El fin de los tiempos

catastrofismo

Hace pocos años que viene corriendo un rumor no confirmado acerca de una insólita predicción sobre el fin de los tiempos. Al parecer, este evento tuvo su origen en la famosísima profecía de los mayas sobre el fin del mundo, que tendría lugar el solsticio de invierno de 2012. Este suceso, que en su día levantó todo tipo de polémicas, miedos, histerias y teorías (y hasta un buen negocio), fue tomado en serio por algunas altas instancias de la administración norteamericana y para ello el Gobierno Federal decidió impulsar a inicios de 2011 un proyecto científico que dejara a un lado la mitología y las supersticiones y ofreciera una respuesta empírica y fiable sobre un hipotético fin del mundo. Así, se habría encargado a tres instituciones distintas un análisis de todos los factores que pudieran conducir a un supuesto fin de los tiempos en el planeta Tierra.

Según diversas fuentes, el encargo –que fue considerado como un secreto de Estado– recayó sobre la NSA (Agencia de Seguridad Nacional), la NASA y el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets). Para llevar a cabo el proyecto, bautizado como Deadline (“Fecha límite”), se dotó a estas entidades de un generoso presupuesto adicional, con la participación de tres equipos de científicos especialistas en diferentes ramas. De todas formas, los protagonistas principales de este estudio no serían dichos expertos, sino tres potentísimas computadoras –entre las más avanzadas de su generación– con una capacidad de procesar billones de datos en una décima de segundo. Por otro lado, a fin de evitar influencias, sesgos y prejuicios, se decidió que cada una de las tres instituciones –con sus respectivas megacomputadoras– trabajaría independientemente y sin compartir su enfoque, metodología o cualquier información con las otras.

De este modo, los tres equipos se pusieron a trabajar para “alimentar” a su megacomputadora con una gran cantidad de datos contrastados, a fin de obtener un resultado representativo, consistente y fiable. La información utilizada se basaba en conocimientos astronómicos, geológicos, físicos, químicos, biológicos, etc. e incluso se introdujeron muchas variables de tipo social relacionadas con el comportamiento humano (política, economía, guerra…) como factor decisivo en la supervivencia del planeta. Casi todos los enfoques coincidieron en dar un cierto peso a tres elementos clave como el supuesto deterioro climático-ambiental, una hipotética guerra nuclear total o la posibilidad de una catástrofe planetaria de tipo cósmico (como el impacto de un asteroide, por ejemplo). Asimismo, los científicos introdujeron en la ecuación varios modelos matemáticos de predicción con los que la computadora pudiera manejar los datos adecuadamente y ofrecer una fecha concreta para el fin del mundo.

Finalmente, en febrero de 2012, las tres instituciones entregaron sus respectivos informes al Gobierno de Washington, y los resultados no dejaron a nadie indiferente pues se había producido una coincidencia altamente significativa. Los tres estudios coincidían en dos hechos básicos:

  • El año 2012 no sería de ningún modo el fin de los tiempos.
  • El fin de los tiempos tendría lugar el año 2359.

Sobre el tema de 2012, los expertos ya veían claro que no había ninguna causa objetiva para temer por un cataclismo global inminente, y en ese sentido la confirmación de las computadoras reafirmaba este escenario. (Por otra parte, sería conveniente destacar que los propios indígenas mayas expresaron claramente que el 21 de diciembre de 2012 no se debía tomar como el fin del mundo sino como el fin de un ciclo y el inicio de otro).

Sin embargo, la fecha alternativa de 2359, indicada por las tres computadoras, había causado un gran estupor y desasosiego, pues nadie se explicaba la increíble coincidencia en una misma fecha (exacta, ni un año ni un lustro más ni menos), más aun teniendo en cuenta que –según se pudo comprobar a posteriori– los datos y los métodos empleados en los tres análisis habían diferido en bastantes puntos sustanciales. El problema que subyacía es que las computadoras no habían “justificado” su predicción y no había forma de “hacer hablar” a las máquinas para que clarificasen los mecanismos que habían conducido a ese mismo resultado. Se suponía que la fecha en cuestión era una complejísima combinación de múltiples factores y proyecciones matemáticas, y que iba a resultar muy laborioso “entender” adecuadamente el proceso llevado a cabo por las tres potentes máquinas, sobre las cuales –por cierto– nadie puso en duda su correcto funcionamiento.

Los expertos trataron de buscar explicaciones lógicas al veredicto de las máquinas con más frustración que otra cosa, pues los especialistas en política y guerra preveían un holocausto nuclear a corto plazo (antes de 2100), mientras que los alarmistas del cambio climático vaticinaban un final a medio plazo (hacia el 2200 como mucho); a su vez, los astrofísicos no veían ninguna amenaza seria de origen cósmico antes del año 2600. ¿Sería la fecha de 2359 una especie de compromiso fruto de las propias expectativas de los científicos? En todo caso, el tema había calado hondo entre ciertas élites políticas y científicas, pues el hecho de que el resultado fuese a coincidir en mismo un año fatídico era una realidad alarmante que no se podía obviar.

Por de pronto, el proyecto Deadline siguió en la más estricta confidencialidad, mientras el gobierno decidía qué hacer con él. En este contexto, la investigación sobre “el fin de los tiempos” parecía haber llegado a un callejón sin salida y así hubiera permanecido indefinidamente de no ser por una intervención inesperada que condujo a un insospechado final del proyecto. Lo cierto es que, pese a las medidas discrecionales implementadas, alguna cosa ya se había ido filtrando en algunos círculos profesionales y así fue como un veterano ingeniero electrónico de la NASA a punto de jubilarse –cuyo nombre permanece en el anonimato– tuvo noticia de la existencia de estos estudios. Según parece, un compañero de la NASA le había revelado la existencia del proyecto, confesándole incluso que se había barajado su nombre para formar parte del equipo de esta agencia pero al final cierto comité le había descartado por considerar que sus fuertes convicciones religiosas podían “contaminar” de algún modo la imparcialidad y objetividad de los trabajos.

Sea como fuere, este ingeniero se fue enterando de algunos pormenores del informe de la NASA (y de los otros dos también) y se quedó muy sorprendido por la cifra dada por las computadoras. En su opinión, 2359 tenía visos de realidad, era algo factible, y sin embargo, él veía algo extraño y a la vez familiar en esta fecha. Así pues, estuvo semanas hablando discretamente con varias personas, que le ofrecieron alguna información adicional, aunque no la suficiente como para poder entender el proceso en su conjunto. Tras darle muchas vueltas al tema, estuvo a punto de tirar la toalla, pero a esas alturas su trabajo rutinario ya no lo motivaba y en cambio seguía sintiendo mucha curiosidad por la cifra mágica de 2359.

Y así fue como unas pocas semanas antes de celebrar su jubilación, se presentó en la oficina de su jefe y le espetó: “Me he enterado de lo del proyecto Deadline. ¡Son unos idiotas! ¡Han cometido un error garrafal! ¡Tanto dinero gastado para esto…!” Su jefe no quiso darle importancia y pensó que se trataba de una broma por parte de una persona que está a punto de retirarse y quiere hacer un poco de ruido. Sólo lamentaba que el proyecto no fuese tan secreto como se había pretendido. Pero el ingeniero prosiguió con sus argumentos, y su razonamiento fue tan inapelable que convenció en pocos minutos a su interlocutor. Dos semanas después, el proyecto Deadline se canceló oficialmente y se dieron instrucciones para eliminar toda la documentación producida, ya fuera en papel o en archivos informáticos, y que se tirase tierra sobre el asunto. ¿Qué había ocurrido?

Según cuentan los rumores, lo que el ingeniero había visto era de una simplicidad absoluta. A su juicio, el mismo resultado en las tres computadoras era, de hecho, una anomalía, teniendo en cuenta los diversos parámetros introducidos. Podrían haberse dado resultados muy similares, pero no iguales. Entonces analizó en perspectiva el objetivo dado a las computadoras: obtener una fecha final de los tiempos. De acuerdo con su hipótesis, a pesar de disponer de complejos programas, millones de datos y una gran capacidad de procesamiento, las máquinas se habían visto incapaces de concretar el dato solicitado. En ese punto, recurrieron de manera natural a la programación más básica –y antigua– que habían recibido: el cómputo habitual de tiempo, esto es, la secuencia de horas, días, semanas… lo que cualquier ordenador personal puede hacer desde los primeros que se comercializaron hace ya décadas.

Puesto que debían buscar el punto en que el tiempo acabase, o sea, fuese a parar a “la nada”, las potentes máquinas optaron por la salida más lógica: la nada se representaba por la cifra 0, y por lo tanto el fin de los tiempos se ajustaba al simple paso de las 23:59 (el último momento antes de “la nada”) a las 00:00. Sin embargo, al presentar los dígitos sin ninguna separación –pues la instrucción era dar un año concreto–, los analistas interpretaron 2.359 en vez de las 23:59 horas. Asimismo, la fecha de 2012 no había sido rechazada por los datos científicos aportados, sino porque las computadoras, siguiendo el mismo patrón temporal, habían descartado la posibilidad de que 2012 fuese una cifra límite, ya que después de las 20:12 venían las 20:13, como es del todo obvio. Terriblemente simple, y sin embargo, esa era la solución correcta a la extraña coincidencia, tal como corroboraron días más tarde los ingenieros informáticos que fueron informados de esta sorprendente conclusión.

Al parecer, el viejo ingeniero se retiró con cierta satisfacción por su humilde pero muy valiosa intervención en el asunto. Dicen que el día de su despedida comentó a sus compañeros que Dios le había dado una lección a la especie humana, tan arrogante y obsesionada por el poder de la ciencia y la tecnología. Sus palabras finales fueron: “Amigos míos, el mundo no acabará nunca, es eterno, y si tiene que acabar, qué más da la fecha. Dios y el miedo no son compatibles.”

© Xavier Bartlett 2015

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4 thoughts on “El fin de los tiempos

  1. Si la historia es real supongo que lo que se buscaba era una opción creíble para presentar al gran público, el marketing del miedo.
    El mundo acaba para cada uno de nosotros cuando morimos, así que poco importa cuando termine para los demás, pero es algo muy relativo; El fin de la raza humana, de la civilización, del planeta… No somos nada en el universo y creemos que alguna de esas posibilidades tendría alguna importancia para alguien más que para nosotros mismos. Seguimos soñando la inmortalidad, pero de la materia o simplemente temiendo a la muerte.

    Saludos.

    1. Apreciado Piedra,

      Esta entrada está en la sección “relatos y cuentos”, así que… ya te puedes imaginar. Pero lo que es muy real es el “cuento” que nos venden cada día, una sarta de mentiras y amenazas que, en definitiva, es ese marketing del miedo que tan buenos efectos produce. Yo lo resumiría diciendo que en nuestro mundo la realidad es ficción y la ficción es realidad.

      Por cierto, no te vas a morir, nadie ha muerto nunca… sólo “mueren” los personajes, que son una construcción mental. En fin, cada cual con sus creencias. Como decía el ingeniero, “Dios y el miedo no son compatibles”; ahora es el momento de elegir entre ser Dios o no ser nada.

      Saludos

  2. Pero es que no se aleja mucho de lo que ha pasado, de hecho algunas de las películas catastrofistas que se lanzaron sobre 2012 estaban “asesoradas” y subvencionadas oficialmente y la propia NASA hizo un comunicado oficial en el que supuestamente pretendía tranquilizar a la población de que en 2012 no se terminaría el mundo.
    http://www.abc.es/ciencia/20121203/abci-nasa-insiste-mundo-201212031300.html
    Si lo pensamos es terrible, es como si hubiera que lanzar un comunicado oficial para desmentir la existencia del coco: nos tratan como a subnormales profundos.

    Dices que nadie muere, bueno, en este mundo si, lo que pase después con nosotros ya sucede a otro nivel, por eso digo que el mundo termina para cada uno en su momento, hay que aceptarlo como siempre se ha hecho en la antigüedad o por el mundo animal… del que no dejamos de formar parte.

    Saludos.

    1. Permíteme insistir: no hay fin del mundo, ni muerte, ni desaparición definitiva… al menos esta es mi convicción científica, no religiosa. De ahí que se ponga todo la carne en el asador para convencernos de que sólo existe el mundo material captable a través de los sentidos físicos, una especie de bote en medio del océano al que hay que agarrarse como sea.

      Sin embargo, no hay un tiempo lineal, sino circular, o una especie de eterno retorno; esto lo dijeron los antiguos de varias civilizaciones hace miles de años cuando hablaban de historia cíclica. Sólo la tradición judeo-cristiana nos ha metido en la cabeza tanto miedo y pavor por la existencia de un solo mundo y un solo tiempo.

      Saludos

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