios de Flandes estaban completamente faltos de barcos y pertrechos y que por tanto tenían nula capacidad de operar contra Inglaterra. 

En suma, la reina Isabel –a la que no le faltaban dotes de ingenio y de autoridad– se apuntó un gran tanto político sin apenas esfuerzo, gracias a disponer de la información precisa en el momento preciso, haciendo ver a sus conciudadanos que ella estaría en primera línea de combate en la defensa de su país y de la fe anglicana, cuando en verdad toda la operación de la Armada ya había fracasado hacía varios días.

Un rey espabilado… y rápido de reflejos

En el siglo XIX, el futuro rey Jorge V, cuando todavía era un chaval, tuvo el antojo de comprarse un juguete, y para ello no se le ocurrió otra cosa que escribir una carta a su abuela, la famosa reina Victoria, para pedirle la modesta cantidad de una libra a fin de cumplir sus deseos. Sin embargo, la gran soberana –quizá de talante un poco agarrado–no sólo no estaba dispuesta a ceder al capricho de su nieto, sino que le contestó con otra carta aconsejándole sobre las virtudes de ahorrar dinero. Lo que ocurrió después es que el avispado joven príncipe se salió con la suya, pues a falta del dinero solicitado, consiguió vender la carta con la firma real ¡por una suma de dos libras!

Muchos años después, siendo ya rey, Jorge V se mostró como un hombre de recursos que supo nadar y guardar la ropa, como cuando, por ejemplo, renunció a sus originales títulos alemanes durante la Primera Guerra Mundial, sustituyéndolos por el actual apelativo de Casa de Windsor. Pero también en las pequeñas cosas se mostró hábil y rápido de reflejos. Como muestra de ello, cabe citar que en una ocasión celebró un banquete de la más alta etiqueta en honor de un invitado real, el soberano de un pequeño país del Lejano Oriente. Cuando todo el mundo estaba ya sentado, se sirvió el primer plato, que era sopa. Todos los distinguidos presentes esperaron entonces a que los monarcas tomasen la iniciativa. En ese momento, para sorpresa y pasmo de todos, el rey asiático tomó tranquilamente el plato con las manos y con cara de satisfacción se lo llevó a la boca y empezó a beber la sopa. Los aristócratas se quedaron poco menos que paralizados sin saber qué hacer, pero acto seguido el rey Jorge –sin mostrar la menor duda ni alteración– tomó el plato con las manos y sorbió la sopa al modo de su invitado. Así, en un visto y no visto, el rey evitó una situación embarazosa y mantuvo la cortesía debida. ¡Ni que decir tiene que todos los presentes no tardaron ni un segundo en seguir el ejemplo de su monarca!

© Xavier Bartlett 2020


2 respuestas a “Los siempre peculiares monarcas británicos

  1. La de barbaridades que sabríamos si conocieramos la historia real y no la que ELLOS escriben, entonces les costaría mucho más conservar el poder.

    Un saludo.

    1. Gracias piedra

      Bueno, en realidad estas anécdotas son prácticamente “para todos los públicos”, sin apenas oscuridades ni truculencias. Lo profundamente oculto o bárbaro de verdad sobre las realezas u otras élites (republicanas incluidas) ya es otra cosa.

      Saludos

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