La farsa de la democracia

“El mundo está gobernado por personajes muy diferentes de los imaginados por aquellos que no están detrás del escenario.”

Benjamin Disraeli, Primer Ministro de Gran Bretaña, siglo XIX

Introducción

elecciones_mexico_2012-2Visto el esperpéntico espectáculo al que estamos asistiendo desde hace meses en España sobre las elecciones, la imposible formación de gobierno y los fracasados diálogos, mucha gente se preguntará qué está pasando aquí o incluso se cuestionará los principios mismos de la democracia. Y tal vez más de uno habrá visto que la voz del pueblo cuenta más bien poco (por no decir nada), porque luego resulta que hay muchos poderes internos o externos que pasan muy por encima de lo que el ciudadano pueda pensar o sentir, o expresar mediante voto. Pero la gente, ante estos despropósitos, suele adoptar una postura resignada y pasiva, y defiende a capa y espada la democracia porque no hay otra opción posible (¿el caos, la anarquía, la dictadura…?). Y así pues, la población vuelve una vez más a las urnas para repetir el escenario surrealista de la película “El día de la marmota”, y además vota mayoritariamente al partido que acumula el mayor historial de corrupción en los últimos tiempos. ¡Viva la democracia! ¿Seremos capaces de una vez de hacer una reflexión crítica y sin prejuicios mentales de eso que nos han vendido como la cúspide de la libertad de los pueblos?

Lo cierto es que cuando uno intenta aportar argumentos en contra de las bondades de la llamada democracia es bien posible que lo encasillen en un ámbito próximo al autoritarismo, a las dictaduras, al fascismo o a cosas aun peores. Pero esta es una reacción lógica a la cual hemos llegado después de que nos hayan convencido de que este es el mejor sistema político posible. Por lo tanto, el mundo moderno, libre y civilizado es por definición “democrático”, en el sentido de que este es el camino a seguir, el que ha aportado libertad y prosperidad a los países, en base a unos sagrados principios de “soberanía nacional” e “independencia de los tres poderes” que fueron implantados durante las revoluciones francesa y americana de finales del siglo XVIII.

Así pues, vamos a introducirnos, al menos someramente, en los orígenes de la democracia, su establecimiento y su auge en los dos últimos siglos, así como en sus mecanismos internos y maneras de funcionar, para acabar por reconocer que la democracia, entendida en su traducción literal de “poder o gobierno del pueblo”, nunca ha existido ni existe hoy en día como tal. Es una farsa, una pantomima para hacer creer a la población que es ella quien decide libremente los destinos colectivos del país. Pero vayamos ya a los hechos históricos.

Un poco de historia

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Pericles, emblema de la Atenas democrática (s. V a. C.)

Si nos remontamos a las formas democráticas más antiguas reconocidas, hemos de ir forzosamente a la Grecia clásica de mediados del primer milenio antes de Cristo. La difícil, agreste e insular geografía griega había facilitado desde muchos siglos antes la creación de pequeños territorios independientes con sus propios recursos e instituciones. Esto dio como resultado la creación de varias polis (ciudades-estado) que evolucionaron desde sistemas de gobierno autocráticos u oligárquicos a sistemas basados en la participación popular, compuestos por varios mecanismos de organización y reparto del poder (con asambleas populares, legislativas, judiciales, ejecutivas, etc.); todo ello bastante revolucionario con relación a los grandes estados imperiales como los que ya habían surgido en otras partes del mundo (Egipto, Sumeria, Babilonia, Persia, China, etc.), en los que solía gobernar un monarca por derecho divino. Pero no toda Grecia era un ejemplo de democracia, pues sin ir más lejos Esparta era una monarquía –o diarquía– autoritaria en la que una minoría muy selecta dominaba a una gran mayoría de la población. A su vez, la famosa democracia de Atenas y de otras ciudades helenas estaba restringida a una parte de la población con capacidad de voz y voto[1], y además, en la práctica, las decisiones venían fuertemente determinadas por las facciones o líderes con más preeminencia en cada momento. Eso sí, a diferencia de la democracia actual, que es indirecta, los antiguos griegos se reunían, discutían y votaban las cuestiones a debate o los cargos[2] de forma directa y a mano alzada. Por supuesto, esto era posible porque la democracia se restringía al ámbito de la polis, no a un gran territorio o estado.

Como heredera de esta tradición griega, tenemos el caso de la Roma antigua, que expulsó a sus reyes etruscos en el siglo VI a. C. para crear un régimen popular llamado república, que literalmente significa “la cosa pública”. Este sistema preveía la elección anual de dos cónsules como máximos representantes del poder romano por sufragio directo del conjunto de ciudadanos de las curias o tribus originales. Además, existían otros cargos ejecutivos que también se elegían por votación, como los censores, los cuestores, los tribunos o los magistrados. Por otra parte, había una asamblea heredada de la época monárquica, el Senado, que estaba compuesto por las personas de mayor rango, experiencia y prestigio y que tenía como fin legislar y asesorar a los cónsules, e incluso podía ejercer de cierto contrapunto a su poder.

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Representación del Senado Romano

Sin embargo, en dicha época republicana, los cónsules ejercían un poder completo como si fueran auténticos reyes y los puestos del senado ya se habían convertido en cargos hereditarios. Y si bien es cierto que con la República las masas populares –los plebeyos– adquirieron más cuota de poder y representación, acabaron por topar con el poder tradicional de los romanos de rancio abolengo, los patres o patricios, que seguían ostentando los mayores privilegios y prerrogativas por su categoría social. Así, aun cuando en las votaciones populares (comicios curiales o centuriados) los plebeyos podían aspirar a ganar, en la práctica había una democracia más bien pobre, y los mecanismos de poder seguían en manos de la aristocracia. Según se cita en Wikipedia:

“Las votaciones en los Comicios Curiales no eran igualitarias. Sólo los padres de familia tenían voto, estando mujeres y esclavos excluidos. La admisión de los plebeyos había dado la mayoría a las capas humildes. Por esto, las reformas tendieron a quitar poderes a estas Asambleas en favor de los Comicios Centuriados, donde no era preponderante la influencia de la nobleza o patriciado, pero sí de los ricos, y donde se votaba por centurias (cada centuria, un voto); al votar las seis centurias de caballeros (de familias distinguidas) las primeras, decidían casi siempre la votación. Las centurias de caballeros y las de primera clase reunían la mayoría. Además todas las votaciones de los Comicios Centuriados debían ser refrendadas por la Asamblea de Patricios.”[3]

Como se ve, ya en Mundo Antiguo existían las maneras de encauzar los mecanismos electorales hacia el resultado deseado por las clases dirigentes. Lo que es muy de destacar es que el sistema republicano romano institucionalizó una dualidad de facciones u opciones políticas: el partido de los plebeyos, defensor del pueblo bajo (una especie de “liberales” o, en el mejor de los casos, “progresistas”) y el partido de los patricios, defensor de la casta aristocrática (o sea, los “conservadores”). Por lo tanto, no había terceras ni cuartas alternativas, sino simple y puro bipartidismo, con una alternancia en los máximos poderes. ¿Les suena esto de algo? Por cierto, vale la pena resaltar que esta eterna dualidad-rivalidad política se tradujo en no pocas disputas, revueltas, asesinatos, conjuras e incluso guerras civiles a gran escala, que perduraron prácticamente hasta los tiempos de César y Pompeyo.

En efecto, todo este sistema republicano fue degenerando hacia una concentración de poder que tuvo como resultado en el siglo I a. C. la aparición de autócratas como Sila o el propio Julio César, que dieron al golpe de gracia al antiguo régimen. Así, ya desde Augusto, y pese a que formalmente se mantenían aún las instituciones republicanas, Roma se había convertido en un imperio o monarquía, en el cual sus gobernantes alcanzaban el poder absoluto por vía hereditaria o por las armas, sin que el pueblo tuviera nada que decir, aparte de pedir panem et circenses (“pan y espectáculos”[4]).

Resurge la democracia

De este modo, el modelo democrático quedó enterrado durante siglos en el mundo occidental y tanto el sistema esclavista como el feudal mantuvieron al pueblo bajo las riendas del poder político-económico-religioso hasta la Edad Moderna, si bien existieron algunas instituciones representativas que funcionaban en paralelo al poder real, pero que respondían básicamente a los intereses de las clases más favorecidas. A partir de este punto, las monarquías absolutas camparon a sus anchas con excepción de Inglaterra, que mantuvo un parlamento de notables como contrapoder del rey[5]. Los cambios definitivos hacia un sistema democrático –tal como se entiende actualmente– no surgieron hasta la irrupción de los filósofos e intelectuales de la Ilustración francesa, con ideas como la soberanía nacional y la separación de poderes, según la clásica propuesta de Montesquieu: poder ejecutivo (el gobierno), poder legislativo (el parlamento) y poder judicial (la judicatura).

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Clásica alegoría de la Revolución Francesa

Lo que vino después ya es bastante conocido: la independencia de los EE UU, que adoptan un régimen republicano constitucional, con un sistema parlamentario básicamente bipartidista (como continuación de la clásica dualidad inglesa de whigs y tories), y la revolución francesa, que elimina la monarquía absolutista y crea una república fundada en la famosa tríada de “liberté, egalité, fraternité”, los tres lemas que se convirtieron en el estandarte democrático de nuestra era contemporánea. A partir de este punto y durante todo el siglo XIX los sistemas democráticos se van difundiendo a través de las revoluciones liberales que tienen lugar en buena parte de Europa y de la América Latina, aunque en bastantes casos la instauración de los nuevos estados con formas republicanas y liberales fue en gran medida una pura fachada para disfrazar regímenes personalistas o clasistas.

Desde luego, no todo el mundo tenía derecho a voto ni había muchas opciones entre las que escoger, que eran las que permitía el sistema de poder establecido. Lo que es propiamente el sufragio universal no llegó a muchos países hasta bien entrado el siglo XX. Por ejemplo, en la muy democrática Gran Bretaña de inicios del siglo XIX sólo podía votar el 7% de la población adulta, y ello incluso después de una amplia reforma legal llamada Great Reform Act (de 1832). Sea como fuere, el poder pasó de estar a manos de aristócratas y terratenientes a estar controlado por burgueses y capitalistas. Entretanto, amplias capas sociales –sobre todo la población urbana y la emergente clase obrera– habían “comprado” las virtudes del nuevo régimen y habían dado su sangre para sacarlo adelante[6]. Así, la mayoría del pueblo creyó que la instauración de las democracias y de los parlamentos iba a traer paz, equidad, justicia social, prosperidad, etc. para todos. Pero la historia de las democracias modernas es una historia de más de lo mismo… o peor.

En la práctica, el establecimiento de sistemas más o menos democráticos no cambió en demasía la situación de gran parte de la población. Del odioso y clasista régimen feudal se pasó el emergente sistema capitalista, que también suponía diferencia de clases y nuevas formas de explotación. En cuanto al progreso, éste no vino dado por la nueva política, sino precisamente por los avances en la economía y la tecnología en forma de revolución industrial, que vino a coincidir en el tiempo con la implantación de los regímenes liberales. Así, es cierto que se proclamaron constituciones, se crearon parlamentos y se aseguraron derechos y libertades de los ciudadanos, pero lo que hizo avanzar el liberalismo fue definitivamente el moderno mundo industrial, que impulsó el crecimiento demográfico y una lenta mejora en las condiciones de trabajo y de vida[7].

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Reunión de Yalta: democracias y dictaduras compartiendo guerras

Pero el hecho de que los ciudadanos llegaran a una cierta cuota de poder a través de unas elecciones que les permitían escoger a unos ciertos “representantes” no quiere decir que tuvieran posibilidad real de cambiar las cosas por sí mismos. Los estados seguían llevando a cabo sus políticas, mientras se enzarzaban en cruentísimas guerras como nunca se habían visto antes sobre la faz del planeta. En efecto, el siglo XX destaca con mucho en la creación de monstruos totalitarios (fascismo, nazismo, estalinismo, etc.) que nacieron precisamente del fracaso de las democracias y que a la postre fomentaron las dos tremendas guerras mundiales del siglo, más otros muchos conflictos locales que se llevaron por delante millones de vidas.

En este punto, es conveniente resaltar que en el moderno siglo XX muchos países con sistemas democráticos no tenían realmente una buena situación social ni económica y además solían estar infestados de terribles luchas políticas. Esto era caldo de cultivo para huelgas, inestabilidad social, episodios violentos, revoluciones internas, guerras civiles más o menos encubiertas, etc. Por ejemplo, la muy democrática República de Weimar de Alemania (1919-1933) fue un régimen condenado por las inacabables luchas políticas internas, la presión de los revolucionarios comunistas, la inflación galopante, la exigencia de pagos a los vencedores de la guerra, el escaso o nulo acceso al crédito internacional, la pobreza y falta de trabajo de buena parte de la población, etc. Así, en medio de esta vorágine, surgió un partido radical que quería acabar con toda esa inmundicia, mostrándose como una opción nacionalista, honrada, patriótica y socialista. ¿Se imaginan cuál? Estamos hablando del NSDAP, o sea el partido nazi de Adolf Hitler, que se presentó a las elecciones democráticas desde 1924 y acabó por ganarlas en 1933, lo que les dio acceso al gobierno del país –con el respaldo mayoritario del pueblo soberano– y a todo lo que vino después, de sobras conocido.

Lo que sí podemos aportar como imagen global de esas democracias modernas es que las condiciones de vida de la gente no dependieron realmente de votar a unos u otros. Los factores que determinaban esas bonanzas o crisis –basados en manipulaciones financieras al más alto nivel– se escapaban de las esferas políticas (como sigue sucediendo actualmente). Por otro lado, las democracias se mostraron como sistemas de poder controlados por élites que seguían igual de interesadas en la guerra como medio bien lícito para conseguir sus fines. Gran Bretaña, por ejemplo, construyó su enorme imperio global a partir de guerras, invasiones y colonialismo cuando ya estaba en funcionamiento su democrático parlamento. Lo mismo se podría decir de otras potencias europeas y –cómo no– de los EE UU, que pese a presentarse como paladines de la libertad, los derechos civiles y la democracia, han emprendido numerosas guerras en nombre de los valores democráticos y han arrasado o sojuzgado países con las más infames excusas, incluyendo los episodios llamados de “falsa bandera”. Asimismo, los EE UU tienen el muy dudoso honor de haber sido el único país hasta la fecha que ha lanzado un doble ataque atómico contra civiles, en el episodio bélico más salvaje, bárbaro y genocida visto en la historia de la Humanidad.

Los fundamentos de la democracia

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Las urnas, “altares de la democracia”

Llegados a este punto, sería conveniente hacer un somero análisis de en qué consiste la democracia como sistema político, sobre todo haciendo hincapié en los mecanismos de votación, participación y representación, junto con el marco legal que conforma el régimen democrático, esto es, la constitución aprobada por el propio pueblo. De esta manera, no será difícil apreciar que en realidad, bajo una gran palabrería, el ciudadano normal de cualquier país no pinta absolutamente nada por mucho que lo convoquen a votar y los políticos apelen a frases como “las urnas han hablado”, “el pueblo soberano se ha expresado” o “vamos a ejecutar el mandato popular”, etc.

Si vamos a la raíz del sistema, se supone que el pueblo –en general– puede decidir cómo se va a organizar, cómo se va a gobernar, cómo se van a gestionar los recursos, qué objetivos se van a marcar a corto, medio y largo plazo, etc. Lógicamente, esto nos recuerda a la gestión de una gran empresa, porque el estado en cierto modo es una empresa (aparte de ser una institución), y aunque no debe “dar beneficios” sí debe responder a la gestión del bien común. Por supuesto, en una empresa no se da la capacidad de decisión a quien no está capacitado para ello, por muy buenas intenciones que tenga. Del mismo modo, los estados son estructuras complejísimas que conviven con otras estructuras semejantes, más otros poderes externos de todo tipo que influyen en la vida de las personas.

Por todo ello, que la totalidad de la ciudadanía opine y tenga (teóricamente) la decisión sobre los elementos que hemos citado es absurdo. Ya no estamos hablando de personas con baja capacidad, pocos estudios o falta de criterio; es que la práctica totalidad de la sociedad –incluidas personas inteligentes, brillantes y con estudios superiores– no sabe de verdad cómo funciona la maquinaria estatal o supraestatal. Así, el escritor George Bernard Shaw se permitió ironizar sobre esta situación diciendo que: “La democracia sustituye con la elección por la mayoría de incompetentes al nombramiento por la minoría de corruptos.” E incluso un estadista de gran renombre como el propio Winston Churchill –que reconocía abiertamente que la democracia era el menos malo de los sistemas políticos– llegó a decir en tono de broma que el mejor argumento contra la democracia era mantener una conversación de cinco minutos con un votante medio.

En fin, no es cuestión ahora de menospreciar a nadie, pero está claro que la población en su conjunto se comporta como un gran rebaño desorientado que sólo quiere comer bien y vivir en paz, y vota en función de lo que los políticos les prometen en ese sentido: que van a cambiar la sociedad, que van a crear más puestos de trabajo, que van a dar subvenciones para esto y lo otro, que favorecerán la creación de empresas, que van a construir más hospitales, etc., etc. Luego, por supuesto, son esos políticos los que tienen la sartén por el mango y los que hacen y deshacen. Además, desde el poder siempre se ha insistido en que la gestión de los asuntos públicos sin intermediarios sería imposible, utópica y de dudosa eficacia[8], lo que obliga forzosamente a instaurar un sistema representativo.

Los “intermediarios del pueblo”

Aquí entramos en el tema crucial de la representación democrática. ¿Quién representa a los ciudadanos?, ¿Cómo tiene lugar esa representación?, ¿De dónde salen esos “representantes”? Por supuesto, todas estas cuestiones van a parar a los consabidos partidos políticos. Así, dado que la reunión de todos es inviable y que poner de acuerdo a muchos millones de personas es una quimera, se instauró un sistema representativo, que se remite a las antiguas “facciones” de Grecia y Roma que ya hemos citado. Por cierto, sería muy interesante aquí dilucidar de dónde surgieron los partidos. ¿Del propio pueblo? No, desde luego. Los partidos son entelequias creadas por los poderosos para que el ganado vea una cierta diversidad de opiniones y escoja, del mismo modo que un cliente va a una zapatería y el dependiente le saca cuatro o cinco pares de zapatos. “Esto es lo que tenemos, escoja usted.”

Si uno estudia el origen de los partidos (en todo el mundo), se encontrará que en casi todos los casos los partidos fueron creados –y luego gestionados– por intelectuales, políticos, activistas, militares, burgueses, aristócratas reconvertidos al liberalismo, etc. Estas facciones cubren todos los espectros del pensamiento político (izquierda, centro, derecha) y todo tipo de sensibilidades colaterales (nacionalistas, liberales, radicales, ecologistas, fundamentalistas, etc.). El objetivo es que todo el mundo se adscriba a una corriente de pensamiento, que no sale de la propia persona, sino que está prefabricada y vendida día sí y día también para que todo el mundo sepa a qué atenerse. Sí que es cierto que unos pocos ciudadanos pueden formar un partido “independiente” y presentarse a las elecciones, pero con nulas posibilidades de obtener representación en un parlamento, pues si no tienen detrás a “alguien” que les apoye convenientemente (con dinero y una fuerte campaña de visibilidad), no saldrán del anonimato.

En la práctica, el sistema de partidos es un casino donde todas las cartas están marcadas y los resultados bajo control. Para ello, además, se favorece el bipartidismo –o la formación de dos grandes alianzas o bloques– mediante los propios mecanismos institucionales y también con una notable manipulación de las mentes para dar a entender que, en el fondo, no hay más que dos alternativas (los tirios y troyanos de toda la vida). Así pues, el bipartidismo consigue reducir las opciones a los votantes y simplifica al máximo el sistema electoral y representativo.

Por otra parte, es bastante evidente que dentro de los propios partidos no hay verdadera democracia sino un marasmo de órganos de gobierno, ejecutivas, comités, comisiones, asambleas, etc. que no esconden la existencia de una línea directiva –que nunca sale al primer plano– que manda y ordena y pone a todo el mundo en su sitio. Puede, desde luego, haber cierto debate interno y disensiones, pero a la hora de mostrarse a la sociedad y ejercer su papel en el parlamento se impone el monolitismo. El diputado electo (por una circunscripción concreta[9]) se debe a su partido y a nadie más, vota lo que le dicen y su conciencia queda aparcada en algún remoto lugar. Además, las listas electorales de los partidos, como es bien sabido, son cerradas, como casi todo lo que se ofrece en política. Otro tema sería averiguar cómo ciertas personas llegan a ser líderes de sus partidos, pero esto nos llevaría a terrenos más oscuros y complicados.

De aquí saltamos al juego del parlamento y de los métodos de representación “aceptados”, que teóricamente deberían respetar el valor equivalente de cada voto y el principio de la proporcionalidad. Pero ya hemos visto que desde tiempos de los romanos los sistemas de votación y su traslación a una cámara o institución estaban enfocados a ofrecer ciertos resultados, los deseados obviamente por la elite dirigente. Dicho de otro modo, la dispersión del voto y de los representantes crea un indeseable efecto de atomización de grupos y la consiguiente dificultad de acuerdo (¿a qué me recuerda esto?). Por lo tanto, si interesa crear crisis e incertidumbre se añaden más partidos a la receta; si interesa el sosiego y la continuidad, se dejan pocos partidos en liza. Además, los poderosos ya se preocupan de centrar la atención de los ciudadanos en ciertos partidos y favorecer la imagen pública de unos u otros para inclinar sutilmente las intenciones de voto. Y aquí llegamos a las campañas electorales y la captación de los votantes.

El espectáculo y las grandes palabras

Movimiento “15-M”

Si uno estudia cómo son las campañas electorales, se dará cuenta de que es una gran operación de marketing en la que todo está calculado, fijado y medido por el sistema. Nadie verá en la televisión, ni en los medios ni en las calles, otras opciones que no sean “las que corresponden”. Y cuando de repente sale una novísima alternativa como una seta, de la nada, y se instaura cada día en los medios de comunicación y se mete en nuestra casa como si fuera de toda la vida… es que no era tan “popular” ni tan “espontánea”[10]. Todo el mundo tiene en mente de qué clase de partido estaríamos hablando…

Y lo que no deja de ser asombroso es lo pobrísimo que suele ser su argumentario: algunas ideas clave, fáciles eslóganes[11], populismo, demagogia, obviedades, vaguedades y grandilocuencia. En general, en el discurso se suele apelar a los grandes artificios (servicios) del estado y de la sociedad moderna: la educación, la sanidad, las infraestructuras, las pensiones, etc., aunque en el fondo se pretende llegar al terreno de las emociones y de los miedos atávicos, o hasta al patriotismo[12], sin que falte nunca el ataque frontal al adversario, entendido como la raíz de todos los males del país. Sea como fuere, al final se consigue el objetivo: que las masas voten mayoritariamente a los partidos insignia y poco más. El sistema ya está, pues, legitimado.

Aquí lamentablemente volveríamos a mencionar el tema de un electorado ignorante y dócil, que responde a los estímulos lanzados por los partidos hacia los grupos sociales adscritos a una u otra tendencia política, lo que podría calificarse de “clientelismo”. De hecho, no hay más que ver los mítines para ver que son los propios “clientes” (esto es, los ya convencidos) los que acuden; en realidad todo es como una fiesta, un show, una ceremonia si se quiere, en la que uno habla y unas decenas o centenares de personas aplauden y agitan banderas. Y aunque algunos “clientes” cambien de “tienda” (cosa posible y frecuente hasta cierto punto), nada cambiará en el fondo porque todas las “tiendas”, que lógicamente ostentan distintas marcas, son en realidad propiedad de un mismo “grupo”… Todo ello por no hablar de la cantidad de votantes que se inclinan simplemente por el candidato más guapo, el más simpático, el que habla mejor o el que asegura el cobro de las prestaciones o subsidios. O por no citar a los pobres ancianos a los llevan a un mitin en autocar y se les premia con un bocadillo… y acaban votando según los mismos principios caciquiles de hace un siglo. ¿Y cuántos votantes serían capaces de describir al menos someramente el programa completo del partido político al que han votado? Mejor no saberlo…

Sistemas y resultados para todos los gustos

Después aparecen en escena los mecanismos de asignación de representantes (o escaños en un parlamento), que en vez de ser universales resultan estar muy bien adaptados a las singularidades de cada país. Por consiguiente no hay un sistema democrático universal, sino muchos, y tampoco importa demasiado si la abstención es muy alta, porque cualquier porcentaje –a menos que sea bajísimo– legitima a los que resultan elegidos. Sin ir más lejos, en los EE UU hay que estar inscrito para poder votar, y a la hora de la verdad la abstención es muy alta, alcanzando a veces a la mitad del censo electoral ¡en el país más democrático del mundo! Además, EE UU es un régimen presidencialista en que el presidente es escogido indirectamente por el voto popular y luego mantiene amplios poderes legislativos y ejecutivos, sin que tenga que responder de sus actos y decisiones ante la cámara de representantes (votada por la población). Y por si fuera poco, el extraño modelo americano permite que el partido que gana las elecciones en un estado –aunque sea por una sola papeleta– se lleve todos los votos electorales, barriendo así cualquier clase de proporcionalidad o representaciones minoritarias. De esta manera, se puede crear la paradoja de que el presidente de los EE UU no sea el candidato más votado por el pueblo, como sucedió con George W. Bush en 2000.

Pero lo que realmente llama la atención es que la supuesta proporcionalidad no es tal, sino que viene corregida para favorecer a los más votados, como ocurre cuando se aplica la famosa Ley d’Hondt, como en el caso de España. Y luego tenemos el escándalo de que los votos tampoco valen igual, porque las circunscripciones asignan cierto número de diputados por territorio (provincia en el caso español), y así un voto urbano de una región muy poblada puede valer mucho menos que otro voto rural. Es lo que coloquialmente se expresa diciendo que un diputado en tal provincia “cuesta” muchos menos votos que en otra. El sistema es perverso en sí mismo, pero todavía es más evidente cuando vemos que aplicando distintos mecanismos de representación se obtendrían resultados muy dispares, lo que pone bien de manifiesto que el voto de los ciudadanos “da mucho juego”.

Veamos el caso de España y las últimas elecciones del pasado verano de 2016, que más o menos repitieron los resultados de las fracasadas elecciones del 20 de diciembre de 2015. Con la circunscripción actual, que es por provincias, el PP ganó los comicios con 137 escaños pero se quedó lejos de la mayoría absoluta. El PSOE logró 85 escaños; Unidos Podemos, 71; Ciudadanos, 32; y ya el siguiente grupo, ERC, sólo 9 (¡pero presentándose exclusivamente en una de las 17 autonomías del estado!). No obstante, si la circunscripción fuese por autonomías, el PP hubiera bajado de forma notable (125 escaños) y Ciudadanos hubiera recogido esa pérdida (43 escaños). Pero lo más flagrante es que con circunscripción única estatal el PP hubiera seguido bajando hasta los 119, y Ciudadanos subiendo hasta los 47, con PSOE y Podemos con resultados semejantes a los obtenidos el 26-J, un poco mejores para estos últimos.

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Resultados dispares según los métodos de representación. (La línea roja indica la mayoría absoluta)

Sin embargo, si aplicásemos otros modelos igualmente democráticos de otros países para los 350 escaños del parlamento de España, las sorpresas serían enormes. Con el método alemán, el resultado de PP y PSOE no cambiaría apenas, pero Podemos y Ciudadanos subirían mucho (82 y 51 escaños totales respectivamente) gracias a que el resto de partidos menos votados desaparecían del parlamento. Y si se emplease el modelo italiano, el PP tendría mayoría absoluta ¡con 193 escaños! A su vez, los partidos nacionalistas, regionalistas o minoritarios (actualmente con 25 escaños entre todos) tampoco pisarían el parlamento. Finalmente, el modelo americano presidencialista daría como resultado un parlamento muy distinto del que conocemos: El PP tendría nada menos que 263 escaños, Podemos 55 y el PSOE se quedaría sólo con 22, y a no mucha distancia estaría ERC con 10. Y no habría nadie más en las Cortes; véase que Ciudadanos desaparecería por completo del mapa. Y por cierto, en el Senado, segunda cámara de representación popular (de dudosa –por no decir nula– utilidad, aparte de ser un cómodo retiro para algunos veteranos políticos), el PP sí goza de una cómoda mayoría por el muy particular sistema de elección de los senadores. Sin comentarios.

Y por supuesto, luego tenemos la trastienda más oscura de la democracia, que es la corrupción del sistema en forma de manipulación de los resultados electorales, lo que comúnmente se denomina “pucherazo” o “tongo”. Tradicionalmente, dichas maniobras para modificar dolosamente los resultados de las urnas se habían atribuido a regímenes autoritarios que tiraban del plebiscito y la consulta popular para legitimarse en el poder, con resultados que rozaban el 100% para la propuesta gubernamental. Sin embargo, en todo el siglo XX y en muchos países (sobre todo del Tercer Mundo), ha habido fundadas sospechas de pucherazo a partir de todo tipo de maniobras fraudulentas o caciquiles en el proceso de votación o bien trampas realizadas durante o después del recuento de votos. Pero incluso los países más “serios” y “civilizados” no están exentos de este tipo de prácticas. Así, en las citadas elecciones españolas de verano de 2016, corrieron sospechas de que se había producido un sutil tongo informático –muy difícilmente detectable– para manipular los resultados finales de la coalición Unidos Podemos, que sacó muchos menos votos que en las elecciones anteriores, pese a sumar en teoría los votos de dos formaciones[13].

Mayorías, minorías y apaños

Pero los vicios del sistema relacionados con las matemáticas, los escaños, las mayorías y minorías van más allá, y esto ocurre a todos los niveles, tanto en ayuntamientos como en regiones o estados. La democracia impone por definición el gobierno de una mayoría sobre una minoría, lo que puede convertirse en una “tiranía de la mayoría”, como ya decían los propios filósofos de la Grecia antigua. En efecto, la opción mayoritaria puede tener la tentación de convertirse en la única “voz de todo el pueblo” aunque en la práctica no intente ni pretenda satisfacer a todos, incluso cuando la minoría casi represente el 50% de la población[14]. Lo cierto es que los partidos se formaron como agrupaciones que teóricamente pretendían dar respuestas a toda la población, pero no por nada se llaman precisamente “partidos”, esto es, partes, facciones que responden a una cierta visión ideológica de la sociedad, que choca frontalmente con la de otros “partidos”. Entonces, en vez de construir entre todos por el bien común, cada una desde sus posiciones, se dedican justamente al “partidismo”, esto es, a alcanzar cuotas de poder, a dividir, a crear oposiciones y desencuentros. En suma, es la vieja táctica del “divide y vencerás”, que se ocupa de que la gente nunca esté unida sino separada en ideologías, naciones, valores, intereses, etc.

Y después ya sería muy fatigoso hablar de aquellas típicas situaciones de mercadeo, trapicheo y revanchismo en que las opciones más votadas se van al garete porque todas las demás fuerzas se alían contra ésta para sacarla del poder. E incluso, a veces, una gran mayoría suele estar en manos de una opción minoritaria –frecuentemente de una ideología bastante dispar y hasta casi contraria– que dan la suma justa para poder gobernar, lo que de hecho crea gobiernos cautivos del capricho o decisión de unos pocos parlamentarios que han sido votados por una ínfima parte del electorado. Es decir, por un lado, las mayorías absolutas crean “rodillos de poder” que actúan por su cuenta y no escuchan lo que tienen que decir los demás. Por otro lado, las minorías que se presentan y ganan unos escaños decisivos pueden girar la tortilla hasta donde ellos quieran o forzar acuerdos más bien frágiles (y bastante incomprensibles para muchos ciudadanos). Y qué decir de aquellos supuestos “anti-sistema” que se presentan a las elecciones, obtienen representación, cobran sus buenos sueldos y empiezan a hablar como la gente a la que criticaban sólo un día antes… Y, por cierto, tampoco resulta muy edificante la pugna subterránea –o reparto– de puestos y cargos públicos entre varias formaciones políticas, tras las aparentes discusiones por la aplicación de los respectivos programas[15].

Constituciones y leyes para dejar todo atado

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Constitución de los Estados Unidos de América

En cuanto al marco institucional y legal de la democracia, éste viene presidido por la existencia de una constitución, entendida como un acuerdo general –compartido por todos los ciudadanos– que define y asienta las bases del régimen democrático de un país, regulando su funcionamiento político, económico y social. Además, ejerce el inestimable papel de “ley de leyes”, con lo cual todo el aparato legal se debe ajustar a los principios y normas constitucionales. Lo que ocurre luego es que, aunque los ciudadanos sean llamados a refrendar la constitución con su voto, los que la discuten, elaboran y redactan son los partidos políticos y los “hombres de estado”. De ahí que –si vamos un poco al fondo– quede patente que las constituciones sirven para entronizar el poder del estado, con sus múltiples resortes, como supuesto mecanismo al servicio del pueblo. Por lo demás, todo lo que queda fuera de ella es ilegal o alegal.

En la práctica, las constituciones –aparte de sus formalismos y grandes proclamas– no sirven al ciudadano, sino que lo encajan en un aparato construido por el poder, sin que éste pueda usarlo para cambiar la realidad que lo envuelve, al comprobar que cualquier constitución funciona como una declaración de buenas intenciones que no tiene por qué cumplirse en la realidad y que incluso puede ser interpretada a gusto del exégeta de turno. De hecho, son los partidos y las instituciones los que apelan a la constitución o acuden al tribunal constitucional para dirimir sus disputas.

Al ciudadano le queda muy lejos el paraguas constitucional, y así, aun cuando el texto constitucional diga –por ejemplo– que “todo ciudadano tiene derecho a una vivienda digna”, de bien poco le servirá ante la implacable realidad socio-económica del sistema, en la que se mueven cómodamente las hipotecas, los abusos bancarios, las especulaciones, las corruptelas o las burbujas inmobiliarias. En efecto, no cabe esperar que el estado se meta en un negocio que no es el suyo. El estado básicamente recauda dinero, impone normas y procura que la población esté bien controlada (perdón, quise decir “atendida”). Que haya amplias regulaciones y directrices sobre cómo moverse y actuar en una cárcel no significa que el edificio donde estamos deje de ser una cárcel.

Lamentablemente, vemos que las leyes democráticas no son el fondo tan distintas de las de los estados totalitarios, pues responden a la conveniencia de los poderosos, a los cuales protegen y exculpan. Así, no es difícil apreciar que la ley –en la práctica– no es igual para todos, aunque de vez en cuando algún gran personaje sea enviado a prisión para demostrar que el sistema funciona[16]. Pero para gran parte de la población, la ley es papel mojado, injusta, interpretable o arbitraria, o terriblemente lenta e ineficaz. De hecho, hace ya años, un veterano abogado, reviviendo la experiencia de su larga carrera profesional, me confesaba que en un mundo de poderosos y débiles, aun conviviendo en un régimen democrático, no hay verdadera justicia ni puede haberla, por muchas leyes que haya.

Y, en fin, la cruda verdad es que el ciudadano de a pie no redacta las constituciones ni legisla. Nunca en la historia el pueblo llano ha escrito una ley, en ningún país civilizado, desde el tiempo de los faraones de Egipto. La ley y las medidas políticas, económicas, financieras, sociales, etc. son dictadas por el gobierno, que debe tener el respaldo del parlamento, que a su vez está basado en los partidos, pero… ¿quién esta detrás de los partidos o los grupos de poder? Esta es la pregunta del millón.

¿Sirve realmente de algo?

Todo lo dicho hasta ahora ya debería provocar más de una seria reflexión, pero si nos vamos al fondo real de la cuestión, que sería el ejercicio del poder democrático, es cuando la situación se hace verdaderamente dramática. Lo que cuesta muy poco ver es que una vez realizadas las elecciones, formados los gobiernos y emprendidos los programas prometidos, el ciudadano desaparece del mapa para no reaparecer hasta las siguientes elecciones. Realmente, la acción ciudadana –aparte de poder ejercer cierto pataleo en la calle– es meramente testimonial, y al mismo tiempo del todo pasiva: vota a unos ciertos partidos (cerrados) que le han puesto frente a él y a unos programas (cerrados) que le han vendido, y no hay mucho más que contar. Y luego, todos a votar con ilusión… la fiesta de la democracia, la llaman.

En el teatro democrático casi todo es posible y así pues no es insólito que nadie pida cuentas a los políticos por no cumplir sus promesas electorales o que no sufran más castigo que no ser votados en las siguientes elecciones. Los partidos pueden prometer lo que quieran porque no va a pasar nada si luego las cosas van por otros derroteros. Un partido puede decir antes de las elecciones que de ninguna manera va a subir los impuestos y luego subirlos a los dos días “porque las circunstancias así lo exigían”. La gente ya se ha acostumbrado a esto y de alguna forma asume, consciente o inconscientemente, que existe una gran maquinaria mundial a la que su gobierno debe ajustarse. Por lo tanto, los políticos prometerán –y darán luego si procede– lo que están capacitados para dar, pero no más allá.

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¿Y todo esto por qué? Porque los políticos de cualquier país democrático –que han sido elegidos en calidad de representantes por los ciudadanos– NO tienen realmente poder para cambiar la sociedad, el sistema, el mundo. Por ejemplo, no pueden tocar ni una sola coma del sistema financiero mundial ni del sistema tributario, que son máquinas delictivas de explotación y depredación de las personas a partir del falso dinero-deuda impulsado ya hace siglos por la oligarquía banquera[17]. Tampoco pueden cambiar el modelo sanitario o de salud (que en realidad es de enfermedad), pues existen normativas mundiales que se aplican en prácticamente todos los estados del mundo. ¿Sabía el lector que por la Declaración de Alma Ata (1977), dictada por la OMS, se definen todos los criterios y protocolos globales de la práctica médica y sanitaria? Los gobiernos nacionales realmente no tienen potestad alguna para modificar esta materia, aunque puedan “abrir” o “cerrar” hospitales; todo está en manos de un intangible gobierno mundial (no votado por nadie), que decide “qué es lo mejor para la salud pública”. Para más ejemplos, véase que la producción y comercialización de los alimentos más básicos en todo el mundo depende de una única bolsa o mercado mundial en el que reina la pura especulación y el beneficio económico, sin que ningún estado o gobierno, de cualquier signo, pueda hacer nada al respecto. Bueno, para ser precisos no es que los gobiernos no puedan cambiar las cosas; es que no quieren cambiarlas, porque ese es el mandato de los de arriba.

Y si uno va profundizando en esta dinámica, verá que hay una pirámide de cesión de soberanía, por la cual las decisiones clave se toman en niveles cada vez más altos e indefinidos, en los cuales o bien no hay control democrático o bien las votaciones populares son meros formalismos. Por tanto, no es arriesgado afirmar que los gobiernos de los estados funcionan como meras correas de transmisión o sucursales de un poder centralizado global y que nunca han respondido al interés de los ciudadanos (tengan o no derecho a votar) sino a una minoría en la sombra que es la que tiene realmente el poder aquí, en Paraguay y en la China Popular, y que le da igual que haya una democracia o una dictadura de izquierdas o derechas, o una república o una monarquía. En efecto, esta elite ejerce su dominio desde todo tipo de sistemas políticos, y desde luego no se somete a ningún tipo de control ni de elección. Basta estudiar un poco de historia para comprobar cuál es el origen de los estados y de los códigos legales: fueron creados como estructuras de poder al servicio de una selecta minoría y han seguido manteniendo esta función hasta la actualidad, aparte de ejercer de valiosos instrumentos de refuerzo de la identidad y separación entre las comunidades.

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El parlamento europeo (Estrasburgo)

Este poder omnímodo aparece ante de los ciudadanos de múltiples formas, sin que los ciudadanos aprecien que se trata de los varios tentáculos de un mismo pulpo. Así pues, ¿cuántas veces vemos que el gobierno de un país, votado democráticamente, ha de bajar la cabeza y cumplir ciertos ordenamientos externos que más parecen designios divinos? Véase, por ejemplo, que los ciudadanos han de aceptar –directa o indirectamente– lo que les venga de entidades tan etéreas como Bruselas, la Troika, el Fondo Monetario Internacional, El Banco Central Europeo, los “mercados”, las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Comunidad Internacional, la OCDE, la agencia de calificación Moody’s, y un largo etcétera. O sea, si “Bruselas” dice que va a multar a “España” por esto o por lo otro, nadie parece decir nada. Pero… ¿quién es realmente “Bruselas”? ¿Y quién es “España”? ¿Alguien de este país ha dado permiso a su gobierno para endeudarse hasta las cejas y más? ¿Quién paga por los excesos, las malas prácticas y la mala gestión? ¿Quién paga por un sistema bancario en quiebra y luego rescatado con fondos públicos? Pues claro, los de siempre.

Efectivamente, las personas pueden votar lo que quieran (o mejor dicho, lo que les han permitido que voten), que quienes suben al poder ya se ocupan de atender a los que están arriba –los que realmente les han puesto allí– y de aplicar las directrices dadas en cada momento, como se pudo ver en el caso reciente de Grecia y su impotencia para llevar a cabo una política “soberana”. Pero hasta el más alto representante del pueblo, incluso si hablamos de una de las personas más poderosas del mundo –teóricamente– como el presidente de los EE UU, es una simple marioneta de ese poder. Así, cuando algún máximo dirigente se sale del guión acaba mal, como le sucedió a John F. Kennedy, presidente de los EE UU entre 1960 y 1963, que fue asesinado poco después de atreverse a poner en circulación dinero gubernamental libre de intereses (o sea, dólares no emitidos por la Reserva Federal).

Esta es la prueba más clara de que existe una prepotencia completa de ciertos poderes globales ajenos al ciudadano y que funcionan desde un discreto segundo plano, en forma de honorables instituciones poco conocidas que parecen ser más bien una reunión de distinguidos amigos que charlan sobre diversos asuntos de actualidad. Pero varios investigadores independientes llevan años estudiando este tipo de organizaciones y asambleas privadas, como el opaco Club Bilderberg, y han visto que allí unos pocos oligarcas internacionales deciden qué se va a hacer con el mundo en los próximos 5, 10 ó 20 años, en el terreno político, social, económico y financiero. Allí es donde se diseñan las políticas globales y se eligen de verdad a los líderes políticos, a futuros presidentes y ministros, directores de grandes instituciones, etc. Luego, en muchos casos, estos nombres salen en el menú ofrecido a la población y resultan ser elegidos… ¡qué casualidad![18]

Basta con mantener el control de las mentes

Para ir concluyendo, podemos ver que el ciudadano está aprisionado en un modelo que han hecho para él y en el que cree tener una cierta soberanía y libertad para decidir. Pero en realidad, todo está cerrado y condicionado a unas directrices que vienen “de arriba”, en las cuales el derecho a voto no modifica unos grandes planes que no admiten discusión. Por lo tanto, la democracia como sistema es un puro teatro mucho más elaborado que otros sistemas anteriores, pero que se fundamenta en el mismo principio: el control mental de las masas para llevarlas al terreno deseado. Sólo así se puede explicar que, por ejemplo, un pueblo tan civilizado como el alemán de mediados del pasado siglo decidiera votar mayoritariamente a una opción totalitaria y racista como fue el nazismo. A la gente se la convenció de que la democracia era corrupta y no valía para nada y que la dignidad y la prosperidad del país pasaban por la adscripción a un líder carismático y a una ideología radical. Por cierto, ¿alguien recuerda ahora lo bien que se vendieron a la población española las maravillas de la Unión Europea y del euro? Ahora quien se declara anti-europeísta es poco menos que un neandertal, un ignorante y un mal ciudadano, aunque de “Bruselas” sigan lloviendo las directrices, imposiciones, recortes, multas, amenazas, etc.

En suma, en un mundo ideal (por no decir utópico), con gente buena, honesta y realmente entregada al bien común, podría existir algo parecido a la “democracia”, pero lamentablemente –en el mundo en que vivimos– la casa se ha empezado por el tejado. Mientras la mente individual y colectiva siga atrapada en el interés, el miedo, la posesión, la falsa identidad, la separación y el apego al materialismo, poca cosa se puede esperar. No se trata de hacer revoluciones –que no han servido para nada, pues nada ha cambiado en el fondo– sino de evolucionar en términos de conciencia y, llegado el caso en un hipotético futuro, a las personas quizá no les importará para nada el sistema político, económico o social, porque no lo necesitarán en absoluto. Tal vez vivirán como en un remoto y mítico pasado, la Edad de Oro, en el que no existía la democracia pero sí la armonía.

© Xavier Bartlett 2016

Nota: que conste que quien esto escribe creyó durante muchos años en la democracia, en los partidos políticos e incluso en algunos líderes, y que ejerció su derecho al voto. Y también, a pesar de todo, reconozco que actualmente muchas personas que se presentan a cargos públicos (sobre todo en ayuntamientos) son gente trabajadora, honrada y de buena fe, y que hacen lo que pueden por el bienestar colectivo, dentro -claro está- de los márgenes del sistema.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Según las estimaciones realizadas, la cantidad de personas que participaban –y votaban– en la ecclesia (asamblea popular) no superaba el 10% de la población, excluidas las mujeres, esclavos y residentes.

[2] Cabe señalar que algunos cargos se desempeñaban por sorteo y no por votación o designación.

[3] Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Curia

[4] Que actualmente vendría a ser “trabajo y fútbol”.

[5] De hecho, Inglaterra sufrió una guerra entre el rey y los parlamentaristas que desembocó en la creación de una monarquía constitucional, que limitaba los poderes reales, No obstante, el pueblo llano británico contaba muy poco y fue seguidista de unos u otros.

[6] Ténganse en cuenta las devastadoras guerras napoleónicas realizadas en nombre de la difusión de la revolución y las múltiples guerras desatadas como consecuencia de las revoluciones liberales.

[7] No hay que olvidar que durante el siglo XIX y los inicios del XX la clase obrera padeció unas condiciones de trabajo extenuantes y esclavizadoras, que fueron resueltas por el sistema con la entrada de los partidos socialistas en la política y la introducción de medidas sociales y mejoras laborales. En Rusia, en cambio, donde no había un verdadero liberalismo, la revolución proletaria se llevó por delante el antiguo régimen zarista feudal y la naciente etapa propiamente democrática, que apenas duró unos meses.

[8] Véase que los partidos llamados “asamblearios” son muy criticados porque la toma de decisiones se hace con la presencia de todos los militantes y con opiniones encontradas, que además pueden cambiar de un día para otro o pueden desautorizar a los líderes. En el fondo, claro está, los líderes ya se preocupan de dirigir a la asamblea hacia unas determinadas ideas o propuestas para evitar el caos.

[9] Y muchas veces se da el caso de que algunos diputados no han vivido nunca en la circunscripción por la que se presentan. El partido los pone allí para asegurar –más o menos– que obtengan el apetecido escaño.

[10] Véase como ejemplo un interesante documento en laverdadocultablog.wordpress.com sobre el origen del movimiento 15-M y del partido Podemos.

[11] Por ejemplo el del “cambio”, ahora tan repetido, es realmente viejo, porque ya triunfó en 1982 con el PSOE. Esto muestra que al ciudadano medio se le puede colocar cualquier cosa con cuatro palabras manidas y un tono solemne.

[12] Al respecto, en una memorable frase de la película Senderos de gloria, un coronel francés le dice a su superior que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.

[13] Además, en este caso se dio el típico descalabro de las “científicas” encuestas electorales, que se alejaron mucho (más allá de los márgenes de error) del resultado “real” de las urnas de esta coalición, cosa que nadie ha explicado aún, empezando por los propios expertos en estudios demoscópicos.

[14] Esta situación es bien visible en el actual escenario político catalán, en que el sistema electoral ha permitido tener más escaños que votos independistas, y entonces la mayoría decide echarse al monte y prescindir del resto de fuerzas políticas y de la población que no concuerda con la ideología imperante. Magnífico ejemplo de “democracia”.

[15] En una ocasión salió a la luz una conversación privada sobre este mercadeo de sillas y prebendas tras unas elecciones autonómicas en España, lo que causó un cierto revuelo por la desfachatez e hipocresía desplegada por las formaciones políticas implicadas.

[16] Lógicamente, hay grandes empresarios o a políticos de alto nivel que pueden ser juzgados e incluso ir a la cárcel, pero no son los poderosos de verdad.

[17] Sobre este punto es bien conocida la frase de Mayer Amshel Rothschild, el fundador de la dinastía de banqueros Rothschild, que dijo literalmente: “Dadme el control sobre la moneda de una nación, y no tendré porqué preocuparme de aquellos que hacen las leyes.”

[18] Hasta el propio Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE UU a mediados del siglo XX, llegó a decir: “Los presidentes son selectos [seleccionados], no electos.”

La obsesión ocultista de los nazis

Mucho se ha escrito sobre el origen esotérico del nazismo y su influencia mágica en la sociedad alemana, hasta el punto de que algunos autores han considerado que el movimiento nazi no fue una ideología política propiamente dicha sino una mezcla de religión, magia y esoterismo que literalmente abdujo o cautivó a las masas con poderosos mensajes energéticos (a modo de “conjuros”) y una gran fascinación por la simbología –encarnada principalmente en la esvástica– y la mitología. De hecho, es bien sabido que el Partido Nacional-Socialista se fundó a partir del anterior Partido de los Trabajadores alemán, que a su vez procedía de la llamada Sociedad Thule, una asociación secreta y esotérica que propugnaba la supremacía de una raza elegida de superhombres destinados a gobernar el mundo.

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Heinrich Himmler

También es público y manifiesto que el propio Adolf Hitler estuvo relacionado en su juventud con estas sociedades iniciáticas y ocultistas y que participaba de ese mismo espíritu[1]. Tanto él como su corte de jerarcas más próximos, entre los cuales destacaba Heinrich Himmler, estuvieron obsesionados con la mitología nórdica y el esoterismo pagano y se lanzaron a la búsqueda de reliquias sagradas y de ciudades perdidas (como Agartha), patrocinando expediciones de investigación por todo el mundo, como las emprendidas por el oficial de las SS Otto Rahn. Así, Hitler se hizo en 1938 con la famosa “lanza del destino” (o “lanza de Longino”), antigua propiedad de los Habsburgo, y persiguió otras quimeras como el Santo Grial, lo que llevó al mismísimo Himmler al monasterio de Montserrat en 1940.

Sólo como ejemplo de la importancia de estas veleidades ocultistas, adjunto aquí un interesante artículo de Alexander Berzin sobre una de estas empresas, en este caso relacionada con la búsqueda de los orígenes de la raza aria en el lejano Tibet. Cabe destacar de este documento tres elementos: los orígenes del nazismo y su vinculación con las corrientes neopaganas y esotéricas de inicios del siglo XX, la imposición del nazismo como única visión mística en la Alemania de los años 30, y el impacto de las creencias nazis en la política internacional desplegada por el Tercer Reich.

La conexión nazi con Shambala y el Tibet

Introducción

Muchos miembros de alto rango del régimen nazi, incluyendo a Hitler, pero especialmente Himmler y Hess, mantuvieron enrevesadas creencias ocultistas. Motivados por tales creencias, los alemanes enviaron una expedición al Tibet entre 1938 y 1939 ante la invitación del gobierno tibetano a asistir a las celebración de Losar (Año Nuevo).

Tibet había sufrido durante mucho tiempo los intentos de anexión por parte de China y el fracaso británico por evitar la agresión o de proteger al Tibet. Bajo el mandato de Stalin, la Unión Soviética persiguió encarnizadamente el budismo, específicamente su forma tibetana, que se practicaba dentro de sus fronteras, y en su país limítrofe, la República Popular de Mongolia (Mongolia Exterior). Como contrapartida, Japón apoyaba al budismo tibetano en la Mongolia Interior, que se había anexado como parte de Manchukuo, su “estado de paja” en Manchuria. El Gobierno Imperial, al proclamar que Japón era Shambala, trataba de ganar el apoyo de los mongoles bajo su gobierno para invadir la Mongolia Exterior y Siberia y así crear una confederación pan-mongola bajo la protección japonesa.

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Adolf Hitler

El gobierno tibetano, en vista de la inestable situación regional, estaba explorando la posibilidad de también obtener la protección de Japón. Alemania y Japón habían firmado un pacto en contra de la organización comunista internacional en 1936, declarando así su mutua hostilidad hacia la expansión del comunismo internacional. La invitación para la visita de una delegación oficial de la Alemania nazi fue hecha en este contexto. En agosto de 1939, poco después de la expedición alemana al Tibet, Hitler rompió su acuerdo con Japón y firmó el pacto nazi-soviético. En septiembre, los soviéticos derrotaron a los japoneses que habían invadido la Mongolia Exterior en mayo. Posteriormente, no llegó a concretarse nada de ese contacto entre el gobierno tibetano con los japoneses y los alemanes.

Varios escritores ocultistas de la posguerra han afirmado que el budismo y la leyenda de Shambala jugaron un papel importante en el contacto oficial germano-tibetano. Examinemos dicha cuestión.

Los mitos de Thule y vril

El primer elemento de las creencias ocultistas nazis provenía de la tierra mítica de Hiperbórea-Thule. Tal como Platón había citado la leyenda egipcia de la isla sumergida de la Atlántida, Herodoto mencionó la leyenda egipcia del continente de Hiperbórea en el lejano norte. Cuando el hielo destruyó esta tierra remota, su gente emigró al sur. En un escrito de 1679, el autor sueco Olaf Rubbeck identificó a los atlantes con los hiperbóreos y situó a estos últimos en el Polo Norte. Según varios relatos, Hiperbórea se dividió en las islas de Thule y Última Thule, que algunas personas identifican con Islandia y Groenlandia.

El segundo ingrediente fue la idea de una tierra hueca. A finales del siglo XVII, el astrónomo británico Sir Edmund Halley sugirió por primera vez la idea de que la Tierra era hueca, consistente de cuatro esferas concéntricas. La teoría de la Tierra hueca disparó la imaginación de muchas personas, especialmente con la publicación del libro del novelista francés Julio Verne, Viaje al centro de la tierra, en 1864.

Poco después apareció el concepto de Vril. En 1871, el novelista británico Edward Bulwer-Lytton, en The Coming Race (“La raza que viene”), describió una raza superior, la vril-ya, que vivía bajo tierra y planeaba conquistar el mundo con vril, una energía psicoquinética. El autor francés Louis Jacolliot promovió el mito en Les fils de Dieu (“Los hijos de Dios”, 1873) y en Les Traditions indo-européenes (“Las tradiciones indo-europeas”, 1876). En estos libros, vinculaba al vril con el pueblo subterráneo de Thule. Los habitantes de Thule aprovecharían el poder del vril para convertirse en superhombres y dominar el mundo.

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Friedrich Nietzsche

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) también enfatizó el concepto del Übermensch (“superhombre”) y comenzó su último trabajo, Der Antichrist (“El anticristo”, 1895) con la línea, “Veámonos como lo que somos. Somos hiperbóreos. Sabemos muy bien cuán aparte vivimos”. Aunque Nietzsche nunca mencionó al vril, en la publicación póstuma de su colección de aforismos, Der Wille zur Macht (“La voluntad del poder”), recalcó el papel de una fuerza interna para un desarrollo superhumano. Escribió que “la manada”, refiriéndose a las personas comunes, busca seguridad dentro de sí misma creando reglas, moralidad y leyes, mientras que los superhombres cuentan con una fuerza vital interna que les conduce a ir más allá de la manada. Esa fuerza les exige y los conduce a mentir a la manada para poder permanecer independientes y libres de la “mentalidad de manada”.

En los años antes y durante la Primera Guerra Mundial, Guido von List, Jorg Lanz von Liebenfels y Phillip Stauff popularizaron la ariosofía. Este movimiento mezclaba el concepto de las razas de la teosofía con el nacionalismo alemán para afirmar la superioridad de la raza aria como la base para la conquista alemana de los imperios globales coloniales de los británicos y los franceses como el gobernante legítimo de las razas inferiores. No obstante, debe señalarse que el movimiento teosófico nunca propuso sus enseñanzas acerca de las razas como justificación para afirmar la superioridad de una raza sobre otra ni previó destinar el derecho a alguna de ellas para gobernar a las demás.

En The Artic Home of the Vedas (“El hogar ártico de los vedas”) (1903), el antiguo defensor de la libertad india, Bal Gangadhar Tilak, añadió un detalle más al identificar la migración al sur de los habitantes de Thule con el origen de la raza aria, de tal manera que muchos alemanes a principios del siglo XX creían ser descendientes de los arios que habían migrado al sur desde Hiperbórea-Thule y que estaban destinados a convertirse en la raza suprema de superhombres mediante el poder del vril; Hitler se encontraba entre ellos.

La Sociedad Thule y la fundación del partido nazi

Félix Niedner, el traductor alemán del Viejo nórdico Eddas, fundó la Sociedad Thule en 1910. En 1918, Rudolf Freiherr von Sebottendorf estableció una sucursal en Múnich. Sebottendorf había vivido en Estambul durante varios años, donde formó una sociedad secreta en 1910, que combinaba el sufismo esotérico y la francomasonería. Se basaba en el credo de los “ assassins” (asesinos por motivos políticos) derivada de la secta nazarí del ismailismo islámico, que había florecido durante las Cruzadas. Durante su residencia en Estambul, Sebottendorf estuvo sin duda familiarizado con el movimiento pan-turaniano de los jóvenes turcos, iniciado en 1909, el cual estuvo implicado en el genocidio armenio de 1915-1916. Turquía y Alemania fueron aliados durante la Primera Guerra Mundial. Una vez de regreso en Alemania, Sebottendorf fue también miembro de la Orden Germánica (Orden de los Teutones), fundada en 1912 como una sociedad de derecha con una logia secreta antisemita con el espíritu del movimiento de la ariosofía. A través de estos canales, la superioridad aria, el racismo, el antisemitismo, los asesinatos por motivos políticos y el genocidio se hicieron parte del credo de la Sociedad Thule. El anticomunismo fue añadido tras la Revolución Comunista Bávara en 1918, cuando la Sociedad Thule de Múnich se convirtió en el centro del movimiento contrarrevolucionario.

En 1919, dicha Sociedad creó el Partido de los Trabajadores Alemanes. A finales de aquel año, Dietrich Eckart, un miembro del núcleo de la Sociedad Thule, supuestamente inició a Hitler en la Sociedad y comenzó a entrenarle en sus métodos para aprovechar el vril en la creación de una raza aria de superhombres. Hitler tenía mente mística desde su juventud, desde que estudió ocultismo y teosofía en Viena. Más tarde, Hitler dedicó Mein Kampf a Eckart. En 1920, Hitler se convirtió en el líder del Partido de los Trabajadores Alemanes, ahora renombrado como el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (nazi).

Haushofer, la Sociedad Vril y la geopolítica

Karl Haushofer (1869-1946), un consejero militar alemán de los japoneses tras la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, fue otra influencia importante en el pensamiento de Hitler. Existe una creencia generalizada de que él fue el responsable de la posterior alianza Alemania-Japón debido a la extremada impresión que le causaba la cultura japonesa. También mostraba gran interés en las culturas india y tibetana, aprendió sánscrito, y decía haber visitado Tibet.

Después de haber fungido como general en la Primera Guerra Mundial, Haushofer fundó en 1918, la Sociedad Vril en Berlín, la cual compartía las mismas creencias básicas que la Sociedad Thule y algunos dicen que fue su núcleo. La Sociedad buscó el contacto con seres sobrenaturales bajo tierra para obtener de ellos el poder del vril. También afirmaba el origen centroasiático de la raza aria. Haushofer desarrolló la doctrina de la geopolítica y, a principios de 1920, se convirtió en el director del Instituto de Geopolítica en la Universidad de Ludwig-Maximilian de Múnich. La geopolítica defendía la conquista de territorio para obtener mayor espacio vital (en alemán, Lebensraum) como un medio para adquirir poder.

Rudolf Hess fue uno de los estudiantes más cercanos de Haushofer y le presentó a Hitler en 1923, mientras éste último se encontraba en prisión por su fallido “Putsch” (golpe de estado). Después de eso Haushofer visitó a menudo al futuro F ührer, para enseñarle geopolítica en relación con las ideas de las Sociedades Thule y vril. Así, cuando en 1933 Hitler se convirtió en canciller, adoptó la geopolítica como su dirección para la conquista de Europa Oriental, Rusia y Asia Central por la raza aria. La clave del éxito sería encontrar los antepasados de la raza aria, los guardianes de los secretos del vril, en Asia Central.

La esvástica

La esvástica es un antiguo símbolo indio de inmutable buena suerte, proviene de la palabra sánscrita svastika, que significa bienestar o buena suerte. Usada por los hinduistas, budistas y jains durante miles de años, también se generalizó en el Tibet.

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La “G” masónica

La esvástica también ha aparecido en la mayoría de las culturas antiguas del mundo. Por ejemplo, la variante que gira en contra de las manecillas del reloj, adoptada por los nazis, es también la letra “G” en la escritura rúnica medieval del norte de Europa. Los francmasones la tomaron como un símbolo importante ya que “G” podría significar “God” (Dios en inglés), el “Gran arquitecto del universo”, o podría significar también “Geometría”.

La esvástica es también un símbolo tradicional del antiguo dios nórdico del trueno y de la fuerza (el Thor escandinavo, el Donner alemán, el Perkunas báltico). Por esta asociación con el Dios del trueno, tanto los letones como los finlandeses tomaron la esvástica como la insignia de sus fuerzas aéreas cuando obtuvieron su independencia después de la Primera Guerra Mundial.

A finales del siglo XIX, Guido von List adoptó la esvástica como un emblema del movimiento neopagano en Alemania. Los alemanes sin embargo no usaron la palabra sánscrita svástica, sino que la llamaron “Hakenkreuz”, significando “cruz gamada”. Derrotaría y reemplazaría a la cruz, igual que el neopaganismo derrotaría y sustituiría al cristianismo.

Vaso celtíbero con anillas colgantes (M.A.N. Inv.1920-37-94) 01

Vasija celtibérica con la cruz gamada

Al compartir el sentimiento anticristiano del movimiento neopagano, la Sociedad Thule también adoptó la “Hakenkreuz” como parte de su emblema y la situó dentro de un círculo con una daga Alemana vertical superpuesta. En 1920, siguiendo la sugerencia del doctor Friedrich Krohn de la Sociedad Thule, Hitler adoptó la “Hakenkreuz” dentro de un círculo blanco como el diseño central de la bandera del Partido nazi. Hitler eligió el fondo rojo para competir contra la bandera roja de su rival, el Partido Comunista.

Los investigadores franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, en Le Matin des Magiciens (“El retorno de los brujos”, 1962), escribieron que Haushofer convenció a Hitler para utilizar la “Hakenkreuz” como símbolo del Partido nazi. Ellos postulan que esto se debió al interés de Haushofer en las culturas india y tibetana. Esta conclusión es poco probable, ya que Haushofer no conoció a Hitler sino hasta 1923, mientras que la bandera nazi apareció por primera vez en 1920. Es más probable que Haushofer haya utilizado la presencia generalizada de la esvástica en la India y el Tibet como evidencia para convencer a Hitler de que esta región era el lugar de los antepasados de la raza aria.

La represión nazi de los grupos ocultistas rivales

 Durante la primera mitad de 1920, surgió una violenta rivalidad entre las sociedades ocultistas y logias secretas en Alemania. En años posteriores, Hitler continuó la persecución de antropósofos, teósofos, francomasones y rosacruces. Varios académicos atribuyen esta política al deseo de Hitler de eliminar cualquier rival ocultista a su gobierno.

Influenciado por las obras de Nietzsche y las creencias de la Sociedad Thule, Hitler creía que el cristianismo era una religión defectuosa, infectada por sus raíces en el pensamiento judío. Hitler veía sus enseñanzas del perdón como el triunfo de los débiles, y la abnegación como algo antievolutivo y se percibía a sí mismo como un mesías para sustituir a Dios y a Cristo. Steiner había utilizado la imagen del anticristo y de Lucifer como futuros líderes espirituales que regenerarían al cristianismo en una nueva forma más pura. Hitler llegó mucho más lejos. Se vio a sí mismo librando al mundo de un sistema degenerado dando pie a un nuevo paso en la evolución con la suprema raza aria. No toleraría a ningún anticristo rival, ni en ese momento ni en el futuro. No obstante, toleraba al budismo. 

El budismo en la Alemania nazi

En 1924, Paul Dahlke fundó el Buddhistisches Haus (“Casa de los budistas”) en Frohnau, Berlín. Estaba abierta a miembros de todas las tradiciones budistas, pero principalmente atendía a las formas teravada y japonesa, ya que eran las más ampliamente conocidas en aquella época. En 1933, fue sede para el Primer Congreso Budista Europeo. Los nazis permitieron que la Casa de los Budistas permaneciera abierta durante la guerra, pero la controlaron firmemente. Como algunos miembros sabían chino o japonés, fungieron como traductores para el gobierno en correspondencia a la tolerancia hacia el budismo.

Aunque el régimen nazi cerró la Buddhistische Gemeinde (“Sociedad Budista”) en Berlín, que había estado activa desde 1936, y arrestó brevemente a su fundador Martin Steinke en 1941, generalmente no persiguieron a los budistas. Tras su liberación, Steinke y varios otros continuaron dando conferencias en Berlín sobre budismo. Sin embargo, no existe evidencia de la presencia de maestros de budismo tibetano en el Tercer Reich.

La política nazi de tolerancia hacia el budismo no demuestra influencia alguna de enseñanzas budistas en Hitler ni en la ideología nazi. Una explicación más factible es el deseo de Alemania de no perjudicar las relaciones con Japón, su aliado budista.

El Ahnenerbe

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Emblema de Ahnenerbe

Bajo la influencia de Haushofer, Hitler autorizó a Frederick Hielscher en 1935, a fundar el Ahnenerbe (Oficina para el Estudio de la Herencia Ancestral), con el Coronel Wolfram von Sievers como su director. Entre otras funciones, Hitler le encargó investigar las runas alemanas y la procedencia de la esvástica, y encontrar el origen de la raza aria. El Tibet era el candidato más prometedor.

Alexander Csoma de Körös (Körösi Csoma Sandor) (1784-1842) fue un académico húngaro obsesionado con la búsqueda de los orígenes del pueblo húngaro. Basándose en las afinidades lingüísticas entre el húngaro y las lenguas turcas, creía que el origen del pueblo húngaro estaba en “la tierra de los Yugurs (Uighurs)” en el Turkistán Oriental (Xinjiang, Sinkiang). Creía que si pudiera llegar a Lhasa, encontraría allí la clave para localizar su patria.

El húngaro, el finlandés, las lenguas turcas, el mongol y el manchú pertenecen a la familia de idiomas ural-altáicos, también conocida como la familia turaniana, de la palabra persa Turan para Turkistán. Desde 1909, los turcos tuvieron un movimiento pan-Turaniano encabezado por una sociedad conocida como los Jóvenes Turcos. La siguieron, poco después, la Sociedad Húngara Turaniana en 1910 y la Alianza Turaniana de Hungría en 1920. Algunos académicos creen que los idiomas japonés y coreano también pertenecen a la familia turaniana. Así, se fundaron en Japón la Alianza Nacional Turaniana en 1921 y la Sociedad Turaniana Japonesa a comienzos de 1930. Indudablemente, Haushofer tenía clara la existencia de estos movimientos que buscaban los orígenes de la raza turaniana en el Asia Central, sus objetivos encajaba bien con la búsqueda de los orígenes de la raza aria en la misma zona, por parte de la Sociedad Thule. Su interés en la cultura tibetana hizo que ganara peso la candidatura del Tibet como la clave para encontrar un origen común para las razas aria y turaniana y para obtener el poder del vril que sus líderes espirituales poseían.

Haushofer no era la única influencia al interés del Ahnenerbe en el Tibet. Hielscher era amigo de Sven Hedin, el explorador sueco que había dirigido expediciones al Tibet en 1893, 1899-1902, y 1905-1908, y una expedición a Mongolia en 1927-1930. Hedin, como amigo predilecto de los nazis, fue invitado por Hitler a dar el discurso de apertura de las Olimpiadas de Berlín de 1936. Se involucró en actividades editoriales pro-nazis en Suecia y llevó a cabo numerosas visitas diplomáticas a Alemania entre 1939 y 1943.

En 1937, Himmler hizo de la Ahnenerbe una organización oficial adscrita a las SS (del alemán Schutzstaffel, Escuadrón de Protección) y como nuevo director de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, nombró al profesor Walther Wüst, presidente del Departamento de Sánscrito. El Ahnenerbe tenía un Instituto del Tibet, que en 1943 se renombró como el Sven Hedin Institut für Innerasien und Expeditionen (Instituto Sven Hedin para el Asia Interior y Expediciones).

La expedición nazi al Tibet

Ernst Schäffer, cazador y biólogo alemán, participó en dos expediciones al Tibet, en 1931-1932 y en 1934-1936, por deporte e investigación zoológica. El Ahnenerbe le patrocinó una tercera expedición (1938-1939) ante la invitación oficial del gobierno tibetano. La visita coincidió con la renovación del contacto tibetano con Japón. Una posible explicación para tal invitación es que el gobierno tibetano deseaba mantener relaciones cordiales con los japoneses y sus aliados alemanes como contrapeso ante los británicos y chinos. Así, el gobierno tibetano dio la bienvenida a la expedición alemana en la celebración de Año Nuevo (Losar) de 1939 en Lhasa.

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La ciudad de Lhasa, capital del Tibet

En Fest der weissen Schleier: Eine Forscherfahrt durch Tibet nach Lhasa, der heiligen Stadt des Gottkönigtums (“Festival de los pañuelos de gasa blancos: una expedición científica a través del Tibet hasta Lhasa, la sagrada ciudad del reino del rey dios”) (1950), Ernst Schäffer describe sus experiencias durante la expedición. Durante las celebraciones, reportó que el oráculo de Nechung advirtió que aunque los alemanes traían dulces regalos y palabras, el Tibet debía ser cauteloso pues el líder alemán era como un dragón. Tsarong, el ex-director militar pro-japonés del Tibet, trató de suavizar la predicción. Dijo que el regente había oído mucho más del oráculo, pero que no estaba autorizado a divulgar los detalles. Que el regente recitaba plegarias diariamente para que no hubiera guerra entre los británicos y los alemanes, ya que esto también significaría terribles consecuencias para el Tibet. Ambos países debían comprender que toda la gente de bien necesita hacer plegarias con el mismo objetivo. Durante el resto de la estancia de Schäffer en Lhasa, se dieron frecuentes reuniones con el regente en las que reinó la afinidad entre ellos.

Los alemanes estaban muy interesados en establecer relaciones amistosas con el Tibet. Sin embargo, sus propósitos eran ligeramente diferentes a la de los tibetanos. Uno de los miembros de la expedición de Schäffer era el antropólogo Bruno Beger, que fue el responsable de la investigación racial. Al haber trabajado con H.F.K.Günther en Die nordische Rasse bei den Indogermanen Asiens (“La raza nórdica entre los indo-germanos de Asia”), Beger suscribía la teoría de Günther de una “raza nórdica” en Asia Central y el Tibet. En 1937, había propuesto un proyecto de investigación del Tibet Oriental y, con la expedición de Schäffer, planeaba investigar científicamente las características raciales del pueblo tibetano. En su camino hacia el Tibet, en Sikkim, y posteriormente en el Tibet, Beger midió los cráneos de trescientos tibetanos y habitantes de Sikkim y examinó algunas otras de sus características físicas y marcas corporales. Concluyó que los tibetanos ocupaban una posición intermedia entre la raza mongola y las razas europeas, con la presencia del elemento racial europeo mostrándose primordialmente entre la aristocracia.

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Mediciones antropométricas realizadas por los nazis en el Tibet

Según lo que Richard Greve expone en Tibetforschung in SS-Ahnenerbe (“Investigación tibetana en el SS-Ahnenerbe”) publicado en la edición de T.Hauschild Lebenslust und Fremdenfurcht, Ethnologie im Dritten Reich (“Pasión por la vida y xenofobia, etnología en el Tercer Reich”) (1995), Beger sugirió que los tibetanos podrían jugar un papel importante después de la victoria final del Tercer Reich. Podrían servir como una raza aliada en una confederación pan-mongola bajo la protección de Alemania y Japón. Aunque Beger también recomendó que se llevaran a cabo estudios más a fondo para medir a todos los tibetanos, no se emprendieron más expediciones al Tibet.

Supuestas expediciones ocultistas al Tibet

Varios estudios de posguerra sobre nazismo y ocultismo, tales como el de Trevor Ravenscroft en La lanza del destino (1973), han afirmado que bajo la influencia de Haushofer y la Sociedad Thule, Alemania envió expediciones anuales al Tibet de 1926 hasta 1943. Su misión era, primero encontrar y después mantener contacto con los antepasados arios en Shambala y Agarti, ciudades subterráneas ocultas bajo los Himalayas. Expertos en el tema servían como guardianes de secretos poderes ocultos, especialmente del vril. Las misiones buscaban su ayuda para aprovechar dichos poderes en la creación de la suprema raza aria. De acuerdo con estos relatos, Shambala rechazó proporcionar ayuda alguna, pero Agarti accedió a ofrecerla. Posteriormente, desde 1929, supuestamente, grupos de tibetanos fueron a Alemania y fundaron logias conocidas como la Sociedad de los Hombres Verdes, en conexión con la Sociedad del Dragón Verde en Japón, con la intermediación de Haushofer, que supuestamente ayudaron a la causa nazi con sus poderes ocultistas. Himmler se sentía atraído por estos grupos de expertos tibetanos y agartianos y se cree que por su influencia fundó el Ahnenerbe en 1935.

Además del hecho de que Himmler no fundó el Ahnenerbe, sino que lo incorporó a las SS en 1937, el relato de Ravenscroft contiene otras afirmaciones dudosas. La principal es el supuesto apoyo de Agarti a la causa nazi. En 1922, el científico polaco Ferdinand Ossendowski, publicó Bestias, hombres y dioses, en el que describe sus viajes a través de Mongolia. En él relataba haber oído hablar de la ciudad subterránea de Agarti bajo del desierto de Gobi. Sus poderosos habitantes vendrían a la superficie, en el futuro, a salvar el mundo del desastre. La traducción alemana del libro de Ossendowski, Tiere, Menschen und Götter, apareció en 1923 y se hizo muy popular. No obstante, Sven Hedin publicó Ossendowski und die Wahrheit (“Ossendowski y la verdad”) en 1925, en el que desacreditaba las afirmaciones del científico polaco. Señala que Ossendowski había recogido la idea de Agarti de la novela de Saint-Yves d’A lveidre de 1886 Mission de l’Inde en Europe (“Misión de la India en Europa”) para hacer su historia más atractiva al público alemán. Ya que Hedin tenía una gran influencia en el Ahnenerbe, es poco probable que esta oficina haya enviado una expedición específicamente para encontrar Shambala y Agarti y, posteriormente, hubiera recibido ayuda de la última.

Alexander Berzin
(Traducción de Luis Javier Jiménez Ordas)

Fuente: http://www.berzinarchives.com/web/es/archives/advanced/kalachakra/shambhala/nazi_connection_shambhala_tibet.html

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Hay unos años relativamente poco conocidos de la biografía del joven Hitler en que se supone que fue iniciado en las ciencias ocultas, aunque no se tiene constancia que fuese miembro de pleno de ninguna sociedad en concreto. Lo que es evidente es que, una vez llegado al poder, combatió a todas las sociedades secretas o esotéricas y las puso fuera de la ley.

¿Qué hay detrás de las leyendas urbanas?

Confieso que hasta ahora había leído un par o tres de libros sobre las llamadas “leyendas urbanas” por pura curiosidad y buscando un poco de entretenimiento, y no les había dado mayor importancia. No obstante, la reciente lectura de un libro sobre el tema, extensamente documentado y con cierto tono casi científico, me ha permitido profundizar más allá de las meras anécdotas y constatar que este fenómeno de los tiempos modernos no es en realidad nada nuevo, sino que responde más o menos a los mismos patrones de la antigua mitología o el folclore popular, aunque me temo que hay algo más. Podría ser que este imaginario colectivo de las últimas décadas pudiera tener alguna intencionalidad social, y que además no fuera algo completamente espontáneo, por no decir que estuviera abiertamente generado u orientado (desde “arriba”) para obtener unos fines específicos.

Pero vayamos por partes. ¿Qué es exactamente una “leyenda urbana”? Para algunos autores, este término no es muy acertado, pues no es propio o exclusivo de ámbitos urbanos, sino que está extendido en todo tipo de territorios, comunidades, contextos sociales y países de todo el planeta, hasta el punto de haber leyendas urbanas globales. Quizá sea porque vivimos en una sociedad mayoritariamente urbana se ha preferido darle este nombre, pero tal vez sería más adecuado hablar de leyendas modernas o contemporáneas, que pueden nacer en cualquier lugar y luego propagarse a gran escala, hasta perderse completamente cualquier pista sobre su origen. Desde luego, lo que sí hace la modernidad –desde la llegada de los medios de comunicación masivos, la informática, Internet y las redes sociales– es favorecer la rápida expansión y amplificación de estas historias, a una escala muy superior de lo que hacía el boca a boca de hace siglos, pero manteniendo el efecto de distorsión del relato original en múltiples versiones más o menos fieles a ese primer relato (supuestamente verídico)[1].

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Las brujas siguen volando en el siglo XXI

Lo que tienen en común la mayoría de estas breves historias es que recuerdan a las viejas y clásicas historias de brujas, ogros, duendes, hadas, bandidos, etc. que se remontan a la Edad Media o incluso antes. Siempre hay un componente de misterio, miedo, terror, magia, superstición o cualquier factor inusual que se sale bastante de lo que podríamos llamar “normalidad”. Además, en muchos casos, estas leyendas contienen un mensaje o moraleja implícita, como si fueran fábulas de las que hay que extraer alguna enseñanza. Precisamente, la persona que acuñó este término en 1968, Richard Dorson, afirmaba que tales relatos eran simples historias que nunca habían sucedido realmente, pero que se explicaban como si fueran del todo auténticas. Desde esta perspectiva, las leyendas urbanas de nuestros días vendrían a ser actualizaciones de antiguos mitos y leyendas, sin ningún tipo de veracidad, aunque sean repetidas una y otra vez y estén envueltas de detalles aparentemente realistas[2]. En una línea paralela, algunos estudiosos del fenómeno coinciden en que siempre han existido rumores, chismes y habladurías y que las leyendas urbanas serían sólo una versión un poco más elaborada de esos rumores, pero sin que ello les permita resistir un análisis mínimamente serio y riguroso acerca de su veracidad.

Pero para hacernos una idea general del fenómeno, valdría la pena presentar algunas de estas leyendas modernas que están bien extendidas por España (y bastantes de ellas por casi todo el mundo) y que han llegado a cualquiera de nosotros a través de diversos medios: una conversación entre amigos, un programa de televisión, un e-mail, un mensaje en las redes sociales, etc. Por ejemplo, ¿quién no ha oído alguna cosa sobre los siguientes casos?

  • Un conductor recoge a una joven autostopista en la carretera (generalmente de noche) y ésta le avisa al llegar a una determinada curva, advirtiéndole de su peligrosidad. Luego, la chica se esfuma, desaparece del interior del coche. Más tarde, el conductor se entera de que una chica falleció en esa misma curva meses o años antes.

  • Una pareja decide emprender un viaje por carretera. Cuando llevan ya un largo rato por una carretera medio desértica y sin tráfico (a veces de montaña) se ven envueltos en una espesa niebla que apenas deja ver lo que hay delante del coche. Cuando se desvanece la niebla van a repostar a una estación de servicio, donde les dicen que no pueden pagar con su moneda. ¡Entonces se dan cuenta de que han ido a parar a una carretera de un lejano país extranjero![3]

  • Dos chicas se introducen en una tienda de ropa y pasan a los probadores. Su madre, que las espera fuera y ante su tardanza en salir, decide entrar a buscarlas, pero los responsables de la tienda dicen no saber nada de ellas. La señora pone una denuncia en la policía, la cual registra el local y acaba encontrando a las dos jóvenes maniatadas en un cuarto oscuro. Supuestamente iban a ser llevadas a un país extranjero en una operación de trata de blancas[4].

  • Estando en pleno vuelo, una famosa presentadora y actriz (aunque a veces es simplemente una viajera o una azafata) de generoso busto artificial sufre –con la mayor vergüenza– la explosión de uno de sus pechos de silicona por efecto de una descompresión súbita de la cabina de pasajeros.

  • La población china en nuestro país prácticamente “no muere”, es decir, no registra apenas defunciones ni traslados de cadáveres a China, por lo que se empieza a sospechar que los difuntos son reciclados en los miles de restaurantes de comida china.

  • Un hombre se acuesta con una bella joven (en algunas versiones, una prostituta) y tras pasar una noche muy movida, él se queda dormido. Al despertar, ella ya se ha marchado pero al acercarse al espejo el hombre ve que ella le ha dejado escrito un mensaje con su lápiz de labios: “Bienvenido al club del SIDA”.

  • El famoso beatle Paul McCartney falleció en accidente de coche en 1966 y la industria discográfica obligó al grupo a seguir adelante con la incorporación de un doble (el canadiense William Campbell) en sustitución de McCartney. Sin embargo, el resto de integrantes de los Beatles fueron lanzando enrevesados mensajes subliminales en sus discos posteriores para comunicar secretamente al mundo la muerte de su compañero.

  • Un joven se despierta desnudo en una bañera repleta de hielo y sólo recuerda haber estado la noche anterior con una bella joven y haber bebido mucho. Pero pronto se da cuenta de que ha sido narcotizado y que ha además tiene una gran cicatriz en el costado; cuando acude al médico descubre que le han extirpado un riñón.

  • Un equipo de bomberos forestales encuentra el cadáver de un submarinista (con su escafandra de neopreno, botellas de aire, pies de pato, etc.) en lo alto de un árbol calcinado. Tras quedar boquiabiertos, empiezan a entender que el pobre submarinista fue succionado por un hidroavión del servicio de extinción de incendios que estaba rellenando su depósito interno con agua de mar y que luego fue arrojado sobre el bosque en llamas.[5]

  • El ser humano nunca ha pisado la Luna. El supuesto alunizaje del Apolo XI en 1969 fue una cuidadosa recreación en estudio llevada a cabo por el cineasta Stanley Kubrick, que acababa de filmar “2001: una odisea del espacio”. Las posteriores misiones a la Luna también fueron fraudes bien montados. El supuesto objetivo del engaño habría sido anticiparse a los rusos en la carrera espacial y hacerles gastar grandes sumas de dinero en tratar de emular a los norteamericanos.
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El hombre en la Luna… o no

  • Las cloacas de Nueva York están repletas de peligrosos caimanes albinos. Al parecer, muchos ciudadanos neoyorquinos habían comprado pequeños reptiles en sus viajes a Florida, pero cuando los animales crecieron peligrosamente, decidieron tirarlos por la taza del váter. Como resultado, se fue creando en el subsuelo de la ciudad una colonia de caimanes que –al no estar en contacto con la luz– habrían adquirido una piel blanquecina.

  • Una famosa multinacional de comida rápida, cuyo producto central es el pollo, se habría dedicado a criar industrialmente unos pollos mutantes, hacinados en pequeños espacios, y que carecerían de pico, patas y plumas. Esto incrementaría el beneficio y facilitaría el posterior procesado de los animales para elaborar los subproductos que se venden luego en las tiendas, aunque no podrían llevar incorporado el término “pollo”.

En fin, podríamos seguir con muchas otras historias porque la casuística “legendaria” es enorme y variopinta y toca muy diversos aspectos de la vida cotidiana, pero como muestra representativa ya es más que suficiente. Ahora pasemos al análisis de estos relatos y su función social.

Las personas que se han dedicado a estudiar las leyendas urbanas, los folcloristas modernos, coinciden mayoritariamente en apreciar que la fuente original de una historia se pierde en una inmensa y difusa red o cadena de información, con lo cual es muy complicado verificar su origen y los datos que se mencionan en el relato. De hecho, muchas veces se dice que tal o cual suceso le pasó a “una pareja”, “una mujer”, “el amigo de un amigo”, etc. En definitiva, la historia sobrevive dificultosamente en la indefinición y la generalidad pero triunfa porque se convierte en creencia popular, incluso cuando incluye elementos muy poco creíbles o sobrenaturales, y acaba por ser aceptada por la mayoría de la sociedad. Ello no es incompatible con una cierta banalización de la propia historia, porque estas alturas del siglo XXI podemos afirmar que la continua difusión y expansión de este fenómeno global se sostiene en gran parte como un mero divertimento, en que lo importante es “propagar una información”, sea o no cierta, y hacerla “viral”, como se dice actualmente.

Pero lo que está claro es que la leyenda urbana se parece mucho al mito o al folclore, que aportaban seguridad y coherencia social a los antiguos pueblos del pasado mediante relatos sobrenaturales que trataban de explicar la naturaleza y el mundo, al tiempo que promovían la unificación de los hábitos, credos o conductas. Hoy en día, estas leyendas modernas reflejan la complejidad del mundo actual pero siguen insistiendo en los mismos miedos e inseguridades del hombre primitivo, un factor que ha permanecido inamovible a lo largo de los siglos. Y dado que el hombre común tiene un conocimiento muy escaso de la realidad que le envuelve (pese a toda la parafernalia de la educación moderna), le resulta fácil creer en lo inexplicable, misterioso e incluso conspirativo antes que en el ordenado y lógico universo que nos presentan los científicos. En suma, como ya decíamos, es la vuelta a la superstición, a un universo mágico, tenebroso y truculento, que además resulta mucho más atractivo que la gris realidad cotidiana de un mundo en que todo parece haber sido ya descubierto. De este modo, no es de extrañar que muchas páginas web sobre leyendas urbanas todavía perseveren en el lado morboso (véase la leyenda sobre los chinos), oscuro y espeluznante de estas historias, porque el misterio y lo oculto venden mucho más que la normalidad en la que vivimos.[6]

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Carl Sagan

La otra cara de la moneda es que luego vienen los llamados escépticos o personas con mentalidad racional y científica, los cuales –tras una precisa investigación de estas historias– acaban por desmontar los modernos mitos con sólidos argumentos, achacando el éxito de las historias a la credulidad de la mayor parte de la gente[7]. En efecto, para los escépticos la población no tiene elementos de juicio o criterio para valorar lo que es verdadero y lo que no, si bien en muchos casos tampoco hace demasiado esfuerzo en evaluar la veracidad de una buena historia que va más allá de su aburrido mundo real. Así, el famoso astrofísico estadounidense Carl Sagan decía que la creencia moderna en extraterrestres respondía a una primitiva y mitológica necesidad del hombre de inventar seres superiores o dioses; en otras palabras, la antigua religión se habría transmutado en ufología.

Sea como fuere, muchas leyendas citan datos y hechos que se pueden rastrear hasta cierto punto y contrastar según criterios científicos o periodísticos. Esto es lo que ha permitido a algunos investigadores perseguir las pistas existentes y comprobar una a una las afirmaciones vertidas en esas leyendas, lo que luego les ha conducido a demostrar –con poco o nulo margen de error– que ciertas leyendas son enteramente falsas. Sobre las que he citado en este texto, por ejemplo, no hay pruebas que avalen las historias del pecho explotado, el submarinista apresado por el avión o los caimanes de Nueva York. Por supuesto, estas personas que se han sumergido en el fenómeno afirman que no por muy repetida –y aceptada colectivamente– que sea una historia ha de ser cierta; la cantidad no hace la calidad, o como decía Gandhi, “la verdad sigue siendo la verdad aunque sólo la defienda una persona”. Y ya en términos más empíricos tenemos otra frase inapelable del científico y escritor Michael Crichton: “El consenso científico es irrelevante; lo que son relevantes son los resultados reproducibles”.

Ahora bien, ya es hora de adentrarnos en la parte más sutil de las leyendas urbanas y la que puede generarnos más dudas y reflexiones. Así, hemos dicho que el mito cumplía en el remoto pasado la inestimable función de difundir una serie de creencias –a falta del conocimiento científico del mundo– que aportase coherencia social e ideológica al conjunto de la sociedad (y por supuesto mantuviese el statu quo del poder establecido en el ámbito político, económico y religioso).

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La ufología es blanco de muchas leyendas

Igualmente, si nos trasladamos al mundo actual, veremos que las leyendas urbanas podrían tener una funcionalidad o propósito social para orientar las mentes de los ciudadanos hacia determinadas creencias o conductas deseadas, y por lo tanto fuesen creadas o fomentadas con esos fines. Por un lado, si examinamos a fondo toda la casuística veremos que un porcentaje no pequeño de ella está instalada en el terreno de lo paranormal. Y por supuesto la ciencia oficial no está por la labor de reconocer que la fenomenología paranormal exista de verdad. De hecho, he podido comprobar que cierta parte de la fenomenología ovni tiene paralelos en las leyendas urbanas. Por ejemplo, en el reciente libro “Dimensiones” de Ramón Navia-Osorio, se mencionan extraordinarios casos de apariciones de aves gigantescas en el cielo, con testigos fiables y en más de un lugar. Esto viene a coincidir con algunas leyendas urbanas de nuestro entorno, que pasaron por ser fraudes o meras confusiones[8]. Asimismo, el caso de vehículos o individuos teletransportados en extrañas circunstancias a lejanos lugares es también harto conocido en el ámbito paranormal (con o sin ovnis de por medio) y desde luego es un asunto para hacer poca broma con él.

El problema es que, del mismo modo que algunos antiguos mitos podrían contener un núcleo de verdad (aunque muy distorsionada por el paso del tiempo), muchas leyendas urbanas de temas paranormales podrían responder a casos que sucedieron realmente y de los cuales no hay estudios rigurosos que puedan confirmarlos. Ante esto, podemos recurrir a aquella sentencia según la cual “la ausencia de prueba no es prueba de ausencia”; o dicho de otro modo, es prácticamente imposible demostrar que algo en particular no existe. La labor de la ciencia precisamente es la inversa; esto es, demostrar que algo sí existe, sobre el mundo observable y experimentable. En este sentido, se pueden despachar muchas leyendas porque hay pruebas claras y positivas de que lo afirmado en el relato es falso. Pero en otros muchos casos, tal vez no sea posible derribar la leyenda ni tampoco afirmarla, a falta de unas mínimas pruebas o datos consistentes, lo que dejaría una puerta abierta a que –contrariamente a lo que argumentan los escépticos– algunas historias sí pudieran tener una base real a la cual no se podría acceder, o al menos no fácilmente.

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¿Leyenda o realidad de la industria avícola?

Por otro lado, tal vez la opinión escéptica trata de desacreditar ciertas visiones alternativas del mundo mofándose de las leyendas urbanas más estrafalarias y rocambolescas que no tienen pies ni cabeza, mientras dejan discretamente al margen aspectos de la realidad próximos a esas leyendas y que son más bien poco edificantes, hasta el punto que podrían levantar ampollas si fueran bien conocidos por la población. Así, si ponemos como ejemplo los pollos mutantes, una historia truculenta y casi de ciencia-ficción, veremos que no está demasiado lejana de una cruda realidad, como ciertas prácticas de la industria agroalimentaria, y si no, que alguien investigue cómo se crían industrialmente las gallinas y se obtienen los huevos a un precio moderado. Muy posiblemente no le guste mucho lo que encuentre, pero para los demás seguirá funcionando aquello de “ojos que no ven…”. Algo similar se podría decir del tema del joven sin riñón, que parece el argumento de una película de suspense, pero que esconde detrás de sí el problema del tráfico internacional de órganos y de los transplantes ilegales, aparte de otras prácticas si no criminales sí al menos de dudosa ética. Y todo ello por no hablar de las maquinaciones de las compañías farmacéuticas, aunque en parte ya van saliendo a la luz, justamente en películas como “El jardinero fiel”.

Asimismo, las leyendas urbanas que flirtean con el morbo y el crimen no pueden tapar hechos reales de honda gravedad como la desaparición (más exactamente, secuestro) de personas, para los fines que sean. Tenemos el caso del “rapto en los probadores”, como hemos visto, que podría ser una imaginativa historia de ficción, pero el fenómeno existe y lo que vemos en las noticias es sólo la pequeñísima cima de un gran iceberg que está ahí abajo y del cual prácticamente no se habla en los medios. Pero algunos investigadores independientes nos recuerdan que –pese a los esfuerzos policiales– decenas de miles de niños y adolescentes desaparecen en todo el mundo y nunca más se los vuelve a ver con vida. ¿Trata de blancas, prostitución, esclavización…? ¿O tal vez cosas inimaginables y mucho peores?

Otra tendencia creciente en las últimas décadas ha sido la aparición de relatos del ámbito “conspiranoico” (como el falso alunizaje o la muerte de McCartney), que han creado fuertes polémicas y discusiones, sobre todo en Internet. Una vez más, los expertos han desmontado todas estas historias alegando que los argumentos de los creyentes se mueven en los típicos parámetros de las leyendas urbanas. No obstante, algunos defensores de estas leyendas conspirativas las han verificado una y otra vez, examinando los datos disponibles, y han sacado a la luz puntos oscuros que merecerían un estudio más profundo y sin prejuicios. Con todo, el resultado final de cara la mayoría de la población es que estas leyendas urbanas se han pasado de la raya, que no hay por donde coger tanta suspicacia y que ciertos individuos están instalados en la manía de ver cosas raras en hechos de mayor o menor relevancia, lo que respondería a una especie de desequilibrio mental o paranoia.[9]

Pero si hay algo que impregna la mayoría de leyendas urbanas y que sin duda tiene un propósito ejemplarizante es la apelación al miedo o incluso al terror[10]. Este tipo de historias suele mostrar la débil posición del hombre moderno frente a peligros y amenazas de todo tipo que pueden asaltarle en cualquier momento. Así, un gran porcentaje de estas leyendas tiene que ver con asuntos como éstos: robos, timos o fraudes, asesinatos, secuestros, engaños, enfermedades, contagios, envenenamientos, drogas, canibalismo, accidentes… Existen multitud de leyendas sobre estos temas, cuya comprobación es prácticamente misión imposible, pero que circulan con mucha más rapidez –y avidez– que otras historias más superficiales o asépticas. Es aquí cuando se puede ver que los receptores del relato se quedan altamente impresionados y lo remiten inmediatamente para no romper una cadena de aviso o para difundir una precaución o prevención entre sus allegados más cercanos (como si fueran buenos samaritanos desempeñando un servicio público).

¿Quién no ha recibido alguna vez un largo mensaje con la descripción de una de esas más o menos terribles amenazas y la invitación a pasar dicho mensaje cuanto antes para evitar que haya más víctimas inocentes? Estamos pues ante la generalización del miedo y una cierta exhortación a tomar medidas ante el mal (aunque sea del todo ficticio), cuya primera premisa es más bien negativa: “No confíes en nadie, porque si lo haces te van a engañar, robar, perjudicar, etc.” Por decirlo a las claras, es el triunfo del mensaje evolucionista, del individualismo, la violencia y la competencia: “El hombre es un lobo para el hombre”, en palabras del filósofo Hobbes. “Nada bueno se puede esperar de él, has de ir a lo tuyo y no ir de bueno por la vida, porque de lo contrario…” etc., etc.

Y desde luego, de aquí se deriva la parte moralista o conductual de sugerir que: “ojo, si no haces esto o lo otro, a ti también te puede suceder tal desgracia”. Por ejemplo, la leyenda de la mujer que transmite el virus del SIDA consciente y malévolamente –tal vez por efecto de una especie de venganza– es una admonición no ya ante las relaciones sexuales “a la aventura” (que bien podría ser), sino ante el hecho de que un maléfico virus destruirá tu vida si no te has puesto el reglamentario preservativo[11].

Finalmente, podemos ver que las leyendas urbanas favorecen grandemente la llamada “ceremonia de la confusión”, porque crean un universo ambiguo de verdad y mentira, de dobles intenciones, de incertidumbre y sospecha. Así, por un lado, al demostrarse que ciertas leyendas urbanas son absolutamente falsas, se propaga entre parte de la población una desconfianza generalizada ante la totalidad del fenómeno, sin que se haya llegado a estudiar rigurosamente –y caso por caso– la veracidad de los hechos relatados. Sin embargo, por otro lado, el subconsciente de las personas se queda a veces con ciertos mensajes subliminales de las leyendas, tengan base real o no, sobre todo los que infunden miedos o prevenciones ante una realidad más bien poco fiable.

Y yendo un poco más allá, la confusión hace que hechos reales puedan pasar por mitos y los mitos por hechos reales. Dicho de otro modo, y aunque parezca enrevesado, “la realidad puede ser ficción y la ficción puede ser realidad.” Llega así un momento en que la gente no sabe a qué atenerse y acaba confiando en la inestimable “información (o versión) oficial” que procede de las autoridades y de los científicos y que se muestra a través de los medios de comunicación. Y el ciudadano medio, de la misma manera que no comprueba la fiabilidad de las leyendas urbanas, tampoco comprueba que aquello que se vende como “hechos reales, seguros y objetivos” sea cierto. Además, la ciencia establecida tiene la potestad de desmontar todas las leyendas urbanas que estime oportuno, apelando a argumentos de todo tipo, como la inexistencia o insuficiencia de pruebas o incluso la nula fiabilidad de los testigos.

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Moldes de huellas del “sasquatch”

Por poner un ejemplo, el controvertido tema de la existencia del sasquatch (o bigfoot), una especie de “hombre-mono”, ha sido despachado por la ciencia oficial como una leyenda urbana más (aunque sería más propio decir “rural” o “montañesa”), aduciendo que los miles de testimonios personales recogidos en más de un siglo no tienen valor y que las pisadas halladas son meros fraudes. Aquí vale la pena citar lo que dijo al respecto la directora del Museo de Antropología de la Universidad de la Columbia británica, Marjorie Halpin: “Las experiencias alucinatorias eran experiencias aceptadas como reales por el experimentador pero no eran compartidas con otros. Mientras el sasquatch sea una experiencia personal antes que una experiencia sancionada colectivamente, será considerada como alucinatoria, tal como es definida por la cultura occidental.” O sea, a menos que haya todo un equipo de honorables científicos –con su correspondiente parafernalia técnica– para dar fe in situ de que se han encontrado con el sasquatch y que dicho ser no es ni un oso ni un gorila, nada va a ser creíble, porque es fruto de la alucinación de un pobre ignorante. En fin… sobran los comentarios.

Pero todavía tendríamos un beneficio más de la ceremonia de la confusión, y es el efecto distractor. En este sentido, es posible que a las personas que dirigen los destinos de la humanidad ya les vaya bien que las leyendas urbanas se propaguen, crezcan y lleguen a crear estados de opinión (lo cual es muy fácil en la actual sociedad de la información masiva, inmediata y global), porque lo que interesa es que la gente haga suya esa información y la interiorice, pasando incluso por la criba del pensamiento racional más estricto. Mientras esto ocurre, posiblemente no le den más importancia a otros hechos más serios y más reales pero que apenas son propagados públicamente. Por consiguiente, volvemos a lo mismo: la leyenda es atractiva, la realidad, no. Visto de esta óptica, fomentar la creencia en monstruos imposibles, crímenes tremebundos y fenómenos del mundo paranormal puede ofrecer buenos réditos, ya que de este modo muchas personas desvían su atención hacia estos fenómenos, dejando a un lado los mecanismos de una realidad cotidiana que –dicho sea de paso– tampoco alcanzan a comprender.

Concluyendo, podríamos decir que la moderna mitología de las leyendas urbanas mata varios pájaros de un tiro, y que, al igual que la antigua mitología, no es espontánea ni popular sino que responde a una intencionalidad de mezclar la fantasía y la realidad para mantener a las personas en el mundo de las vanas creencias y para hacerles ver –sobre todo a los más escépticos y suspicaces– que semejantes historias rocambolescas jamás han ocurrido sobre la faz de la tierra, y que por tanto si algún día alguien les viene a contar una cierta e insólita verdad, no merecerá más crédito que el que imaginó a caimanes albinos reptando por el subsuelo de una gran urbe.

Por cierto, el tono pseudoconspirativo sobre este fenómeno que he empleado en este texto no ha sido más que una licencia propia de las susodichas leyendas urbanas. Espero que los lectores disculpen esta salida por la tangente, pero es que me apetecía mucho crear una auténtica leyenda urbana sobre las leyendas urbanas.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Esta difusión funciona como aquel juego del teléfono estropeado, en que un grupo de personas sentadas en círculo se van pasando una a otra un mensaje original en voz baja, de tal modo que cuando vuelve al primer emisor suele estar ya bastante modificado.

[2] Sin embargo, lo más habitual son las generalidades, indefiniciones y las vaguedades, que dificultan mucho cualquier investigación sobre el origen del relato, lo que enseguida nos remite al mundo mitológico en vez de al mundo científico.

[3] Yo mismo oí por primera vez esta historia de boca de un amigo, que aseguraba que se trataba de una pareja del barrio de Gràcia (Barcelona) que habría ido a parar nada menos que a ¡México!

[4] Según una transmisora de la leyenda, este episodio habría tenido lugar en una tienda de la ciudad de Valencia, la cual –ante los rumores y la alarma social creada– no sólo tuvo que desmentir públicamente esta historia sino que también tuvo que cambiar de nombre.

[5] Esta leyenda también la había oído en forma de chiste, pero esta vez el submarinista salía con vida del apuro.

[6] Este mismo argumento se aplica a una parte de la arqueología alternativa, que apela básicamente al misterio y el enigma frente a la supuesta “claridad” de la arqueología científica. En efecto, el factor misterio resulta más atractivo y vende mucho más, y algunos autores se aprovechan de ello.

[7] Dado el gran impacto social de estas leyendas, se llegó a crear en 1987 una institución internacional académica para el estudio de éstas, la ISCLR (traducido del inglés: Sociedad Internacional para la Investigación de las Leyendas Contemporáneas).

[8] Por ejemplo, tenemos la leyenda del ave negra y enorme vista por varios vecinos de la ciudad de Barcelona (y luego en otros lugares) en 1990, y que llegó a ser tema de debate (luego de mofa) en la sección de cartas al director del periódico “la Vanguardia”.

[9] De ahí precisamente el calificativo despectivo de “conspiranoico”, en vez de “conspirativo”.

[10] Otro tanto se podría aplicar a una gran parte del actual cine de Hollywood, que vende como ficción un cierto neocatastrofismo, en forma de invasiones alienígenas, virus mortales, terroristas paranoicos, desastres naturales a escala gigantesca, etc.

[11] Por supuesto, dejo aquí aparte el hecho de que según miles de científicos de todo el mundo (encabezados por el Grupo de Perth) han puesto en duda que el VIH haya sido nunca aislado, o sea, que se haya demostrado su existencia. Por otra parte, otros muchos niegan que, aun en caso de existir, pueda ser transmitido por vía sexual o que pueda causar la enfermedad llamada SIDA, que en realidad sería un conjunto de viejas y bien conocidas enfermedades. (Para detalles, me remito a la entrada sobre este tema en este mismo blog).

El sueño del gato de Schrödinger

Erwin_Schrödinger_(1933)

Erwin Schrödinger

Posiblemente uno de los animales más famosos en el ámbito de la ciencia es el llamado gato de Schrödinger, que ha sido citado largamente por científicos, filósofos o simples aficionados a la física durante 80 años. Y en fin, cualquiera que se introduzca en la mecánica cuántica acabará topando tarde o temprano con este simpático animalito, que por cierto nunca existió en la realidad, pues fue fruto de la imaginación del brillante físico Erwin Schrödinger[1] (1887-1961) en el contexto de un experimento teórico o mental.

A estas alturas, dicho experimento ya casi forma parte de la cultura o la ciencia popular porque la física cuántica se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos[2], sobre todo por sus conexiones con algunas visiones alternativas acerca de ciertos conceptos como “realidad”, “conciencia” o “universos paralelos”. Y sí, en efecto, el gato es bastante conocido, pero otra cosa bien distinta es entender exactamente las múltiples implicaciones de este experimento y sus derivaciones, lo que ya quedaría para los expertos más versados en esta materia. Así pues, en este artículo no pretendo polemizar ni adentrarme en ese complejísimo campo ni tampoco reinventar la sopa de ajo, pero sí aportar algunas pistas y reflexiones personales acerca de este curioso experimento desde mi modestísimo conocimiento de la física cuántica y desde mi enfoque sobre la naturaleza de la ciencia y la conciencia.

Pero empecemos por el principio. Si bien, como hemos dicho, el experimento ya es bastante popular, vale la pena explicarlo someramente para aquellos que no hayan oído hablar de él o no tengan una idea clara de en qué consiste. Todo empezó en 1935 cuando Schrödinger publicó en la revista alemana Die Naturwissenscheften un artículo en el cual planteaba un experimento teórico basado en una situación ciertamente curiosa. Schrödinger proponía este escenario: se encierra a un gato en una caja metálica, sin ninguna ventanilla o medio para observar su interior una vez cerrada. Esta caja contiene una partícula radioactiva con un 50% de probabilidades de desintegrarse en el plazo de una hora. Si la desintegración tiene lugar, un contador geiger la detectará y activará un pequeño martillo que a su vez romperá un frasco con cianuro de hidrógeno, un poderoso veneno que matará al gato por inhalación.

Y aquí es donde viene el quid de la cuestión y lo que ha hecho correr ríos de tinta durante décadas: después de pasada una hora, ¿el gato estará vivo o muerto? Desde un punto de vista “lógico”, el destino del gato estará marcado por el mismo destino de la partícula, esto es, tendrá un 50% de probabilidades de vivir e idéntico porcentaje de perecer. Por lo tanto, el azar nos llevaría forzosamente a cadena de acontecimientos que acabará en una u otra resolución, pues no habría otra alternativa. Por supuesto, todo ello dando por hecho que tanto el contador como el martillo cumplan la función esperada por el científico. En todo caso, es del todo evidente que sólo podríamos saber qué ha ocurrido abriendo la trampilla de la caja y observando a continuación si el gato está vivo o muerto.

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Esquema del experimento de Schrödinger (fuente: Wikimedia Commons)

Pero Schrödinger veía este escenario en términos cuánticos y desde la llamada interpretación de Copenhaghe, que se mueve por los derroteros de lo infinitamente pequeño, el mundo cuántico. Según esta teoría, tanto la partícula como el gato están descritos por una función de onda y el mismo hecho de realizar una observación provoca inevitablemente la alteración de lo observado. De este modo, cuando el científico se decida a abrir la caja y observe su interior, su intervención causará el colapso de la función de onda y provocará un resultado determinado, esto es, que el gato esté vivo o que esté muerto.

¿Y mientras tanto? ¿Qué ocurre cuando aún no se ha producido ninguna observación? Según los postulados cuánticos de la interpretación de Copenhaghe, el gato estará en un estado de superposición de las dos opciones[3], o sea, estará vivo y muerto a la vez, pero sólo como realidades potenciales, y cuando el observador colapsa la función de onda, el sistema se decanta hacia una u otra resolución. Así, este observador tiene la capacidad de influir y alterar el sistema sólo con su observación[4], “creando” un estado determinado y descartando otro (u otros) a cada instante. Desde luego, esta explicación parece vulnerar directamente el sentido común, pero desde la perspectiva cuántica, en una escala atómica, las dos opciones –que son exactamente igual de posibles– ocurren simultáneamente[5]. A su vez, en la interpretación de Hugh Everett de 1957 llamada many worlds (“muchos mundos”), este científico proponía que la observación implica la ramificación de la función de onda y así el gato existirá de alguna manera en dos mundos o universos paralelos igual de válidos o reales, pero inconexos entre sí.

Por otra parte, podríamos complicar un poco más el escenario si imaginamos a un segundo observador fuera de la habitación –que permanece cerrada– en la que tiene lugar el experimento. Si el científico ha hecho ya su medición, pero sigue encerrado en la habitación, no hay forma de saber el resultado hasta que el segundo observador entre en dicha habitación y se comunique con el primer observador o reciba su información de alguna manera; quizá bastaría un vistazo a su rostro para saber qué ha sucedido. Sea como fuere, para el segundo observador –y los infinitos observadores que podrían venir detrás de él– el gato seguiría vivo (o muerto) en un eterno estado de indefinición hasta que obtuviese la información deseada por parte del primer observador.

Pero… ¿es el gato un mero objeto sin ningún papel en todos los acontecimientos que ocurren en la caja (o fuera de ella)? Muchas interpretaciones y explicaciones sobre este experimento están centradas en la física de lo más pequeño, el mundo de los cuantos, o en el papel del observador inteligente, dando por hecho que el ser humano es el único ser consciente de sí mismo y del universo, muy por encima de las otras criaturas orgánicas y ya no digamos de los seres inorgánicos. Pero ya tendríamos que empezar a bajarnos del pedestal de semidioses en que nos hemos instalado para reconocer que la conciencia no es exclusiva de los hombres, porque no se deriva del funcionamiento de un “cerebro grande y muy evolucionado”; esto es, no procede de la actividad eléctrica o química de la materia gris. Más bien es al revés; es la conciencia –entendida como un fenómeno no local– la creadora de la materia, afirmación que han defendido tanto filósofos como científicos.

Sin embargo, la gran mayoría de científicos todavía reniega de esto porque ven la realidad como algo separado del observador. Incluso el propio Francis Crick, premio Nobel y descubridor del ADN, llegó a decir que nuestro mundo está ahí fuera, independientemente de que haya alguien para observarlo o no. Lo que ocurre es que se crea aquí la paradoja de que si no hay observación, ¿cómo puede haber certeza de algo?[6] Pero claro, esto es lo que ocurre cuando se confunde mente –por muy compleja que sea– con conciencia. Ya hace mucho tiempo que las antiguas tradiciones de la India y de otras culturas nos advirtieron sobre la mente… nuestra querida generadora de ilusión, individualidad y separación[7].

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El gato, al igual que nosotros, también observa

No obstante, volviendo al gato, si aceptamos que es un ser consciente[8], él sería en realidad el primer observador de la posible desintegración de la partícula radioactiva. Y tal vez tendría algo que decir al respecto de dicha partícula, el martillo y el frasco con el veneno. Sobre este punto, otra teoría sostiene que la observación del sistema por parte del gato debe coincidir con la observación que realice el observador humano, aun en distintas funciones de onda. En otras palabras, cuando el desenlace del experimento ya ha colapsado para el gato, aún sigue en estado de superposición para el científico. Pero cuando éste procede a la observación y accede a la misma información sobre el sistema, las dos mediciones deben colapsar en un mismo resultado. Otra cosa, en la que quizá no reparó Schrödinger, sería admitir la posibilidad de que el gato –en vez de ser un sujeto pasivo– decidiese actuar por su cuenta, manipulando los objetos del interior de la caja y provocando un desenlace inesperado, lo que abriría la puerta a otras múltiples vías o universos…

Con todo, aún podríamos añadir más variables teóricas al escenario. Todos sabemos que los gatos son grandes aficionados al sueño, hasta poder pasar gran parte del día dormidos. ¿Qué sucedería si el gato se duerme y entra en otra realidad? Hemos de tener en cuenta que tanto gatos como humanos estamos sujetos a dos estados básicos de conciencia: la vigilia (cuando estamos “despiertos”) y el sueño (cuando estamos “dormidos”), y en ambas experimentamos una sensación de “realidad”, la primera supuestamente objetiva, y la otra, un mero producto del cerebro mientras el cuerpo descansa. Por supuesto, aquí deberíamos añadir otros estados alterados de conciencia a los que sólo se puede acceder en circunstancias muy particulares. Por ejemplo, los que se producen por ingestión de sustancias psicotrópicas o alucinógenas (conocidas y usadas desde hace milenios por el chamanismo), los estados derivados de una profunda meditación, las experiencias extracorpóreas o incluso las mal llamadas ECM[9]. Y lo que es más significativo: en varias de estas experiencias, los sujetos han descrito lo que han percibido y en muchos casos afirman haber tenido una sensación de “hiper-realidad”, mucho más vívida e intensa que nuestra realidad normal.

Ahora imaginemos que el gato de la caja duerme y está soñando; está creando una realidad alternativa mientras la otra realidad (la de la caja y la siniestra partícula) sigue su curso. Mientras no despierte, experimentará un viaje por un universo paralelo que tal vez le resulte mucho más placentero que la realidad física con la que convive cada día. Y tal vez en ese mundo onírico, el gato sepa con certeza que ocurra lo que ocurra, se dispare o no el dispositivo, él seguirá vivo en otro universo paralelo en el cual podrá seguir experimentando. Esto es, su existencia no sería “local”, no estaría sometida a dimensiones espacio-temporales ni a restricciones causadas por una percepción mental o sensorial de la “realidad”, una realidad no externa a él sino parte de él. Así pues, le daría igual que se activara o no el mortal mecanismo. Claro que, dándole una vuelta más de tuerca a la paradoja, es posible que el gato esté soñando todo el escenario planteado por el científico y que al final sólo resulte ser una extraña pesadilla de la cual despertará en uno u otro momento para su alivio.

Quizá los gatos, a los que legendariamente se les atribuye siete vidas y ciertas facultades paranormales[10], saben mucho mejor que los estúpidos humanos en qué consiste la existencia y el universo. Saben posiblemente que este mundo no es más que una realidad entre las infinitas realidades posibles y que el cambio de un universo a otro sólo supone un cambio de estado pero no la muerte, sencillamente porque la muerte –tomada como “desaparición de la conciencia”– no existe en sí misma, al ser una mera ilusión provocada por la mente… al igual que la vida física a la que tanto nos apegamos. Y todo ello pese a la rotunda frase aceptada ampliamente en el ámbito de la física de que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, la cual debería hacer pensar a más de un científico materialista sobre sus consecuencias metafísicas.

De hecho, desde hace siglos los iniciados llevan diciéndonos entre líneas que la vida nos es más que un sueño[11] (entendido como “creación”) y mientras tanto nosotros seguimos mirando para otra parte pensando que la realidad es única y que nosotros somos nuestros cuerpos. Sin embargo, desde un enfoque “cuántico-espiritual”, somos propiamente el observador –eterno– y no el cuerpo (ni la mente que lo acompaña). Nosotros observamos, e igualmente lo hace el gato –en la caja o fuera de ella– o cualquier otra criatura, por pequeña e insignificante que nos pueda parecer. En efecto, no sólo somos lo más grande sino también lo más pequeño, y lo que es macrocosmos también es microcosmos, algo que ya sostenían los antiguos alquimistas, por no irnos más atrás en el tiempo.

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El gato, como nosotros, es conciencia

Por consiguiente, el gato es conciencia y se comporta como tal, mientras los sesudos científicos tratan de convencernos de que los humanos somos “únicos e inteligentes”. Aunque, dicho sea de paso, si llevamos la cadena de conciencia hasta el extremo, tal vez sea la propia partícula, dotada de conciencia propia, la que se observe a sí misma y tome una decisión, elija un camino y colapse su propia onda[12]. Por lo tanto, no habría ningún azarosa probabilidad estadística, sino una acción consciente seguida de otras acciones conscientes (la del gato, la del primer observador, etc.). Por supuesto esto nos lleva al concepto filosófico y espiritual de que no existen trillones de conciencias –o tantas como seres– sino una única conciencia que engloba a las otras.

Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos afirmar que el azar, el caos o las probabilidades no existen; antes bien, sería la conciencia la que crea, manda, dirige, experimenta… No importa si somos el científico o el gato, porque es el mismo ser manifestado en dos (falsas) identidades o formas que toma decisiones que acaban por encajar armónicamente en un infinito sistema de información en que la unidad y el todo coinciden por completo. Por desgracia, los científicos actuales, con honrosas excepciones, no quieren oír hablar de mezclar ciencia con conciencia cuando ésta supone la presencia de un factor sobrenatural, inteligente o creador que de alguna manera les pueda recordar a la figura de un Dios al que han renunciado conscientemente. No tienen miedo al dios de la religión, ya superado y del que se pueden reír a gusto, pero le tienen un pánico aterrador al dios científico o espiritual porque eso desmontaría no sólo el paradigma del conocimiento sino la comprensión completa de nuestra existencia.

En definitiva, el experimento del gato de Schrödinger, sugerido por su autor para mostrar lo absurdo que sería trasladar el mundo cuántico subatómico al “mundo real”, ha acabado por abrir la puerta a una visión del universo que ya se había manifestado en los antiguos escritos sagrados sánscritos de hace miles de años, según los cuales no hay diferencia entre observador y observado, y todo emana de una conciencia eterna: gatos, humanos, insectos, árboles, ríos, montañas, mares, planetas, estrellas, galaxias…

© Xavier Bartlett 2016

Nota 1: Existen buenos libros de divulgación sobre física cuántica, más o menos accesibles a todos los públicos, pero para profundizar un poco en sus derivaciones espirituales (o del campo de la conciencia) yo me quedaría con “Más allá de la teoría cuántica”, de Michael Talbot (Ed. Gedisa. Barcelona, 2000). Es una obra muy completa, quizás un poco técnica a veces, pero que aborda muy directamente la relación entre la física y la metafísica. Por supuesto, dedica uno de sus capítulos a revisitar a nuestro inefable gato.

Nota 2: Los dos gatos representados en las imágenes que ilustran el texto son hermanos y pertenecen respectivamente a dos hermanos (humanos). Uno de ellos es mi gato; por tanto, amigo lector, tienes un 50% de probabilidades de acertar cuál es… pero debes saber que el amo del otro gato no es mi hermano/a. ¡Resuelve la paradoja!


[1] Científico austriaco que sucedió a Max Planck en la Universidad de Berlín y que también ejerció la docencia en Viena y Oxford. Recibió el premio Nobel de Física en 1933. Es muy conocido por haber descubierto la mecánica ondulatoria y por formular la ecuación de ondas que lleva su nombre.

[2] Por desgracia, esta moda cuántica se ha introducido de manera muy discutible en actividades diversas (y a veces lucrativas), de tal modo que determinados servicios y productos del mundillo alternativo venden más si se llevan incorporado el término “cuántico” (como la bioingeniería cuántica, etc.).

[3] Equiparando al gato a los electrones, que pueden funcionar como partículas pero también como ondas, según otro experimento famoso, el de la doble rendija.

[4] El tema de la indefinición de la realidad observada también tiene una explicación “cuántica” a partir del principio de indeterminación de Heisenberg, según el cual al realizar una medición sobre un electrón, o bien modificamos su posición o bien su velocidad; es imposible conocer ambos factores a la vez. La física cuántica trata de solventar este problema evitando la observación y recurriendo a predicciones sobre el comportamiento del mundo atómico.

[5] Sin embargo, los críticos al experimento de Schrödinger alegaron que lo que acontece a escala subatómica no puede trasladarse a un mundo macroscópico, como el de la caja y el gato.

[6] Albert Einstein planteó este problema en términos similares: “¿Cómo podemos saber si la Luna está allá arriba cuando nadie la observa?”

[7] Al respecto, recomiendo encarecidamente la lectura del libro “La arqueología de la conciencia”, de Guillermo Caba Serra, que demuestra que en tiempos remotos el ser humano tenía una concepción muchísimo más avanzada y definida de lo que era la conciencia, el espíritu o la mente frente a lo que nos quiere vender hoy la moderna ciencia materialista-reduccionista.

[8] El reputado biólogo británico Rupert Sheldrake apoya la idea de que los animales también tienen (o “son”) conciencia, pues ellos –al igual que nosotros– experimentan una realidad a través de sus sentidos e interactúan con el universo.

[9] Experiencias Cercanas a la Muerte. Este calificativo puede considerarse tendencioso o engañoso, pues las personas que han traspasado cierto umbral –la muerte clínica– dicen seguir viviendo y experimentando una realidad (a veces la propia realidad física en la que estaban inmersos, pero no desde su cuerpo), cuando sus constantes vitales ya han cesado, según los parámetros técnicos empleados por la medicina moderna.

[10] Existen numerosas pruebas de que los gatos, así como muchos otros animales, tienen capacidades sensoriales y extrasensoriales que superan ampliamente a las del ser humano. Asimismo, ya se sabe que las plantas también son capaces de experimentar, esto es, no son exactamente seres “inanimados”.

[11] Véase la famosa y repetida frase de Edgar A. Poe: “Todo lo que ves, o lo que parece, no es más que un sueño dentro de un sueño.”

[12] Esta no es una idea estrafalaria ajena a la ciencia; que las partículas subatómicas posean conciencia fue una propuesta sugerida hace ya años por el físico británico Freeman Dyson.

Cinismo estatal

Con un poco de perspectiva histórica, podemos comprobar sin dificultad que los poderes públicos, encarnados básicamente en los estados (con sus subsiguientes niveles de administración) y las instituciones internacionales, mantienen y potencian una progresiva línea de control y burocratización sobre las vidas de los ciudadanos. En efecto, los estados –en un papel de “Gran Hermano” orwelliano ya muy poco disimulado– nos inundan con todo tipo de legislaciones, mandatos, ordenanzas, normativas, reglamentos, etc. a fin de hacer nuestra vida más ordenada, tranquila y llevadera, sobre todo para afrontar todos los peligros, riesgos y males que nos acosan en nuestro entorno cotidiano. Así, las personas llegan al convencimiento que “Papá Estado” es nuestra salvación y que sin él la vida civilizada sería imposible.

deudaPero no nos engañemos. Este rol del estado supone una dependencia cada vez mayor del individuo hacia el poder establecido, fundamentada en una brillante novedad del siglo XX: eso que llaman el estado del bienestar. Con este instrumento, el estado moderno se convirtió en la solución definitiva ante los antiguos abusos de los poderes fácticos desbocados, porque se preocupaba de que al ciudadano no le faltara de nada y pudiera vivir una existencia si no cómoda, sí al menos digna. No obstante, ese bienestar debía venir marcado por una política expansiva de gasto público, creciente endeudamiento e impuestos a mansalva, hasta el punto de que impuestos y bienestar se han convertido en términos casi sinónimos. Por ello, cuando la caja estatal va mal y se producen los llamados “recortes”, la población se indigna porque le han quitado su bien merecido caramelo[1]. ¿Lo van pillando?

Inevitablemente, el estado se ha acabado por erigir en garante de nuestra seguridad y bienestar y decide lo que está bien y lo que está mal, o lo que nos conviene y lo que no, y para ello impulsa todo un arsenal de políticas, proyectos, legislaciones, castigos y prohibiciones. Lo que ocurre es que no hay que ser muy avispado para ver que hay algo realmente siniestro en esta protección obsesiva, pues si rascamos un poco sobre la superficie de esas políticas, veremos que se oculta un enorme cinismo o maniobra manipulativa de masas, justamente para aumentar el nivel represivo sobre la población y de paso sacar buena tajada de ello.

Veamos dos ejemplos muy significativos. Por un lado, tenemos el tema del tabaco, planta traída de América que se convirtió en una popular droga de consumo habitual entre la población en los dos últimos siglos. Pero ¡ay!, los médicos ya advirtieron que el consumo de tabaco era bastante perjudicial para la salud a largo plazo, porque podía provocar serias enfermedades respiratorias y en último término la muerte. A esto, había que sumar que el nuevo estado del bienestar tenía que invertir ingentes cantidades de dinero en el tratamiento de los enfermos causados por el tabaco, y con una creciente población envejecida el panorama no era muy halagüeño. Resultado: guerra contra el tabaco, a base de campañas publicitarias de concienciación, a las que siguieron medidas más drásticas como etiquetar los paquetes de tabaco con duros mensajes e imágenes del todo truculentas. Finalmente, en nuestro país se acabó por implementar una estricta legislación persecutoria y regulatoria sobre el hábito de fumar que comportó problemas enormes a las personas, a las empresas y sobre todo a los locales y comercios públicos (especialmente de restauración).

Alcohol_y_TabacoPero… ¿es que nos toman por tontos? El estado sigue cobrando su tajada de impuestos por la venta de tabaco y ha luchado lo indecible para evitar el contrabando. ¿Por motivos de salud? ¡No, claro! El asunto es cobrar los impuestos establecidos y lo demás es control social, que también tiene su inestimable función. Si se quisiera acabar de verdad con el tabaquismo, ya se hubieran implementado otras medidas –si se quiere más drásticas– pero es el estado el que sigue comercializando la droga y sacando dinero de ella[2]. Es tan obvio que cae por su propio peso. De forma similar, otra droga muy popular, como es el alcohol, está sometida a impuestos y se sigue vendiendo tranquilamente. Eso sí, en las botellas de licor no se incluye ninguna frase admonitoria ni imágenes de gente muerta en la carretera o atropellada por un conductor ebrio, todo por culpa del alcohol. Tampoco nos vayamos a engañar, la producción de vino (que también es alcohol) es una gran tradición del país, y ya no digamos su consumo entre todas las clases sociales. Otro tanto se podría decir de la cerveza. ¿Se puede ser más cínico?

¡Vaya preocupación por nuestra salud! Si nos ponemos así, entonces el estado debería meter mano en otros asuntos que afectan a nuestro bienestar ante los cuales no se hace absolutamente nada. Por ejemplo, ¿no deberían salir notas de advertencia en los anuncios de televisión de los famosos restaurantes de hamburguesas y comida-basura ante la posibilidad de enfermedades y sobre todo de obesidad infantil? ¿No tendrían que aparecer mensajes claros en los envases de alimentos modificados genéticamente, que ya se han demostrado perjudiciales para la salud humana?[3] ¿Tendrían que venir los cosméticos acompañados de fotos de animales torturados, necesarios para la creación de esos productos? ¿Se hace acaso alguna advertencia explícita cuando se compra un aparato electromagnético con efectos perniciosos a causa de las radiaciones de baja frecuencia (o sea, los móviles que usan hasta los niños…)? ¿Alguien habla –en nombre del estado– de los problemas y trastornos de salud causados por esas radiaciones y que pueden llegar a causar leucemias, cánceres o tumores? ¿Y qué decir de los efectos nocivos –mortales a largo plazo– de los medicamentos con que nos atiborran los médicos (o sea, las farmacéuticas que están detrás) con el beneplácito de las autoridades sanitarias?[4]

Como segundo ejemplo tenemos el tema de la automoción. Casi todo el mundo posee un vehículo (coche, moto, furgoneta, etc.) y el estado aprovecha para cobrarnos impuestos varios que también varían en función del vehículo, su potencia, etc. Al final, el gasto para el propietario no es poco importante: que si impuesto de matriculación, impuesto de circulación, revisiones obligatorias (ITV), seguro obligatorio, peajes, zonas azules, párkings, etc. Pero al estado sobre todo le preocupa que haya tantas muertes en la vía pública y sobre todo en la carretera. Así, constantemente se lanzan campañas de sensibilización, también con imágenes duras e impactantes, que pueden tener su efecto positivo pues se va notando una tendencia a la baja en los accidentes más graves.

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Sin embargo, hay algo que supone una ofensa a la inteligencia. Se instalan cientos de radares en las ciudades y las carreteras para que la gente no corra más de lo que debe[5]. En los carteles se nos dice que es “por nuestra seguridad” (el motivo de siempre), y el que sea pillado será fuertemente multado y se le quitarán puntos de su carné. En suma, se recurre a la represión y al inestimable miedo, cuando sería mucho más fácil recurrir al ámbito técnico. El estado, que mantiene el control de la venta de vehículos, podría permitir sólo la comercialización de vehículos que no superaran las velocidades máximas marcadas o que al menos dispusieran de limitadores de velocidad (como ya se hace en competiciones deportivas). Esto se podría llevar a cabo con el acuerdo de los fabricantes de vehículos y no habría demasiados problemas, pero al parecer estos fabricantes tienen muchísimo más poder que el estado (o los gobiernos), y se permiten vender en la televisión y a todas horas fabulosos coches que sobrepasan con mucho las velocidades que teóricamente no podemos superar. Y no es que esos coches alcancen 10 ó 20 km./h más de lo permitido, es que llegan a velocidades muy superiores. Y la realidad es que incluso los coches de potencia más reducida ya alcanzan la velocidad de 120 km./h.

Todo ello deja entrever que hay poderes fácticos que están bien por encima de las instituciones y que el estado –mira tú por dónde– parece que no tiene potestad para imponerles según qué restricciones. Pero el cinismo está claramente presente: con el automóvil, el poder vende –y cobra– consumismo, lujo, velocidad, libertad, status social, etc. y luego penaliza al ciudadano (mediante bofetada económica) por hacer un uso “inadecuado” de ese juguete que nos han puesto entre manos. Pero claro, la industria del automóvil es también un gigante económico, un creador de miles de puestos de trabajo y un factor determinante del “progreso y bienestar” de la sociedad.

Y ahora resulta que la ola verde y ecológica extendida por todo el mundo a partir del llamado “cambio climático”, una enorme mentira con barniz científico[6], ha querido criminalizar a los coches “contaminantes” con altas emisiones de CO2 para imponer más impuestos verdes y seguir la política de culpabilizar a las masas. Aparte, poca gente se pregunta de dónde sale la electricidad para recargar las baterías de los “limpios” coches eléctricos. Pues va a ser que la generación de esa electricidad comporta en gran medida el recurso a los combustibles fósiles o a la energía nuclear, todo ello muy ecológico, por cierto. Sin comentarios…

En resumidas cuentas, vemos que este cinismo estatal lleva a cabo cuatro inestimables misiones que se complementan entre sí:

  1. Conseguir que la población reconozca la autoridad establecida y esté bien sometida a las normativas, regulaciones y leyes que prescriben lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede hacer y lo que no, y dictar modos de comportamiento globales (“buenos hábitos”) para uniformizar la sociedad y evitar la disidencia.
  2. Obtener provecho económico del consumo o disfrute de sustancias perniciosas y de las infracciones o abusos por medio de multas, sanciones y principalmente de impuestos, con el argumento principal de que “es por nuestro bien”.
  3. Extender y potenciar el miedo, particularmente el miedo a la enfermedad y la muerte, lo que nos apega todavía más al mundo material (donde somos muy fácilmente manejables) y al carpe diem, gozando precisamente de los placeres sensoriales que supuestamente nos quieren prohibir o restringir, cuando en el fondo es todo lo contrario[7].
  4. Culpabilizar al ciudadano de todos los males que asolan al mundo y hacerle ver que se han de tomar medidas –por dolorosas que puedan parecer– para atajar todo aquello que es pernicioso para la sociedad, el planeta y el bienestar comunitario[8].

Pero si todo se redujera a un tema de tabaco y coches aún podríamos darnos por satisfechos, pero lamentablemente el cinismo, la hipocresía, la corrupción, la mentira y las malas prácticas resultan ser consustanciales a la política, la economía y las finanzas en todos los países, en mayor o menor grado. Por supuesto, nada es lo que parece, ni que los que gobiernan son realmente los que mandan, pero eso sería tema para otro artículo.

Sea como fuere, algo no debe andar muy bien en nuestra sociedad, que asiste pasiva, idiotizada y resignada a los mandatos y actuaciones de los poderosos, pues la gente sigue creyendo en el sistema, acude religiosamente a votar (aunque ello no sirva para nada) y –como ocurre en España– se vota mayoritariamente al partido que ha demostrado estar sumido en la más inmunda corrupción. Vivir para ver… o tal vez sea verdad aquella frase de que “tenemos lo que nos merecemos”.

© Xavier Bartlett 2016


 [1] Eso que se ha denominado “conquistas sociales”, logradas en los últimos 150 años, en realidad son operaciones para hacer que la sociedad tienda al ideal del Gran Hermano: el estado único y controlador de todos los aspectos de las vidas de las personas. Dependemos de su dinero, sus leyes, su administración, sus subvenciones, sus prestaciones, sus permisos o licencias, etc. mientras la población sigue con la inocente creencia de que los políticos sirven a sus pueblos.

[2] Aunque a decir verdad, las drogas prohibidas son las que mueven ingentes cantidades de dinero. Por supuesto, hay autores que dicen que es muy extraño que pese a que los estados llevan décadas gastando muchos recursos en la lucha contra la droga, no se le haya podido poner ningún freno; la siguiente conclusión es lógica: a las élites económico-financieras que dominan el mundo ya les está bien, porque de hecho es uno de sus negocios más lucrativos, junto con el tráfico de armas. Es como decir que se llevan un buen dinero “en negro”…

[3] Tampoco parece que haya demasiada coherencia en la promoción de una vida más natural y saludable cuando las propias autoridades estatales permiten que la industria agroalimentaria recurra al uso de sustancias tóxicas en la producción de alimentos o los atiborre de todo tipo de productos químicos con el pretexto de que son necesarias para asegurar la calidad y conservación de los mismos.

[4] Ya hace años que existen estudios en EE UU que demuestran que una de las causas de muerte más habituales entre la población –sobre todo de gente mayor– es la “muerte por medicina”, esto es, por la prescripción abusiva de fármacos, errores médicos, intervenciones innecesarias o tratamientos agresivos.

[5] Otra cosa sería dilucidar si esas velocidades máximas son realistas o si simplemente están destinadas a aumentar la recaudación, recurriendo incluso a las trampas y subterfugios, o a velocidades absolutamente ridículas, cuando el peligro real sobre la vía es mínimo.

[6] Miles de científicos de primera fila de todo el mundo han demostrado que el calentamiento global antropogénico no tiene base científica alguna y que en realidad es una sarta de mentiras, manipulaciones y tergiversaciones de los datos para dar cobertura a políticas socioeconómicas dictadas por la elite global. Véase el artículo en este blog sobre esta cuestión.

[7] La famosa “Ley Seca” de los EE UU a inicios del siglo XX resultó un perfecto ejemplo de cómo potenciar lo deseado a través de la prohibición legal, lo que aumentó además las actividades mafiosas y criminales.

[8] En efecto, mientras el desarrollo industrial, urbanístico y tecnológico sigue avanzando a pasos agigantados, aumentando la brecha entre el hombre y el entorno natural, nos continúan hablando del desastre de los gases de efecto invernadero, los osos polares, el hielo del Ártico o la selva amazónica, siendo el hombre común el máximo responsable de ello.

El fenómeno de los barcos abandonados (3ª parte)

Hace unos meses publiqué aquí en dos partes un extenso artículo sobre el extraño tema de los barcos abandonados, entendiendo por este término “una nave que puede –o no– haber estado perdida durante un tiempo determinado, y al ser hallada a la deriva en alta mar por otra nave (o varada en la costa) no se halla el menor rastro de la tripulación que la ocupaba ni ninguna pista sobre su paradero ni el motivo por el cual se produjo ese abandono.” 

Y viendo que había muchos cabos sueltos que quedaron sin respuesta en el artículo, decidí  profundizar más en este intrigante asunto, lo que me llevó a entrevistar al conocido autor y ufólogo español Ramón Navia, que aparte de haber investigado varios casos de desapariciones también posee un amplio conocimiento de la navegación marítima, al haber sido piloto de la marina mercante durante muchos años. Esta entrevista la realicé el pasado año 2015 y salió publicada en la revista digital Espacio Compartido, pero había quedado inédita en este blog, por lo cual he decidido difundirla ahora para que los lectores de Somnium Dei dispongan de esta valiosa información adicional sobre este auténtico reto a la ciencia.

Entrevista a Ramón Navia sobre el fenómeno de los barcos abandonados

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Ramón Navia-Osorio Villar

Xavier Bartlett: Mucha gente conoce la famosa controversia del Triángulo de las Bermudas, según la cual han desaparecido muchos aviones y barcos sin dejar rastro. Sin embargo, existen otros casos, menos conocidos, en que se hallaron los barcos, pero a la deriva y sin tripulación. ¿Cree que estamos ante el mismo fenómeno o son dos fenómenos distintos?

Ramón Navia: En estos asuntos no existe frontera definida, pero tal como se presentan los hechos son dos cuestiones diferentes. En una, el buque desaparece y en la otra el buque parece que navegue varias singladuras sin rumbo fijo. Algunos investigadores clasifican estos veleros como navíos fantasmas y en verdad sus historias son merecedoras de ese calificativo. Un velero que permanezca a la deriva durante días tiene asegurada un lugar en el limbo de los perdidos; sin embargo, eso parece que no se cumple en ciertas apariciones. Un buque sin que nadie gobierne el timón tiene tendencia a atravesarse al oleaje, y ya con eso es candidato a un naufragio inminente. Las historias que se cuentan, entre ellas el Mary Celeste, o el Caleuche, fueron veleros divisados en diferentes fechas, algo impensable en navegación. El caso del Caleuche es aún más complicado pues las aguas por donde se divisaba eran zonas muy complejas para la navegación.

XB: Entre los marinos profesionales, ¿es este un tema tabú, se lo considera una rareza inexplicable, o bien simplemente una fabulación de los escritores de misterios?

RN: En las largas travesías solíamos reunirnos en el puente y hablar de estos temas y de mil cosas más. Como en todo tienen sus defensores y sus detractores, son siempre opiniones que no conducen a nada. No obstante, el tema lo tuve archivado pero en el transcurso del tiempo me vinieron casos de buques fantasmas de profesionales de la marina que me vinieron a confirmar la existencias de esos buques fantasmales.

XB: ¿Cómo se desarrollan las investigaciones oficiales una vez hallado un barco abandonado (a veces llamado “barco fantasma”)?

RN: Muy sencillo. No existe ni un somero estudio sobre este tema. La palabra “fantasma” aleja a la ciencia de emprender cualquier estudio.

XB: ¿Conoce algún caso de barco abandonado de nacionalidad española o acaecido en aguas españolas?  

RN: No. La historia naval española es muy extensa y en nuestra carrera, aunque parezca extraño no disponíamos de ninguna asignatura que tratara sobre la historia de la navegación española. Curioso que las narraciones de episodios navales son mucho más interesante que cualquier novela actual. Hagan la prueba.

Por otro lado de un estudio que llevó a cabo José G. Echegoyen, sobre 111 barcos desaparecidos, sesenta y uno no fueron hallados, entre ellos un crucero español. Creo que este caso fue por inexperiencia del mando, pues en un fuerte temporal no se debe navegar de proa a toda máquina, pues se corre el peligro de embicar. Se debe capear el temporal.

Sin embargo, recuerdo algunos casos de otro tipo de desapariciones. Una fue hacia 1969, cuando el capitán Antonio González de Boado volaba en un hidro Grumman en las cercanías del cabo de Gata, y al poco tiempo un segundo hidro desapareció en la misma zona. La prensa guardó silencio de estas desapariciones ya que se encontraban cerca de la caída varias bombas atómicas en Palomares. Los amigos de Boado explicaron que él tenía el presentimiento de que no regresaría, como así fue. En su vuelo viajaban oficiales de altos mandos de la Marina de Guerra.

XB: ¿Cuáles son las causas más habituales para tener que abandonar un barco con cierta premura?

RN: Pueden existir diferentes causas, una de ellas podría ser por una vía de agua de cierta importancia, por embarrancar, por incendio, por corrimiento de carga, por exceso de carga, o como le sucedió al Titanic. Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos buques se hundieron debido al choque con minas sumergidas. Las cuestiones climáticas son otras de las dificultades que se puede presentar a un capitán, cuando está al mando de un buque de poco tonelaje y se presenta un huracán de fuerza 3, 4 ó 5 y no sabe salir del semicírculo peligroso. Existen otras maquiavélicas maniobras para abandonar un buque y están relacionadas con las intenciones del armador. De estas conozco algunas.

XB: ¿Qué motivaría el abandono de un barco cuando está aún en buenas condiciones de navegar?

RN: Por anuncio de bomba y sobre todo, como apuntaba antes, por intereses económicos de la compañía. Por regla general, suelen existir sustanciosos seguros.

XB: ¿Cuál sería su explicación para el hallazgo de barcos a la deriva y abandonados en que todos los medios de salvamento permanecieron a bordo?

RN: Esto sí que es un enigma. En la historia de la navegación se han encontrado veleros de poco tonelaje que dando la vuelta al mundo han desaparecido todos los tripulantes. En algunas ocasiones han sido embarcaciones de cierto porte y en otras pequeñas embarcaciones. Algunas podrían tener alguna explicación; sin embargo en otras es un verdadero enigma. Algunos aventureros en solitario han querido refrescarse durante la travesía, y se han echado al agua, ignorando lo complicado que resulta volver otra vez a la embarcación cuando no se dispone de unas buenas condiciones natatorias. En esta pregunta concreta tendríamos que echar mano a otras explicaciones nadas ortodoxas y que están reñidas con la ciencia.

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El Mary Celeste, quizá el caso más famoso de barco abandonado (o fantasma)

XB: En caso de abandono del buque, ¿qué instrumentos, papeles o documentación debe llevarse consigo el capitán?

RN: Estas cuestiones han cambiado a través de la historia marítima. Anteriormente el capitán se llevaba el sextante y el cronómetro, además de alguna carta de navegación. Eso, en aquellos casos que la embarcación se hundiera lentamente. También está en consonancia con el valor del capitán, no vaya a ser que nos encontremos como el capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, que fue condenado a 16 años de cárcel por abandono y por la muerte de más de treinta pasajeros. Otro de los documentos que debe llevar es el Libro de Bitácora, donde se reflejan los hechos más relevantes de cada singladura. Y aquellos documentos que fueron confiados por la misma compañía, así como otros de reciente origen relacionados con las últimas transacciones. Antiguamente era importante el manifiesto de carga, pero en el presente debido a los sistemas informáticos, los documentos son transferidos por sistema telemáticos directamente a la compañía. Con el Libro de Bitácora, se pueden reconstruir los hechos con bastante exactitud.

Recuerdo el caso del hundimiento de la motonave Ciudad de Valencia, que se encontraba en Cádiz cargando explosivos. Los dos capitanes que llevábamos a bordo, tanto el militar como el civil salieron de la nave sin llevarse ninguna documentación. En esos momentos me encontraba como Agregado, y presencié desde el principio hasta el final los diferentes actos que se registraron. Fue una actuación bochornosa que culminó con una llamada del Ministro de Marina, donde el mismo ministro se confesó. Sí, he dicho bien, se confesó.

XB: En algunos casos estos barcos fantasmas se sabe que fueron arriados el bote o botes de salvamento, pero sin embargo ninguno fue hallado nunca; ni llegaron a la costa ni fueron encontrados por los equipos de rescate. El caso del naufragio en 1972 del velero Lucette, del navegante Dougal Robertson, en el Pacífico muestra que una familia entera pudo sobrevivir 37 días en el mar en un pequeño bote, sin disponer de instrumentos de navegación y sufriendo fuertes tempestades hasta ser rescatada por un barco japonés. ¿No cree que al menos en un caso de abandono del barco, y más en época moderna, los tripulantes deberían haber sido encontrados por los rescatadores o podrían haber llegado a alguna costa?

RN: Lo que sucede en los enormes océanos con tiempo cambiante cada escasos días y a veces en horas es casi imposible de prever. El caso del hundimiento de la goleta Lucette, de algo más de 13 metros de eslora, es un caso aislado, que a pesar de llevarse a la gran pantalla y describirse la historia en un libro, fue algo novelado. Pasaron lo suyo, pero contaron con ciertas provisiones y con agua, hasta que un pesquero japonés los salvara. La mayoría de los salvamentos han sido debido al encuentro con buques, muy pocos llegaron a la costa. Es muy difícil tener, en estos momentos, todas las historias de los naufragios y de sus desenlaces.

XB: Si un barco está en grave riesgo (el que fuere) y debe ser abandonado, ¿cuánto tiempo se tarda en emitir un SOS o mensaje de emergencia? ¿Es creíble que ningún barco de la casuística no tuviera tiempo de radiar ningún mensaje? ¿Por qué cree que no se utilizó –o no se pudo utilizar– la radio?

RN: Esto depende de la época en que se dio la circunstancia del abandono del buque. La lista de buques desaparecidos es ya un poco añeja y los sistemas han cambiado considerablemente. Hoy en día esto ya está resuelto y desde hace bastante tiempo. Hace unos cincuenta años, recuerdo que disponíamos de una baliza, de unos 55 por 70 centímetros, que por cierto era muy pesada y estaban pintadas de dos colores. La parte superior era amarilla y la inferior de color gris. En el momento de peligro se arrojaba al mar y automáticamente transmitía las coordenadas del incidente. Actualmente existe una red informatizada, vía satélite, donde se puede consultar, a cada momento, la situación de los buques con total precisión. Por otra parte puede suceder que por un fallo eléctrico, o por cualquier otra causa, el radiotelegrafista no pueda transmitir el SOS. Cuando existe un peligro, debemos tener presente que algo ha dejado de funcionar en el sistema, por lo tanto si están fuera de combate las fuentes de suministro es lógico que todo vaya mal. Se tiene que considerar que no siempre las emisiones de SOS llegan a feliz término.

XB: ¿Es razonable que se achaquen muchos casos de barcos abandonados a la inexperiencia, falta de formación o temeridad de su capitán? ¿Y a la inadecuación de la embarcación o del equipo?

RN: Pudiera ser, pero no son tan corrientes estas causas de como sucede en los enchufismos de tierra. Anda en juego una fortuna, y las compañías no dejan tal capital en manos de un inexperto. Otra cosa pueden ser los mandos intermedios, que tuve la mala suerte de compartir con algunos de ellos. Cuando alguien se equivoca siempre suele sobresalir otro que está en sus cabales y saltando el asunto de galones, toma el mando sin más. Eso también tuve la oportunidad de hacerlo.

XB: ¿Existe algún protocolo internacional de seguimiento o seguridad según el cual los barcos han de ir comunicando que “todo va bien”? ¿En qué momento o en qué circunstancia se inicia una operación de búsqueda y rescate de un barco que no ha lanzado ningún SOS?

RN: Hace años el que no se supiera de la situación de un buque, por un lazo pequeño de tiempo, no era de mayor notoriedad. Casi siempre estos periodos de silencio eran motivados por fallos en los aparatos emisores o por fallos indirectos. Hoy en día cuando se daban, por finalizados, los actos de piratería estos han surgido fuertemente en el mar arábigo. Son tal los adelantos técnicos que las naves pueden avisar inmediatamente al centro, de la agresión a la que se enfrentan.

Hace años, en algunos buques que navegué, cooperábamos con el servicio meteorológico nacional, y transmitíamos diariamente los partes a la central. Han pasado cincuenta años y los adelantos han sido inmensos y a pesar de ello desaparecen pequeñas y medianas embarcaciones. Hace tiempo solía consultar con las compañías de seguro inglesa de Lloyd’s y la francesa Bureau Veritas y disponían de listados de naves desaparecidas.

XB: A pesar de que el siglo XXI existe ya una avanzada tecnología de navegación y comunicación, y muchos medios de rescate, todavía se producen bastantes casos de barcos abandonados (veleros, yates, barcos de pesca, etc.), sobre todo en el Triángulo de las Bermudas. ¿Cómo lo explicaría?

Triangulo_Bermudas

El llamado Triángulo de las Bermudas

RN: Aquí intervienen varios factores que revisten cierta importancia. Una de ellas son las fuertes corrientes marinas que existen en las inmediaciones. La principal es la corriente del Golfo que bordea toda la cuenca mexicana y sale por Florida a una velocidad de cerca de cinco millas por hora. Que es una considerable velocidad. A esa corriente se le tiene que añadir la corriente del Lazo, con otro recorrido pero que en ciertas condiciones se solapan. Debemos tener presente que las capas más profundas del Gulf Stream son mucho más frías y en ocasiones pueden producir remolinos. Si a todo esto añadimos el denso tráfico que navega por la zona tenemos ya una cierta explicación, aunque todo ello no sirve para explicar la totalidad de las naves desaparecidas.

Las interferencias del Triángulo llegan hasta las costas de Puerto Rico en donde investigaciones que llevamos a cabo hace algunos años los pescadores nos habían reportado extraños avistamientos y cuerpos que emergían del mar. Por otra parte debemos recordar que los estadounidenses disponían en la pequeña isla de Vicques de una base donde realizaban constantemente hazañas bélicas y otras investigaciones genéticas.

XB: ¿Tiene constancia –por su propia experiencia o por la de otros compañeros de profesión– de la existencia de aberraciones electromagnéticas y fallos sistemáticos de las brújulas en algunos mares o zonas determinadas? ¿Y de otro tipo de fenómenos anormales como brumas o neblinas “eléctricas”, luces sobre o bajo las aguas, avistamiento de objetos no identificados, etc.?

RN: Existen en el mundo varias zonas de perturbaciones magnéticas, sin ir muy lejos nuestro cabo de Gata era una de esas zonas donde nos quedamos aislados durante unas millas en las transmisiones de radio. Algunas caídas de aeroplanos han sido debidas a ciertas anomalías electromagnéticas, como los aviones franceses caídos en el sudoeste español. En la navegación añeja se tenía que corregir el rumbo debido a las variaciones magnéticas que iba variando según la situación.

XB: ¿Puede una tormenta o tromba marina arrastrar a todos los tripulantes al agua y que no quede nadie a bordo? ¿Hay casos registrados de esta circunstancia, más allá de pequeñas embarcaciones?

RN: Es muy difícil. Ante una tormenta tropical y antes de convertirse en ciclón, el capitán ordena preparase para el evento, cerrando todos los compartimentos y departamento expuestos a la bravura del mar. A veces el peligro no llega a través de los vientos huracanados, sino de un fenómeno muy poco conocido como son las olas solitarias. En 1957 ó 1958, no recuerdo exactamente cuándo, navegábamos en las cercanías de Cádiz, tres olas solitarias causaron grandes destrozos en el buque. Navegando a quince nudos, las olas llegaron a frenar a un buque de cerca de ocho mil toneladas brutas. Se llevó los anclajes del torrotito de proa y torció cáncamos y pasamanos como si fueran de papel. El gran escudo que llevaba en la proa se lo llevó. Rompió los amarres de acero que sostenían una maquinaria pesada y al poco entrábamos en la bahía, lo que quiero decir que no fue en plena mar, sino muy cerca de la costa. Si esas olas hubieran cogido al mismo buque de través no habría quedado mucho rastro, solamente algunos restos habrían llegado a la costa. Por ejemplo, hace tiempo, en el estrecho, un pequeño buque de guerra español se hundió debido a que con un fuerte temporal no cerró las carboneras.

XB: ¿Qué incidencia hubiera podido tener la piratería en los últimos 150 años con respecto a la desaparición de tripulaciones? ¿No era ya un fenómeno residual a mediados del siglo XIX?

RN: Indudablemente la piratería ha intervenido en muchas desapariciones, teniendo presente que además de esa plaga existían los corsarios, algunos de ellos con el beneplácito de alguna corona. Todos ellos navegaban en busca de presas y aunque el mar es ancho existen los puntos de recalada donde el bandido esperaba a su presa. No podemos pasar por alto la otra clase de piratería, la que ejercían naciones de reconocida solvencia y que actuaron durante años haciendo rapiñas. Muchos de ellos llegaron a disponer de títulos, algunos navegaban al pairo, esperando a los galeones españoles llenos de niños, mujeres y enfermos y ya cansados de una larga travesía resultaba una fácil presa. Más tarde serían agasajados como héroes.

En el océano Índico la piratería yace escondida e ignorada por la prensa, ya que disponen los periódicos de otro tipo de carnaza para llenar hojas y hojas. Más cercano a nosotros tenemos la piratería del Golfo Arábigo que han hecho fortuna secuestrando buques de banderas ignoradas y de otros países muy acreditados.

XB: En su opinión profesional, ¿cree que estas explicaciones habituales (accidentes, motines, asesinatos, piratería, fraudes, etc.) pueden cubrir todos los casos de barcos abandonados o podrían haber casos de nula explicación que tal vez entrarían en el terreno de la ciencia paranormal?

RN: En el ranking de catálogos de buques fantasmas solo figuran unos pocos, todos ellos tratados muy extensamente. Sólo tuve la ocasión de conversar con un patrón pesquero que fue testigo de un buque fantasma. Nos quedamos sin saber su nombre y su aparejo, ya que el patrón estaba más por las artes de pesca que por los navíos de vela. El caso completo lo describo en el próximo libro Dimensiones.

XB: ¿Contempla la explicación de que estos barcos hubieran atravesado una especie de puerta dimensional por la cual pasaran las personas pero no las naves, independientemente de su tamaño?

RN: Hace años hubiera tratado esta pregunta como de ciencia-ficción pero debido a los enormes adelantos técnicos conocidos ya no me rasgo las vestiduras. Además de la ciencia que todos conocemos existe otra cuyas actuaciones son desconocidas para el gran público. Precisamente el fenómeno de las puertas está cada vez de más actualidad. La ley de cuerdas, con el transcurso de los años ha ido aumentando el número de puertas dimensionales, llegando a la actualidad a veinte. Recomiendo la obra del físico cuántico Fred Alan Wolf, y aunque no trata de buques, nos podemos dar idea lo cerca que tenemos el asunto de las puertas.

En ocasiones disponemos de pistas muy significativas que nos borran nuestros servicios secretos. Por ejemplo, una escuadrilla de cazas españoles que realizaban ejercicios en las costas mediterráneas desapareció el que iba de vértice ante la vista de los otros pilotos. Se volatilizó y nunca más de supo Lo absorbieron, o quizás entró en una puerta. La noticia fue publicada en La Vanguardia, en la primera edición, en la segunda edición, la noticia fue suprimida.

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Avión Dassault Mirage III

Creo que en 1978, no recuerdo exactamente la fecha, un avión Mirage III desapareció en el mar frente al cabo San Antonio (Alicante); los otros aviones no vieron nada ni recibieron un SOS, ni siquiera un paracaídas. Se registró un área de algo más de 4.000 millas sin obtener ningún resultado. En 1980, un caza Matador desapareció en aguas de Mallorca. La búsqueda quedó a cargo de unidades navales y aviones de la base de Rota. Todo fue en vano. Quizás convendría decir que hace tiempo se hablaba del triángulo balear y la desaparición continua de palomas mensajeras. Recordemos que posteriormente se oyeron, en la costa de Sóller, unos extraños sonidos marinos que trajeron en jaque a muchos científicos.

XB: ¿Por qué cree que en bastantes ocasiones se hallaron las mascotas a bordo, y en cambio ningún ser humano, ni siquiera cadáver? (Aún muy recientemente se siguen dando casos de perros hallados a bordo de estos barcos, pero no sus amos.)

RN: Efectivamente, así consta en algunos relatos de buques fantasmas ¿pero podemos darle total credibilidad? Somos conscientes de que alguien juega con nosotros, San Pablo bien lo sabía y eso hace ya muchos siglos. Nuestra cabezonería nos ciega la mente y volvemos a lo tradicional, creyendo que ahí está la seguridad. De todas las narraciones de estos temas es conveniente tenerlo presente, pero no tomarlo como dogma de fe. En un principio era un enorme escéptico en estos temas pero investigando sobre los no identificados me he ido encontrado testigos de total solvencia que me han narrado experiencias sobre el particular.

XB: ¿Cree que el fenómeno OVNI puede tener alguna relación con el fenómeno de los barcos abandonados o con la desaparición completa de buques y aviones?

RN: Aunque no lo creamos, el fenómeno ovni está presente en todo, aunque no se vean, no se reporten, es algo que va con nosotros. Tiempo atrás ellos se daban a conocer, ahora están, pero no visibles al espectro de la frecuencia humana. Las investigaciones en Puerto Rico parecían orientadas a un binomio ovni-buque.

XB: ¿Cree que estamos ante casos de secuestro o abducción de personas, o simplemente ante desgracias marinas que no han podido ser explicadas a falta de pruebas fehacientes?

RN: Los secuestros y abducciones se pueden producir en cualquier parte del mundo, aunque ya se ha comprobado que muchas han sido patrocinadas por poderes militares. Nosotros podemos analizar una rata o dos, pero no necesitamos unos millares de ellas para saber cómo funcionan biológicamente. Ellos nos conocen sobradamente, mejor que nosotros mismos, son cortinas de humo que trazan los de aquí y los de allí.

La mar está llena de tragedias marinas, tanto a nivel particular como a nivel global. Tengamos presente la superficie que cubren los mares y océanos y la rémora que llevamos siempre con nosotros, nuestra insaciable e incomprendida conducta por conquistar.

XB: ¿Encuentra algún paralelismo entre la casuística de desapariciones de personas en tierra y la desaparición de tripulaciones y pasaje en los barcos?

RN: En algunos casos sí y en otros no. Muchas desapariciones en tierra han sido por motivos familiares o por enfermedades de diferentes patologías. Hace años me dedique a su estudio y el ya fallecido Andreas Faber-Kaiser me ayudó en sus programas de Sintonía Alfa a buscar soluciones a los desaparecidos. Algunos de ellos apuntaban a una componente espacial, como el famoso caso de Montalbán. Mantengo la tesis que todo está entramado como si perteneciera a un gran juego cósmico.

XB: Después del “boom” de los libros de Berlitz y otros autores en los años 70, el fenómeno de barcos perdidos o fantasmas prácticamente ha desaparecido de la literatura y de los medios de comunicación en la actualidad. ¿Cree que el tema ha sido dado ya por resuelto por parte de los estamentos internacionales y que no merece la pena seguir hablando de ello?

RN: Ciertos países, entre ellos Rusia, hicieron investigaciones en el Triángulo, pero los resultados fueron muy descafeinados. Ninguna nación que descubra algo de importancia sobre el tema comunicará algo a la prensa. Los gobernantes suelen tener mucho miedo a la estampida del público, máxime cuando no existe antídoto para ello.

En todo caso, siempre que se tengan nuevos datos es necesario subir el tema a la palestra. El público en general abraza rápidamente las nuevas novedades, pero una vez que están afianzadas, deja de interesarse por el tema. Es lo que ha sucedido con el Triángulo.

XB: Finalmente, ¿cuál sería su teoría o explicación más plausible sobre este fenómeno?

RN: Al amparo de los acontecimientos, creo que estamos siendo usados, por unos y otros.

(c) Xavier Bartlett 2015

La clásica estrategia del miedo

Dicen que la historia se repite. Pero parece ser que la población en general no se da cuenta de ello; o tal vez sí, creyendo que todo lo que ocurre con cierta periodicidad es inevitable y que no hay nada que podamos hacer. Siempre tienen que suceder desgracias, males, conflictos, catástrofes –ya sean de origen natural o humano– y sólo podemos asistir temerosos e impotentes al desastre.

En efecto, da la impresión que los ciudadanos de a pie de todos los países se han convertido en meros espectadores de escenarios cada vez más virulentos y apocalípticos ante los cuales están asustados, perplejos o indignados, pero con la sensación de que todo eso “se les va de las manos”. Da igual que la gente vaya a votar en los países “democráticos”, que se organicen movimientos políticos o sociales “espontáneos”, que haya protestas ciudadanas… el curso de los acontecimientos parece seguir una agenda fatídica e inevitable, y en todo ello siempre está presente el mismo factor: el miedo.

Según la definición del diccionario, el miedo es “la sensación de angustia por un riesgo o daño real o imaginario”. Y no hace falta ser muy avispado para observar que desde los medios de comunicación (que utilizan esos dos “grandes hermanos” llamados televisión e Internet) se aviva constantemente esa sensación de angustia, ansiedad, incertidumbre, rechazo, malestar, indignación, rabia… proyectando hacia los individuos un daño real… o imaginario. Veamos sólo unos pocos ejemplos:

  • El creciente terrorismo yihadista, que es el número 1 del miedo en Occidente y que nadie sabe muy bien de dónde ha salido. Lo cierto es que está presente por todas partes y que se muestra como un sanguinario monstruo incontrolable; eso sí, goza de la mayor propaganda posible en los medios occidentales. Nunca faltan cámaras para mostrar el odio y el horror en directo o en diferido…
  • Los países que forman cierto “Eje del Mal”, que no se atienen a las directrices de la llamada “comunidad internacional” (¿los buenos?), no dejan de amenazar al mundo con guerras, lanzamiento de misiles, desestabilización económica, etc.
  • Las pavorosas crisis de refugiados que parecen desbordar todas las fronteras de Occidente y que se han convertido ya en la “segunda invasión de los bárbaros”, con un falso problema humanitario, creado por los que desataron las guerras en Oriente Próximo.
  • Los terribles virus que van a matar a muchos millones de personas o dejarlas gravemente enfermas. Véase el actual virus Zika, el último en llegar a la larga lista de pandemias y amenazas biológicas globales de los últimos años, antes los cuales… ¡se envía al ejército! (Por cierto, muchos científicos han denunciado que estas amenazas son inexistentes o totalmente exageradas. ¿Les han visto ustedes en los medios?)
  • La situación financiera mundial, al borde del colapso y siempre complicada con deudas enormes que los países no pueden pagar… bueno, no es así exactamente, siempre acaba pagando el ciudadano medio. Todo ello crea una gran inestabilidad política y económica, un enorme pánico en las bolsas (no olvidemos que “los mercados” mandan más que nadie en el mundo), la amenaza de que se acaben los servicios públicos, las pensiones, etc.
  • El fantasma del cambio climático y el calentamiento global es atizado frecuentemente para ir presentando un panorama apocalíptico de destrucción del planeta ante la irresponsabilidad y culpabilidad de las personas. Tremendas emisiones de CO2, polos derretidos, sequías, hambruna, tsunamis, tornados… Da igual que numerosos expertos hayan afirmado que no hay base científica que demuestre que las emisiones de CO2 humanas sean causantes de ningún cambio climático. Estos tampoco salen en la tele, claro.

lobosY podríamos seguir con un largo etcétera, pero es más de lo mismo. Al grito de “¡que viene el lobo!” todo el mundo entra en situación de desasosiego y trata de escaparse desesperadamente de lo que se le viene encima. Estamos, en fin, ante la clásica estrategia del miedo, que ha funcionado a las mil maravillas durante siglos. Porque… ¿de qué otra manera se podría manejar a miles de millones de personas? No se puede controlar físicamente a tantísima gente con ingentes cantidades de policías y soldados, es imposible. Basta con dominar sus mentes y llenarlas de miedo. En este punto es cuando desde arriba se empiezan a presentar múltiples enemigos a la comunidad y al individuo en particular, gentes o cosas ajenas, extrañas o diferentes que pueden destruir su mundo. Y dado que casi todas las personas se identifican con su yo mental, que separa y discrimina entre una cierta identidad individual (o colectiva) y todo lo demás, la reacción habitual es que se activen las defensas ante las amenazas y perjuicios venidos de fuera. Este es el simple mecanismo por el cual la población de cualquier país –o de todo el planeta– resulta víctima de una sutil y artera manipulación y se convierte en un mero rebaño idiotizado, pusilánime y asustado que hará sin rechistar lo que diga el pastor y los perros que le acompañan.

Aunque, para ser sinceros, en primer término, la base de la estrategia es la ignorancia. Esto es, se trata de que los individuos interioricen lo que conviene (a los que mandan) pero que nunca lleguen a saber lo que les conviene en realidad. Es obvio que la verdad nunca puede salir a la luz, cuando el mundo está construido como un teatro de mentiras, falsedades, ocultaciones y corrupciones de todo tipo. El propio Dr. Josef Goebbels, auténtico genio de la mentira institucionalizada (o sea, la propaganda) ya dijo sin tapujos que “la verdad es el mayor enemigo del Estado”. Sobran los comentarios. Al ciudadano sólo se le proporciona la información precisa para funcionar en ese ambiente y para que experimente falsas sensaciones de seguridad y aceptación en ese entorno. Ahora bien, de un día para otro, le pueden cambiar el entorno y se puede encontrar en la más terrible de las situaciones vitales.

Esto es precisamente lo que sustenta el éxito de la estrategia del miedo: la inútil persecución de las falsas certezas, seguridades y tranquilidades, aun cuando todo el mundo sabe que tarde o temprano la muerte llamará a su puerta. Y no por nada en la famosa pirámide de necesidades de Abraham Maslow, la necesidad de obtener a toda costa una situación de seguridad se situaba en el segundo escalón, justo por encima de lo imprescindible para garantizar la mera existencia física. Así pues, el miedo deshace la confianza y nos relega a un estado semisalvaje de instinto de protección y de supervivencia. El resultado es que casi todo el mundo funciona por miedo: a perder el afecto, a perder un empleo, a perder el prestigio, a ser excluido, a ser perseguido o juzgado, a “no ser como los demás”, etc. Y cuando el mensaje de miedo es repetido día sí y día también en los medios y en la opinión pública, se acaba creando un malestar racional y emocional crónico que es imposible de digerir o disipar. El miedo va calando y va cumpliendo su función de “preparar el escenario deseado”.

Entonces, finalmente, las personas pierden la calma, el sentido común y la razón y acaban buscando o pidiendo a gritos una rápida solución a la angustia provocada. Y ahí resulta que alguien está preparado para recoger los frutos sembrados. Gracias al miedo generado, la autoridad consolidada se refuerza y puede imponer medidas y acciones que de otro modo serían de muy mal trago o que tal vez crearían algunas resistencias. Ante esto, el individuo no sólo pierde su serenidad, también pierde su libertad y su poder. Así, el “papá Estado”, o la comunidad internacional o cualquier otra autoridad establecida decidirá qué debe hacerse en todo momento y cómo afectará a los ciudadanos. Esto puede permitir meter a las personas en campos de internamiento, a obligar a que se vacunen o a insertarles un microchip, a imponer fuertes medidas de seguridad hasta destruir la privacidad o la libertad, a pasar por ciertos controles exhaustivos, a cobrar más impuestos, a recortar o suprimir cada vez más derechos, etc.

En definitiva, es una vieja historia que se lleva arrastrando desde hace milenios, pero que sigue funcionando igual. Así, vemos que tener al rebaño permanentemente asustado o en vilo ha dado muchos réditos a los pastores, cuya única preocupación es ir creando –y vendiendo adecuadamente– graves problemas, riesgos y amenazas de todo tipo para que el miedo siga cumpliendo su inestimable función paralizadora. Ahora podríamos hacernos una pregunta que puede parecer un poco ingenua, pero que empezaría a hacernos reflexionar seriamente sobre el quid de la cuestión: ¿Qué pasaría si usted supiera con certeza que es un ser inmortal? ¿Se preocuparía tanto por su vida o por la de los suyos? ¿Seguiría confiando en aquellos que constantemente le están metiendo miedo en el cuerpo? ¿Y si alguien le dijera que todo este teatro (del malo) no es más que una ilusión o realidad virtual en la que está atrapado? ¿Se imaginan un mundo sin miedo? ¿O tal vez el verdadero mérito sea conocer el miedo, enfrentarse a él y superarlo?

© Xavier Bartlett 2016