Humanidad en medio de la barbarie

WW2_PacificCuando estaba preparando y documentando el guion de mi libro Los amos de la guerra pensé incluir un capítulo dedicado a la visión de la guerra desde la misma experiencia vital de los combatientes, aunque finalmente deseché este contenido en la versión final para no extenderme demasiado ni desviar esfuerzos. Mi intención era realizar un retrato ajustado de las reacciones psicológicas y emocionales que se producen cuando se desata una situación de guerra y los soldados son obligados a empuñar las armas y a matar a sus semejantes, a fin de demostrar que en el fondo el hombre no desea la guerra, sino que es arrastrado a ella.

En la bibliografía consultada hallé básicamente tres tipos de reacciones. La primera es un embrutecimiento total de las personas, que se convierten en sádicas máquinas de matar, llegando incluso a disfrutar con ello pues en realidad están cometiendo crímenes bajo una base “legal”. La segunda es una especie de anulación o anestesia de la conciencia: los soldados cumplen las órdenes como autómatas y actúan para seguir vivos matando al enemigo de una forma impersonal. En todo caso, no disfrutan con lo que hacen: lo toman como un trabajo a desempeñar para poder volver vivos a casa. Finalmente, la tercera reacción es similar a la anterior, pero en ésta la conciencia no se anula y trata de mantener una cierta humanidad en medio del infierno, creando unos ciertos códigos o valores internos que no pueden saltarse, en manifiesta oposición a la propia brutalidad de la guerra.

Sobre esta última reacción hallé docenas de casos, sobre todo referidos a las guerras del siglo XX y muy en particular la Segunda Guerra Mundial. Como en el libro me centré en grandes hechos y personajes para desvelar los ocultos entresijos de la barbarie bélica, me parece justo aportar ahora una breve historia de personajes anónimos sobre la verdadera naturaleza del hombre enfrentado al drama y al sufrimiento extremo, en la cual veremos cómo un combatiente obligado a destruir al enemigo consiguió poner un poco de humanidad y compasión en medio del caos, el absurdo y la matanza.

Esta historia tuvo lugar el 20 de diciembre de 1943, sobre los cielos de Alemania. Después de un ataque sobre Bremen, una formación de bombarderos americanos cuatrimotores tipo B-17 Flying Fortress (“Fortaleza Volante”) regresaba a su base en Gran Bretaña. Uno de ellos estaba pilotado por el segundo teniente Charles L. Brown, un joven novato de 21 años. Era la primera misión en que participaban él y su tripulación y no podía haber ido peor. El avión, bautizado como Ye Olde Pub, había sufrido los embates de la artillería antiaérea y el ataque de los cazas germanos, quedando muy dañado y alejado del resto de la formación, sin ninguna ayuda. De hecho, apenas podía volar a baja altura mientras trataba de salir de Alemania. En ese momento, un oficial alemán llamado Franz Stiegler, un antiguo piloto comercial de la Lufthansa y experto piloto de combate con más de 20 victorias a sus espaldas, estaba en su aeródromo repostando combustible y munición para volver a la refriega aérea. Una vez avisado de que había pasado sobre la zona un bombardero enemigo aislado, despegó con su aparato de caza Me 109-G con la misión de alcanzarlo y abatirlo.

Stiegler se elevó y no tardó en situarse por detrás del bombardero americano. Acto seguido, se acercó a la cola para ver si el artillero ametrallador de dicha posición le disparaba. Como no apreció respuesta, se aproximó aún más y así pudo observar que el puesto estaba hecho añicos y lleno de sangre, con el ametrallador decapitado. Entonces se puso al lado del aparato y vio que todo el fuselaje estaba completamente destrozado y acribillado, con sólo un motor en buen estado; de los otros tres motores, dos estaban humeando y el otro funcionando a duras penas. Incluso pudo ver cómo los tripulantes trataban de ayudarse entre ellos en ese momento crítico, con varios hombres muy malheridos. Llegado a ese punto, Stiegler fue incapaz de disparar sus armas, derribar al bombardero y cumplir, en fin, con su “deber”. En su trayectoria como aviador militar había sido aleccionado a no atacar a un enemigo vencido o indefenso o que se tirase en paracaídas, y sintió que de ninguna manera podía acabar con aquellos jóvenes que luchaban desesperadamente por sobrevivir en condiciones espantosas. Por su mente también pasó el drama de su hermano August, piloto de bombardero y declarado anti-nazi, que había muerto en los inicios de la guerra. En esas circunstancias, Stiegler optó por volar en paralelo con el bombardero para acompañarle y obligarle a rendirse.

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Bombardero norteamericano Boeing B-17 Flying Fortress (1943)

Brown vio entonces al caza alemán desde su cabina y no podía dar crédito a sus ojos. Esperaba lo peor y no tenían defensa, pero no sucedió nada. Franz Stiegler le hizo señas para que regresaran y aterrizaran en Alemania, pero Brown mantuvo su rumbo. Stiegler siguió escoltando al B-17 y esperó a que estuvieran sobre el Mar del Norte para indicarle que al menos se dirigieran al noreste, hacia Suecia (país neutral), para quedar allí internados. Stiegler se jugaba mucho con su maniobra pues si desde tierra apreciaban su proceder podía ser sometido a juicio militar que podía terminar en ejecución por traición. Brown, pese a todo, hizo caso omiso o no entendió las señas y trató de tomar rumbo a Gran Bretaña. Stiegler, viendo que ya nada más se podía hacer, saludó, agitó sus alas y regresó a su base, creyendo en su fuero interno que el bombardero –en su estado tan absolutamente desastroso– jamás llegaría a su destino. Sea como fuere, cuando Stiegler aterrizó, debió ocultar la verdad e hizo constar que él mismo había abatido al bombardero sobre el mar.

Sin embargo, de forma milagrosa y en el límite de su resistencia, el B-17 de Charles Brown cruzó el mar y pudo llegar a Gran Bretaña. Los heridos fueron sacados de inmediato y atendidos, y finalmente todos ellos pudieron salvar la vida. Brown y la tripulación fueron interrogados rutinariamente por los oficiales de inteligencia sobre el desarrollo de la misión y allí fue donde expusieron el increíble incidente ocurrido con el caza alemán. Tras oír la declaración, los oficiales les obligaron a guardar completo silencio y a no revelar a nadie lo sucedido bajo ningún concepto. Por motivos de propaganda no era posible dar a conocer que los alemanes podían tener tales conductas, cuando eran presentados a la opinión pública como “fanáticos nazis, crueles y despiadados”. Por tanto, a efectos oficiales, el encuentro con el caza alemán nunca existió. El caso es que Brown y los demás cumplieron a rajatabla la orden de silencio y siguieron en activo, completando al final su tanda de 25 misiones de combate, tras las cuales se licenciaron y se ganaron la vuelta a casa. Y la guerra acabó en Europa en mayo de 1945.

Este podría haber sido el final de la historia, pero muchos años más tarde tuvo un giro inesperado que puso cierre a un episodio tan traumático y al mismo tiempo tan agraciado. Brown regresó a su hogar, se casó y siguió ligado a la Fuerza Aérea hasta 1972. Con los años, fue dejando atrás el recuerdo más amargo de la guerra, aunque en realidad a ningún excombatiente le es posible borrar todas las experiencias vividas. Así, pasadas unas décadas, todavía continuaba obsesionado por el incidente de su primera misión en la que volvió a nacer gracias a la misericordia de un piloto enemigo. Intrigado por saber qué habría sucedido con aquel hombre, en 1987 se puso a investigar y a consultar publicaciones y archivos privados y oficiales para obtener alguna pista, aun sabiendo que las posibilidades de éxito eran ya muy remotas, y más teniendo en cuenta que el piloto podría haber muerto durante las hostilidades.

Brown dedicó tres años a sus pesquisas –sin resultados– hasta que probó con una modesta revista de veteranos aviadores alemanes que aún se mantenían en contacto a finales del siglo XX. Así pues, en 1990 envió una carta solicitando información acerca de cierto avión alemán que había interceptado su aparato en aquel lejano 20 diciembre de 1943. Y entonces llegó una respuesta: el informante no sólo conocía la historia, sino que la había protagonizado. En su carta, el piloto le daba la sensacional noticia: “Fui yo”. Era el mismo Franz Stiegler, que había sobrevivido a la guerra pese a haber sido derribado y herido en numerosas ocasiones. Tras el conflicto, se mudó a la Columbia Británica (Canadá) en 1953, donde hizo fortuna como hombre de negocios. Él tampoco había podido relatar nada acerca de aquel día porque su vida iba en ello.

Enseguida intercambiaron cartas y largas llamadas telefónicas hasta que tuvo lugar su esperado encuentro presencial, un momento muy emotivo en que ambos expilotos se abrazaron y se explicaron sus vivencias a lo largo de tanto tiempo. Recordaron aquel episodio tan importante en sus vidas e inevitablemente se hicieron amigos íntimos. Stiegler y Brown compartieron varios homenajes juntos y el propio Stiegler recibió la condecoración de la Orden de la Estrella de la Paz, concedida por la Federación de Combatientes Aliados, siendo el único piloto de Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana) en obtener tal reconocimiento. Finalmente, ambos veteranos acabaron por narrar a un escritor lo que no habían podido desvelar durante tantos años. De esta manera salió a la luz un acto de humanismo y compasión en medio de la guerra más feroz y devastadora que ha vivido el mundo hasta la fecha. La amistad entre los dos aviadores duró hasta 2008, cuando ambos fallecieron con pocos meses de diferencia.

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A izquierda, Charles Brown y a derecha, Franz Stiegler (época de la guerra)

Esta es sin duda una excepcional historia, pero en modo alguno una mera anécdota aislada. Como ya he señalado, encontré muchos más casos que en una búsqueda exhaustiva se podrían ir a los cientos o incluso miles, dando por hecho que seguramente existieron situaciones similares que jamás fueron explicadas o registradas y que tuvieron lugar en la tierra, el mar o el aire. Y lo que más me ha llamado la atención es que los “malvados oficiales” de las guerras (o sea, los perdedores) son los que se llevaron la peor propaganda en cuanto a actos criminales, pero que en la práctica no fueron –ni de lejos– peores que sus adversarios. En este sentido debo rendir tributo a todos los investigadores que desde un trabajo riguroso e imparcial han demostrado que la brutalidad y la compasión estuvieron repartidas a partes iguales entre todos los bandos.

Con todo, queda en el aire la más terrible de las paradojas. Si el ser humano lleva en su corazón el bien y la empatía por sus semejantes en situaciones de desgracia (y qué peor desgracia que la propia guerra), ¿cómo se puede caer en la aberración del asesinato –no se puede llamar de otro modo– contra otra persona por la cual no se siente ninguna animadversión? Podríamos dar muchas vueltas para buscar motivos o justificaciones, pero la verdad quizá no sea tan compleja. En mi opinión, simplemente se produce una anulación de la conciencia personal para ser sustituida por una falsa conciencia colectiva, que está dirigida y manipulada por los canallas que inician las guerras y el terror. El resultado es que el individuo queda en manos de un impulso superior al cual no puede oponerse porque presuntamente representa a la comunidad.

De este modo, personas que podrían mantener una relación de concordia, paz o al menos mera coexistencia se encuentran bajo el imperativo de cumplir unas órdenes tajantes que implican la destrucción del que ha sido etiquetado oportunamente como “enemigo”. Y, como hemos visto, cuando el imperativo desaparece, toda la perversa lógica interna del crimen legal se difumina y los hombres se reencuentran con su humanidad, como sucedió con Brown y Stiegler, dos amantes de la aviación que bien podrían haber participado juntos en competiciones deportivas aéreas en vez de enfrentarse en un duelo de ametralladoras.

Lo cierto es que la sombra de la conciencia subsiste y subsistirá, y es un grave problema para los que organizan las masacres. Hoy en día, la estrategia militar se ha orientado precisamente a reducir los escrúpulos y los daños morales de los seres humanos a través de las armas “inteligentes”, guiadas o lanzadas a distancia, o de artilugios de alta tecnología que destruyen de una falsa manera “quirúrgica”. El objetivo es que la matanza sea enorme, pero sin provocar excesiva sensibilidad ni impacto entre los combatientes, a los cuales se les ha ido convirtiendo progresivamente en robots bien aleccionados y equipados que deben realizar su trabajo como quien va a la oficina. Y ello por no hablar del fenómeno de los mercenarios y terroristas, a los cuales se adoctrina y deshumaniza con ideología fanática o con dinero (o ambas cosas) para que puedan matar y destruir sin el menor remordimiento.

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Actuales “marines” de los EE UU con las más modernas tecnologías de armas

No obstante, los soldados siguen yendo al campo de batalla y ven lo que ocurre. La conciencia va despertando lentamente y cada vez se producen más reacciones de asco y desapego ante los hechos consumados, por mucho que sean tergiversados y retorcidos por la política y los medios de comunicación para justificar lo injustificable. Así pues, para finalizar, me gustaría incluir el testimonio real de un soldado estadounidense anónimo dado en 2012 tras haber participado en varias misiones bélicas organizadas por su país y con el eventual respaldo de la llamada “comunidad internacional”. El texto es duro y directo, y no necesita ningún comentario adicional:

“Como soldado, he sido entrenado para ser un depredador. El tipo de entrenamiento por el que pasamos los soldados para poder perpetrar esos horrores es real, sistemático, ha sido bien pensado, perfectamente investigado durante más de doscientos años. No es ninguna novedad para ningún país. La declaración de objetivos de las fuerzas armadas es “combate y destruye”. No es la liberación de ninguna nación, no son misiones humanitarias. Combatir y destruir es lo que estamos haciendo. Nos envían contra una población civil, y aplicamos libremente esa energía sobre ellos sin que nos hayan atacado previamente.

Lo que no se ve son las aguas residuales fluyendo por las calles después de que los tanques han aplastado la conducción del alcantarillado. No liberamos un país, lo destruimos y robamos. Tampoco se ve a los centenares de civiles dentro de sus casas, acurrucados debajo de la mesa, o de las camas, ni a los niños, que una vez que las tropas se van ya no pueden dormir por las noches. Y no es más que un ejemplo de la montaña de crímenes que están siendo perpetrados en nombre de a saber qué supuesta liberación.

Esto es real, y está ocurriendo todos los malditos días. Lo hemos hecho en Irak y en Afganistán. En esto yo he estado implicado. Se le llama genocidio, y es un crimen de guerra. Estas guerras son racistas. Son genocidas. Es una realidad a la que los soldados hemos de hacer frente, los pueblos de Irak o de Afganistán han tenido que hacer frente, y es la realidad con que se topan diariamente las gentes que viven dentro de las casas asaltadas y bombardeadas.

El ejército no me ha hecho un hombre, me ha hecho menos hombre por no haberme resistido mientras estaba en servicio activo de las Fuerzas Armadas. ¿Por qué las tropas están allí, haciendo lo que hacen, más allá del hecho de que los soldados hemos sido deshumanizados para poder ser capaces de hacerlo? Nadie quiere estar allí. La guerra no es un lugar divertido. Es horrible, es el infierno. Si las tropas supieran que nadie las apoya, dejarían de combatir y de cometer crímenes de guerra. Es porque la propaganda hace creer a todos que su país, su gente, les apoya. Ésa es la receta para sostener el estado de guerra interminable.”

© Xavier Bartlett 2020


8 respuestas a “Humanidad en medio de la barbarie

  1. Hola Xavier,

    Muy interesante tu artículo. Volvemos a ver el punto blanco dentro del lado oscuro del ying, como lo hay a la inversa. Creo que esa es la realidad, las cosas no suelen ser ni del todo negras ni del todo blancas. Me parece muy interesante lo que cuentas y un hilo de esperanza para evitar esa concepción que dice que el ser humano es un depredador sin solución. También me parece particularmente interesante ya que plantea que muchas veces los soldados son otras víctimas de los conflictos porque en muchos casos no querían hacer lo que hicieron y les pusieron contra las cuerdas para hacer “su trabajo” con manipulación a todos los niveles. Hay un capítulo de la serie Black Mirror que explica muy bien todo esto con la excusa de una técnología que creo que todavía no existe, pero se consigue casi lo mismo con una manipulación psicológica adecuada. En la 2ª guerra mundial quedó muy claro que esto es posible y a poco que se mire en nuestros días también. Aquí se explica el capítulo con detalle, pero quien quiera verlo mejor que no lo lea, ya que es un mega-spoiler. Por si alguien quiere ahorrárselo aquí está:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Men_Against_Fire

    Un saludo y gracias por tu texto.

    1. Muchas gracias por el comentario

      Comparto tus reflexiones, que inevitablemente van a parar al mismo punto: la manipulación mental-emocional que permite anular la conciencia y convertir al ser humano en un autómata sumiso y obediente. No hay más que ver lo que ocurre ahora con la “otra guerra” contra la Humanidad en forma de terrorismo bio-tecnológico.

      Saludos,
      X.

  2. Hay gente que se alista porque les gusta la vida militar, otros porque no encuentran nada más y otros porque son reclutados a la fuerza, eso se podría corresponder también con las conductas que desùés muestran yq ue has mencionado.
    Se puede ver a menor escala en el actual golpe de estado encubierto, que tras la instauración del estado de escepción, da rienda suelta a todos los cabos chusqueros y demás psicópatas que disfrutan torturando a civiles desarmados.

    Un triste saludo.

    1. Totalmente de acuerdo, piedra

      En el fondo, todo es lo mismo. Sólo cuando el ser humano libere su mente de las garras de los depredadores empezaremos a respirar de verdad.

      Saludos (pese a todo, con mucho ánimo)

  3. Hoy en un canal de Youtube alguien me decía que el libre albedrío no existe.
    Yo le contesté que sin duda si no se ejerce no existe.
    Da igual cómo lo definamos, sino actuamos en conciencia no podemos ser libres sino autómatas guiados por el miedo.
    Si existe algo parecido a la Libertad necesariamente ha de estar dentro y reflejarse fuera.
    El mundo es tan libre cómo personas libres de miedo hay.

    Un saludo y gracias por el texto.

  4. Gracias Xavi, como siempre, por el artículo. Estoy deseando leer el libro. Me reservas uno? A ver si cuando pase este (para mí, innecesario) estado de confinamiento por fin nos vemos.

    Un saludo,

    M

    1. Gracias heliotropo

      Si algo he aprendido a a valorar en esta vida es la libertad y el amor, justo lo que se quiere destruir con la guerra (incluida esta pesadilla terrorista vírica).

      Un abrazo,
      X.

    2. Hola Melissa

      No te puedo reservar ejemplares porque no tengo, pero lo puedes conseguir por encargo en la web de ediciones Mandala. Ya haremos planes cuando pase todo esto.

      Saludos,
      X.

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