La ciencia actual: ¿más corrupta que nunca?

Hoy en día no es exagerado afirmar que el antiguo dogma religioso ha sido sustituido socialmente por la inapelable verdad científica del actual paradigma materialista. Así, la ciencia, o más exactamente la ciencia oficial, se ha convertido en el referente de nuestras conductas y opiniones, y mientras que políticos, empresarios y banqueros son objeto de las más duras críticas, los científicos –salvo contadas excepciones– son vistos como personas honradas y rigurosas que trabajan desinteresadamente por el bien común. Por supuesto, ahora podríamos señalar que esta imagen de la ciencia oficial no es casual ni espontánea, sino que responde a una estrategia calculada de educación y propaganda, que se inicia en la escuela y que persiste en las políticas oficiales y en los medios de comunicación hasta hacerse del todo omnipresente en nuestras vidas.

Por otro lado, también es sabido que la ciencia oficial ha estado aliada al poder desde los tiempos más antiguos y que los científicos disidentes pagaron un alto precio por proclamar sus herejías, lo que comportó la marginación y el rechazo en el mejor de los casos, y la persecución y la ejecución en el peor. Sin embargo, la sensación es que en la actualidad esto ya no ocurre y que, aun admitiendo que se cometen errores y abusos, la ciencia en general es imparcial, honesta y nos hace la vida cada vez más fácil. ¿Pero es así realmente? Muchos veteranos científicos que han trabajado en la investigación y la docencia durante años opinan de otro modo. Más bien creen que estamos tocando fondo y que la ciencia está inmersa desde hace décadas en los lodos de la mentira y la manipulación, lo que ha acabado por instaurar un clima de corrupción galopante.

Henry H. Bauer
Henry H. Bauer

Para ilustrar esta cuestión, me he propuesto aportar aquí la fundamentada visión de un prestigioso químico norteamericano ya retirado, el profesor Henry H. Bauer, que escribió en 2004 un contundente artículo contra la ciencia más reciente, dejando bien claro que detrás de esta triste situación está la tutela interesada de los grandes poderes políticos y económicos, en forma de burocracias y corporaciones. Léase sin prejuicios y luego que cada cual extraiga sus conclusiones.

Nota: El artículo original completo fue traducido y publicado en 2013 por la revista digital Dogmacero (n.º 6), pero dada su gran extensión, he preferido editarlo y acortarlo –sobre todo en notas y referencias– a fin de exponer los argumentos más esenciales y facilitar la lectura. Para los interesados, pueden acceder al texto íntegro original en inglés en la página web: http://www.scientificexploration.org/journal/volume-18-number-4-2004

La ciencia del siglo XXI: monopolios de conocimiento y cárteles de investigación

Preámbulo

La búsqueda de información sobre el VIH/SIDA nos remite a los informes emitidos por el ONUSIDA y por el Banco Mundial, que son claramente poco fiables, incluso incompetentes[1]. Evidentemente, la revisión por pares no salvaguarda la integridad de lo que estas organizaciones promulgan públicamente. Existen además otros aspectos preocupantes de la ciencia contemporánea como la prevalencia de los conflictos de intereses, el auténtico fraude, y el caso omiso que hace la ciencia convencional ante una serie de opiniones y hallazgos poco ortodoxos.

Estos fueron los pensamientos que estimularon este ensayo. Las afirmaciones que presento son de gran alcance, si bien me resulta inviable aportar una extensa argumentación y documentación, por cuanto no dispongo de la extensión de un libro. Las citas y anécdotas que aquí se ofrecen son sólo a título ilustrativo, pero deberían ser suficientes para demostrar que mis opiniones no son meras ficciones. Insisto en que es inviable reconocer aquí todas las excepciones o introducir las salvedades donde proceda. Pero me mantengo firme en el punto principal: la información supuestamente autorizada sobre las cuestiones más relevantes relacionadas con la ciencia se ha vuelto peligrosamente engañosa a causa del poder de las burocracias que designan o controlan la ciencia.

La ciencia como institución

La ciencia alcanzó la hegemonía en la cultura occidental hacia el final del siglo XIX. Este gran éxito sembró inmediatamente las semillas de la disfunción: se generó cientificismo, la creencia ilusoria de que la ciencia y sólo la ciencia puede encontrar las respuestas adecuadas a todas las preguntas que los seres humanos pueden ponderar[2]. Más tarde llegaron otras disfunciones: la financiación a través de las burocracias, la comercialización y los conflictos de interés. Pero los cambios fueron tan graduales que no fue hasta la última etapa del siglo XX cuando se hizo evidente que las cosas habían ido francamente mal.

Cabe señalar que la ciencia del siglo XXI es un tipo de ciencia diferente de la ciencia moderna de los siglos XVII al XX: “se ha producido una transformación global, radical irreversible y estructural, en la forma en que la ciencia se organiza y se implementa” (Ziman, 1994). Alrededor de 1950, Derek Price descubrió que la ciencia moderna había crecido de manera exponencial, y predijo que el carácter de la ciencia iba a cambiar durante la última parte del siglo XX hasta el punto en que dicho crecimiento se hiciera imposible. Un aspecto de este cambio es que el ethos científico ya no se corresponde con las tradicionales normas de imparcialidad mertonianas[3] y con la divulgación pública; se ha subordinado a los valores corporativos. Las normas mertonianas hacían que la ciencia fuese fiable; las nuevas normas descritas por Ziman no lo hacen. Como afirma Ziman, a los científicos se les recompensaba tradicionalmente ​​por la práctica del comunitarismo, el universalismo, la imparcialidad, la originalidad y el escepticismo. En el mundo corporativo, los científicos son recompensados ​​en el puesto de trabajo por los resultados que son de propiedad exclusiva, limitados, bajo imposición de una autoridad, por encargo y realizados por expertos.

Síntomas

Un síntoma del cambio, identificable tal vez sólo en retrospectiva, ha sido el fracaso de la ciencia, desde aproximadamente la mitad del siglo XX, en satisfacer la curiosidad pública sobre fenómenos misteriosos que despiertan gran interés: los fenómenos psíquicos, los ovnis, el monstruo del lago Ness, el Bigfoot, etc. Por el contrario, un siglo antes, algunos científicos prominentes no habían dudado en investigar misterios como el espiritismo, que había despertado un gran interés público.

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Fenómenos como los ovnis han sido enviados a la papelera de la ciencia académica

No afirmo aquí que los ovnis o el espiritismo sean fenómenos cuya naturaleza pertenezca al corpus de la ciencia; simplemente estoy sugiriendo que cuando el público desea saber “¿qué pasa cuando la gente informa sobre ovnis?”, merece una respuesta informada. Antes solía darse por sentado que el objetivo de la ciencia era buscar la verdad sobre todos los aspectos del mundo natural. Las normas mertonianas habían servido a este propósito tradicional: la ciencia, de forma imparcial y con el escepticismo apropiado, combinado con la originalidad, busca el conocimiento universalmente válido como un bien público.

Otro síntoma, más ampliamente observado, fue el marcado aumento del fraude y del engaño por parte de científicos. En 1981, el Congreso de EE UU llevó a cabo audiencias orientadas a la divulgación pública de malas conductas científicas en cuatro destacadas instituciones de investigación. Fue entonces cuando los periodistas científicos Broad y Wade (1982) publicaron su acusación de gran alcance: Betrayers of the Truth: Fraud and Deceit in the Halls of Science (“Traidores a la verdad: Fraude y engaño en las salas de la ciencia”). A este respecto, ya se hecho casi una rutina leer en la Guía del NIH (National Institutes of Health, Instituto Nacional de Salud) la lista de investigadores que admitieron haber cometido fraude y que luego fueron excluidos de ciertas actividades durante un número determinado de años. Como resultado de todo ello, en 1989 el NIH instauró una Oficina de Integridad Científica, pero tan generalizada era la falta de honradez que tuvo que crearse la nueva especialidad académica de “Ética de la investigación”. Además, algunas organizaciones científicas profesionales elaboraron o revisaron los códigos de ética, y diversas entidades, incluidas algunas instituciones gubernamentales, trataron de hacer preceptivo a los investigadores lo que tradicionalmente se había dado por sentado; es decir, algo así como las normas de Merton.

Esta epidemia de fraude en la última parte del siglo XX denotaba, con claridad meridiana, que un número creciente de científicos trataba de servir a sus intereses personales por encima del bien público y del conocimiento universal. Los científicos siempre han tenido la tentación de hacer trampa, por supuesto. Al igual que todos los seres humanos, están sujetos a conflictos de intereses entre su vida personal y sus otras actividades. Sin embargo, en las últimas etapas del siglo XX, los conflictos de intereses llegaron a ser tan fuertes, tan extremos, que pusieron en duda la integridad de todos los aspectos de la ciencia: la revisión por pares, la publicación, la financiación. Los artículos que aparecen en las más prestigiosas revistas médicas y nutrición son a menudo defectuosos o parciales. Según Ziman, hacia 1980 la ciencia había llegado a confundirse seriamente con el interés comercial. Las empresas farmacéuticas ofrecen regalos a los médicos e investigadores que alaban públicamente sus productos y también pagan a los médicos y científicos que prestan sus nombres a artículos fantasmas escritos en publicaciones profesionales. En 2003 salió a la luz que las compañías farmacéuticas habían hecho cientos de pagos, por un montante de varios millones de dólares, a los científicos del NIH.

Actualmente, un complejo médico-gubernamental-industrial domina la ciencia médica, así como la práctica médica. Las empresas farmacéuticas dirigen o encargan los ensayos clínicos cuyos resultados sirven de base para las decisiones de las agencias federales a la hora de aprobar o invalidar la seguridad y eficacia de los fármacos. Tradicionalmente, la regla de oro de la fiabilidad científica se otorgaba cuando los investigadores independientes habían confirmado un hallazgo determinado. Hoy en día se carece de tales garantías de fiabilidad en el ensayo de nuevos medicamentos. El resultado es que se obtienen grandes ganancias con fármacos de nombre muy conocido cuyos beneficios, según hechos probados reales, son –en el mejor de los casos– dudosos. El público en general no es advertido ni por los medios de comunicación ni por las agencias gubernamentales (que supuestamente deben supervisar y regular) hasta que sobrevienen tantos pleitos o muertes que ya no pueden ser ignorados[4]. Tales advertencias son formuladas principalmente por individuos con una fuerte determinación contraria, en sitios web aislados, y en publicaciones partidistas, por lo que a los expertos les resulta fácil impugnar la credibilidad de estos puntos de vista poco ortodoxos a través de la falacia por asociación.

A lo largo de la historia de la ciencia moderna, la principal salvaguardia de fiabilidad fue la crítica de unos a otros. La ciencia comienza en forma de corazonadas. Las que funcionan se convierten en elementos de la ciencia de vanguardia. Si los colegas competentes piensan que son dignos de atención, se publica un artículo en la literatura de investigación primaria. Y si a otros investigadores les resulta útil y precisa, con el tiempo este conocimiento pasa a revisiones y monografías, y, finalmente, a los libros de texto. La historia de la ciencia demuestra que, tarde o temprano, resulta necesario modificar la mayor parte de la ciencia de vanguardia, cuando no ha resultado engañosa o incluso del todo errónea. La ciencia emplea un filtro de conocimiento que separa lentamente el grano de la paja.

Este filtro funciona en proporción a la honestidad y desinterés de los colegas evaluadores e investigadores. En los primeros días de la ciencia moderna, antes de que los conocimientos se hicieran altamente especializados y compartimentados, los buscadores de conocimiento podían criticarse los unos a los otros de forma efectiva en todos los ámbitos. Más tarde, y durante un tiempo, hubo las suficientes personas trabajando de forma independiente sobre un tema determinado como para obtener frecuentemente críticas competentes e imparciales. Sin embargo, aproximadamente desde mediados del siglo XX, los costes de la investigación y la necesidad de tener equipos de especialistas cooperantes han hecho que sea cada vez más difícil encontrar evaluadores que sean competentes y al mismo tiempo imparciales; en efecto, las personas bien preparadas o bien son colegas o bien son competidores. En consecuencia, los informes de las grandes burocracias científicas no tienen el beneficio de la revisión independiente antes de ser emitidos; de ahí las deficiencias mencionadas en la nota 1[5].

No existe un auténtico control imparcial sobre la investigación científica
No existe un auténtico control imparcial sobre la investigación científica

El espectacular aumento de los conflictos de intereses ha puesto en peligro la integridad del sistema de revisión por pares. El NIH permite a los revisores tener conflictos de interés “cuando no haya disponibilidad de otras personas competentes”. Sin embargo, uno puede dudar razonablemente de que tal revisión por pares pueda ser un análisis satisfactorio de los resultados revisados o una evaluación imparcial de una subvención propuesta. No obstante, los revisores que son competidores de aquellos cuyo trabajo está siendo examinado aún podrían ser muy eficaces, siempre y cuando pudieran mantenerse intelectualmente honestos. De hecho, tienen un interés creado en mostrar a sus competidores que están equivocados, teniendo así un gran aliciente para encontrar fallos en el trabajo que se está revisando. Por otra parte, los evaluadores que son colegas tienen el incentivo opuesto: no encontrar defectos.

Sin embargo, con el creciente dominio de los grandes equipos de investigación y de las grandes instituciones, mediante el cual el “sólo los revisores competentes” acaban siendo colaboradores, la salvaguardia tradicional de la revisión de pares se ha desvanecido en esencia.

Causas

Price vio la explosión de los costos de la investigación después de la Segunda Guerra Mundial como el probable mecanismo que pondría fin a la era del crecimiento exponencial de la ciencia. Los síntomas mencionados, de hecho, pueden relacionarse con los crecientes costos de la investigación y con la continua expansión de la cantidad de aspirantes a investigadores sin que hubiera un aumento proporcional de los fondos disponibles. Los retos se hicieron muy caros.

Los investigadores tuvieron que competir cada vez con más fuerza, lo que se tradujo en menos escrúpulos. La tentación de aceptar y solicitar fondos y patrocinadores fue mayor, ignorando ataduras materiales o morales. Los políticos que no podían o no estaban dispuestos a proporcionar fondos públicos adecuados animaban a los científicos del mundo académico a colaborar con las empresas y la industria. De este modo, el propósito de la ciencia de buscar la verdad como un bien público sin importar a dónde conduce se distorsiona por el impulso de hallar aplicaciones y tecnologías rentables. Esto quizás quedó más patente durante las recientes burbujas del “dot.com” y la “biotecnología”, cuando se hicieron fortunas a partir de promesas inverosímiles basadas en ideas especulativas que se hicieron pasar por científicas. En la década de 1980, las universidades estaban creando empresas conjuntas con la industria, a pesar de la preocupación por que se estaba comprometiendo la búsqueda imparcial de la verdad por parte de los científicos; las escuelas de medicina, en particular, se asociaron a las empresas farmacéuticas y biomédicas.

Resulta irónico que un factor vinculado a la desaparición de la ciencia digna de confianza fuera su propio éxito en aportar aplicaciones útiles. El triunfo del Proyecto Manhattan en el desarrollo de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial alentó una desenfrenada euforia o “exuberancia irracional” acerca de lo que la ciencia puede lograr si obtiene el suficiente apoyo. Así, para el público y los políticos, las expectativas se hicieron disfuncionalmente poco realistas. A la ciencia se le pidió ofrecer lo imposible a través de empresas como la Research Applied to National Needs (“Investigación aplicada para las necesidades nacionales”) de la National Science Foundation (“Fundación Nacional de Ciencias”) en la década de 1970, o la “guerra contra el cáncer” del NIH, declarada en 1971 por el presidente Nixon. En ese espíritu, se anima a los científicos a solicitar fondos para quimeras populistas, como las panaceas a partir de la terapia genética o las células madre.

Las expectativas poco realistas, junto con falta de comprensión de cómo funciona la ciencia, condujeron a la presunción tácita de que la buena ciencia podría ampliarse y acelerarse reclutando a más científicos. En cambio, la inyección masiva de fondos estatales desde la Segunda Guerra Mundial tuvo consecuencias inevitablemente perjudiciales. Un mayor número de investigadores se traduce en menos excelencia y más mediocridad. Los revisores tienden a reprimir en lugar de fomentar la creatividad y la innovación genuina. La centralización de la financiación y de la toma de decisiones comporta una ciencia más burocrática y menos una actividad de investigadores independientes y motivados. Así pues, la ciencia atrae a arribistas, en vez de a idealistas impulsados por la curiosidad.

Se fomenta que las universidades y las personas vean la investigación científica como una vaca para proporciona dinero en forma de “costos indirectos” para todo tipo de propósitos, en lugar de la búsqueda de los fondos necesarios para hacer buena ciencia. Así, la magnitud del logro científico se convierte en la cantidad de “apoyo a la investigación” aportado, no en la producción de conocimiento útil[6]. Actualmente, la comercialización resulta más evidente en las ciencias médicas, pero todo campo que ofrezca oportunidades de aplicaciones prácticas remunerativas parece dirigirse en la misma dirección; por ejemplo, el complejo de la tecnología informática y de comunicación no se queda atrás de las ciencias médicas en mostrar las funestas consecuencias de una comercialización excesiva y demasiado rápida. De hecho, ya en la década de 1960, las facultades de economía y negocios de las universidades de élite habían creado empresas que utilizaban estadísticas, análisis de sistemas y psicología de la conducta para vender “soluciones de problemas sociales”, sirviéndose de sus recursos universitarios para obtener beneficio particular.

Sin embargo, la comercialización no es la única fuerza que impulsa la ciencia hacia el ámbito corporativo. Las instituciones nacionales e internacionales están generando y controlando de forma creciente la actividad científica con fines sociales o políticos.

Monopolios de conocimiento y cárteles de investigación

El escepticismo hacia las pretensiones de la investigación es absolutamente necesario para salvaguardar la fiabilidad. En entornos corporativos, donde se espera que los resultados cumplan los objetivos de las empresas, la crítica puede ser vista como deslealtad, y por consiguiente se suprime el escepticismo. Como destacó Ziman, las normas mertonianas de la ciencia “académica” han sido sustituidas por normas que se ajustan a un entorno de propiedad, patentes y búsqueda de beneficios, en el cual los investigadores no se deben a un estándar universalmente válido de conocimiento fiable sino a los gerentes de la entidad. De forma similar, la financiación de la ciencia y la difusión de los resultados por o a través de las burocracias sin ánimo de lucro, como el NIH o las agencias de las Naciones Unidas, también provoca la supresión del escepticismo.

CDC
Sede de los CDC en Atlanta (EE UU)

Mientras que los cambios en las circunstancias de la actividad científica se produjeron de manera bastante gradual a lo largo de dos o tres siglos, ahora se han acumulado en un cambio de idiosincrasia. La ciencia corporativa, la Gran Ciencia, es una cosa diferente de lo era que la ciencia académica y la sociedad tiene que afrontarlas de forma diferente. Las grandes burocracias institucionales ahora dominan la cara pública de la ciencia. Los patrocinadores tradicionales han sido absorbidos y empequeñecidos por las burocracias gubernamentales como los CDC (Centers for Disease Control and Prevention: Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades), el NIH, y el National Science Foundation (Fundación Nacional para la Ciencia), que, a su vez, están siendo eclipsados por organismos internacionales como el Banco Mundial y varios organismos de la Organización de las Naciones Unidas, como la OMS, la FAO, el ONUSIDA, y muchos más. Las declaraciones, comunicados de prensa y los informes oficiales de estos organismos a menudo pretenden transmitir información científica, pero en realidad estas informaciones se ven mejor como propaganda diseñada para servir a los intereses corporativos de las burocracias que las emiten. Por supuesto que hay excepciones, pero como norma general uno ya no puede fiarse más de un comunicado de prensa del Banco Mundial o de ONUSIDA que, por ejemplo, de uno emitido por el Comité Central del Partido Comunista de la antigua Unión Soviética.

La letra pequeña de algunos de los informes de estas organizaciones admite abiertamente que no son de plena confianza, un descargo de responsabilidad que no se encuentra en las publicaciones científicas tradicionales: “El ONUSIDA no garantiza que la información contenida en este publicación sea completa y correcta y no se hace responsable de los daños y perjuicios incurridos como consecuencia de su uso” (ONUSIDA, 2004). Sin embargo, los medios de comunicación, basándose ​​en este informe, lanzan titulares como “La emigración amenaza a Europa con una enorme crisis de VIH” (Sunday Telegraph, 4 de Julio 2004, p. 24) y “Los casos de Sida (sic) alcanzaron un nuevo récord” (Daily Telegraph, 7 de Julio 2004, p. 12). Al parecer se pasó por alto que los números del informe muestran poco o ningún aumento de la extensión del VIH entre 2001 y 2003. En cualquier caso, todas esas cifras son meras estimaciones producidas por un modelo informatizado, no por recuentos reales, ni siquiera las muertes que supuestamente se han producido entre 2001 y 2003. Ese modelo informatizado, basado en los supuestos descritos por sus propios autores como provisionales, utiliza estos datos altamente defectuosos.

A pesar de las incertidumbres y de las evidentes deficiencias de estos informes, los medios de comunicación (por lo general) trasmiten como información objetiva y fiable –es decir, sin ningún comentario crítico– las estadísticas, pronósticos y recomendaciones del Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud, el ONUSIDA, el NIH, los CDC, la Fundación Americana del Corazón, la Fundación Ford, etc. Parece que se ha pasado por alto que estas organizaciones se sienten libres de difundir afirmaciones e interpretaciones que no se han sometido a la revisión crítica, competente e imparcial de los expertos. Por el contrario, los científicos individuales continúan siendo castigados severamente, incluso en los principales medios de comunicación, si se atreven a anunciar públicamente sus resultados antes de ser publicados en una revista revisada por pares. Las grandes burocracias institucionales no están sujetas a esa norma, ya que habitualmente emiten información supuestamente científica.

El resultado es que los responsables políticos y el público en general no son conscientes de que existen dudas, e incluso pruebas en contra, sobre algunas teorías casi universalmente consideradas como verdaderas, que son temas de enorme importancia pública: el calentamiento global, la dieta saludable, los factores de riesgo en las enfermedades de corazón (y la medicación adecuada), el VIH/SIDA, la terapia genética, las células madre, y otros más. Así, por ejemplo, tenemos lo siguiente:

  • “Todo el mundo sabe” que la indiscriminada quema de combustibles fósiles está calentando el clima global. Pero no todo el mundo sabe que los expertos competentes lo ponen en duda y que las previsiones oficiales se basan en datos provisionales alimentados por modelos informáticos cuya validez sólo puede ser conocida de aquí a muchas décadas.
  • “Todo el mundo sabe” que las dietas bajas en colesterol y grasas saturadas son saludables para el corazón. Las pruebas efectivas no apoyan esta afirmación.
  • “Todo el mundo sabe” que es deseable reducir o eliminar los factores de riesgo. En realidad, la mayoría de los llamados factores de riesgo son meras correlaciones estadísticas que no han demostrado ser causa, necesaria o suficiente, o incluso parcial [de una enfermedad].
  • “Todo el mundo sabe” que un poco de aspirina cada día previene los ataques de corazón. Lo que no todos saben es que hay maneras mejores de hacerlo, con menos efectos secundarios.
  • “Todo el mundo sabe” que el AZT fue el primer medicamento que podía prolongar la vida de los pacientes con SIDA. Lo que no todos saben es que el AZT es un veneno mortal, evitado por los supervivientes a largo plazo de los diagnósticos de VIH o SIDA[7].
Sede de la FDA (EE UU)
Sede de la FDA (EE UU)

El sitio web de la FDA (Food and Drugs Administration: Administración de Alimentos y Medicamentos) mantiene una lista que debe llamar a la reflexión sobre los medicamentos que una vez fueron aprobados como seguros y eficaces y que luego han sido retirados; por ejemplo, los medicamentos contra la alergia, como el Seldane, que no inducía a la somnolencia sino que podía causar arritmias cardiacas, o como la ya mencionada estatina, el Baycol.

Así pues, lo que “todo el mundo sabe” sobre la ciencia en relación con los principales temas de interés público no refleja a menudo el estado actual de los conocimientos científicos. En efecto, existen monopolios del conocimiento, compuestos por burocracias nacionales e internacionales. Dado que esas mismas organizaciones juegan un papel importante en la financiación de la investigación, así como en la difusión de los resultados, estos monopolios son al mismo tiempo cárteles de investigación. Las opiniones minoritarias no aparecen en las publicaciones más leídas, y los trabajos heterodoxos no obtienen el respaldo de los principales organismos de financiación.

En vez de recurrir a la imparcial revisión por pares, los partidarios de la corriente mayoritaria mantienen sus puntos de vista para perpetuar su prestigio y su posición privilegiada. Este es incluso el caso de una materia tan académica como la teoría del Big Bang sobre el origen del universo[8]. Cuando se trata de un tema de tanta relevancia pública como el VIH/SIDA, cualquier disidencia de la versión oficial tiene consecuencias nefastas. El Presidente Mbeki de Sudáfrica fue condenado por todo el mundo por su audacia a la hora de formar un grupo de investigación que incluía a algunos representantes de las opiniones minoritarias. Peter Duesberg, un distinguido retrovirólogo, perdió el apoyo para sus investigaciones y se encontró en una ardua batalla incluso para ejercer su derecho, en calidad de miembro de la Academia Nacional de Ciencias, de publicar en las Actas de la Academia. Después de todo, preguntarse si el VIH ha sido aislado alguna vez o si causa el SIDA, no es simplemente cuestionar algunas afirmaciones de la investigación, sino que es resistirse a la autoridad de la Organización Mundial de la Salud, el ONUSIDA, el Banco Mundial, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, el NIH, y muchas otras organizaciones poderosas. Se trata de cuestionar las promesas de muchos gobiernos de gastar miles de millones de dólares en la lucha contra el VIH/SIDA en África. Es sugerir que muchas “organizaciones benéficas del SIDA” han sido manipuladas y engañadas, aunque hayan sido creadas y publicitadas por celebridades como la princesa Diana, Nelson Mandela, Bill Gates, Sir Elton John, Arthur Ashe, y otros.

Fármaco AZT, un veneno mortal prescrito en casos de SIDA
El AZT, veneno mortal prescrito en casos de SIDA

¿Cómo podrían estar equivocadas todas esas eminencias? Esta pregunta retórica abre las puertas a cualquier desacuerdo con lo que “todo el mundo lo sabe”. Sin embargo, los periodistas inicialmente imparciales y otros se han mostrado incapaces de obtener explicaciones acerca de qué hay de incorrecto en las opiniones minoritarias sobre el VIH/SIDA. Un gran número de personas competentes, incluyendo al menos dos Premios Nobel en biología molecular, cuestionan la visión ortodoxa de que sola y necesariamente el VIH causa el SIDA, pero su carta en este sentido fue rechazada en 1991 por las revistas Nature, Science, The Lancet y The New England Journal of Medicine.

Las encuestas de opinión muestran que el punto de vista oficial es también el punto de vista popular. Y no es que los monopolios del conocimiento sean capaces de ejercer una censura absoluta. Ciertamente, se expresan opiniones contrarias, pero hay que saber dónde buscarlas, por lo que uno ya debe tener alguna razón para hacer el esfuerzo. Esto constituye un círculo vicioso. Por otra parte, la opinión contraria a menudo se muestra a priori como poco fiable o política partidista, como ya se ha señalado. Finalmente, las personas expuestas principalmente a los grandes medios de comunicación probablemente nunca sospechen –no tendrán ninguna razón para sospechar– que podría existir una versión creíble diferente de la aceptada oficialmente.

El saber convencional acerca de estos asuntos es reforzado continuamente por la difusión pública de noticias que ponen de relieve el dogma oficial. ¿Qué otra razón podría haber para dar a conocer, por ejemplo, la estimación aproximada del aumento de los ataques de asma que provocará el calentamiento global (Daily Telegraph, 2004)? Este es otro “hecho” para convencernos de que debemos frenar el uso del carbón, el gas y el petróleo. Así, cuando Merck hace ostentación de su ayuda al acceso a medicamentos para el VIH/SIDA en “anuncios de servicio público” en la radio pública­, está ayudando a hacer indiscutible la conexión entre el VIH y el SIDA. Estas noticias son consignas cuyo valor no reside en su verdad o en sus pruebas, sino en reforzar el punto de vista deseado. Esto es ciencia-propaganda, no ciencia tradicional.

Por supuesto, las opiniones minoritarias y las propuestas heterodoxas siempre han sido combatidas o ignoradas, incluso en la propia ciencia. Sin embargo, el grado de obstinación y el poder de la visión oficial son ahora diferentes; en muchos casos, la obstinación se ha convertido en censura o represión.

En la época pasada, la ciencia fiable dependía de que los científicos hicieran lo correcto, incluso cuando ello no sirviera directamente a sus intereses personales. En la nueva era de la ciencia corporativa, los deseos de los individuos de servir al bien público no son suficientes para garantizar que las actividades corporativas servirán al bien público.

© Henry H. Bauer 2004

[1] En cuanto a la falta de fiabilidad, Malan (2001, 2003) ha descrito con pelos y señales lo engañosas y contrarias a las pruebas que son las versiones oficiales de ONUSIDA. Cuando ONUSIDA anunció que 250.000 sudafricanos habían muerto de SIDA en 1999, tal cifra resultó ser la proyección un modelo informático, que en “mejoras” posteriores redujo el número a 65.000. No obstante, no hubo recuento de los certificados de defunción correspondientes. Del mismo modo, en el Informe Global 2004 (ONUSIDA, 2004), el texto habla de una alarmante propagación de la epidemia, mientras que las tablas contienen estimaciones basadas en dudosos supuestos y en un modelo informático provisional.

[2] El sociólogo Herbert Spencer (1820-1903), famoso defensor del Darwinismo social, argumentó que toda la vida debe aprender sus lecciones esenciales de los descubrimientos de la ciencia. T.H. Huxley (1825-1895) abogó por una Iglesia de la Ciencia (Knight, 1986).

[3] Enunciadas en la década de 1940 por el sociólogo Robert K. Merton.

[4] Este punto por sí solo merece su propio libro. Éstos son algunos ejemplos entre muchos posibles: Los medicamentos de estatinas, como el Lipitor y el Crestor se venden agresivamente y comportan miles de millones de dólares (Reuters, 2002), a pesar de que en la letra pequeña de sus prospectos se reconoce que no hay pruebas de que disminuya el riesgo de ataque cardíaco o de enfermedad cardíaca. Otra estatina (el Baycol) fue retirada después de más de 100 muertos y 785 demandas. Los graves efectos secundarios citados incluían daños en el hígado y pérdida muscular (rabdomiolisis). Se sabe también que otras estatinas, que siguen siendo ampliamente promocionadas y prescritas, tienen efectos secundarios similares (http://www.fda.gov/cder/drugs/infopage/Baycol/Baycol-qa.htm, en el punto 9 de la parte inferior de la página). Por su parte, resulta ser que ciertos sustitutos de la aspirina, los denominados AINEs y los inhibidores de Cox-2, tienen efectos secundarios más graves que la aspirina. (http://www.adrugrecall.com/vioxx/vioxx.html; Hensley, 2004)

[5] En efecto, las secciones de “reconocimientos” de los informes citados (CGCED, 2000, ONUSIDA, 2004) reflejan un mutuo amiguismo burocrático en vez de una revisión por pares técnicamente competente.

[6] “En nuestra época, un exitoso investigador del cáncer éxito no es el que resuelve el enigma, sino el que recibe una gran cantidad de dinero para hacerlo.” (Chargaff, 1977). La Universidad de Kentucky y la Universidad Estatal e Instituto Politécnico de Virginia, entre otras instituciones, han proclamado su ambición de convertirse en una de las 20 ó 30 “universidades líderes en investigación”, una clasificación que depende únicamente de la cantidad total de dólares invertidos en investigación

[7] Por lo tanto, la administración de este producto –que es prescrito incluso a embarazadas y a bebés– debería considerarse simple y llanamente asesinato por parte de las autoridades sanitarias nacionales y mundiales (nota del editor).

[8] La revista Nature denegó la publicación de una carta en este sentido co-escrita por un par de docenas de conocidos cosmólogos, pero finalmente fue publicada en New Scientist (2004). El dogma predominante puede menospreciar tales puntos de vista simplemente señalando que Nature “se negó a publicar esta carta”, lo que la mayoría de la gente interpreta directamente como serias dudas acerca de la credibilidad de la carta.

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