De lealtades y traiciones

Estela_HammurabiSi realizamos una amplia mirada retrospectiva a la historia de la Humanidad, veremos que el poder ejercido por las minorías gobernantes –a lo largo de los milenios– se ha sostenido no sobre pilares físicos sino sobre una especie de legitimidad moral. En efecto, es imposible que unos pocos sometan a muchísimos sólo con la amenaza de la fuerza física. Lo que realmente hace que la sociedad funcione de forma estructurada y jerarquizada es la existencia de un poder máximo que recurre a una idea de legitimidad (esto es, ley y orden) para colocarse en una posición de supremacía indiscutible, de tal modo que les resulte fácil controlar a todos los que están por debajo, haciendo que sus mentes asuman que el orden o statu quo establecido no sólo es necesario y positivo sino obligatorio.

Ahora bien, a la hora de ejercer ese dominio mental colectivo, ya desde la Antigüedad se hizo indispensable la actuación de unos intermediarios entre ese poder y la población en general, y para ello se crearon una serie de estamentos cuya función es la de mantener, aplicar y defender la legalidad vigente. Esta misión, que es parte intrínseca de toda estructura estatal, ha sido tradicionalmente atribuida a policías, jueces y militares, cuerpos que se supeditan completamente al ordenamiento político de cada país, y que de hecho actúan como “garantes” del poder establecido. Dicho en otras palabras, los miembros de estos cuerpos no cuestionan el régimen imperante porque precisamente se deben a él en cuerpo y alma. En la práctica, aparte de recibir el sueldo del estado, que ya es una forma de lograr afección, los defensores del sistema son convenientemente adoctrinados para que su labor y desempeño se ajuste a los principios y leyes comunes, dado que están ejerciendo un alto servicio a la comunidad, frente a la cual han de responder[1]. Así pues, no hay lugar para que actúen “por libre”, según lo que les pueda dictar su propia conciencia, pues tal conducta rompería la sagrada lealtad a la legitimidad que han jurado o prometido defender.

En el caso particular de los militares, es obvio y manifiesto que se lleva a cabo un fuerte control mental sobre los individuos, a fin de que abandonen su individualidad o libre pensamiento para adoptar un comportamiento colectivo, robótico y servil, encarnado en un ideal patriótico. Sólo así se puede aceptar sin rechistar la existencia de una cadena de mando (en la que el superior no puede ser retado ni cuestionado), y de unos principios de obediencia y disciplina absolutamente rígidos. Además, para reforzar la conducta deseada, siempre está presente el innegable factor miedo, pues la superioridad legitimada tiene potestad para juzgar a los que se rebelan contra ella y aplicar sanciones y castigos que pueden suponer desde la pérdida del empleo o el sueldo hasta la pérdida de la libertad o incluso la vida.

Por eso la democracia se vende muy bien y con altas palabras en la mayoría de países del mundo, pero es totalmente ignorada, marginada o perseguida en el ámbito militar o policial de esos mismos países. Las órdenes vienen de arriba y no se discuten. Por tanto, no hay democracia, opiniones contrapuestas o debate sobre lo que se ha de hacer; eso sería el “caos”. Los poderes legítimos dictan y los soldados obedecen; así ha sido desde el tiempo de los faraones hasta nuestros días. Aquí podríamos extendernos más sobre esos mecanismos psicológicos de control mental –que en realidad funcionan en toda la sociedad a distintos niveles– pero eso sería tema para otro artículo específico.

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Soldados norteamericanos durante la 2ª Guerra Mundial

Realmente, ninguna guerra o represión habría tenido lugar si no hubiese existido este sentido de la lealtad y de no cuestionarse los preceptos o actos que emanan del poder. Así, cuando alguien hace suyo un ideal o regla moral con la que afrontar el mundo, lo habitual es que mantenga fielmente sus principios, contra viento y marea y en todas las circunstancias, sea en el triunfo pero también en la adversidad. Esto es todavía más marcado en el entorno militar, en el cual existe una entrega o sacrificio del individuo más allá de su propia seguridad o beneficio personal. De este modo, la lealtad no es más que una consecuencia lógica de asumir la vida propia como un acto de servicio a un ente superior (el estado, que teóricamente representa al pueblo) bajo un imperativo ético que se ha llamado tradicionalmente el “deber”, y regido por un código de conducta que constituye el “honor”.

Uno de los ejemplos más paradigmáticos de esta actitud de absoluta lealtad sería la del conde Flavio Belisario, un general romano del siglo VI d. C., que sirvió al emperador Justiniano. Belisario fue educado en las antiguas tradiciones militares romanas y desde joven adquirió un compromiso de servicio a la figura sagrada del emperador, acatando su voluntad y llevando a cabo sus designios por encima de cualquier otra consideración. Por lo demás, estuvo dotado de brillantes cualidades personales, carisma y gran capacidad como estratega, lo que facilitó su rápido ascenso como figura pública digna de elogio y confianza. Así pues, el emperador le confió la guerra contra los persas y luego la reconquista de parte del perdido imperio occidental, tarea que llevó a cabo con diligencia durante nada menos que veinte años.

No obstante, Justiniano vio con creciente recelo la popularidad y éxito de su general y pensó que tal vez querría arrebatarle el trono. Además, Belisario se había ganado muchos enemigos por su conducta incorruptible y su falta de partidismo político[2]. En consecuencia, el emperador lo fue marginando y humillando, y le negó los recursos para sus campañas en Occidente, lo que en más de un momento dejó a Belisario –y a sus tropas– contra las cuerdas. Finalmente, Belisario, harto de intrigas, menosprecios y desplantes, se retiró de la vida militar hasta que fue repescado otra vez por Justiniano para rechazar una gran invasión de eslavos que amenazaba la propia capital imperial. Aun así, Belisario, después de este último servicio, fue acusado de corrupción y enviado a la cárcel, siendo además desposeído de sus títulos y bienes. Con todo, el emperador lo acabó perdonando y lo liberó, muriendo ambos poco después de estos hechos. Como hemos visto, este vendría a ser el caso de la persona que –pese a ser perjudicada o perseguida por el poder al que sirve– no osa rebelarse contra éste, aun pudiendo tener motivos personales más que justificados, porque ello rompería su propia integridad moral.

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Napoleón Bonaparte

Esta máxima lealtad también tiene su contrapartida moderna en lo que representa el servicio al estado, por encima de cualquier cambio en los dirigentes, los gobiernos o incluso los regímenes políticos. Así, si saltamos muchos siglos en el tiempo, tenemos el caso de Jean de Dieu Soult, un arquetipo de los mariscales y generales del ejército francés de finales del siglo XVIII y principios del XIX, casi todos ellos formados como militares en la obediencia a la Corona (el régimen absolutista de Luis XVI). Este régimen fue derribado tras la Revolución Francesa, pero como otros tantos Soult se mantuvo al servicio del estado, ahora bajo la legalidad de la República y poniéndose a finales del siglo bajo el mando de otro brillante colega militar, Napoleón Bonaparte, en el llamado Directorio. Más adelante, Francia se convirtió en Imperio, con Napoleón ejerciendo de emperador “liberal” pero autócrata, y Soult –como no podía ser de otro modo– siguió desempeñando su labor en la lógica continuidad de las instituciones y sobre todo por fidelidad personal a Napoleón.

Pero cuando Bonaparte fue vencido y forzado a abdicar en 1814, el gran mariscal pasó a servir lealmente al nuevo rey absoluto Luis XVIII, nada menos que como ministro de la Guerra. Y nuevamente, tras caer el rey, Soult no tuvo problemas en volver a ponerse a disposición de Napoleón, en calidad de jefe de su Estado Mayor, y tomó parte en la batalla de Waterloo. Tras la derrota, padeció destierro durante tres años, pero Luis XVIII lo recuperó para el servicio público, y así finalmente Soult acabó su carrera sirviendo otra vez a la monarquía absoluta restablecida, y aún en sus últimos años prestó sus servicios como político con la monarquía constitucional de Luis Felipe de Orleáns.

Vista esta trayectoria, podríamos decir que Soult fue una especie de “chaquetero”, un oportunista o arribista, pues sirvió a varios dirigentes y sistemas políticos, saltando de uno a otro sin mayores problemas morales, aun cuando las personas y los sistemas eran aparentemente bien distintos e incompatibles. Sin embargo, desde otra perspectiva, muchos podrían afirmar que el gran mariscal siempre sirvió a “Francia”, cualesquiera que fueran las circunstancias. Dicho en otras palabras, el militar obedece y se da al país, sea cual sea el régimen político imperante.

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General Robert E. Lee

Unas décadas más tarde, tenemos otro llamativo caso de sacrificio personal en que el militar en cuestión tuvo que tomar una difícil decisión para determinar dónde residía su lealtad, y una vez tomada, llevarla hasta sus últimas consecuencias, pues esta vez el estado no le perdonó la “traición”. Me estoy refiriendo al general estadounidense Robert E. Lee, protagonista de la Guerra de Secesión a mediados del siglo XIX. Lee, graduado en West Point, fue un militar muy distinguido por sus servicios a la Unión durante treinta años en diversos conflictos y tenía un bien merecido prestigio. Pero llegados a 1861, la crisis sobre la abolición de la esclavitud desencadenó la secesión de los estados del Sur, lo que a su vez llevó a los EE UU a la guerra civil. En ese momento, el presidente Abraham Lincoln rogó al veterano Lee que dirigiese los ejércitos de la Unión como comandante en jefe. Lee se encontró en una encrucijada: él vivía en Washington, había servido fielmente al gobierno federal y era abolicionista, pero había nacido en Virginia, un estado del Sur. Así pues, declinó la oferta presidencial y optó por ser leal a su territorio de origen, Virginia, porque –según argumentó él mismo– no se veía luchando contra sus propios paisanos. De este modo, fue nombrado comandante de las fuerzas de Virginia y se puso a las órdenes del presidente confederado Jefferson Davis.

El resto de la historia ya es conocida. Pese a algunos éxitos iniciales, el ejército del Sur no pudo soportar una larga guerra de desgaste contra el pujante e industrial Norte. Lee firmó la rendición sureña en Appomattox en abril de 1965 y ya no volvió a la carrera militar. Pero su lealtad al Sur tendría un precio: pese a solicitar la amnistía o perdón del estado, nunca obtuvo ese reconocimiento; de hecho, legalmente no recuperó su ciudadanía estadounidense ¡hasta 1975! Según algunos autores, Lee ya entreveía que el Sur no tenía posibilidades de ganar una guerra a largo plazo, por lo que resulta de admiración cómo un hombre que conocía bien su oficio y tenía opiniones políticas más propias del bando contrario, tomó el camino más difícil, posiblemente por razones emocionales y dejando a un lado cualquier coherencia intelectual.

Sin embargo, la propia historia nos muestra que a veces las lealtades más firmes se derrumban a causa de una cierta crisis moral ante un estado de cosas que provoca primero el desconcierto, luego la duda y el malestar, y finalmente la desafección u oposición al ideal que el individuo había mantenido como pilar de su conducta personal. Es aquí cuando se traspasa la difícil frontera de la lealtad a la traición, quebrando el marco legal establecido, aquello que constituye –teóricamente– lo más sólido, casi sagrado, para los defensores de la ley. Seguidamente, vamos a ver algunos ejemplos del ámbito militar en el reciente siglo XX en los que juramentos y fidelidades se rompieron, y también veremos cómo la historiografía convencional ha exaltado o condenado unos actos semejantes en función de ideologías u opiniones políticas, dando por buena la “traición” o la “lealtad” según el juicio histórico que haya merecido el poder establecido.

El caso de la II República Española y la subsiguiente guerra civil es sintomático y llamativo en este campo, pues se produjo un auténtico caos de lealtades y traiciones en función de factores que tal vez no hemos comprendido del todo. Por un lado, es sabido que la mayoría del estamento militar era monárquico, tradicionalista y conservador, y que convivía con una minoría de elementos republicanos, liberales o progresistas y apenas unos pocos simpatizantes de opciones radicales de izquierda o derecha. Pero en medio de una situación cada vez más convulsa y conflictiva a todos los niveles (social, económico, político) una parte de la jefatura militar decidió actuar por su cuenta para acabar con el régimen legalmente establecido. En la práctica, resultó que entre los conjurados había, en efecto, una buena porción de esa mayoría pero también personas en principio afectas al régimen por sus ideales republicanos y por su filiación masónica[3]. A su vez, entre los leales al régimen había no pocos militares tradicionales y conservadores, muy poco contentos con la situación social y política del país.

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General Emilio Mola Vidal

Llegados a mediados de julio de 1936, cuando se descubrieron las cartas y los sediciosos se alzaron en armas, se dio un confuso episodio de lealtades y traiciones, que provocó en definitiva la guerra civil. Mientras que en medio país los mandos rebeldes se hicieron con el poder y rompieron con el gobierno (aunque no formalmente con la legalidad republicana en un primer momento), en la otra mitad los militares se mantuvieron leales al régimen, poniéndose a disposición del gobierno de Madrid. Así, por un lado, tenemos que militares de ideas republicanas como los generales Mola y Queipo de Llano encabezaron la sublevación en la Península, mientras que Franco, más proclive a la monarquía, se hacía con el control de las tropas de África. Mientras, en el otro bando, algunos militares conservadores –aun viendo con desánimo la situación de caos y revolución en que se había metido la zona republicana– prefirieron seguir fieles al régimen legalmente constituido, aunque hiciera aguas por todas partes[4].

No es de descartar que en aquella convulsa situación, muchos militares apolíticos y poco proclives a tomar decisiones arriesgadas se inclinaran por una facción u otra en función de apoyos o amistades personales o simplemente por la coyuntura que estaban viviendo en su territorio. Tal vez muchos temieran estar en el bando “equivocado” una vez se hubieran clarificado las posiciones, y optaron por lo que creyeron más seguro, sin que ello les produjera necesariamente un problema de conciencia. Otros seguramente actuaron con la convicción de sus principios y se jugaron la vida en ello, asumiendo el riesgo de su posición. Esto sucedió tanto en una zona como en otra, cuando los partidarios de la opción contraria a la triunfante quedaron “atrapados” y optaron por enfrentarse a sus compañeros de armas defendiendo la justicia de su causa. Esto provocó no pocos arrestos y fusilamientos, entre los cuales hubo desde generales hasta suboficiales.

Es especialmente lamentable el caso del general Núñez del Prado (leal a la República) que, en misión de diálogo y búsqueda de una salida airosa, fue detenido y fusilado por los sublevados, que dejaron bien a las claras que no había “medias tintas” o conciliación posible[5]. Por supuesto, los militares que no quisieron sumarse a la revolución en las zonas en que había fracasado el golpe fueron apresados y muchos de ellos ejecutados o linchados directamente por fuerzas incontroladas. Por ejemplo, entre los mandos de la Armada, que mayoritariamente se habían alzado contra el régimen, la traición resultó muy cara, pues casi todos ellos fueron asesinados por la marinería. Como vemos, lo que para unos era lealtad para otros era traición, y así no es de extrañar que se impusiera la intransigencia del “si no estás conmigo estás contra mí”, que a la postre provocó tantas muertes y represalias.

En suma, en unas pocas horas o días se produjo un primer baño de sangre a causa del diabólico baile de lealtades y traiciones, en que sin duda –por encima del deber y el honor– pesaron situaciones personales, principios, intereses, amistades, conveniencias y seguramente miedos. En cualquier caso, el general Franco, como líder destacado de la sedición, ha pasado a la historia como un traidor que se rebeló contra el poder legítimamente establecido, generó una cruel guerra civil e impuso una odiosa dictadura durante décadas. Además, para mayor escarnio de los que fueron leales al régimen y luego fueron capturados, juzgados y sentenciados por el bando vencedor, se les acusó de “rebelión militar”, lo cual no deja de ser un ejercicio de supremo cinismo. Pero no olvidemos que fue la libertad de escoger una libre opción –la de permanecer bajo la ley o la de oponerse a ésta– la que desencadenó la guerra: si casi todos los mandos hubieran obedecido al gobierno, el levantamiento habría fracasado. Asimismo, si la gran mayoría de militares se hubieran vuelto contra el régimen, el golpe habría triunfado y tampoco habría estallado la guerra civil. De hecho, esto ya había sucedido varias veces en la historia reciente de España; sin ir más lejos, con la dictadura de Primo de Rivera.

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Mariscal Pietro Badoglio

En cambio, los militares que se rebelaron contra el régimen fascista de Mussolini a mediados de 1943 fueron vistos como salvadores de la patria, cuando lo que hicieron fue traicionar al régimen y a la persona a quien habían obedecido con lealtad. Incluso el máximo mando militar italiano, el mariscal Pietro Badoglio, que se rindió a los aliados, había sido previamente la mano derecha de Mussolini y uno de los principales instigadores del belicismo y expansionismo del régimen fascista. Lo que ocurrió en realidad es que las cosas se torcieron en la guerra y esas personas decidieron estar en el bando correcto una vez finalizaran las hostilidades, aun traicionando sin mucho rubor las lealtades dadas. Desde el punto de vista ideológico o político podemos alabar esa actitud de rebelarse contra el poder tiránico… pero ¿no habían participado ellos mismos de ese poder tiránico y lo habían seguido mientras las cosas fueron bien? Desde luego, el “golpe” triunfó porque la Italia fascista ya estaba agonizando y las fuerzas aliadas habían puesto el pie en tierra italiana; sólo unos pocos militares traidores que acabaron en manos del renacido régimen de Mussolini en el norte del país fueron juzgados y ejecutados.

Y más o menos por esas fechas, se iba a producir otro episodio similar de rebelión militar, pero con un final muy distinto. Así, el régimen nazi de Alemania, que había llegado al poder por una vía legal y democrática, obligó a todos los militares a que hiciesen un juramento personal de fidelidad completa a la figura de Adolf Hitler, el Führer. Por lo tanto, los mandos alemanes no sólo se debían a su país o estado, sino que prometieron lealtad personal e incondicional al jefe del estado como máximo representante del pueblo[6]. Sin embargo, pasados unos años, algunos militares empezaron a ver con desdén el poder autocrático y criminal del Führer y de su partido, y la peligrosa deriva hacia una guerra total en Europa. De este modo, se empezaron a urdir tramas contra el jefe del estado y se llevaron a cabo los primeros intentos de asesinato contra su persona, que culminaron en el atentado del 20 de julio de 1944, perpetrado por el militar aristócrata Claus Von Stauffenberg[7].

No obstante, estos militares, la gran mayoría apolíticos, cumplieron con lealtad su cometido al estallar la guerra y no discutieron la política de su país, más si cabe cuando en los primeros años todo fueron éxitos en el campo de batalla. Pero las cosas se empezaron a torcer, y la tremenda guerra en Rusia –con todas sus atrocidades y excesos– empezó a despertar conciencias. El movimiento anti-nazi fue cobrando fuerza entre bastantes miembros del Ejército y fue en este punto cuando se consolidó la famosa conspiración contra Hitler en la que tomaron parte muchos altos mandos, entre ellos el general Beck y el coronel Von Stauffenberg. Aquí es oportuno citar una declaración de Beck que resulta muy significativa:

“La historia considerará culpables de derramar sangre a los comandantes que, a la luz de sus conocimientos profesionales y políticos, no acaten los dictados de su conciencia. El deber de obediencia de un militar acaba cuando sus conocimientos, su conciencia y su sentido de la responsabilidad le prohíben cumplir determinada orden.”[8]

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Coronel Claus Von Stauffenberg

No cabe ninguna duda de que Beck, Stauffenberg y el resto de conjurados han pasado a la historia como héroes de la libertad, y no sólo de Alemania sino del mundo entero. Su sacrificio en la derrota fue visto a posteriori como un acto de entrega, coherencia y rebeldía ante la tiranía y la opresión, y como tal han merecido el homenaje de las generaciones posteriores. Sin embargo, en la Alemania nazi de aquellos tiempos una buena parte de la población alemana –aun sufriendo en sus carnes una dura guerra que se había vuelto en su contra– se escandalizó ante este atentado y celebró que Hitler, su bienamado Führer que aún les prometía la victoria, hubiera sobrevivido. Asimismo, muchos militares condenaron la insensatez y traición de sus compañeros, y no necesariamente todos eran fervientes nazis (que más bien eran pocos).

Lo cierto es que, según lo que nos dice la historia, bastantes militares, incluidos auténticos héroes populares como el famoso mariscal Erwin Rommel[9], estaban descontentos con la situación militar y política del país, pero en ningún caso realizaron movimientos de “traición” contra el poder establecido, lo que de hecho hubiese supuesto la violación del juramento que habían emitido, aunque quizás en más de una ocasión esa idea les pasara por la cabeza. Todo ello por no mencionar el tradicional sentido del deber de los militares alemanes, sobre todo en los de origen prusiano. Así, el clásico militarismo alemán también estaba presente en los conjurados, que no se negaron a participar en las victoriosas campañas de Hitler del inicio de la guerra. Sólo cuando las cosas empezaron a ir realmente mal la oposición se hizo más dura, al ver hacia dónde iban los destinos de Alemania. Finalmente, no sabemos qué hubiera podido pasar en caso de una victoria a medias de los conjurados en Alemania; tal vez hubiera estallado una guerra civil mientras todavía luchaban contra un enemigo exterior[10].

Podríamos volver ahora a los argumentos anteriores y sopesar la influencia del miedo y la conveniencia en las posiciones que tomaron unos y otros, pero lo que parece quedar ya claro a estas alturas es que en todas las épocas y sistemas políticos, la obediencia ciega a un poder –del cual supuestamente emana una cierta legitimidad– provoca la completa anulación de la conciencia y el seguidismo a unas órdenes o consignas que en ningún caso pueden ser discutidas, a menos que se quiera incurrir en “traición”. Además, resulta evidente que quien posee la fuerza de las armas puede imponer a la sociedad su voluntad, lo que hace todavía más crítica la decisión de unas pocas personas que tienen la potestad de convertirse en juez y verdugo del pueblo al que dicen representar. Desde este punto de vista, es absolutamente crítico para los dirigentes mantener el control más rígido sobre los estamentos que poseen las armas o instrumentos para la coacción, la represión o la agresión.

En suma, todos los actos de guerra, incluidos aquellos que se califican de criminales (como si la guerra no fuese ya de por sí el supremo crimen…), quedan bajo el paraguas de esa obediencia y lealtad absoluta a los mandatos impuestos por las autoridades políticas, lo cual ofrece una ilusión de ausencia de responsabilidad personal y moral. Así, no es de extrañar que en muchas guerras recientes, los soldados y mandos acusados de determinadas conductas y actos infames se refugiaran en el cumplimiento de las órdenes recibidas para justificar su proceder. En efecto, “el fin justifica los medios” –¡y de qué manera!– en el estamento militar.

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Políticos y militares alemanes juzgados en Nuremberg por su afección al régimen nazi

De este modo, muchos militares alemanes juzgados al final de la guerra, acusados de servir a Hitler y cometer ciertos actos criminales, se defendieron con el argumento de que no podían ir contra su deber patriótico de soldados y que actuaron en cumplimiento de sus órdenes. Desde luego, dado que su régimen fue condenado, estas personas –en la mayor parte de los casos– no obtuvieron la comprensión de sus jueces, los vencedores del conflicto. Y todo ello por no hablar de los mandos inferiores o tropa que, teniendo poca o ninguna capacidad de decisión, siguieron a rajatabla el principio de obediencia debida en una cadena de mando, lo que daba cobertura a su actuación, sea la que fuere. Así, al que se saltaba esos imperativos de arriba muy posiblemente le podía esperar la cárcel o el pelotón de fusilamiento, sobre todo en los casos de cobardía o deserción[11]. Así pues, nunca en la historia ninguna rebelión o acto de disidencia protagonizado por estas personas tuvo el menor éxito.

Finalmente, cabe realizar una última reflexión. ¿Qué ocurriría si los militares de todos los países se diesen cuenta de lo que es del todo evidente: que están siendo manipulados para matar a otros militares y civiles de un país extranjero –o del propio país– por órdenes de sus gobernantes y en función de unos motivos absolutamente espurios? En esos momentos, la lealtad de esas personas ya no residiría en su rígida mente, sino en su conciencia, y en tal caso quizá renunciarían a seguir desempeñando su labor de asesinos legales. Eso sin duda provocaría la caída del sistema, pues si se produce la desobediencia en cadena (no sólo de militares, sino también de policías y jueces), el poder perdería su legitimidad e influencia sobre sus mecanismos de control y se vería incapaz de ejercer su dominio efectivo.

En resumidas cuentas, el despertar de la verdadera conciencia podría hacer reflexionar a esos militares que, en vez de seguir comportándose como autómatas que obedecen a una mente colectiva paranoica, ególatra y destructiva, podrían empezar a replantearse dónde está su verdadera lealtad y actuar luego en consecuencia. Por ello, tal vez el mejor acto de coherencia y lealtad a sí mismos que podrían hacer estas personas sería abandonar sus instrumentos de muerte y represión (“legales” o “ilegales”) y superar el miedo y las amenazas, pues los que están allá arriba ejerciendo el poder global son –como dice el tópico– “pocos y cobardes.”

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] En realidad, responden ante los que están situados en los niveles superiores, aunque se les haga creer que el mandato es de origen popular.

[2] Esta neutralidad la llevó al extremo desde joven, pues nunca quiso tomar partido en el enfrentamiento entre las dos facciones socio-políticas de Bizancio, los verdes y los azules (según los colores de los equipos de carreras de cuadrigas). Es más, él siempre se consideró del equipo “blanco”, que ya no existía en su época, y puso fin a las violentas reyertas entre verdes y azules que azotaron Constantinopla y que hicieron peligrar la integridad del estado.

[3] De hecho, los militares masones estuvieron presentes en los dos bandos, si bien Franco mostró el Alzamiento como un movimiento contrario a la “conspiración judeo-masónica”. Lo cierto es que, en 1936, de los 23 generales de división existentes, 21 eran masones; así que no es de extrañar que estuvieran repartidos en las dos facciones.

[4] Por ejemplo, el que fuera jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular de la República, el coronel Vicente Rojo, se declaró abiertamente católico, apostólico y romano y monárquico y pese a ello fiel al régimen.

[5] No obstante, algunas ejecuciones simplemente fueron cuestiones personales, con recelos y antipatías de por medio. Así, el general Queipo de Llano mandó fusilar al general Miguel Campins (unido al alzamiento en Granada, pero tras no pocas dudas), pese a que Franco había intercedido por él. En contrapartida, Franco ordenó más tarde el fusilamiento del general Batet, ante las inútiles súplicas de Queipo, amigo de Batet.

[6] Además, durante la Guerra Mundial, Hitler asumió personalmente el mando supremo de las Fuerzas Armadas alemanas y por tanto ostentaba no sólo la máxima autoridad política, sino también la militar.

[7] Al menos se conocen 15 intentos de atentado contra Hitler desde mediados de los años 30 hasta el último y más famoso de la bomba en la “Guarida del Lobo”.

[8] BAIGENT, M.; LEIGH, R. Secret Germany. Ed. Martínez Roca. Madrid, 2009. (p. 29)

[9] Según coinciden los historiadores, Rommel estaba al tanto del complot, pero de ninguna manera se adhirió a él, aunque ello no le exculpó ante Hitler. El simple hecho de conocer la conjura supuso su condena, si bien –dada su gran popularidad– “sólo” fue obligado a suicidarse.

[10] De hecho, esto sucedió al final de la Guerra Civil española, en la que el bando republicano se fraccionó en una cruenta guerra interna cuando aún luchaban contra las fuerzas franquistas.

[11] El ejército soviético de Stalin fue especialmente sanguinario en esta cuestión, eliminando fríamente no sólo a quien se hubiese pasado al enemigo sino también a cualquier militar que se hubiese mostrado crítico o cobarde. Incluso había órdenes de matar a todos los soldados que retrocediesen hacia las líneas propias tras ser rechazados por los enemigos. Igualmente, los que habían sido hechos prisioneros y de algún modo conseguían volver a la URSS eran ejecutados o enviados a campos de concentración.

Frases para la eternidad

Nihil novum sub solem (“nada nuevo bajo el sol”), que diría el clásico. Desde el principio de los tiempos, los seres humanos no hemos dejado de darle vueltas a los mismos temas e inquietudes que nos preocupan o nos conmueven. Así pues, siglos y siglos de pensamiento y reflexión sobre nuestra existencia y sobre el mundo que nos rodea deben dar algún fruto. De este afán han nacido miles de citas más o menos célebres –a cargo de filósofos, científicos, artistas, escritores o gobernantes– que han pasado a la historia y que ya son patrimonio de la eternidad, porque casi todas ellas esconden una verdad atemporal.

Sólo a modo de ejemplo, he recogido unas cuantas -la mayoría poco o nada conocidas- que me han parecido estimulantes por una u otra razón, y que ahora ofrezco para que cada cual tome de ellas lo que le parezca más interesante.

“Los tiempos felices en la humanidad son las páginas vacías de la Historia.”      

Leopold Von Ranke (1795-1886)

“La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen en provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran.”

Paul Valéry (1871-1945)

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“De aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero.”

Benjamin Franklin (1706-1790)

 

 

“La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes.”

John Lennon (1940-1980)

“A veces sucede así en la vida: cuando son los caballos los que han trabajado, es el cochero el que recibe la propina.”

Daphne du Maurier (1907-1989)

“Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos, por hacer lo posible imposible.”

Bertrand Russell (1872-1970)

“Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir puentes incluso allí donde no hay río.”

Nikita Khrushov (1894-1971)

“La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad.”

Francis Bacon (1561-1626)

“Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas.”

Jean Jacques Rousseau (1712-1778)

“La gente que no para de trabajar lo hace para no tener tiempo de acordarse de que no tiene nada que hacer.”

Francis Picabia (1879-1953)

“Muchas personas están demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no se preocupan por hacerlo con la cabeza hueca.”

Orson Welles (1915-1985)

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“El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, la guerra establecerá un final para la humanidad.”

John Fitzgerald Kennedy (1917-1963)

 

 

“La justicia no es más que una mercancía pública y el caballero que preside el tribunal ratifica las transacciones.”

Petronio (s. I d. C.)

“La ciencia viene, la sabiduría se queda.”

Alfred Tennyson (1809-1892)

“El acto de desobediencia como acto de libertad es el comienzo de la razón.”

Erich Fromm (1900-1980)

“La libertad, por lo que respecta a las clases sociales inferiores de cada país, es poco más que la elección entre trabajar o morirse de hambre.”

Samuel Johnson (1709-1784)

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“La sumisión y la tolerancia no es el camino moral, pero sí con frecuencia el más cómodo.”

Martin Luther King (1929-1968)

 

“La verdad, si no es entera, se convierte en aliada de lo falso.”

Javier Sábada (1940-)

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero.”

Hermann Hesse (1877-1962)

“Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.”

Pearl S. Buck (1892-1973)

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“¿Quiénes somos? La respuesta a esta pregunta no es una de las tareas de la ciencia, es la tarea de la ciencia.”

Erwin Schrödinger (1887-1961)

 

 

“El método más seguro para permanecer pobre es ser una persona franca.”

Napoleón Bonaparte (1769-1821)

“En el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad.”

Graham Greene (1904-1991)

“La investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté completamente sano.”

Aldous Huxley (1894-1963)

“Historia es, desde luego, exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es exactamente lo que sucedió.”

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)

“El inteligente se percata de todo; el tonto hace observaciones sobre todo.”

Heinrich Heine (1797-1856)

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“Donde hay poca justicia, es grave tener razón.”

Francisco de Quevedo (1580-1645)

 

 

“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.”

Antonio Machado (1875-1939)

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros.”

Sócrates (s. V a. C.)

“Nuestro mundo es un telón de teatro tras el cual se esconden los secretos más profundos.”

Rainer Maria Rilke (1875-1926)

“Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra.”

Georges Clemenceau (1841-1929)

“Curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado.”

Alberto Moravia (1907-1990)

Planck

 

“Para las personas creyentes, Dios está al principio; para los científicos, al final de todas las reflexiones.”

Max Planck (1858-1947)

 

 

“Un cínico es un hombre que sabe el precio de todas las cosas e ignora aún el valor de una sola.”

Oscar Wilde (1854-1900)

“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.”

Manuel Vicent (1936-)

“He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida.”

André Malraux (1901-1976)

¡Cuidado con los escépticos!

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El diccionario de la RAE nos dice que el escéptico[1] es el que profesa el escepticismo, concepto que tiene dos significados:

  • Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo, o
  • Doctrina de ciertos filósofos antiguos y modernos que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla.

Coloquialmente, decimos que somos “escépticos” cuando –ante una afirmación o propuesta determinada– mostramos cierto grado de duda o reticencia, porque lo que nos llega simplemente no nos convence, no creemos que sea verdadero o válido. De alguna manera, en la práctica, el escéptico mantiene una rígida actitud racional y crítica ante el mundo que le rodea, evitando caer en la actitud contraria, que sería la del creyente, aquel que se supone que no piensa ni razona lo que le llega a su cerebro. Esto es, mientras el escéptico procesa y valida la información, el creyente actúa como un mero receptor o almacén de datos. Así, el creyente da por buena cualquier nueva información, la asimila y la hace suya sin oponer el más mínimo atisbo de crítica o duda, siempre que –lógicamente– no rompa su visión del mundo. Por supuesto, esta asimilación es mucho más fácil si la información recibida proviene de personas a las que se considera “superiores” (en conocimiento, experiencia, cualificación…) o que sencillamente le inspiran confianza o seguridad por los motivos que sean.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que ésta fue precisamente la razón por la cual las creencias religiosas se extendieron como una verdad indiscutible durante milenios en todas las culturas, al ser considerada la casta sacerdotal un intermediario directo de la propia divinidad, y –por supuesto– no podía ponerse en duda la palabra o los designios de Dios. En ese contexto, no podía existir ningún escepticismo o crítica a la ciencia divina, porque el saber ya estaba conformado y no admitía oposición a las creencias establecidas. Por eso, personalidades científicas como Giordano Bruno fueron llevadas a la hoguera. Naturalmente, ahora nos podríamos preguntar si la práctica totalidad de la población no es en realidad creyente en una compleja ciencia que no comprende y que acepta por un puro acto de fe. Esto enlazaría con el controvertido debate que han presentado algunos científicos sobre el carácter de creencia de gran parte de la ciencia empírica contemporánea, pero adentrarnos en este punto nos llevaría por otros derroteros.

En todo caso, llegados a los tiempos más modernos, el concepto de escéptico ha derivado hacia una acepción más concreta, que está relacionada con la ciencia y la forma de conocer el universo. En efecto, hoy el escéptico no es exactamente una “persona que duda” o alguien que se cuestiona nuestra capacidad de conocer realmente el universo. El escéptico –a veces calificado de experto– que aparece en Internet, en los medios de comunicación, o en los ambientes educativos, sociales o científicos, es más bien un defensor a ultranza de la ciencia establecida, que procura por todos los medios desenmascarar o desacreditar a todos aquellos que, a su juicio, quieren vendernos mitos, patrañas, creencias, mera charlatanería o pseudociencia en general.

Para el escéptico, que suele ser una persona con cierta formación científica superior (aunque no siempre), la ciencia es el único medio para obtener conocimiento objetivo, y es además un sistema autocorrectivo que aplica los métodos empíricos adecuados para probar las teorías y sustentarlas o descartarlas en función de los resultados de la experimentación realizada. Obviamente, todo lo que se sale de ese marco no tiene credibilidad ni garantía, y puede constituir un engaño o, cuando menos, un error. De este modo, el escéptico se ve en la obligación moral de trasmitir a la sociedad la verdad y el rigor de la ciencia bien hecha frente a los farsantes que proliferan en la cultura de masas y, sobre todo, en Internet.

saganPero… ¿de dónde salió ese ímpetu por arremeter contra la supuesta pseudociencia? El célebre y mediático astrofísico estadounidense Carl Sagan ya mencionó una causa: la tremenda rapidez y complejidad de los avances de la ciencia y la tecnología a lo largo del siglo XX. En consecuencia, y pese a los esfuerzos divulgativos, la población en general perdió la capacidad de seguir los múltiples cambios y novedades en la ciencia. Y lo que es más, incluso los propios expertos, vista la creciente hiperespecialización de la ciencia, se quedaron recluidos en sus respectivas disciplinas específicas, incapaces de comprender correctamente los entresijos de una disciplina próxima. Ante este panorama, Sagan creyó que era preciso establecer algún mecanismo de control ante el auge de las pseudociencias y por ello fue uno de los impulsores del Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (“Comité para la investigación científica de las propuestas del ámbito de lo paranormal”), institución que todavía funciona bajo el nombre de CSI (Committee for the Scientific Inquiry).

Por otro lado, aparte de la ignorancia y la credulidad, para los escépticos también resulta muy dañina la presencia del saber irracional o intuitivo, que se opone al saber empírico establecido y que vendría a ser una especie de inconsciente colectivo global que todavía se nutre de la leyenda y del mito para tratar de explicar el mundo que nos rodea. De igual modo, el escepticismo condena lo que sería una cierta ciencia natural, a menudo basada en la simple experiencia práctica repetida a lo largo de los siglos, y que se enmarca en la llamada “tradición”, aquello que las gentes han heredado culturalmente durante generaciones. En suma, para los escépticos se trata de creencias sin ningún fundamento que deben ser superadas por el conocimiento científico, aunque admiten que no son fáciles de eliminar porque están muy ancladas en la psique humana.

Así, por ejemplo, el propio Sagan explicaba el éxito popular de la creencia en ovnis y alienígenas a partir de la antigua creencia en seres sobrenaturales (o sea, la religión), lo que sería una mera “modernización” del mito y la superstición:

“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]

Sea como fuere, y a pesar de que la gran mayoría de la población –especialmente en Occidente– ha recibido al menos una educación básica, el ciudadano medio carece de los mínimos criterios para evaluar adecuadamente las miles de propuestas que corren por ahí con la supuesta etiqueta de calidad y al final acaba sucumbiendo a lo que le resulta más familiar, más creíble o más atractivo… aunque en realidad lo que suele incorporar a su mente como “válido” es todo el bagaje que ha heredado de su educación escolar o superior y del constante bombardeo mediático por parte de las autoridades (científicas o políticas).

el-nombre-de-la-rosaSin embargo, las cosas no son tan simples ni tan perfectas, pues por alguna razón u otra la búsqueda u obtención del conocimiento nunca ha sido una cuestión “neutra”, y ya desde tiempos antiguos se ha procurado que la visión del mundo se ajustara a ciertos patrones y que las cosas se vieran desde un ángulo determinado. Y todo lo que desafiara esa estabilidad era intrínsecamente peligroso. Véase como magnífico ejemplo de esto la situación creada en la famosa novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, en la que el personaje de Jorge de Burgos, un viejo monje apegado a la doctrina más rígida, insiste tercamente en que no hay “nuevo conocimiento” sino “eterna recapitulación”. Naturalmente, como ya sabemos, la defensa de ese saber estipulado y derivado del dogma religioso hace que el monje urda una trama de asesinatos –alrededor de un libro prohibido– para evitar que un determinado conocimiento llegue a los hombres letrados y les haga perder el miedo (al mandato divino)[3].

En cambio, frente a este monolitismo y autoritarismo intelectual, vemos que el personaje de Guillermo de Baskerville, si bien no está exento de cierta soberbia, se muestra racional, abierto, dubitativo y buscador de la verdad, lo cual le lleva al análisis de las cuestiones sin prejuicios, pasando por encima incluso de las “verdades absolutas de las escrituras”, y admitiendo –en su contexto vital– que no es Dios el que falla sino los hombres. Así pues, siguiendo el ejemplo de este monje que busca el saber con rigor y apertura de miras, hemos de reconocer que el mantenimiento de un espíritu científico o crítico a la hora de estudiar el mundo que nos rodea es algo saludable y del todo necesario.

En efecto, ser crítico y buscar problemas o pegas al conocimiento que se quiere dar por bueno es una sana postura de todo científico o persona que persigue la verdad. La duda y la no aceptación de los dogmas son los factores que han permitido avanzar el conocimiento en todos los órdenes, porque de otro modo hubiera sido imposible explorar nuestro entorno si lo que se nos da ya no admite duda, discusión o crítica. Por tanto, podríamos concluir que la función del buen escéptico debería ser muy útil a la hora de destapar los fraudes, las meras especulaciones, las argumentaciones sin pies ni cabeza, o cualquier tipo de pensamiento deficiente que nos quiere dar gato por liebre.

thomaskhunNo obstante, y a pesar de que podría parecer lo contrario, el escepticismo moderno se ha convertido en algo bastante más próximo a la postura del anciano monje, que defiende el paradigma por encima de todas las cosas y rechaza cualquier objeción que no encaje con el modelo establecido. Así, en un mundo ideal, podríamos decir que el escéptico aplicaría su escepticismo ante todo, incluido el pensamiento y el paradigma imperante, pero la realidad es que el escepticismo –en la gran mayoría de ocasiones– se vuelca sólo hacia un lado de la balanza, que casualmente es el de las propuestas heterodoxas que desafían la ciencia normal, usando la terminología del filósofo de la ciencia Thomas Khun[4].

De este modo, el escéptico del mundo actual se ha instalado en una posición de superioridad e inmovilismo basada en el prestigio y poder absoluto del la ciencia actual, que ha llegado a convertirse en una especie de nueva religión: es el llamado “cientifismo”. Esto hace que multitud de propuestas, teorías y formas de pensamiento que no encajan en los patrones del paradigma sean duramente criticados, sobre todo las que van más allá del enfoque materialista-reduccionista. Así, no es de extrañar que todo el ámbito de lo paranormal o lo anómalo haya recibido los golpes más duros por parte de los escépticos, al considerar que toda esa investigación no es más que pura superstición o creencia, y que sólo persigue un inconfesable propósito de negocio a costa de la credulidad de la gente.

conspiracy_theoriesAdemás, en los últimos tiempos el escepticismo se ha quitado la careta de árbitro del saber y ha pasado directamente a la ofensiva, emprendiendo auténticas cruzadas intelectuales contra los creyentes en Dios, los defensores de las teorías conspirativas, los revisionistas de cualquier verdad absoluta (el Holocausto, el SIDA, el cambio climático), los que cuestionan el evolucionismo, etc. Y vista la vehemencia y contundencia de estas campañas, da la impresión de que más que un intento de marcar caminos científicos, esta maniobra más se asemeja a una estrategia de uniformización ideológica a gran escala, camuflada en forma de servicio público para desterrar a los indeseables que se oponen la ciencia oficial (sustentada lógicamente por el establishment político y económico). Así, no es de extrañar que estas personas practiquen con demasiada frecuencia la crítica destructiva y el adoctrinamiento, aunque sea con buenas palabras y complejas argumentaciones, que por sí solas no les hace ser más creíbles ni más honrados científicamente.

En definitiva, este escepticismo, en vez de investigar, razonar y buscar la verdad de los hechos sin ningún prejuicio, se ha refugiado en los conceptos aceptados y reconocidos por la ciencia (a veces simplemente apelando al sano juicio o al sentido común de las personas) y se ha limitado a echar balones fuera o a despotricar contra todo aquel que realiza afirmaciones “demasiado audaces”. Así, en la práctica, esos escépticos sólo quieren tapar bocas y mantener el statu quo, empleando estrategias de todo tipo, desde el menosprecio al ridículo, y llegando al ataque despiadado en toda regla cuando el caso así lo requiere.

Lamentablemente, volviendo a El nombre de la rosa, se da un paralelismo evidente con la antigua institución de la Inquisición, creada supuestamente para interpretar correctamente las escrituras y orientar a los fieles (lo que defendía de buena fe Guillermo de Baskerville) pero que fue pervertida rápidamente por los poderes religiosos y políticos para la persecución y castigo implacable de herejes… léase todo tipo de enemigos de las autoridades, sobre todo aquellos que propagaban mensajes o ideologías contrarias al orden impuesto.

Por consiguiente, que nadie se sienta impresionado porque tal o cual experto arremeta contra ciertas propuestas heterodoxas y minoritarias, porque –como dijo Gandhi– “la verdad sigue siendo la verdad aunque la defienda una sola persona”. Obviamente, luego es responsabilidad de cada persona indagar, contrastar y extraer su propia conclusión, y desde luego eso no es tarea sencilla, pero no hay otro camino. No obstante, mucho me temo que en los oscuros tiempos en que vivimos, en los que la mentira, la tergiversación y el dogmatismo son encumbrados y protegidos, los buscadores de la verdad no lo tienen nada fácil.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Originalmente, en griego, el skeptikós era una persona pensativa o reflexiva

[2] SAGAN, C. El cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.

[3] En realidad, según nos narra Eco, el anciano Jorge reconoce el valor de ese saber y lo tiene en gran alta estima, porque es del Filósofo (Aristóteles), y su rechazo a que sea conocido se fundamenta simplemente en una posición de poder o control sobre los hombres. El conocimiento es poder, como es bien sabido.

[4] Khun fue un filósofo de la ciencia que, en su obra capital The Structure of Scientific Revolutions, mencionó la existencia de una “ciencia normal”, que es la que permite afrontar y resolver cualquier incógnita dentro del paradigma, esto es, el marco conceptual científico imperante en una época determinada, fruto de un amplio consenso sobre la terminología, los métodos y la experimentación. Pero cuando aparecen anomalías o fenómenos inexplicables, la ciencia normal tiende a ignorarlos o a encajarlos a la fuerza en el paradigma, e incluso los llega a calificar de “errores de observación” si no sabe cómo abordarlos o refutarlos. Con el tiempo, si las anomalías triunfan, la ciencia normal es sustituida por una “ciencia revolucionaria”, ya bajo el amparo de un nuevo paradigma.

La Armada que nunca fue “invencible”

The Spanish Armada off the English coastMuy posiblemente, el rey Felipe II jamás pronunció la famosa frase de “yo no envié a mis naves a luchar contra los elementos”. Tampoco el monarca español tuvo intención de invadir Inglaterra, país del que fue rey durante cuatro años. Ni los ingleses fueron capaces de derrotar militarmente a la Gran Armada, que nunca fue llamada “invencible” por los españoles. Tampoco es cierto que las tormentas destrozaran la mitad de la flota en Irlanda ni que el culpable del desastre de la expedición fuese un noble negado para los asuntos de la mar…

Como ya he expuesto repetidamente en este blog, la historia que nos enseñan no es precisamente un ejemplo de objetividad y rigor, y más aun si nos referimos a la historia oficial que tiene cada país y que suele estar orientada al adoctrinamiento de la población. En este sentido, ni los historiadores más metódicos e imparciales están libres de sucumbir a los sesgos y prejuicios personales o colectivos. De este modo, no es de extrañar que aún hoy en día se sigan repitiendo medias verdades y mitos sobre multitud de hechos históricos que parecen estar bien estudiados y cerrados después de décadas o siglos de investigación.

Sin embargo, los estudios más profesionales poco a poco van desmontando esos mitos y nos van mostrando que las cosas no sucedieron exactamente como nos habían explicado (incluso a veces de modo bastante distinto), y lo que es peor, que las interpretaciones de los hechos están cargadas de subjetividad e influencia política o ideológica hasta el punto de constituir algo muy parecido a la mera propaganda.

En este sentido presenté hace no mucho en mi otro blog (“La otra cara del pasado”) el paradigmático episodio histórico de la llamada Armada Invencible, un ejemplo perfecto de “historia a la carta” en que los hechos han sido vistos de forma tendenciosa o parcial según quien los explicara, con el agravante de que ninguno de los análisis ha querido profundizar en la historia real, esa que se mueve entre bambalinas y que se mantiene oculta por detrás del escenario, mientras el público es entretenido con una obra de teatro.

Dada la gran extensión del contenido, presenté el artículo en dos partes, pero ahora lo pongo aquí a disposición de todos los interesados en un solo archivo PDF, para descarga. Espero que la lectura del documento fomente fructíferas reflexiones más allá de los tópicos que se desmontan, muchos de los cuales ya son del dominio público.

© Xavier Bartlett 2016

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Mito y realidad de los kamikaze

En el pasado artículo de este blog titulado La historia de los perdedores ya comenté que la más bien escasa objetividad de la historia queda todavía más dañada al ser distorsionada por la visión de unos vencedores en un conflicto o simplemente por aquellos que detentan el poder. Y en efecto, en la lamentable historia de las guerras existen muchos episodios en que los perdedores han sido tachados de maléficos, salvajes, bárbaros, inhumanos y un largo etcétera para hacernos creer que hay “buenos” y “malos”… y que los “buenos” siempre estarán atentos, armas en mano, para acometer y derrotar a los malvados. En la historia reciente del siglo XX tenemos varios ejemplos de esa visión de un enemigo impío y criminal que, por supuesto, no fue menos criminal que el bando vencedor, como luego veremos. Así pues, me voy a referir a la época de la Segunda Guerra Mundial y a los aviadores japoneses llamados kamikaze, que en su tiempo fueron sinónimo de barbarie y fanatismo frente a la “bondad” y “civilización” de las fuerzas aliadas occidentales.

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Escolares japonesas saludando a un aviador kamikaze

Como es bien sabido, todo empezó con el estallido de la Guerra del Pacífico el 7 de diciembre de 1941, cuando las fuerzas japonesas atacaron la base naval de Pearl Harbor (Hawai) causando el hundimiento de varios grandes buques y la muerte de más de 2.400 personas, casi todas ellas militares. Este ataque “a traición” –sin declaración previa de guerra– fue considerado por el gobierno americano como un acto criminal que no podía quedar impune, de tal modo que impulsó de inmediato la entrada de los EE UU en la guerra mundial, con el beneplácito de la indignada opinión pública norteamericana.

Por supuesto, ya años antes el público americano había sido bombardeado con la propaganda que criminalizaba el militarismo y autoritarismo del Imperio japonés (en la misma línea que las naciones fascistas europeas), lo que les había llevado a un progresivo expansionismo y colonialismo en Asia, algo que encajaba en el famoso mito occidental del “peligro amarillo”. Y de este modo fue como se pudieron justificar las duras sanciones contra ese país, que lo llevaron a un punto de no retorno y a la decisión de enfrentarse a los EE UU. Así pues, sólo bastó un ataque de grandes proporciones y sin aviso (supuestamente) para convencer a los más pacifistas de que se debía entrar en guerra con Japón[1].

No obstante, hoy en día muchos investigadores independientes han destapado las múltiples incongruencias de tal ataque y han puesto de manifiesto que el presidente Roosevelt y su gobierno estaban bien al tanto de lo que pasaba y habían recibido varios avisos preventivos de los planes japoneses desde diversas fuentes. Así, estos autores insinúan o afirman que el propio gobierno americano permitió que se produjera el ataque para justificar la entrada del país en el conflicto global, algo que recuerda mucho al confuso episodio del acorazado Maine (Guerra de Cuba), el hundimiento del Lusitania (Primera Guerra Mundial), el incidente del Golfo de Tonkin (Guerra del Vietnam) o los ataques del 11-S (Guerra en Oriente Medio y contra el terrorismo).

Así las cosas, la guerra fue transcurriendo durante tres años de duros enfrentamientos y muchas pérdidas por ambas partes, pero llegados a 1944, Japón no tenía ya esperanza de ganar la guerra, pues desde mediados de 1942 se encontraba a la defensiva y cediendo cada vez más terreno, aparte de perder sus mejores tropas y buques de guerra. En este contexto, la resistencia se hizo aún más feroz y se luchó con más determinación para evitar lo peor, pero los estrategas del Alto Mando japonés vieron que en una lucha convencional contra los EE UU, las fuerzas japonesas no tenían ya nada que hacer. De este modo es como nacieron los pilotos kamikaze, en el otoño de 1944, como una respuesta desesperada a la presión de la enorme maquinaria de guerra americana.

WAR & CONFLICT BOOKERA:  WORLD WAR II/NAVY

El portaaviones americano USS Bunker Hill, alcanzado por dos aviones kamikaze

Llegados aquí, vamos a repasar brevemente la historia de estos aviadores y veremos hasta qué punto su verdadera historia ha sido distorsionada y falseada por el mito creado a lo largo de décadas y que todavía perdura en nuestros días.

En primer lugar, cabe remarcar que los kamikaze han sufrido una gran tergiversación en tiempos modernos al ser equiparados por gran parte de los medios de comunicación a los terroristas suicidas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Así, ante un atentado en que un terrorista ha activado unos explosivos en un lugar público matando a hombres, mujeres y niños, a veces se ha empleado erróneamente la expresión kamikaze para calificar al agresor. Sin embargo, como dice el tópico, “las comparaciones son odiosas” y las diferencias resultan del todo obvias para cualquier observador imparcial. En efecto, no es posible comparar a unos activistas a los que se les ha lavado el cerebro para que maten a traición e indiscriminadamente a un grupo de personas –normalmente civiles indefensos– con los militares a los que se les encargó una misión contra militares de otra nación (esto es, dentro del ámbito de un conflicto bélico declarado) sin ningún tipo de ataque a traición, sino a cara descubierta y arriesgándose a no poder cumplir su cometido[2].

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Teniente de una unidad tokko

En segundo lugar, hay que señalar que el apelativo kamikaze[3] procede de la Edad Media, cuando los japoneses se salvaron de la invasión de dos grandes flotas mongolas gracias a la acción de unos poderosos tifones –a los que llamaron “vientos divinos” (kamikaze)– que hundieron las naves enemigas. Sin embargo, cuando en octubre de 1944 se tomó la decisión de estrellar aviones tripulados contra los barcos americanos, se adoptó para estas misiones el nombre oficial de tokko, abreviatura de tokobetsu kogeki, literalmente “ataque especial”, un eufemismo para no decir “suicida”. El término kamikaze era secundario y designaba a los pilotos que estaban bajo el mando del vicealmirante Takijiro Onishi, principal responsable operativo de esta iniciativa[4]. Asimismo, fue común otra denominación militar –muy poco conocida– para estos pilotos: kamiwashi, que significa “halcones divinos”. Por otro lado, las unidades de pilotos suicidas tampoco se llamaban kamikaze, sino tokko-tai (o To-Go, nombre en clave) que quería decir “cuerpos de ataque especial”.

En tercer lugar, es oportuno mencionar que la estrategia suicida no se limitó –como cree la mayoría de la gente– a estrellar aviones contra barcos, sino que los ataques suicidas se aplicaron igualmente, aunque en mucha menor medida, contra los enormes bombarderos americanos B-29. Así, en vez de usar sus armas, los pilotos japoneses recurrían a la embestida, ya que estos aparatos eran muy difíciles de derribar con los métodos convencionales. Asimismo, los japoneses no sólo usaron aviones contra los buques americanos, sino que emplearon adicionalmente unas bombas volantes llamadas Okha, que eran una especie de misiles tripulados con una alta carga explosiva, en los cuales el piloto no tenía la más mínima posibilidad de sobrevivir.

Además, en la Marina se usaron unas tácticas similares con los kaiten, o torpedos tripulados suicidas, que debían impactar contra el casco de los buques enemigos. Y si generalizamos a todas las Fuerzas Armadas del Japón, el código de honor militar –el Bushido– impedía a los soldados rendirse, dado que consideraban esta acción como algo cobarde y vergonzoso, lo que –sumado a la devoción completa a su emperador– les impulsaba al sacrificio extremo. De esta forma, era habitual que lucharan hasta el último hombre (literalmente) en circunstancias del todo adversas, lo que prácticamente constituía un suicidio, y de hecho, muchísimos soldados se suicidaron ante la inminencia de su derrota o su captura, empleando armas de fuego, bombas de mano o bien espadas o dagas, como el famoso hara-kiri, más propio de los oficiales.

De todas formas, cabe remarcar que no todos los pilotos de las unidades tokko murieron en actos suicidas. Algunos, los más veteranos, tenían por misión guiar al grupo de jóvenes sin experiencia hasta los objetivos, otros ejercían la labor de escolta contra los cazas americanos y unos pocos simplemente hacían de observadores para poder evaluar el impacto de los ataques. Finalmente, a otros les falló el aparato durante el vuelo o no localizaron su objetivo, razones por las cuales debieron regresar.

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Jóvenes pilotos con su mascota antes de partir para su última misión

En cuarto lugar, se da por hecho que todos estos pilotos japoneses eran jóvenes (casi adolescentes) que, imbuidos de un alto sentido del patriotismo y llevados por el fanatismo militar, se lanzaban enloquecidos a una muerte segura. No obstante, conociendo la mentalidad y las creencias japonesas, en vez de fanatismo, es mucho más adecuado hablar de conceptos como la ética religiosa, el honor y la tradición, según los cuales estos jóvenes ofrecían gozosamente el sacrificio de sus vidas por su emperador y su país. Así, siempre hubo una gran cantidad de voluntarios dispuestos para realizar estas misiones sin retorno. Ahora bien, para romper el mito, es preciso apuntar que no todos los pilotos kamikaze fueron estrictamente “voluntarios”. Para ser exactos, muchos de ellos fueron voluntarios forzosos que aceptaron y acataron la invitación de Onishi a tomar parte en estos ataques en contra su opinión personal. Por ejemplo, el primer aviador que dirigió un ataque tokko el 20 de octubre de 1944, el teniente Seki, aceptó el encargo recibido de sus superiores, pero pensaba que desperdiciar en tal misión su propia vida –era un piloto experto– era una táctica equivocada.

También se tiene la concepción de que este tipo de entrega absoluta era propio de la tradición más rancia y de la religión japonesa por excelencia, el sintoismo, pero entre los pilotos kamikaze se encontraban jóvenes con mentalidades muy abiertas, con ideas modernas (y en muchos casos pro-occidentales), y de religiones minoritarias como el catolicismo, el protestantismo o el islamismo. Asimismo, es de destacar que no todos los kamikaze eran japoneses, pues hubo un pequeño contingente de pilotos coreanos que participaron voluntariamente en misiones tokko por deber militar hacia las Fuerzas Armadas japonesas[5] .

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El emperador Hirohito

En quinto lugar, se acepta comúnmente que en Japón todo el mundo apoyaba entusiásticamente la estrategia kamikaze, y no digamos ya entre las Fuerzas Armadas, como muestra de unidad y fortaleza frente al enemigo. No obstante, la realidad era más compleja y no tan monolítica. Muchas personas, sobre todo familiares, aceptaban el sacrificio de los jóvenes como un acto de patriotismo, gallardía y entrega pero sólo por mera resignación, como un destino fatal que no podían eludir de ninguna manera. Incluso el propio emperador Hiro-Hito, informado del primer ataque kamikaze, dijo literalmente: “Sin duda se ha hecho un buen trabajo, pero ¿era necesario llegar a este extremo?”, sin ocultar el dolor que le producía el recurso a esta estrategia.

Pero lo más significativo es que en el propio ámbito militar existieron no pocas voces discordantes que consideraban esta estrategia como algo inútil y costoso que causaría a la larga más perjuicio que beneficio. Básicamente lo que aducían es que enviar a pilotos experimentados era un lujo que no se podían permitir y que enviar a novatos con poca instrucción no ofrecía grandes perspectivas de éxito, y de hecho era un desperdicio de vidas jóvenes. Además, argumentaban que el daño causado por el impacto de un avión con una bomba no sería mucho mayor que el producido por un ataque convencional ni tampoco aseguraba el hundimiento del buque atacado. Finalmente, muchos pilotos expertos ya no creían en la propaganda y veían que a esas alturas, se hiciera lo que se hiciera, la guerra estaba perdida y la táctica tokko no iba a dar la vuelta milagrosamente a los acontecimientos. En un caso concreto, Tadashi Minobe, un teniente de una unidad de cazas nocturnos, se atrevió incluso a contradecir en persona al vicealmirante Onishi, argumentándole que los ataques suicidas eran ajenos a la táctica militar y que ningún jefe militar debería emplearlas[6].

Sin embargo, los partidarios de estos ataques recurrían a no épicas heroicas ni a muertes rituales sino precisamente a argumentos utilitaristas. Así, creían que los bombardeos “normales” no eran capaces de causar enormes daños y que además requerían de cierta pericia en el lanzamiento de las bombas. Por ello, podría resultar más fácil y más productivo estrellar el aparato contra el buque enemigo, aprovechando la fuerza del impacto más la potencia de la bomba y el incendio generado por la carga de combustible. Por otro lado, y esto estaba bastante claro para todos los aviadores japoneses, la muerte les esperaba en cada misión normal, pues los norteamericanos disponían de muchos más aparatos (y más capaces), con pilotos por lo general bien entrenados. Así las cosas, la táctica tokko no dejaba de ser una opción militar factible, dado que los procedimientos convencionales y los escasos recursos disponibles ya no podían otorgar resultados satisfactorios frente a la gran superioridad americana. De este modo, los jóvenes pilotos, asumiendo que tarde o temprano iban a morir en combate contra el enemigo, encaraban la táctica suicida como una acción práctica y efectiva, ya que –puestos a perecer– preferían hacerlo con la convicción de que causarían al menos el máximo daño al adversario.

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Caza Mitsubishi A6M Zero-Sen, el avión más empleado en los ataques tokko

En último lugar, es prácticamente desconocido que en la misma guerra otras naciones emplearon tácticas suicidas similares[7], también como fruto de la desesperación y la necesidad de resultados. En la Unión Soviética, vista la inferioridad técnica de sus aparatos y la poca experiencia de los pilotos, se implantó desde el inicio de las hostilidades una táctica casi suicida llamada taran, que consistía en abalanzarse sobre los aviones alemanes para causarles graves daños o derribarlos. No siempre morían los atacantes, pues a veces podían saltar en paracaídas o realizar un aterrizaje forzoso, pero si el impacto era muy violento, el piloto ruso no tenía apenas opción de sobrevivir. Y los propios alemanes copiaron esta táctica al final de la guerra, con una unidad de cazas que tenía por misión embestir a los bombarderos americanos, si bien fue un episodio aislado y prácticamente sin ninguna repercusión.

Por su parte, los ingleses utilizaron cazas lanzados desde unos barcos equipados con catapulta para proteger sus convoyes en el Atlántico y el Ártico. En la práctica resultó una estrategia suicida pues los pilotos, en caso de sobrevivir a la acción bélica, no podían amerizar. Debían saltar en paracaídas y esperar –con suerte– que algún barco cercano los recogiera, a lo que había que añadir que la supervivencia en las heladas aguas de aquellas regiones no iba más allá de unos pocos minutos. Y si nos referimos a la mayoría de contendientes, es bien conocido que existía la vieja costumbre entre los capitanes de barco de inmolarse con su navío (una vez perdida toda esperanza de mantenerlo a flote), aunque tuvieran posibilidad de abandonar el barco.

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El portaaviones USS Enterprise alcanzado por aviones kamikaze en Okinawa (1945)

Pero, puestos a plantear alguna conclusión histórica, y con el beneficio de la mirada retrospectiva, está claro que los pocos japoneses que se opusieron a los ataques tokko tenían razón, pese a que obviamente se obtuvieron algunos resultados. Así, los militares de los EE UU reconocieron que los ataques suicidas les habían causado grandes daños y un fuerte impacto moral, sobre todo al principio. De hecho, a lo largo de unos diez meses los japoneses lograron hundir tres portaaviones de escolta y dañar más de veinte portaaviones similares y algunos acorazados, aparte de hundir muchos buques menores. La táctica tokko resultó especialmente letal en Okinawa (abril de 1945), donde los japoneses organizaron la operación kikusui, una serie de ataques masivos kamikaze que causó a la Marina estadounidense unas 9.000 bajas entre muertos y heridos, la mayor cifra de pérdidas en una batalla en toda la historia naval americana.

Con todo, la realidad de los datos recogidos por los propios americanos muestra que sólo 1 de cada 4 pilotos conseguía estrellarse contra un barco y sólo 1 de cada 35 conseguía un hundimiento[8]. En la práctica, muchos atacantes eran derribados por el fuego antiaéreo o por la acción de los cazas antes de poder acercarse a sus objetivos, aparte de los que fallaban –cayendo sobre las aguas– por simple impericia o por los daños recibidos. Además, los japoneses nunca consiguieron hundir ningún portaaviones grande ni ningún acorazado, ni lograron entorpecer gravemente las operaciones anfibias norteamericanas. A su vez, los ataques kamikaze supusieron la pérdida de más de 2.500 pilotos con sus correspondientes aviones, un balance absolutamente insoportable para las capacidades y las reservas de ese país.

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Bombardero americano Boeing  B-29

Ahora bien, una vez vista esta realidad de los kamikaze, y sin omitir toda la reprobación moral que podamos hacerles, se impone una reflexión sobre la distinta vara de medir que nos han vendido acerca de la bestialidad de unos y otros. Aproximadamente en las mismas fechas en que se instauró y generalizó la táctica tokko, los americanos lograron conquistar las islas Marianas, desde las cuales los poderosos bombarderos B-29 podían alcanzar el territorio del Japón. De este modo, dio comienzo una brutal campaña de bombardeo contra las principales ciudades japonesas, sin ningún tipo de discriminación entre objetivos civiles y militares, tal como ya se estaba haciendo sobre Alemania desde 1942. La campaña fue in crescendo y se hizo más dura justamente en los últimos meses de la guerra. Entre las mayores “hazañas” americanas cabe señalar los bombardeos sobre Tokio de febrero y marzo de 1945 que devastaron la ciudad y la convirtieron en un mar de fuego, causando más de 100.000 víctimas civiles. Otras ciudades padecieron bombardeos semejantes con bombas incendiarias que provocaban gigantescas hogueras, ya que muchos edificios urbanos eran de madera.

Por supuesto, después vinieron los dos bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, ya en el mes de agosto, cuando Japón no tenía apenas recursos defensivos y estaba a la espera de una invasión inminente. Los Estados Unidos justificaron los bombardeos convencionales, y sobre todo los atómicos, por la necesidad de acabar con la guerra de forma contundente, y para evitar la pérdida de más vidas humanas, tanto americanas como japonesas, pues habiendo visto que la resistencia nipona era feroz y que las tácticas suicidas se habían empleado al máximo, esperaban una durísima conquista de las islas japonesas. Lo cierto es que atrás quedó un balance de entre 250.000 y 900.000 muertos a causa de los bombardeos, según las diversas fuentes. En el otro bando, empero, las pérdidas de bombarderos americanos fueron bastante leves, porque los B-29 volaban muy alto, eran grandes y robustos y los japoneses, a finales de la guerra, tenían más bien pocos cazas y pilotos expertos para poderlos atacar y derribar[9].

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Aspecto totalmente devastado de la ciudad de Hiroshima tras el ataque atómico

No obstante, esto no es lo peor. Aunque no es un dato muy conocido, los historiadores imparciales reconocen que el gobierno japonés, considerando lo insostenible de su situación, ya había hecho movimientos políticos en la primavera de 1945 ofreciendo por vía diplomática la rendición incondicional a los americanos a cambio de respetar la tradicional monarquía del país. Fueron exactamente las mismas condiciones que aceptó el gobierno del presidente Truman y por las cuales se puso fin al conflicto el 15 de agosto de 1945, pocos días después del terror atómico. Pero como ya había sucedido con Pearl Harbor, Washington, aun estando bien al corriente de los planes japoneses, los ignoró completamente, prosiguiendo con los bombardeos y luego lanzando los dos ingenios atómicos. Más tarde se dijo que, en el fondo, este ataque nuclear tenía realmente como objetivo último advertir o amenazar seriamente a la Unión Soviética con una demostración del poder nuclear americano, a las vísperas de la entrada en la llamada Guerra Fría.

Sea como fuere, no hay forma humana de justificar esta estrategia de aniquilamiento masivo de civiles inocentes, realizado desde gran altura, casi impunemente, y sin que los aviadores tuvieran que ver los miles de cuerpos quemados o destrozados de sus víctimas. Por supuesto, está muy lejos de mi intención honrar los valores militares ni exaltar el sacrificio de los pobres chicos japoneses a los que se lanzó a una muerte cruel –aunque casi todos la concibieran como “gloriosa”– y que al final no sirvió prácticamente de nada, aparte de segar las vidas de unos pocos miles de jóvenes americanos. Ahora bien, visto lo visto, no creo que nadie pueda considerar a estos pilotos unos fanáticos asesinos cuando sus enemigos recurrieron a semejante táctica de muerte industrial despiadada, un auténtico holocausto.

Una vez más, es responsabilidad de los historiadores y comentaristas el desenmascarar esta historia de “buenos y malos” y concluir que no había buenos por ningún sitio, refiriéndome –claro está– a los gobernantes de todas las naciones en liza. Y, como ya sabemos, la historia se repite. Véase que este mismo escenario de “salvajes” y “civilizados” se puede aplicar a los múltiples conflictos de nuestros días, en que los medios nos presentan a unos malvados, radicales y fanáticos, que realizan acciones de gran violencia (decapitando a diestro y siniestro, por ejemplo) mientras que por otro lado los defensores de la libertad y la paz se dedican a desplegar enormes ejércitos tecnológicos y a lanzar bombas inteligentes que matan más limpiamente…

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Bibliografía

AXELL, A.; KASE, H. Kamikazes. La esfera de los libros. Madrid, 2004.

BENEDICT, R. El crisantemo y la espada. Alianza Editorial. Madrid, 2003.

HERSEY, J. Hiroshima. Ed. Turner. Madrid, 2002.

NITOBE, I. Bushido: el alma de Japón. Ed. José de Olañeta, 2002.


[1] Hitler ahorró más problemas al gobierno americano al declarar él la guerra a los EE UU el 11 de diciembre de 1941, con lo cual los americanos ya tenían plena justificación para actuar en dos frentes.

[2] Desde luego, podríamos admitir que a los jóvenes pilotos también se les había lavado el cerebro para que aceptaran este sacrificio y se presentasen voluntarios, pero aquí entraríamos en el debate del lavado de cerebro como práctica indispensable para que los militares cumplan las órdenes y los deberes sin discusión, e incluso con fervor.

[3] Según algunos expertos, incluso la palabra kamikaze no es correcta, pues procede de la interpretación errónea que hicieron los norteamericanos de dos símbolos kanji, que propiamente deberían ser leídos como shinpu.

[4] Sin embargo, Onishi no fue su instigador, pues tales planes venían de estamentos superiores, e incluso al principio él mismo no veía con buenos ojos la idea de sacrificar a los pilotos.

[5] En aquel tiempo, Corea era una colonia japonesa (desde inicios del siglo XX).

[6] Como resultado de esta discusión, ni Minobe ni sus hombres fueron obligados a participar en misiones suicidas, pero Minobe fue retirado del frente y enviado al Japón a dirigir otra unidad.

[7] Para ser precisos, tales tácticas no eran formalmente suicidas (no se instaba a morir expresamente), pero en la práctica resultaba muy difícil salir vivo de los encuentros con el enemigo.

[8] En cambio la propaganda japonesa magnificó los éxitos de estos ataques para mantener la moral de la población, aun cuando el Alto Mando tenía grandes dificultades para evaluar objetivamente el impacto real de los ataques. Las cifras que manejaban los japoneses se mostraron muy alejadas de los daños reales registrados por los americanos.

[9] Con un cinismo incalificable, algunas fuentes culpan de los efectos desastrosos de los bombardeos a los propios japoneses por no disponer de equipos de extinción de incendios adecuados, por tener una pobre artillería antiaérea y por carecer de suficientes refugios antiaéreos para la población. Esta misma argumentación la he hallado para justificar la gran destrucción producida en Guernica en 1937. En resumidas cuentas: la víctima es el primer culpable.

David Icke o el paradigma de la conspiración

“Contemplémonos. Todo está del revés, todo está revuelto. Los médicos destruyen la salud, los abogados destruyen la justicia, las universidades destruyen el conocimiento, los gobiernos destruyen la libertad, los grandes medios destruyen la información y las religiones destruyen la espiritualidad.”

 Michael Ellner, escritor

Introducción

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David Icke

La casi totalidad de la población mundial sabe –o cree saber– quién es Barack Obama, pero no sabe quién es un tal David Icke, dado que ni por asomo aparece en los grandes medios de comunicación públicos o privados. Hace unos pocos años yo tampoco sabía quién era este personaje e incluso cuando llegué a él –accediendo a su página web– no me quedó muy claro cuál era su perfil o su enfoque. Simplemente me llevé una primera impresión de “autor alternativo” inglés que toca diversas cuestiones políticas, históricas, económicas, etc. más o menos comprometidas o polémicas. Lógicamente, por aquel entonces yo no tenía idea de que existía todo un género de la conspiración, del cual Icke era uno de sus estandartes principales.

Con el paso del tiempo, estudié más detenidamente su web, vi entrevistas suyas en Internet y finalmente leí varios de sus exhaustivos y bien documentados libros, que suelen contener cientos de páginas. Hoy en día puedo decir que me he hecho un retrato bastante fiel e imparcial de este personaje y estoy convencido de que por lo menos es un hombre que merece ser escuchado, aun cuando nuestros prejuicios y esquemas mentales rechacen algunas de sus propuestas más atrevidas. Así pues, me propongo presentar su trabajo de la forma más sintética y objetiva posible, cosa nada fácil por cierto.

¿Quién es David Icke?

David Icke nació en Leicester (Gran Bretaña) en 1952 y de joven fue futbolista profesional, actividad que tuvo que abandonar a causa de su persistente artritis reumatoide. Más adelante, se hizo presentador de deportes en la BBC, y luego –cuando todavía trabajaba en televisión– se metió en política y llegó a ser portavoz del Partido Verde en los años 90. Hasta aquí podríamos decir que tuvo una existencia “normal”, pero algo decisivo le ocurrió en 1990, algo que iba a cambiar su vida radicalmente. Fue entonces cuando empezó a tener la sensación de que había una presencia no física junto a él. Esta presencia o entidad le impulsó a comprar un libro que hablaba sobre la mente. Icke leyó el libro en un día y se puso en contacto con su autora, Betty Shine, una mujer con poderes psíquicos y de sanación. Esta mujer le ayudó en unas sesiones de curación de su artritis, y en una de ellas percibió una especie de telaraña sobre su rostro, que él interpretó posteriormente como un tipo de energía electromagnética.

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Uno de los últimos libros de D. Icke

Después de esta experiencia, quedó convencido de había algo mucho más allá de nuestro mundo físico –captado por los sentidos– y escribió su primer libro, Vibraciones de la verdad. Más tarde, sintió la necesidad irracional de viajar a Perú. Allí, dejándose llevar por la intuición, fue a parar a un antiguo lugar sagrado inca, donde recibió una especie de “descarga energético-espiritual”. A partir de este punto, Icke dejó sus ocupaciones anteriores y se lanzó a una fatigosa carrera de investigación sobre el mundo oculto que nos rodea, llegando a escribir gran cantidad de libros sobre este tema que se han traducido a varios idiomas. Entre ellos podemos destacar El mayor secreto, Y la verdad os hará libres, Hijos de Matrix, El amor infinito es la única verdad, Soy yo, soy libre y El despertar del león. Además, Icke no ha dudado en pregonar de viva voz su mensaje a muchos públicos de todos los rincones del planeta, hasta el punto de ser considerado “el orador más polémico de nuestro tiempo”. Hoy en día organiza actos masivos con miles de asistentes en grandes estadios, aunque él mismo admite no sentirse cómodo ante las masas.

No obstante, sus inicios como orador y escritor fueron muy duros. De hecho, dado lo iconoclasta y heterodoxo de su discurso, sus primeras charlas en público en Gran Bretaña eran para ínfimas minorías… de una docena de personas, para las cuales él mismo traía las sillas. En su país se mofaban de él y pensaban que había perdido el juicio o que estaba intentando tomar el pelo a la gente. Es muy conocido el bochorno televisivo que protagonizó en 1991 en el popular show de Terry Wogan (de la BBC), en que el presentador le hizo ver que el público presente no se reía “con él”, sino que se reía “de él”. Sin embargo, con el tiempo, sus opositores dejaron de ridiculizarlo y pasaron a criticarlo o atacarlo ferozmente, y en este sentido ha sufrido algunas amenazas, injurias y acusaciones, sobre todo de ser un farsante que intenta embaucar al público para ganar un buen dinero a su costa.

Sea como fuere, Icke insiste repetidamente en el hecho de que él vive de sus libros, actos u otros medios de difusión, pero no se ha hecho millonario con ello. El dinero ganado le permite seguir viviendo, investigando y difundiendo información. Reside en la isla de Wight, en una modesta vivienda y trabaja durante muchas horas en su despacho estudiando nuevos temas. Así, pese a todo el rechazo y las burlas, ha seguido escribiendo y divulgando su mensaje, y con la llegada de Internet en los años 2000 su voz se ha expandido exponencialmente hasta captar la atención de millones de personas que han encontrado un sentido a sus palabras.

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Icke durante una de sus conferencias

Todo este escenario podría darnos la imagen de un gurú, un mártir, un creador de sectas o un aprovechado que simplemente se enriquece a partir de la ingenuidad de las personas, según alegan sus detractores. A este respecto, es evidente que Icke puede ser percibido como un hombre imbuido de cierto protagonismo o mesianismo, fruto de haber adquirido cierta aura mediática “alternativa” con el paso de los años. Con todo, Icke no deja de ser una persona normal, con sus problemas cotidianos, y que trata de ser íntegro en sus investigaciones y en su actividad pública, o al menos eso es lo que he deducido de sus exposiciones. Desde luego, eso no le exime de errores y sesgos, pero él mismo dice que no trata de “vender verdades” ni de generar revoluciones (en las que no cree) sino de transmitir una información para que cada cual haga con ella lo que crea oportuno.

¿Pero qué hace que Icke sea un hombre tan polémico? Eso es lo que vamos a abordar a continuación.

El mensaje de Icke

Para los profanos en el tema, es preciso hacer una breve aclaración previa acerca del llamado género de la conspiración. Es obvio y fuera de discusión que han existido desde siempre conspiraciones (entendidas como “maquinaciones urdidas en secreto en perjuicio de un tercero”) en diversos ámbitos de la sociedad, la política, la economía, etc., incluso al más alto nivel. No obstante, algunos investigadores, especialmente desde el pasado siglo XX, han puesto de manifiesto que existe una GRAN CONSPIRACIÓN, una trama de grandes intereses políticos y económicos que dirige el mundo a su antojo, ya que controla enteramente a instituciones nacionales e internacionales, incluyendo estados, partidos políticos, empresas, medios de comunicación, etc. Se trataría de un pequeño grupo o élite muy selecta que está por encima de todos los poderes reconocidos y que actúa sólo para su propio beneficio, siendo la humanidad entera su servidora.

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Alegoría del poder global

David Icke reconoce que esto es así básicamente, y ha seguido la estela de otros autores mucho menos conocidos –sobre todo anglosajones– que han ido a coincidir en los mismos argumentos y conclusiones sobre esta élite que gobierna el mundo. Sin embargo, el mérito de Icke –o aquello que le diferencia de los demás– es que él ha querido profundizar en la naturaleza de esa minoría dominante y en su método para controlar el planeta, y ha acabado entrando en terrenos insospechados (e inquietantes) que le han hecho cuestionar nuestra noción de la realidad, de la conciencia e incluso del propio ser humano. Este es un camino que Icke emprendió a inicios de los años 90 y que ha ido ampliando con nuevas pruebas e investigaciones, y no sólo en el campo de lo estrictamente “conspirativo” sino también en otros ámbitos tan dispares como la ciencia, la espiritualidad o la historia, y todo ello sin renunciar a su habitual tono periodístico de denuncia con mayúsculas.

Así pues, donde los otros se han detenido –básicamente el campo del complot político y financiero– Icke ha querido ir mucho más allá y adentrarse en la madriguera del conejo (según la alegoría de Alicia en el País de las Maravillas, que él cita con frecuencia) para acabar descubriendo que la GRAN CONSPIRACIÓN es algo mucho más grande de lo que hubiera imaginado en principio. Tras años de estudio, ha llegado a la conclusión de que el género humano es doblemente prisionero: por un lado, de un sistema de poder que dirige las vidas de todas las personas en todos los países, pero, por otro lado, también de una especie de ilusión holográfica o “Matrix”[1] creada para esclavizarnos en un mundo físico irreal en el que somos depredados energéticamente.

Y lo más chocante viene ahora, pues Icke considera que, según las informaciones que ha recogido, los que han creado tal prisión para nuestras mentes no son humanos, sino unos humanoides absolutamente malvados y con aspecto de reptil, y de ahí el apelativo de “reptilianos”, que tanto ha dado que hablar en Internet. Estos seres habrían manipulado al ser humano original, que era multidimensional y mucho más capaz, para convertirlo en un mero muñeco limitado por su genética y sus cinco sentidos físicos, que le impiden reconocer las múltiples dimensiones o realidades del universo. Esto, de algún modo, enlazaría con las conocidas teorías intervencionistas, de autores como Sitchin y similares, que opinan que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de los dioses (extraterrestres), pero con ciertas limitaciones para que pudiera servir a dichos dioses.

Icke cree que esta raza dirige todos los asuntos de la Tierra a través de unos selectos linajes de seres híbridos –una vieja mitología de muchas culturas– que tienen una doble identidad, reptiliana y humana, con la capacidad de transformarse (o camuflarse) a voluntad. Esta es precisamente la característica por la que se les ha podido reconocer: su falsa apariencia que a veces se desvela durante un breve instante, lo cual les ha proporcionado otro nombre: “metamórficos” (o shapeshifters, en inglés). De este modo, muchas personas de poder no serían “humanos puros” sino híbridos con unas capacidades e inteligencia muy superiores a la del humano medio. Entre ellos estarían presidentes de repúblicas, miembros de la realeza y aristocracia, magnates de la industria o los medios de comunicación, banqueros, personajes de prestigio público, etc. En cuanto a su conducta, carecen absolutamente de empatía, remordimientos o sentimientos y por ello actúan de forma malvada, siendo la gran mayoría de ellos satanistas y pedófilos.

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Pirámide del poder político, económico y financiero

Para Icke, el sistema de poder funciona básicamente como una gran pirámide. En la base está la mayoría de la gente, que no sabe nada y que actúa guiada por las normas y órdenes que proceden de los niveles inmediatamente superiores. Este esquema jerárquico se repite nivel a nivel hasta llegar a la cima donde reside el poder total, compuesto por una élite (a veces llamada por Icke la “Hermandad”, o los “Illuminati”[2]) formada por unos determinados linajes aristocráticos de individuos supuestamente híbridos. Cuanto más arriba de la pirámide se sitúa una persona o colectivo, más conocimiento y poder tiene. En cuanto a su modus operandi, la élite global suele recurrir a mecanismos de control mental masivo como lo que Icke llama el “problema-reacción-solución”, que consiste en crear artificialmente un problema o conflicto que afecta a una comunidad, después provocar en la gente una reacción mental o emocional para afrontar ese problema y finalmente ofrecer una solución ya preparada de antemano.

Estos Illuminati provienen de las sociedades secretas pero a la hora de ejercer su poder actúan desde una serie de instituciones internacionales bien conocidas, algunas de ellas sin aparente capacidad de decisión, pero que en la práctica constituyen un poder superior a todos los poderes públicos “legalmente constituidos” (incluidos los estados). Dicho de otro modo, estas organizaciones dictan más o menos discretamente a los estados lo que debe hacerse en temas de política y economía u otras materias. Este poder total es en realidad una especie de multipoder mundial que abarca el control de la política y las instituciones, la banca y las finanzas, la industria, la policía, el ejército, la religión, los medios de comunicación, los servicios de inteligencia y hasta el crimen organizado.

En el centro de ese poder existe una serie de grupos o lobbys de máxima autoridad como la Mesa Redonda, el Comité de los 300, el grupo Bilderberg, la Comisión Trilateral, el club de Roma, el Consejo de Relaciones Exteriores, el Instituto Real de Asuntos Internacionales y las Naciones Unidas. Los miembros de la élite suelen estar presentes en los consejos de uno o más de estos organismos y tienen, o han tenido, cargos en las más altas instituciones políticas y financieras de los países más importantes. Y ya en un escalón inferior, bajo estos organismos estarían las diversas organizaciones políticas y económicas de tipo continental o mundial (la Unión Europea, el Banco Mundial, la OCDE, el Fondo Monetario Internacional, etc.) que están conectadas directa o indirectamente con estos centros de poder y que responden a las directivas emanadas de éstos.

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Entramado del poder global, según varios autores

En cuanto al objetivo de esta élite, no sería otro que forzar la creación de un Nuevo Orden Mundial, o en palabras del mismo Icke un “estado fascista mundial”. Este orden se propondría llevar a cabo un “plan de esclavización mental, emocional, espiritual y física de todos los hombres, mujeres y niños del planeta” a través de una progresiva unificación e internacionalización de los poderes existentes, “con un gobierno mundial, un ejército, una moneda y un banco central, respaldados por una población con microchips”.

Todo este extraño panorama puede aturdir a las personas que nunca han oído hablar de esto y muchos posiblemente rechacen este tipo de propuestas porque las consideran simplemente delirantes, fuera de toda lógica o realidad. Desde luego, cuando se ha vivido siempre dentro de una pecera es muy difícil creer en la existencia de un vasto océano, pero es una reacción natural.

Más allá del mundo real: atrapados en la Matrix

Lo que realmente sorprende del discurso de David Icke es que, sin negar los aspectos manipulativos y corruptos del mundo en que vivimos, aporta una gran cantidad de información sobre el trasfondo de esta realidad, entrando muy directamente en terrenos científicos, espirituales o de la conciencia. En este punto, Icke se ha centrado en profundizar en qué consiste la famosa “Matrix”, o realidad virtual holográfica, en la cual se encuentran atrapados tanto los seres humanos como los depredadores. Para desarrollar este complejo punto, me remito a un amplio extracto de una entrevista que concedió Icke al sitio web Karmapolis en 2005[3].

Pregunta: Aparte del hecho de que la Matrix –y la mente humana– es su propia fuente (Matrix autoprogramada como usted la ha denominado), ¿cuál es la verdadera fuente de la Matrix? ¿Quién o qué la creó y con qué propósito, aparte del hecho de atraparnos en ella? Alguien o algo debió tener la idea de crearla: ¿Quién o qué es este creador?

Respuesta: Yo diría que es nuestro propio subconsciente colectivo, que ha tomado una vida y una mente propias. Un antiguo mito hindú dice que la conciencia humana había comenzado como una onda que decidió dejar el océano de la conciencia, lo atemporal, utópico y eterno. Según el mito, cuando se despertó a sí misma en este estado “desconectado”, se olvidó de que era parte del océano infinito y se sintió aislada y separada. Esto es más o menos lo que estoy diciendo a mi manera. En este estado desconectado –como niños perdidos– hemos creado colectivamente la Matrix y hemos acabado controlados y engañados por nuestra propia creación.

Pregunta: Usted dice que la Matrix es una especie de ser autoconsciente, un tipo de entidad que es la fuente de nuestra realidad. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de esta entidad?

Respuesta: Es conciencia que también ha perdido su camino. Se podría pensar que es como una conciencia “Frankenstein” que se ha hecho cargo de su creador. Somos sus prisioneros, mientras permanecemos en la ignorancia de nuestra situación y creemos que este mundo es “real”. No lo es. Es una ilusión holográfica proyectada, en gran medida como aparece representada en la primera película de Matrix.

Pregunta: ¿En realidad pertenecemos a la Matrix o a otra cosa? ¿Cuáles son nuestros verdaderos orígenes?

Respuesta: Todo es conciencia infinita. En ese nivel de conciencia no existe el “nosotros”, sólo un infinito “yo”. Pero en esta realidad hemos sido atrapados en la ilusión de la separación. Pensamos en términos de partes, no del todo. Esta dualidad y polaridad es la versión definitiva del divide y vencerás. La Matrix (este “mundo ilusorio”) es lo que llamo Internet holográfica.

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Escena de la película “Matrix”: la realidad holográfica codificada

Nuestros cerebros y ADN son como una terminal de ordenador conectada a la World Wide Web. Al iniciar sesión en un equipo en China, Estados Unidos o Francia te estás conectando a una misma Internet, la misma realidad colectiva. Lo que hacemos de ella te da sentido de individualidad, pero la realidad colectiva básica es la misma. Por ejemplo, todos vemos el mismo coche o una casa, pero diferimos sobre lo que pensamos de ellos. Nuestro ADN / cerebro es como un ordenador, que descodifica campos de frecuencia –campos de pensamiento– en lo que percibimos como una realidad colectiva. El mundo que pensamos que nos rodea sólo existe en nuestro ADN / cerebro, nuestra computadora biológica. La Matrix funciona bajo el mismo principio que la televisión, que emite programas en forma de onda que el televisor descodifica en imágenes. La única diferencia es que nuestro ADN / cerebro descodifica las ondas en imágenes holográficas aparentemente tridimensionales.

Pregunta: ¿La Matrix ha creado a los reptilianos y a los Illuminati para cumplir el papel de agente Smith con respecto al ser humano? ¿Por qué la Matrix los ha creado de tal forma?

Respuesta: Han sido creados como parte de la ilusión y para mantenernos en la ilusión, como ocurre con el agente Smith en la primera película de Matrix. La genética del reptiliano –en realidad, un programa informático– parece ser muy frecuente dentro de la Matrix por razones que explico en detalle en el nuevo libro.

Pregunta: Si le seguimos, dada la mezcla genética y la manipulación de la humanidad, de hecho, ¿somos también reptilianos de alguna manera?

Respuesta: Oh, sí… la parte más antigua del cerebro humano es conocida por los científicos como “complejo-R” o cerebro reptil. Es aquí donde residen los rasgos del carácter de sangre fría, la falta de empatía, el comportamiento ritualista y todas las otras características que se encuentran en abundancia en los Illuminati. Son estas características que les permiten causar tal muerte y destrucción sin pensar en las víctimas.

Pregunta: ¿Saben los reptilianos que son “agentes”, una especie de creación artificial y sin alma real?

Respuesta: La Matrix es una ilusión multidimensional, el máximo juego de humo y espejos. Lo que tenemos en la tierra –con la manipulación de los Illuminati detrás de las escenas, incluso con líderes mundiales que no conocen la verdadera historia– es una expresión de la forma en que la Matrix opera en su conjunto. Muy pocos saben quién es el verdadero maestro o a qué sirven realmente. Estoy convencido de que los reptilianos son un programa informático biológico, muy en la línea de la “mujer del vestido rojo” de la película Matrix. No son conscientes de la manera en que entendemos ese término. Ellos están siguiendo su programa. ¿Así que sin alma? Sí, en el modo en que la mayoría de la gente entiende “alma”.

Pregunta: ¿Todos los seres extraterrestres están atrapados como lo estamos nosotros en la misma Matrix? ¿Es el mismo reto para ellos que para nosotros: salir de esta Matrix?

Respuesta: Aquellos seres que aparentemente tienen forma “física”, sí. Tanto nosotros como ellos ya estamos fuera de la Matrix a nivel de nuestra conciencia infinita. Es nuestro nivel mental y emocional el que se ha quedado atrapado en la ilusión de la Matrix. No es que tengamos que “salir” de ningún sitio, sino más bien darnos cuenta de que se trata de un juego de ordenador multi-dimensional que sólo existe en nuestra mente y emociones inferiores.

Pregunta: ¿Es posible transmutar la Matrix en una cosa mejor? ¿O cree que la Matrix se defenderá a sí misma porque la forma en que trabaja es predatoria?

Respuesta: Cuando cambiemos nuestra percepción colectiva de la Matrix, ésta cambiará, ya que es la proyección de nuestro propio subconsciente. ¡Somos nuestros propios controladores! Si cambiamos, ella cambia.

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Según Icke, el cambio en la mente generará cambios en la Matrix

Pregunta: ¿Podemos encontrar algunos mensajes y mensajeros que nos advirtieran acerca de la Matrix? ¿Ha encontrado una entidad (como una especie de Jesucristo o algo así) que tratara de advertirnos acerca de la verdadera naturaleza de la Matrix y la religión?

Respuesta: La verdad de lo que está sucediendo se ha estado emitiendo todo el tiempo… al igual que las transmisiones de las estaciones de radio y televisión en el “espacio” que está ocupando ahora. El truco está en sintonizar ese conocimiento. La mayoría de las personas no están operando en las frecuencias más altas, debido al modo en que se estructura la sociedad y se suprime la información. Al abrirnos a los niveles más altos del conocimiento se desarrolla un saber acerca de la Matrix mediante el acceso a esa información procedente de los reinos que están más allá de su ilusión.

Pregunta: La Matrix parece ser una creación. Así que, ¿comienza en algún lugar o se trata de una creación infinita, sin causa, sin fin?

Respuesta: El concepto de inicio y finalización es en realidad una ilusión de Matrix. No hay tiempo, sólo nuestra percepción de éste. Es más como un círculo de experiencia en el que vamos dando vueltas y vueltas simbólicamente mientras pensamos que vamos hacia adelante. El pasado, el presente y el futuro están sucediendo en el mismo “momento”. Son diferentes “puntos” en el círculo, que yo llamo el bucle del tiempo.

Pregunta: ¿Es posible que existan otros tipos de sistemas Matrix basados en el miedo o en alguna otra cosa?

Respuesta: Absolutamente, creo que hay un enorme número de ellos. Son probablemente lo que la ciencia llama “universos paralelos”, aunque también pueden ser diferentes niveles de una Matrix.

cita-david-icke-2Pregunta: Usted dice que, como conciencia, no necesitamos aprender, vivir diferentes vidas, dado que el Uno no lo necesita. Así pues ¿por qué seguimos siendo empujados, captados o atraídos hacia la Matrix?

Respuesta: ¿Por qué la polilla es atraída por la luz? ¿Por qué el ratón es hipnotizado por los ojos de la serpiente? La humanidad está hipnotizada colectivamente por la ilusión, pero está empezando a despertar cada vez más.

Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre el concepto de lo bueno o la bondad en la Matrix y lo bueno o la bondad fuera de la Matrix, en el Infinito, en el Universo?

Respuesta: La Matrix se basa en la dualidad y la polaridad, en los opuestos o aparentes opuestos. Así que percibimos el bien y el mal, la luz y la oscuridad, lo positivo y lo negativo. En los reinos de la Unidad en la conciencia de sí misma, todo es uno. Así que no hay bueno o malo. Todo simplemente es. No hay luz u oscuridad, sólo la unidad de todo.

Por cierto, si le preguntan sobre su identidad, Icke responde: “Yo no soy David Icke, porque veo la diferencia entre el verdadero Yo, que es conciencia pura y la experiencia que está teniendo esa conciencia, que en este momento es David Icke. Podemos quedar tan fascinados identificándonos con la identidad de nuestro empleo, nuestra raza, nuestra cultura, etc. que perdemos nuestra verdadera identidad, que es la conciencia.”

Conclusiones

Es muy difícil sintetizar en unas pocas páginas todo el trabajo de Icke realizado a lo largo de más de veinte años, y de igual modo emprender una crítica completa a su discurso. Para los que estén interesados en profundizar en su obra, me remito a su página web (http://www.davidicke.com/), así como a sus libros[4], y a sus numerosos vídeos disponibles en el portal youtube, generalmente largas conferencias o entrevistas, muchas de las cuales han sido subtituladas en castellano.

david_ickeAsí que, más que plantear unas conclusiones, me inclino por esbozar una especie de breve manual de introducción a Icke o aviso para navegantes para que no se sientan abrumados por tanta y tan dispar información, que puede resultar muy desconcertante al principio o incluso puede producir un fuerte rechazo. Y sobre todo, es fundamental para cualquier lector mantener una cierta distancia y no caer en los extremos del seguidismo acrítico ni de la negación sistemática; dicho sea por alguien que no comparte todo lo que dice, pero que considera que ha acertado en muchas cuestiones fundamentales. Vamos pues a revisar estos puntos básicos:

  • Mente abierta: es prácticamente imposible leer a Icke desde una posición racionalista, materialista o reduccionista, pero en particular desde todo tipo de dogmatismo, ya sea religioso, político, científico o cualquier otro. Para empezar a entender a David Icke, uno tiene que abandonar la rigidez de su mente, renunciar a los prejuicios o sesgos y plantearse que todo aquello que creía absolutamente firme tal vez no sea más que una falsedad o un engaño. Luego se puede reflexionar, contrastar y criticar en consecuencia.
  • Paciencia y aguante: todos los libros de Icke tienen muchas páginas e incluyen multitud de datos y explicaciones, bastantes de las cuales tal vez resultan farragosas, pues rozan la erudición, y pueden provocar un efecto “empacho”. Por otro lado, el escenario global que plantea el autor inglés no es precisamente positivo ni halagüeño, quizá porque saca a colación todo aquello que no aparece en los medios y que muestra un mundo real francamente tenebroso. Pero también hay que señalar que casi todos sus libros acaban con un mensaje final esperanzador que se contrapone a toda la negatividad expuesta anteriormente[5].
  • Revelaciones escabrosas o no gratas: una parte del argumentario de Icke incide de pleno en el carácter perverso de la élite gobernante (monarcas, aristócratas, financieros, grandes empresarios, políticos de alto nivel, etc.) y sus prácticas más aberrantes. Así, hay que avisar a los lectores que en algunos de sus libros aparece información no muy agradable sobre crímenes, satanismo, sacrificios rituales, abuso de menores, pedofilia, etc. Hay que saber digerir estas revelaciones, que están fundadas en una pequeña parte de información que sale a la luz pública y otra muy grande basada en confesiones y testimonios particulares.
  • Apelación a los “reptilianos”: dado que este tema parece sacado de una serie de ciencia-ficción suele causar asombro y generalmente una gran incredulidad ante la falta de pruebas[6], por no hablar del descrédito y la mofa que le ha comportado mencionar este asunto. Aun así, el discurso de Icke no suele adentrarse en los conocidos terrenos ufológicos, sino más bien mitológicos, antropológicos, simbólicos y científicos. De todos modos, para los más escépticos, se puede dejar a un lado este punto y seguir dando por válido su argumentario, sin el recurso a “alienígenas”.
  • Información recurrente en otros autores: la parte de su trabajo que se refiere a un poder único y global, sus manipulaciones y corrupciones, está refrendada en la obra de otros muchos autores del género de la conspiración (desde hace más de medio siglo) que –sin llegar a un nivel “transdimensional”– coinciden en el mismo diagnóstico sobre la naturaleza del poder en este planeta: una selecta casta político-financiera mundial que opera en su propio beneficio.
  • Recurso a la ciencia: para reforzar sus postulados, Icke echa mano de muchos datos de tipo histórico y arqueológico, pero también de física, química, medicina y otras ciencias duras, sobre todo al tratar de entender el concepto de “realidad”. Asimismo, para desmenuzar otros aspectos del funcionamiento del mundo, aporta argumentos económicos, sociológicos y psicológicos. Toda esta información científica o técnica suele estar citada, procede de fuentes solventes y es contrastable.
  • Visión espiritual: detrás de las argumentaciones de Icke transpira un fondo espiritual (no se confunda con religioso), sobre la propia esencia del ser humano y su identificación con la conciencia o divinidad. Esto es, Icke no trata de hacer una mera denuncia social, política o económica, sino que va más allá y entiende que la solución está en otro nivel de realidad o frecuencia. Así pues, tratar de encajar a Icke en una visión política radical o anti-sistema es un completo error, porque él no juega con esas reglas.
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La búsqueda de la realidad más allá del mundo físico no es un tema precisamente nuevo…

Finalmente, acabo citando el inicio de su libro Y la verdad os hará libres, que viene a ser una útil reflexión sobre el sentido último de su obra y una invitación al lector para que se adentre en lo más profundo de la madriguera del conejo de Alicia en el país de las maravillas y empiece a ver el mundo con otros ojos.

“Todos, en algún momento, hemos mirado al mundo que nos rodea y nos hemos preguntado las mismas preguntas. ¿Por qué la vida tiene que ser una lucha? ¿Por qué sabemos tan poco acerca de lo que somos y el propósito de nuestras vidas? ¿Por qué hay tanto conflicto y sufrimiento en un mundo de tanta belleza y tanta riqueza?

En busca de las respuestas a estas y a muchas otras preguntas, voy a pedirle que suspenda su programadas respuestas de aquí y ahora y abra su mente infinita a posibilidades mucho mayores. Yo no uso la palabra “programado” de una manera paternalista, ya que todos estamos programados por los mensajes, las creencias que constantemente escuchamos en nuestra niñez, a través de los medios de comunicación, y a través del sistema educativo.

Es el dejar ir de esa programación que abre nuestras mentes y nuestros corazones a la maravilla, el potencial y la comprensión más allá de nuestros sueños. He reflexionado sobre la naturaleza de este mundo físico visible durante mucho tiempo, tratando de hacer sentido de ella.

Desde 1990 he estado en un viaje espiritual consciente de descubrimiento. Se me ha abierto tanto la mente que nunca antes había pensado ni sentido en esta vida y, por doloroso que algunas cosas han sido esos momentos, también me han llevado a una mayor comprensión. He experimentado la forma en que podemos sintonizar nuestra mente, nuestra conciencia, a otros niveles de realidad y acceder a la información disponible allí, que no se conoce, o al menos no es ampliamente conocida en la Tierra. Me he dado cuenta de que nuestras mentes –nuestros pensamientos y sentimientos– son una serie de campos de energía, que utilizan el cuerpo físico como un vehículo para la experiencia. En este momento, nuestra conciencia se ajusta a este denso mundo físico, por lo que esta es nuestra realidad.”

© Xavier Bartlett 2016

 


[1] Tanto Icke como otros investigadores afines creen que la famosa película de este título no es propiamente un entretenimiento de ciencia-ficción sino una descripción bastante exacta de nuestra situación.

[2] Este apelativo se refiere a los integrantes de una sociedad secreta de corte masónico fundada por el alemán Adam Weishaupt en el siglo XVIII.

[3] Fuente: http://www.bibliotecapleyades.net/biggestsecret/esp_icke15.htm

[4] Prácticamente todos han sido publicados en versión española por la editorial Obelisco.

[5] En este sentido, Icke considera que los poderosos sólo tienen poder porque los humanos les siguen concediendo ese poder, debido a su miedo y a su bajo nivel de conciencia. Por ello, cree que cuando la auténtica espiritualidad vaya llegando a más gente, se llegará a una masa crítica y el sistema acabará por caer, lo que augura que sucederá en los próximos años.

[6] Icke recurre aquí a centenares de testimonios en todo el mundo que afirman haber visto –en circunstancias puntuales– a estos seres cambiando de aspecto. No obstante, no hay fotografías ni filmaciones libres de fraude, ­que se sepa, que apoyen dichas aseveraciones. En todo caso, esta raza de humanoides hace tiempo que figura en el amplio catálogo de seres alienígenas que muchos ufólogos reconocen.

Poderes en la sombra

Dado que los medios de comunicación de masas prácticamente no les dedican ninguna atención, no es raro que la casi totalidad de la población mundial desconozca la existencia y el papel clave de ciertas entidades nacionales e internacionales que –bajo la apariencia de prestigiosas y discretas fundaciones o instituciones científicas o benéficas– promueven o imponen las principales tendencias sociales, económicas y políticas de la mayoría de países del mundo, empezando por las grandes potencias.

El médico y coronel retirado de las Fuerzas Armadas de los EE UU Byron Weeks ha estado estudiando estas instituciones “en la sombra” en su país y se ha fijado muy especialmente en el Instituto Tavistock, una organización originaria del Reino Unido, que parece tener una influencia enorme en todos los ámbitos de poder en EE UU, desde la política, hasta los negocios y la ciencia. Así, muchas instituciones públicas y privadas de los EE UU no responderían realmente a los intereses y mandatos de los ciudadanos, sino a poderes superiores que giran en torno a Tavistock. En este sentido, Weeks afirmaba literalmente: “Creo que Tavistock siempre ha tenido lazos secretos con la Francmasonería británica.” Y según el periodista John Quinn, de la publicación NewsHawk, una organización como la CIA, por ejemplo, tal vez no le guarda lealtad al pueblo americano sino más bien a la familia real británica.

Para adentrarnos en esta cuestión, adjunto seguidamente un documentado artículo de Byron Weeks en que se expone –con profusión de datos, hechos y personajes clave– la gran implantación de la red Tavistock en los EE UU y su amplio campo de acción en la sociedad civil. En definitiva, veremos que Tavistock constituye un auténtico poder en la sombra capaz de modelar las conductas humanas, manipular mentes a escala masiva e implantar políticas y tendencias sociales a nivel global, haciendo que la sociedad entera admita y asuma lo que es normal o aceptable y lo que no, imponiendo la famosa “corrección política”.

 

El Instituto Tavistock: El secreto mejor guardado de América

tavistockConstituido en 1947, el Instituto Tavistock (30 Tabernacle Street, London EC2A 4DD) es una organización independiente sin ánimo de lucro que busca combinar la investigación en las ciencias sociales con la práctica profesional. Se abordan problemas de construcción institucional y de diseño y cambio organizativo, en todos los sectores: gobierno, industria y comercio, salud y bienestar, educación, etc., tanto nacionales como internacionales, y los clientes van desde grandes multinacionales a pequeños grupos comunitarios. De forma creciente, se ha empleado un enfoque progresivo para evaluar nuevos programas experimentales, particularmente en salud, educación y desarrollo comunitario. Esto ha generado también nuevas acciones formativas junto al programa regular de conferencias sobre relaciones de grupo. El Instituto posee y edita la revista mensual Human Relations (publicada por Plenum Press), que ahora está ya en su 48º año, y recientemente ha lanzado (junto con Sage Publications) la nueva revista Evaluation.

Tres elementos se combinan para hacer del Instituto algo inusual, si no único: a) la independencia de ser completamente autofinanciado, sin subsidios gubernamentales o de otras fuentes; b) su orientación hacia una acción investigadora, que la coloca entre el mundo académico y el de la consultoría, pero no dentro de éstos; c) su variedad de disciplinas, que incluyen antropología, economía, comportamiento organizativo, ciencia política, psicoanálisis, psicología y sociología.

La ideología de las fundaciones americanas fue creada por el Instituto Tavistock de Relaciones Humanas de Londres. En 1921, el 11º Duque de Bedford, Marqués de Tavistock, regaló el edificio al Instituto para el estudio del efecto traumático, causado por los bombardeos, en los soldados británicos supervivientes de la Primera Guerra Mundial. Su propósito era establecer el “punto de rotura” de los hombres bajo estrés, bajo la dirección del Departamento de Guerra Psicológica del Ejército Británico, dirigido por Sir John Rawlings-Reese.

El cuartel general del Instituto Tavistock se halla en Londres. Su profeta, Sigmund Freud, se estableció en Maresfield Gardens cuando se trasladó a Inglaterra. La Princesa Bonaparte le había regalado una mansión.  El trabajo pionero de Tavistock en la ciencia conductual, siguiendo las líneas freudianas de “control” de los seres humanos, lo colocó como centro mundial de la ideología fundacional. Su red de trabajo se extiende ahora desde la Universidad de Sussex hasta Estados Unidos, a través del Instituto de Investigación de Stanford, Esalen, el M.I.T.[1], el Instituto Hudson, la Fundación Heritage, el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Georgetown (donde el personal del Departamento de Estado recibe formación), el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea estadounidense y las corporaciones RAND y Mitre. El personal de las corporaciones debe someterse a adoctrinamiento en una o más de las instituciones controladas por Tavistock. Una red de grupos secretos –la Sociedad Mont Pelerin, la Comisión Trilateral, la Fundación Ditchley y el Club de Roma– es dirigida siguiendo las instrucciones de la red Tavistock.

El Instituto Tavistock desarrolló las técnicas de lavado de cerebro masivo que fueron utilizadas por primera vez de forma experimental en los prisioneros americanos de la guerra de Corea.  Sus experimentos en métodos de control de masas han sido ampliamente utilizados en el público americano, un sutil aunque vergonzoso asalto a la libertad humana, modificando el comportamiento individual a través de la psicología temática. Un refugiado alemán,  Kurt Lewin, se convirtió en el director de Tavistock en 1932. En 1933 llegó a Estados Unidos como “refugiado”, el primero de muchos infiltrados, y montó la Clínica Psicológica de Harvard, que diseñó la campaña de propaganda para cambiar al público americano contra Alemania e involucrarlo en la Segunda Guerra Mundial.

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Winston Churchill

En 1938, Rossevelt ejecutó un acuerdo secreto con Churchill que en efecto cedía la soberanía de Estados Unidos a Inglaterra, porque accedía a dejar que controlaran las reglamentaciones de EE UU en la Ejecución de Operaciones Especiales.  Para poner en práctica este acuerdo, Roosevelt envió al General Donovan a Londres para ser adoctrinado antes de montar el OSS[2] (ahora la CIA), bajo la égida de SOE-SIS. El programa completo de la OSS, así como el de la CIA, siempre ha trabajado siguiendo las directrices establecidas por el Instituto Tavistock.

El Instituto Tavistock originó las incursiones de bombardeos masivos a civiles, llevados a cabo por Roosevelt y Churchill simplemente como experimento clínico de terror de masas, guardando los registros de los resultados a la par que observaban a los “conejillos de Indias” reaccionar bajo “condiciones controladas de laboratorio”.  Todas las técnicas fundacionales americanas y de Tavistock tienen un único objetivo: romper la fuerza psicológica del individuo y dejarlo incapacitado para oponerse a los dictadores del Orden Mundial. Cualquier técnica que ayude a romper la unidad familiar, y los principios inculcados por la familia acerca de la religión, el honor, el patriotismo y el comportamiento sexual, es utilizada por los científicos de Tavistock como arma de control de masas.

Los métodos de la psicoterapia freudiana inducen enfermedad mental permanente en aquellos que siguen este tratamiento, al desestabilizar su carácter. La víctima es luego aconsejada para que “establezca nuevos rituales de interacción personal”, es decir, que se permita breves encuentros sexuales que realmente dejan a los participantes a la deriva, sin relaciones personales estables en sus vidas, destruyendo su capacidad para establecer o mantener una familia. El Instituto Tavistock ha desarrollado tal poder en Estados Unidos que nadie llega a sobresalir en ningún campo sin haber sido formado en ciencia conductual en Tavistock o en alguna de sus filiales.

Henry Kissinger, cuya meteórica escalada al poder hubiera sido de otra manera inexplicable, era un refugiado alemán, y estudiante de Sir John Rawlings-Reese en el SHAEF[3]. El Dr. Peter Bourne, psicólogo del Instituto Tavistock, seleccionó a Jimmy Carter para Presidente de Estados Unidos únicamente porque Carter había realizado un programa intensivo de lavado de cerebro,  dirigido por el Almirante Hyman Rickover en Annapolis. El “experimento” en integración racial obligatoria fue organizado por Ronald Lippert, de la OSS, del American Jewish Congress, y director de formación infantil en la Comisión de Relaciones Comunitarias. El programa estaba diseñado para romper el sentido de individualidad de conocimiento personal en su identidad y herencia racial.  A través del Instituto de Investigación de Stanford,   Tavistock controla la Asociación Nacional de Educación. El Institute of Social Research (Instituto de Investigación Social), del National Training Laboratories (Laboratorios de Formación Nacional) lava el cerebro de los más destacados ejecutivos en los negocios y en el gobierno.

Tal es el poder de Tavistock que nuestro programa espacial al completo sufrió recortes económicos durante nueve años para que los soviéticos pudieran atraparlo. Este hiato fue solicitado en un artículo escrito por el Dr. Anatol Rapaport, y fue rápidamente autorizado por el gobierno,  ante la total complejidad de todo el personal relacionado con la NASA. Otra relevante operación de Tavistock es la Facultad Wharton de Finanzas, en la Universidad de Pennsylvania. Un único denominador común identifica la estrategia común de Tavistock: el uso de drogas. El infame programa de la CIA, el MK Ultra, en el que se administró LSD a confiados funcionarios de la CIA estudiando sus reacciones como si fueran “ratas de laboratorio”, produjo varias muertes.

farmacosEl gobierno estadounidense tuvo que pagar millones en perjuicios a las familias de las víctimas, pero los culpables nunca fueron procesados. El programa se originó cuando una firma farmacológica suiza, Sandoz AG, propiedad de S.G. Warburg Co. de Londres, desarrolló el ácido lisérgico (LSD). El consejero de Roosevelt, James Paul Warburg, hijo de  Paul Warburg que escribió el Acta de la Reserva Federal, y sobrino de Max Warburg, que financió a Hitler, montaron el IPS (Institute for Policy Studies, Instituto de Estudios de Políticas) para promocionar la droga. El resultado fue la “contra-cultura” del LSD en los años 60, la “revolución de los estudiantes”, financiada con 25 millones de dólares por la CIA.

Parte del MK Ultra era la Fundación de Ecología Humana (Human Ecology Fund); la CIA también pagó al Dr. Herbert Kelman, de Harvard, para que llevase a cabo posteriores experimentos de control mental. En los 50, la CIA financió amplios experimentos con LSD en Canadá. El Dr. Ewen Cameron presidente de la Asociación de Psicología Canadiense y director del Hospital Royal Victorian, de Montreal, recibió generosos pagos de la CIA para administrar a 53 pacientes grandes dosis de LSD, y registrar sus reacciones; los pacientes fueron mantenidos dormidos mediante drogas durante semanas, y luego se les aplicaron tratamientos de electrochoque.

Una de las víctimas, la esposa de un miembro del Parlamento Canadiense,  demandó a las empresas estadounidenses que proporcionaron la droga a la CIA. Todos los archivos del programa de pruebas con drogas de la CIA  fueron destruidos por orden del director del MK Ultra. Dado que todos los esfuerzos del Instituto Tavistock se hallan dirigidos a producir un colapso cíclico, el efecto de los programas de la CIA es trágicamente evidente. R. Emmett Tyrell Jr., en un escrito en el  Washington Post de fecha 20 de agosto de 1984, menciona las  “miserables consecuencias de los radicales de los SDS[4] en los años 60” como resultado “del creciente índice de ilegitimidad, mezquina rebeldía, drogadicción, bienestar, enfermedades venéreas  y enfermedad mental.”

Éste es el legado de los Warburg y de la CIA. Su principal organismo, el Instituto de Estudios de Políticas, fue fundado por James Paul Warburg; su co-fundador fue Marcus Raskin, protegido de McGeorge Bundy, presidente de la Fundación Ford. Bundy nombró a Raskin para el cargo de representante personal del Presidente Kennedy en el Consejo de Seguridad Nacional, y en 1963 fundó la Sociedad de Estudiantes para la Democracia, a través de la cual la CIA dirigía la cultura de la droga.

En la actualidad, el Instituto Tavistock maneja una red de fundaciones de 6.000 millones de dólares anuales en Estados Unidos, y todas ellas se fundaron con dinero de los contribuyentes. Las diez mayores instituciones están bajo control directo, con 400 filiales, y otros 2.000 grupos de estudio y  centros de pensamiento que originan muchos tipos de programas para incrementar el control del Orden Mundial sobre el pueblo americano. El Instituto de Investigación de Stanford, adjunto a la Institución Hoover, maneja anualmente 150 millones de dólares, y tiene 3.300 empleados. Lleva a cabo un programa de vigilancia para Bechtel, Kaiser y otras 400 empresas, y vastas operaciones de inteligencia para la CIA. Es la mayor institución de la Costa Oeste que promueve el control mental y las ciencias conductuales.

Una de los organismos clave para conducir las instrucciones secretas de Tavistock es la Fundación Ditchley, fundada en 1957. La rama americana de la Fundación Ditchley  es dirigida por Cyrus Vance, antiguo Secretario de Estado, y director de la Fundación Rockefeller, y Winston Lord, presidente del Consejo de Relaciones Extranjeras.

Una de las principales pero menos conocidas obras de la  Fundación Rockefeller ha sido su técnica de control del mundo agrícola. Su director, Kenneth Warnimont, montó los programas agrícolas controlados por Rockefeller en México y Latinoamérica. El granjero independiente es una gran amenaza para el Orden Mundial, porque produce por sí mismo y porque su producción puede convertirse en capital, lo que le proporciona independencia. En la Rusia soviética, los bolcheviques que creían haber alcanzado el control total sobre la gente, se quedaron consternados al ver sus planes amenazados por la obstinada independencia de los pequeños granjeros, los kulaks.

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Noticia en el Chicago American

Stalin ordenó al OGPU[5] que incautara toda la comida y los animales de los kulaks, y que les dejasen morir de hambre. El diario Chicago American, del 25 febrero de 1935, llevaba en su portada como titular: SEIS MILLONES PERECEN DE HAMBRE CON LOS SOVIETS;  Las cosechas de los campesinos han sido incautadas, ellos y sus animales morirán de hambre. Para desviar la atención de esta atrocidad, se alegó posteriormente que los alemanes, y no los soviéticos, habían matado a seis millones de personas, cifra tomada del Chicago American por un publicista de Chicago.

El partido comunista, el partido de los campesinos y obreros,  exterminó a los campesinos y esclavizó a los obreros. Muchos regímenes totalitarios se han encontrado con que los pequeños granjeros son su mayor obstáculo. El reino del terror francés fue dirigido no contra los aristócratas, muchos de los cuales simpatizaban con él, sino contra los pequeños granjeros que rehusaban entregar su grano a los tribunales revolucionarios a cambio de nombramientos inútiles. En Estados Unidos, las fundaciones están actualmente ocupadas en el mismo tipo de guerra de exterminación contra los granjeros americanos.

La fórmula tradicional de tierra y trabajo para el granjero ha sido alterada debido a la necesidad del granjero de conseguir energía y comprar las mercancías industriales que requieren para sus labores agrícolas. A causa de esta necesidad de capital, el granjero es especialmente vulnerable a la manipulación de los tipos de interés del Orden Mundial, lo que le está llevando a la bancarrota. Tal como en la Unión Soviética a principios de los años 30, cuando Stalin ordenó a los kulaks que renunciasen a sus pequeñas parcelas de terreno para vivir y trabajar en granjas colectivas, los pequeños granjeros americanos se enfrentan al mismo tipo de exterminio, siendo obligados a renunciar a su pequeña parcela de tierra para alquilar su fuerza de trabajo a los grandes trusts agrícolas.

La Institución Brookings y otras fundaciones originaron los programas monetarios llevados a cabo por el Sistema de la Reserva Federal para destruir al granjero americano, una repetición de la tragedia soviética en Rusia, con la condición de que se permitirá sobrevivir al granjero si se convierte en esclavo trabajador de los enormes trusts.

Una vez que el ciudadano es consciente del verdadero papel de las fundaciones, puede comprender el elevado tipo de los intereses, los elevados impuestos, la destrucción de la familia, la conversión de las iglesias en foros de revolución, la subversión de las universidades en pozos negros de drogadicción de la CIA, y los pasillos gubernamentales en cloacas de espionaje e intriga internacional. El ciudadano americano puede ahora comprender por qué cada agente del gobierno federal está en su contra; los organismos de siglas, como el FBI, IRS[6], CIA y BATF[7] deben hacer la guerra al ciudadano para llevar a cabo los programas de las fundaciones.

Las fundaciones están en violación directa de sus estatutos, que les comprometen a llevar a cabo trabajo “benéfico”, dado que no otorgan subvenciones a menos que formen parte de un objetivo político. La red Heritage-AEI fue acusada  (y nunca ha sido desmentido), de tener por lo menos dos topos de la KGB en su plantilla. El empleo de espías profesionales como “trabajadores” benéficos, tal como hizo la misión de la Cruz Roja en Rusia en 1917, deja expuestos los siniestros objetivos políticos, económicos y sociales que el Orden Mundial necesita que realicen las fundaciones a través de sus “legados”.

No es tan solo fraude de impuestos, ya que las fundaciones están exentas del pago de impuestos únicamente por realizar un trabajo benéfico, sino que es sindicalismo criminal, una conspiración para cometer agravios contra los Estados Unidos de América, según la Ley Constitucional 213, Corpus Juris Secundum 16. Por primera vez, la íntima interrelación del “sindicato” de las fundaciones ha sido revelada con los nombres de sus principales miembros: Daniel Coit Gilman y Frederic A. Delano. Gilman se incorporó a la Fundación Peabody y a la Fundación John Slater Fund, y llegó a ser miembro del Consejo de Educación General –en la actualidad, la Fundación Rockefeller– y también se incorporó al Trust Russell en 1856, siendo posteriormente miembro de la Institución Carnegie, con Andrew Dickson White (del Trust Russell). Delano fue también un miembro original de la Institución Brookings y de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

Daniel Coit Gilman se incorporó a la Fundación Russell Sage con Cleveland H. Dodge del National City Bank. Estos miembros de fundaciones estuvieron estrechamente ligados al Sistema de la Reserva Federal, a la Junta de Industrias de Guerra de la Primera Guerra Mundial, al OSS de la Segunda Guerra Mundial, y a la CIA. También estuvieron estrechamente relacionados con la Corporación Internacional Americana, formada para instigar la revolución bolchevique en Rusia. Delano, tío de Franklin Delano Roosevelt, se hallaba en el Consejo de Gobernadores original del Sistema de la Reserva Federal de 1914. Su cuñado fundó la influyente firma de abogados de Washington Covington & Burlin.

Los Delano y otras familias influyentes del Orden Mundial tienen una genealogía que desciende directamente de Guillermo de Orange y del régimen que otorgó la carta del Banco de Inglaterra.

Instituciones de Tavistock en Estados Unidos

Flow Laboratories: Obtiene contratos de los National Institutes of Health.

Merle Thomas Corporation: Obtiene contratos de la Marina estadounidense, analiza información de los satélites.

Walden Research: Realiza su trabajo en el campo del control de la contaminación. Planning Research Corporation, Arthur D. Little, General Electric, “TEMPO”, Operations Research Inc., son una parte de las aproximadamente 350 empresas que dirigen la investigación y los estudios y formulan recomendaciones al gobierno. Forman parte de lo que el Presidente Eisenhower llamó “un posible peligro para la política pública, que podría por sí misma quedar cautiva de una elite científico-tecnológica.”

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J. F. Kennedy

Brookings Institution: Dedica su trabajo a lo que llama “la agenda nacional”. Redactó el programa del Presidente Hoover, el New Deal (Nuevo Trato) del President Roosevelt, el programa “Nuevas Fronteras de la Administración Kennedy” (cuyo desvío le pudo costar la vida a  John F. Kennedy), y la “Gran Sociedad” del Presidente Johnson. Brookings ha estado diciendo al gobierno de Estados Unidos cómo dirigir los asuntos durante los últimos 70 años, y todavía lo hace.

Hudson Institute:  Esta institución ha hecho más para modelar la forma en que los americanos reaccionan a los acontecimientos políticos y sociales, piensan, votan, y generalmente actúan, que cualquier otro, excepto quizá los Cinco Grandes. Hudson está especializado en la investigación de políticas de defensa y relaciones con Rusia. Mucho de su trabajo militar está clasificado como SECRETO (durante la guerra de Vietnam se planteó la idea de construir un foso que rodease Saigón). Hudson puede ser clasificado con propiedad como una de las instituciones de lavado de cerebro que forman parte del Comité de los 300. Uno de sus mayores clientes es el Departamento de Defensa estadounidense, que incluye asuntos de defensa civil, seguridad nacional, política militar y control de armas.

National Training Laboratories (NTL): Una de las instituciones clave, establecida para este propósito en Estados Unidos, fue los Laboratorios de Formación Nacional. Fundado en 1947 por miembros de la red Tavistock de Estados Unidos, y originariamente con sede en una finca de Bethel (Maine), el NTL tiene como propósito explícito el lavado de cerebro de los líderes del gobierno, de las instituciones educativas, y de las burocracias corporativas, según el método Tavistock, y luego “utilizar” a estos líderes para que, o bien ellos mismos dirijan sesiones de grupo Tavistock en sus organizaciones, o contraten a otros líderes de grupos con entrenamiento similar para que hagan este trabajo. El meollo de la operación del NTL gira alrededor de la particular forma de psicología degenerada de Tavistock, conocida como “dinámica de grupos”, desarrollada por el trabajador alemán de Tavistock, Kurt Lewin, que emigó a Estados Unidos en los años 30, y cuyos estudiantes fundaron el NTL.

En un grupo de lavado de cerebro de Lewin, cierto número de individuos de distintas procedencias y personalidades es manipulado por un “grupo líder” para formar una opinión de consenso, logrando una nueva “identidad de grupo”. La clave del proceso es la creación de un ambiente controlado, en el que en ocasiones se introduce estrés (a veces llamado disonancia) para romper la estructura de creencias individual. Utilizando la presión de los iguales de otro grupo de miembros, el individuo es “roto”, y una nueva personalidad, con nuevos valores, emerge. La degradante experiencia causa que la persona niegue que haya tenido lugar ningún cambio. De esta manera, se lava el cerebro a un individuo sin que la víctima sepa qué ha ocurrido.

Es el mismo método, aunque con alguna modificación menor, utilizado en los denominados “grupos de sensibilidad”, o “grupos T”, o en la más extrema contracultura de rock-drogas-sexo, “grupos de toque sensitivo”, tales como el que se popularizó en los años 60 en el Instituto Esalen, montado con la ayuda del NTL.

Desde mediados de los 50 en adelante, el NTL colocó a la mayoría de los líderes corporativos de la nación en programas de lavado de cerebro, mientras llevaba a cabo programas similares para el Departamento de Estado, la Marina, el Departamento de Educación, y otros sectores de la burocracia federal. No hay cálculos fiables del número de americanos que han pasado por este proceso en los últimos 40 años, ya fuera en el NTL, o en lo que es conocido como el Instituto de Ciencias Conductuales Aplicadas del NTL, situado en Rosslyn (Virginia), o su base de operaciones en la Costa Oeste, el Western Training Laboratories in Group Development, o en varias de sus instituciones satélite. Lo más probable es que ronde la cifra de varios millones.

Uno de los grupos que pasó por el molino del NTL en los años 50 fue la dirección de la National Education Association (Asociación de Educación Nacional), la mayor organización de maestros de Estados Unidos. Así, el enfoque de la AEN ha sido modelado por Tavistock, a través del NTL. En 1964, el Instituto NTL se convirtió en parte directa de la AEN, con el NTL montando “sesiones de grupo” para todos sus afiliados. Con financiación del Departamento de Educación, el Instituto NTL diseñó los programas de formación de los maestros de escuelas primarias y secundarias de la nación, y también ha metido la mano en el desarrollo del contenido de las “reformas” educativas, incluyendo la OBE (educación basada en resultados).

El Instituto Internacional de Ciencias Conductuales Aplicadas es un centro de lavado de cerebro en formación de estrés artificial, donde los participantes se encuentran de repente a sí mismos inmersos en defenderse contra acusaciones malintencionadas.  El NTL incluye a la Asociación de Educación Nacional, el mayor grupo de enseñanza de Estados Unidos. Aunque oficialmente censuran el “racismo”, es interesante observar que el NTL, trabajando con la AEN, emitió un documento proponiendo documentos justificativos que separarían a los niños con dificultades para el aprendizaje de aquellos más brillantes,  y la financiación sería atribuida según el número de niños con dificultades que hubieran sido separados de aquellos que progresaban a un grado normal. La propuesta no fue admitida.

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Eric Trist

Facultad de Wharton de Finanzas y Comercio (Universidad de Pennsylvania): Fundada por Eric Trist, uno de los “cerebros asociativos” de Tavistock. Wharton se ha convertido en uno de los centros más importantes de Tavistock, en lo que se refiere a “investigación conductual”. Wharton atrae clientes tales como el Departamento de Trabajo de EE UU, que enseña cómo producir estadísticas “preparadas” en el Wharton Econometric Forecasting Associates Incorporated.  Este método fue muy solicitado hacia 1981, con muchos más millones de parados de lo que reflejaban las estadísticas de USDL. El Modelo Econométrico de Wharton es utilizado por cada una de las grandes empresas del Comité de los 300 en Estados Unidos, Europa Occidental, el Fondo Monetario Internacional, las Naciones Unidas,  el Banco Mundial y el Instituto de Investigación Social. Entre sus clientes están la Fundación Ford, el Departamento de Defensa de EE UU, el Servicio de Correos de EE UU y el Departamento de Justicia estadounidense. Entre sus estudios se hallan “El significado humano del cambio social”, “Jóvenes en Transición”, y “Cómo ven los americanos su salud mental”.

Instituto para el Futuro:  Ésta no es una típica institución de Tavistock, dado que está financiada por la Fundación Ford; sin embargo extrae sus previsiones a largo plazo de la madre de todos los tanques de pensamiento. El Instituto para el Futuro proyecta lo que cree que serán cambios que tendrán lugar en períodos de tiempo de cincuenta años. Los denominados Paneles Delphi deciden lo que es normal y lo que no,  y preparan documentos de posición para “encaminar” al gobierno en la dirección correcta para descabezar a los grupos de “gente que crea desórdenes civiles”. (Esto podría ser tanto los grupos patrióticos que piden la abolición de los impuestos graduales, o los que piden que su derecho a llevar armas no sea infringido). Este instituto recomienda acciones tales como liberalizar las leyes del aborto y las del consumo de drogas, hacer pagar peaje a los coches en zonas urbanas, enseñar el control de natalidad en las escuelas públicas, requerir el registro de armas de fuego, convertir la toma de drogas en un delito no criminalizado, legalizar la homosexualidad, pagar a los estudiantes por sus logros académicos, establecer controles zonales como una prerrogativa del estado, ofrecer gratificaciones a las familias que hacen planificación familiar, y por último, aunque no menos atemorizante, una propuesta al estilo de la Camboya de Pol Pot, de que nuevas comunidades se establezcan en áreas rurales (campos de concentración con recinto cercado). Como puede observarse, muchos de sus objetivos ya se han realizado más que totalmente.

Instituto de Estudios de Políticas (IPS): Uno de los “Tres Grandes”, el IPS, ha dado forma y reformado las políticas de Estados Unidos, tanto domésticas como exteriores, desde que fue fundado por James P. Warburg y las entidades Rothschild en Estados Unidos. Su red en América incluye a la  Liga para la Democracia Industrial. Entre las primeras figuras clave de la Liga para la Democracia Industrial tenemos a Jeane Kirkpatrick, antigua embajadora de EE UU en Naciones Unidas; Irwin Suall de la ADL[8], Eugene Rostow, negociador del control de armas; Lane Kirkland, líder sindical, y Albert Shanker, presidente de la federación de maestros americanos. En 1963 entraron como miembros del IPS Marcus Raskin y Richard Barnett, ambos graduados con alto nivel de formación en el Instituto Tavistock. Los objetivos del IPS procedían de la agenda desarrollada por el Instituto Tavistock, siendo uno de los más sobresalientes la creación de la “Nueva Izquierda”, un movimiento popular en EE UU. Se ha dicho que Barnett y Raskin controlaban una variedad de elementos tan diversos como las Panteras Negras, Daniel Ellsberg, el miembro de la plantilla del Consejo de Seguridad Nacional, Halprin, los meteorólogos secretos,  los “Venceremos”[9] y al personal de la campaña del candidato George McGovern. Ningún proyecto se le quedaba grande al IPS y a sus controladores para apropiarse de él y dirigirlo.

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El Capitolio (Washington D. C.)

A través de sus muchos poderosos grupos de presión en el Capitolio, el IPS utiliza implacablemente su “Gran Vara” para pegar al Congreso. IPS tiene una red de lobbies, todos ellos supuestamente operando con independencia pero de hecho actuando de forma cohesiva, de manera que los Congresistas son apaleados por todos lados por grupos de presión aparentemente diferentes y variados. De esta manera el IPS era, y sigue siedo, capaz de ejercer influencia de forma exitosa sobre los Representantes y los Senadores para que voten “la tendencia, la forma en que las cosas se mueven”. Utilizando sus hombres clave en el Capitolio, el IPS fue capaz de crear grietas en la propia estructura de nuestro sistema legislativo y en la forma en que funciona.

El IPS llegó a ser, y a día de hoy lo sigue siendo, uno de los más prestigiosos think tanks (“tanques de pensamiento”) que controla las decisiones en política exterior, que nosotros, el pueblo, creemos inocentemente que pertenecen a nuestros legisladores. El IPS ha interpretado el papel para el cual fue fundado mediante el patrocinio del activismo militar en nuestro país (con lazos con los revolucionarios del extranjero), la fabricación de victorias tales como “Los documentos del Pentágono”, el acoso a la estructura corporativa, el tendido de puentes entre la credibilidad entre los movimientos underground y el activismo político aceptable, la penetración en las organizaciones religiosas (utilizándolas para sembrar la discordia en América, en forma de políticas raciales radicales disfrazadas de religión), y el recurso a los medios informativos del establishment para difundir las ideas del IPS y luego apoyarlas.

Instituto de Investigación Stanford (SRI): Jesse Hobson, el primer presidente del Instituto de Investigación Stanford dejó claro en una conferencia en 1952, las líneas que el instituto iba a seguir. Stanford puede ser descrito como una de las “joyas” de la corona de Tavistock en su gobierno de Estados Unidos. Fundado en 1946, inmediatamente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, fue presidido por Charles A. Anderson, con el acento puesto en la investigación del control mental y las “ciencias futuras”. Arropado bajo el paraguas de Stanford estaba la  Fundación Charles F. Kettering que desarrolló las “Imágenes cambiantes del Hombre” según las bases de la Conspiración de Acuario.

Algunos de los clientes y contratos más importantes de Stanford estaban al principio centrados alrededor de la institución de defensa, pero a medida que Stanford fue creciendo, también creció la diversidad de sus servicios:

  • Aplicaciones de las ciencias conductuales a la Oficina de Dirección de Investigación de Ciencia y Tecnología
  • Programa de Información Secreta de Negocios del SRI
  • Departamento de Defensa de EE UU Junta Directiva de Defensa Investigación e Ingeniería
  • Departamento de Defensa de EE UU Oficina de Investigación Aeroespacial

Entre las corporaciones que solicitan los servicios de Stanford estaban el Banco Wells Fargo, la Corporación Bechtel, la Hewlett Packard, el Banco de América, la Corporación McDonnell-Douglas, Blyth, Eastman Dillon y TRW Company. Uno de los proyectos más secretos de Stanford fue el extenso trabajo sobre armas químicas y bacteriológicas.

La Investigación de Stanford está conectada a un mínimo de 200 think-tanks (“tanques de pensamiento”) más pequeños que investigan en cada faceta de la vida en América. Es la red ARPA[10], y representa el surgimiento de probablemente el más vasto esfuerzo para controlar el ambiente de cada individuo del país. En la actualidad los ordenadores de Stanford están enlazados con 2.500 consolas hermanas que incluyen a la CIA, Bell Telephone Laboratories, el Servicio de Información del Ejército de EE UU, la Oficina de Inteligencia Naval, RAND, MIT, Harvard y UCLA. Stanford juega un papel principal en el hecho de que es la “biblioteca” que cataloga toda la documentación del ARPA.

“Otros organismos”… aquí uno puede dejar volar su imaginación, tienen permiso para buscar a través de la “biblioteca” del SRI palabras clave, frases, buscar a través de fuentes y actualizar sus propios archivos maestros con los del Centro de Investigación Stanford. El Pentágono utiliza los archivos maestros del SRI ampliamente, y hay pocas dudas de que las agencias gubernamentales de EE UU no hagan lo mismo. Los problemas de “mando y control” del Pentágono son gestionados por Stanford.

Mientras que ostensiblemente esto se aplica sólo a armas y a soldados, no hay ninguna garantía de que la misma investigación no pueda, y no gire hacia aplicaciones civiles. Stanford es conocido por su voluntad de hacer cualquier cosa para cualquiera.

Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), Escuela de Management Alfred P. Sloan: Generalmente no se reconoce que este gran instituto forme parte del Tavistock de EE UU Muchas personas lo contemplan como siendo una Institución puramente americana, pero eso está lejos de ser verdad.  El  MIT-Alfred Sloan  puede dividirse groseramente en los grupos siguientes: Contemporary Technology Industrial Relations, NASA-ERC Computer Research Laboratories, Office of Naval Research Group, Psychology Systems Dynamics.

Algunos de los clientes del  MIT son:

  •  Asociación de Dirección Americana
  • GTE
  • Instituto de Análisis para la Defensa
  • NASA
  • Academia Nacional de Ciencias
  • Consejo Nacional de Iglesias
  • Sylvania
  • TRW
  • Ejército de EE UU
  • Departamento de Estado de EE UU
  • Marina de EE UU
  • Hacienda de EE UU
  • Compañía Volkswagen

Corporación de investigación y desarrollo RAND: Sin lugar a dudas, RAND es el tanque de pensamiento más agradecido del Instituto Tavistock y ciertamente el vehículo más prestigioso de RIIA[11] para el control de las políticas de Estados Unidos a todos los niveles. Las políticas específicas de RAND que han llegado a ser operativas incluyen nuestro programa de ICBM, los análisis fundamentales para la política exterior de Estados Unidos, la instigación de los programas espaciales, las políticas nucleares de EE UU, los análisis corporativos, centenares de proyectos para los militares, y la actividad de la CIA en relación al uso de drogas que alteran la mente, como el peyote o el LSD (la operación encubierta del MK-ULTRA que duró 20 años).

Algunos de los clientes de RAND son:

  • American Telephone and Telegraph Company (AT&T)
  • Chase Manhattan Bank
  • International Business Machines (IBM)
  • National Science Foundation
  • Partido Republicano
  • TRW
  • Fuerza Aérea de EE UU
  • Departamento de Sanidad de EE UU
  • Departamento de Energía de EE UU

Literalmente, son millares las empresas muy relevantes, las instituciones gubernamentales y las organizaciones que utilizan los servicios de RAND. Sería imposible hacer una relación de todos ellos. Entre las especialidades de RAND se halla un grupo de estudio que predice la coordinación y dirección de una guerra termonuclear, y que trabaja luego los muchos escenarios producidos según sus hallazgos. RAND fue acusada una vez de haber recibido el encargo de la Unión Soviética de negociar los términos de la rendición del gobierno de Estados Unidos, acusación que siguió su camino hacia el Senado estadounidense, donde cayó en manos del Senador Symington y consecuentemente fue víctima del desdén vertido por la prensa institucional. El lavado de cerebro sigue siendo la función principal de RAND.

Estas instituciones se hallan entre las que financian la Fundación de La Ley de Uniformidad, cuya función es asegurar que el Código Comercial de Uniformidad continúe siendo el instrumento que guíe los negocios en los Estados Unidos.

© Byron T. Weeks 2001

Fuente original (en inglés):

http/educateyourself.org/now/nwotavistockbestkeptsecret.shtml


[1] Massachusetts Institute of Technology, Instituto de Tecnología de Massachusetts.

[2] Office of Strategic Services, agencia de inteligencia norteamericana, precursora de la CIA.

[3] Supreme Headquarters of the Allied Expeditionary Force, Cuartel General de la Fuerza Expedicionaria Aliada (2ª Guerra Mundial).

[4] Students for a Democratic Society, una organización política radical de los años 60.

[5] Directorio Político Unificado del Estado, o policía secreta soviética hasta 1934.

[6] Internal Revenue Service, servicio del Departamento del Tesoro de EE UU encargado de recaptar impuestos.

[7] Bankers’ Association for Foreign Trade, asociación de banqueros de EE UU.

[8] ADL: Anti-Difamation League, organización judía que combate el anti-semitismo.

[9] Organización radical izquierdista de origen chicano surgida en California en 1969.

[10] ARPA: Advanced Research Project Agency, agencia gubernamental del Departamento de Defensa de EE UU, creada en 1958. Actualmente se denomina DARPA.

[11] Royal Institute of International Affairs, Instituto Real (británico) de Asuntos Internacionales.