Los orígenes de una gran ciudad

foro_romanoTodas las grandes ciudades de hoy en día no existían antes del arranque de la civilización, pero según avanzaba ésta por todo el globo los pequeños asentamientos neolíticos se convirtieron en aldeas, luego en grandes poblados (a veces fortificados) y finalmente en ciudades, lugares donde el trabajo estaba especializado y la sociedad jerarquizada.

Este proceso de evolución hacia las grandes urbes surgió en Mesopotamia y Egipto hace poco más de 5.000 años y se extendió lentamente por el Mediterráneo y por Europa, de este a oeste, lo que dio lugar con el paso de los siglos a nuestro conocido mundo clásico europeo, Grecia y Roma, que fueron la culminación de la civilización urbana, con sus polis y civitas respectivamente.

Lo que viene a continuación es un pequeño homenaje a Barcelona, la ciudad donde nací, que surgió como ciudad romana ex novo (fundada de cero) hace ahora poco más de 2.000 años en lo que hoy es la costa catalana central. Déjenme pues hacer una pequeña incursión histórica y arqueológica en las raíces de esa ciudad, que todavía conserva algunas huellas físicas de su pasado más remoto, incluso de la época de la propia fundación.

Por de pronto, hay que señalar que durante los siglos del medioevo –época oscura y convulsa en muchos aspectos– se perdió casi completamente el recuerdo de los orígenes de la ciudad. Fue en el Renacimiento cuando algunos eruditos intentaron escribir las primeras historias de Barcelona, pero –aunque conocían la presencia romana en aquellas tierras– no acertaban a ubicar el nacimiento de la ciudad. En esta circunstancia a veces apelaron a la mitología o a especulaciones históricas, afirmando que habría sido el héroe Hércules el fundador de la ciudad (que habría llegado a la ciudad por mar en una barca nona), o bien algún miembro de la poderosa familia cartaginesa de los Bárquidas (por mera similitud fonética). Otros pensaban que el origen de Barcelona debía situarse en una colonia griega llamada Kalipolis, de muy incierta ubicación.

No fue hasta el siglo XIX, y sobre todo el XX, cuando –a raíz de las primeras investigaciones arqueológicas– empezaron a correlacionarse los restos hallados con las fuentes clásicas conocidas y se pudo reconstruir de una forma bastante fiel el nacimiento de Barcelona y su devenir durante los primeros siglos de existencia, hasta conectar con la época más conocida de su auge medieval como sede de los condes de Barcelona y capital del Principat de Catalunya. Es una bella historia, no exenta –por desgracia– de algunos episodios trágicos, que trataré de resumir y de adornar con algunas anécdotas y curiosidades para no hacerme pesado.

Empuries_Neapolis
Ruinas de Emporion (Empúries)

Todo empezó el año 218 a. C. cuando, a causa de la segunda guerra púnica, los romanos desembarcan con un gran ejército en Emporion (ciudad griega aliada de Roma) en la costa norte del levante peninsular. A partir de aquí se inicia la conquista de la Península Ibérica, tarea que llevaría a los romanos casi 200 años en su totalidad. Como fruto de su expansión fueron colonizando el territorio, implantando ciudades al estilo itálico con un nuevo orden administrativo, social, político y económico. Algunas veces simplemente aprovecharon los asentamientos locales ya existentes para hacerlos más grandes y “a la manera romana” y en otras ocasiones fundaron una ciudad prácticamente de cero.

El primer territorio dominado por los romanos fue la franja litoral de la actual Cataluña, donde crearon una gran base operativa en la ciudad[1] indígena de Kesse o Tarrakon, a la que rebautizaron como Tarraco (Tarragona), que luego fue capital de una gran provincia hispánica, la Tarraconense. Posteriormente, fueron fundando otras ciudades en la costa y en el interior (que les fue particularmente hostil), y así por ejemplo nacieron Iluro (Mataró) y Baetulo (Badalona) hacia el año 100 a. C., ambas en la proximidad de asentamientos indígenas preexistentes. En general, los romanos aprovecharon la toponimia indígena o colonial ya existente, adaptándola al latín. Así Emporion pasó a ser Emporiae, Iltirta se convirtió en Ilerda, o Baitolo en la citada Baetulo.

Estas nuevas ciudades estaban habitadas por los indígenas que habían abandonado sus poblados situados en lugares altos (colinas o montañas), por los nuevos colonos, funcionarios y magistrados procedentes de Italia, y en gran parte por los soldados veteranos de las guerras en Hispania, a los que después de licenciarse se les concedía un hogar y tierras en los territorios conquistados. De este modo, al ser vencidas las últimas resistencias en el norte de la Península, Augusto procedió al licenciamiento de gran cantidad de tropas, y así nacieron algunas grandes ciudades cerca del cambio de era. Entre estas fundaciones hispánicas de Augusto cabe citar Emerita Augusta (Mérida), Caesaraugusta (Zaragoza), ambas hacia el 25 a. C., y pocos años después… Barcelona.

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Restos del poblado ibérico de Montbarbat (Lloret de Mar)

Y por cierto, este es el momento adecuado para romper un pequeño mito sobre la superioridad civilizadora romana. Para ser honestos y fieles a la historia, los diversos pueblos indígenas del este y sur de la Península –­llamado iberos en conjunto– estaban ya en la Edad del Hierro (como los romanos), en un estado de pre-civilización gracias a un proceso de desarrollo autóctono y a los intensos contactos con los colonizadores fenicios, cartagineses y griegos. Su cultura material ya era bastante avanzada y hasta tenían moneda y un sistema de escritura. Cuando se organizaron y se opusieron a las legiones fueron un duro rival, y una vez vencidos no tardaron mucho en adaptarse el mundo romano, pues no era tan grande la diferencia cultural entre ambos. Por lo tanto, nada de semi-bárbaros; simplemente fueron los perdedores, los que no escriben la historia.

El caso es que en la época de la conquista romana, la tribu ibérica de los layetanos ocupaba buena parte de la costa central catalana, más o menos desde la comarca del Garraf hasta Blanes y en el interior, hasta la comarca del Vallès. Tenemos varios restos de poblados layetanos en toda esta zona, aunque ninguno propiamente en la actual Barcelona. Sí sabemos que era gente con la que no se podía bromear, pues en el poblado de Puig Castellar (Santa Coloma de Gramenet, al lado de Barcelona) se halló un cráneo atravesado con un largo clavo metálico en lo alto de la muralla, a modo de intimidación para los enemigos.

El caso es que el emperador Octavio Augusto decidió la construcción de una nueva ciudad en el actual llano de Barcelona, a los pies de la montaña de Montjuïc, con la idea de crear un importante centro administrativo y político del territorio, más o menos equidistante entre Tarraco y Emporiae. La fecha exacta de la fundación no la sabemos, pero según los datos arqueológicos se situaría hacia el 15 a. C. La nueva ciudad romana recibió el pomposo nombre-título de COLONIA IVLIA AVGVSTA FAVENTIA PATERNA BARCINO (pronúnciese Bárkino). Y ahora explicamos qué quiere decir cada uno de los términos: Colonia, por ser nueva fundación; Iulia, en homenaje al padre adoptivo y político de Augusto: Julio César; Augusta, obviamente por el emperador; Faventia quería decir “favorable”, “con buenos auspicios o augurios”; finalmente, Paterna se refería también a César y su costumbre de fundar colonias para sus tropas licenciadas.

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Lápida romana conmemorativa con el título completo (abreviado) de la ciudad de Barcino

En cuanto a Barcino, ¿de dónde sale? Una vez más, hemos de ir a las raíces ibéricas. La fortuna permitió encontrar en el siglo XIX dos dracmas de plata ibéricas[2] que se dataron en el siglo III a. C (o II a. C., como muy modernas) con una inscripción en la típica grafía ibérica que se transcribe así: ba-r-ke-n-o. Esto indica que había por allí un importante asentamiento que acuñaba sus propias monedas. Ahora bien, sólo se han encontrado algunos restos de hábitat y una necrópolis (cementerio) en la montaña de Montjuïc, y otros pequeños asentamientos en colinas cercanas a la antigua ciudad, lo cual casa con el típico patrón disperso de poblamiento nativo. En cualquier caso, podemos pensar que existió esa Barkeno layetana (y de ahí tomaron el nombre los romanos), pero no ha sido posible identificarla en unos restos concretos.

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Dracma ibérico de plata con la leyenda ba-r-ke-n-o en el reverso. Esta es la moneda que “se perdió” al inicio de la Guerra Civil, cuando estaba en el Gabinet Numismàtic de Catalunya. (Foto: Pere Vergué / Fuente: Servei d’Arqueologia de Barcelona)

Pues bien, los romanos –gente tremendamente práctica– ubicaron la ciudad según sus habituales premisas urbanísticas, originarias de las ciudades itálicas o helenísticas: un lugar en el llano, apto en particular para la actividad agrícola, con fuentes de agua cercanas y en puntos estratégicos para el comercio, la comunicación y el control del territorio. Así, escogieron una pequeña colina (que en la Edad Media se llamaba Mons Taber) flanqueada por dos corrientes de agua, más bien riachuelos, que iban a desembocar a la cercana playa. Eso sí, tanto a sur como a norte, la ciudad podía estar bien abastecida de agua, por la presencia respectiva de los ríos Llobregat –cuya desembocadura ejercía de simple puerto– y Besòs. Así pues, se hicieron traer agua del propio Besòs y de la cercana sierra de Collserola mediante dos acueductos que entraban por sendas puertas de la ciudad. Actualmente sólo quedan en pie cuatro arcos de uno de los acueductos; uno de ellos reconstruido y los otros tres empotrados en un antigua casa.

En lo que se refiere a la propia fundación, se trataba de una ceremonia político-religiosa, con la presencia ritual de sacerdotes que comprobaban que los augurios divinos fueran favorables a la obra. Luego se abría una fosa en el punto central del terreno escogido y se colocaban ofrendas. Finalmente, un arado tirado por bueyes blancos y conducido por un sacerdote marcaba el perímetro de la muralla trazado por los agrimensores, y se podía iniciar la construcción. El caso de Barcelona fue similar al de otras muchas ciudades romanas, basadas en la planta del típico campamento militar: un recinto más o menos rectangular con dos ejes principales y una plaza central, mientras que el resto del espacio se organizaba en una cuadrícula ortogonal de calles e islas de casas[3].

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Aspecto de la puerta romana de Plaça Nova a inicios del siglo XIX

En Barcelona dicha planta estaba achatada o recortada en las esquinas, dando una forma más o menos octogonal, y sobre ella se trazaron las dos vías principales: el cardo maximus (con orientación norte-sur) y el decumanus maximus (este-oeste), que confluían en una gran plaza central o forum, sede de la política, la administración y los negocios. Pasados dos mil años desde entonces, estos ejes principales aún existen (aunque remodelados)[4], y parte del antiguo forum sigue ocupado por el máximo poder: es la Plaça de Sant Jaume, sede del Ayuntamiento y la Generalitat. Todo el conjunto estaba rodeado por una muralla modesta, con cuatro puertas ubicadas en los cuatro extremos de los ejes mencionados. Asimismo, se construyó en el forum un grandioso templo dedicado a Augusto, del cual se conservan cuatro columnas corintias y una porción del podium o basamento. Igualmente, los lugares sagrados se perpetúan, pues los restos del templo están al lado mismo de la actual catedral, de origen medieval.

La ciudad, empero, no resultaba ser muy extensa –apenas unas 10 hectáreas– con una población aproximada de entre 3.500 y 5.000 habitantes en el siglo II d. C. La población se distribuía en casas señoriales (domus) y bloques de pisos (insulae) y existían espacios públicos de esparcimiento como jardines y termas, pero no consta que se construyeran nunca grandes estructuras (circos, teatros o anfiteatros), porque Barcino, simplemente, era una pequeña ciudad provinciana. Eso sí, según cuentan las crónicas, la ciudad gozó de un buen nivel de vida durante siglos y la burguesía del momento disponía de cómodas y espaciosas domus, decoradas con pinturas y mosaicos. Para hacerse una idea, la domus más grande hallada (la de Sant Iu) tenía nada menos que 2.200 m2 de superficie; un palacete, vamos. Además, la clase más opulenta disfrutaba de unas mansiones o villas (villae) cercanas a la ciudad, que tenían la doble función de centro de producción y de residencia “rural” para los señores.

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Inscripción dedicada a Lucius Minicius Natalis

Y entre todos los burgueses romanos de Barcelona cabe destacar la saga de los Minicii, una familia con alto estatus económico y gran poder político. En concreto, existe constancia de un prohombre de la ciudad, que fue mecenas, político y “deportista de élite”. Se trata de Lucius Minicius Natalis Quadronius Verus, que ejerció altos cargos políticos en la administración imperial (incluso en Roma), pagó unas termas a la ciudad y consiguió vencer en la carrera de cuadrigas de la 227ª Olimpiada, celebrada en Grecia el año 129 d. C. Actualmente se conservan algunas inscripciones de este Natalis, que yo tuve que traducir siendo estudiante de arqueología hace muchos años… A todo esto, las clases populares, aun sin disponer de lujos, no vivían del todo mal gracias a la actividad económica de la ciudad y se podían costear tumbas más que dignas, como se puede ver en los restos de la necrópolis de la Plaça Vila de Madrid (visible al público).

Ahora bien, el bienestar de la ciudad se torció de golpe en el siglo III por la progresiva crisis política y económica que afectó a prácticamente todo el imperio. Fue en esta época de anarquía, inseguridad e incertidumbre cuando los germanos penetraron en Hispania y asaltaron la ciudad, hacia el año 260. Las crónicas y la arqueología coinciden en que la ciudad no tardó en recuperarse, pero el shock fue muy fuerte, pues habían vivido dos siglos y medio de Pax Romana, y veían la guerra como algo muy lejano. Este episodio obligó entre finales del siglo III y principios del IV a la reconstrucción de la muralla, que pasó a tener un perímetro de 1.220 metros, con nada menos que 78 torres defensivas cuadradas de entre 8 y 17 metros de altura, mientras que los lienzos entre ellas tenían entre 8 y 10 metros de altura. Y como necesitaban sacar piedra de donde fuese, metieron en la muralla antiguas lápidas, restos de monumentos o tumbas, columnas, etc. Emplearon además grandes sillares de piedra reforzados por rellenos de cascotes, con lo que el grosor total de los muros llegaba a los ¡cuatro metros!

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Reconstrucción artística de la Barcino del Bajo Imperio, con la nueva muralla

Esta muralla sufrió bastantes desperfectos en siglos posteriores y no pudo evitar algunas invasiones, pero era tan sólida que hoy en día sigue en pie en buena parte de su perímetro, aunque sólo algunos fragmentos –con torres incluidas– han quedado a la vista; el resto fue aprovechado como estructura para otros edificios o está tapado en el interior de las casas antiguas. También se conservan dos de las puertas de la muralla; una en muy mal estado (la de Regomir), y la otra con un aspecto similar a lo que fue en época romana, con sus torres de defensa (la de Plaça Nova, junto a la catedral). Para aquellos que deseen ver la muralla en todo su perímetro accesible, les recomiendo un agradable paseo histórico-arqueológico que bordea el barrio gótico, esquivando algunas zonas de aglomeración turística, y que puede realizarse en poco menos de una hora. Obviamente, también recomiendo la visita al Museu d’Història de Barcelona (Plaça del Rei s/n), que es una auténtica máquina del tiempo, un viaje al subsuelo barcelonés donde se puede ver una porción de la ciudad romana e incluso la muralla fundacional de la época de Augusto.

Si avanzamos en el tiempo hasta el siglo IV, la ciudad ya está recuperada y se impone el cristianismo como religión oficial. Barcino se convierte en sede episcopal y se levanta una basílica (de la que hoy sólo quedan sus cimientos y poco más). Pero los vientos de crisis ya estaban a la vista y el dominio romano se tambaleaba ante el empuje de las invasiones bárbaras. Conocemos el nombre de la última autoridad propiamente romana en Barcino, un cónsul llamado Flavius Lucius Dexter (muerto en el 444), hijo –por cierto– del obispo barcelonés San Paciano (e ignoro si este cónsul nació antes o después de que su padre se hiciera obispo…)

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Gala Placidia

Pero la pequeña ciudad provinciana estaba llamada a alzar en vuelo. Ya en el siglo V, frente a la progresiva decadencia de la gran Tarraco, la modesta Barcino empieza a crecer extramuros, a realizar cambios en su urbanismo interior y a adquirir notoriedad política. Para entonces, la documentación escrita ya nos habla de una ciudad conocida popularmente como Barchinona o Barcillona. Este auge se concreta en el año 415 cuando se instalan en la ciudad el rey godo Ataulfo y su esposa Gala Placidia (hermana del emperador Honorio), haciendo de ésta la capital de un pequeño reino entre el sur de la Galia y parte del norte peninsular. Posteriormente, los godos son expulsados de la Galia y pasan a extender su reino por toda la península, como aliados de Roma, aunque de hecho Roma sólo tenía poder simbólico sobre sus antiguos territorios.

Así, hacia el 475 el rey godo Eurico incorpora la antigua provincia Tarraconense al reino visigótico de la Septimania, que incluía aún una porción del actual sur de Francia, y pone fin al periodo de dominación romana. La capital de ese reino estaba precisamente en Narbona, pero en el año 531 el rey Teudis sitúa a Barcelona como capital ¡de toda Hispania! No obstante, Teudis murió asesinado en 548 y sus sucesores, dada la situación geográfica de Barcelona tan alejada de un centro estratégico peninsular, fijaron la nueva capital peninsular en Toletum (Toledo). En Barcelona, la máxima autoridad pasa a ser ejercida por la aristocracia goda, básicamente militar y de credo arriano, junto con las clases altas hispano-romanas, agrupadas en torno al estamento religioso de credo católico.

Hispania _visigoda
La Hispania visigoda a finales del siglo VI. Barcino era sede episcopal pero todavía no era una ciudad principal, pese a haber sido durante casi 20 años capital de toda la Hispania visigoda.

Esto representa el fin de la Antigüedad y el inicio de la Edad Media, con un fuerte estado visigodo en toda Hispania y una lenta decadencia de la vida urbana en general. Posiblemente, en este escenario Barcelona no hubiera acabado de despuntar, pero el destino le tenía preparada una última carta. Así, las rivalidades internas de la corona goda a inicios del siglo VIII supusieron la intervención de un gran ejército norteafricano musulmán en Hispania el 711. Como es bien conocido, los musulmanes llegaron para apoyar a uno de los dos bandos, pero al ver la fractura de los godos, aprovecharon su fuerza para conquistar el territorio peninsular. En este contexto, sabemos que llegaron a Barcelona aproximadamente hacia el 717 y que el visir al-Hurr tomó la ciudad sin mucho esfuerzo, posiblemente por una rendición pactada, imponiendo una guarnición militar y tributos a la población (de eso no se libra nadie en ninguna época). Así, Barcelona pasó a ser durante unas décadas Madinat Barshiluna.

No obstante, el empuje sarraceno fue más allá de los Pirineos hasta poner en peligro la integridad del reino franco. Y fue esta circunstancia la que tal vez cambió la historia de Barcelona. En efecto, los francos se organizaron, vencieron a los musulmanes en Poitiers en el 732 y reconquistaron el territorio hasta los Pirineos. Sin embargo, a fin de contener la amenaza musulmana, el emperador Carlomagno decidió marchar hacia el sur y crear una especie de franja de seguridad que se llamó “Marca Hispánica”. Este avance o reconquista no obtuvo los frutos esperados ni en Navarra ni en Aragón, pero sí en Cataluña. El año 782 Gerunda (Gerona) cayó en manos francas y en el 801 el hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, llegó a Barcelona y la asedió, si bien la guarnición musulmana opuso fuerte resistencia durante varios meses. Una vez tomada, los francos incorporaron la ciudad al imperio carolingio e impusieron un representante del emperador, un comes (conde), que ostentaría el poder local en nombre del emperador. Así, la frontera entre ambos grandes poderes quedó marcada por el río Llobregat, en las cercanías de la ciudad recién conquistada.

Y al ser una ciudad fronteriza, Barcelona estuvo sometida a nuevos y feroces ataques sarracenos, que reforzaron su capitalidad como sede de un gran territorio, mientras el poder imperial franco se desentendía de los problemas de una región conflictiva y que además le quedaba muy lejos. Como consecuencia de ello, ya en el siglo IX Guifré el Pilós (Wifredo el Velloso), conde de Barcelona, aprovechó el desdén de la autoridad carolingia para establecer un poder hereditario, formalmente fiel al monarca pero bastante independiente en la práctica[5]. Había nacido la Casa Condal de Barcelona, que posteriormente (en el siglo XII) se uniría al reino de Aragón a través de un enlace matrimonial. Barcelona creció exponencialmente, construyó nuevas murallas, se enriqueció y se convirtió en la pujante capital de un gran reino hispánico y mediterráneo. Pero, como dice el tópico, “eso es otra historia.”

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons

Nota: Me hubiera gustado ilustrar este artículo con material propio, pues dispongo de cerca de 200 imágenes de la Barcelona romana y medieval, pero al estar en el prehistórico formato de diapositiva no las he podido adjuntar. Espero, al menos, que el apaño con algunas imágenes de Internet sea suficiente.


[1] Llamamos ciudad aquí a lo que los romanos llamaban oppidum, que en realidad vendría a ser una ciudadela o poblado fortificado con murallas, generalmente de poca extensión y población.

[2] Una desaparecida durante la Guerra Civil y la otra, en un museo de Copenhague.

[3] Se trataba del mismo esquema que empleó Ildefons Cerdà en el siglo XIX para ensanchar la ciudad: calles paralelas y perpendiculares.

[4] En Barcino no se tomó una orientación perfecta a los cuatro puntos cardinales; se siguió la línea de la costa como si fuera el eje norte-sur. Como resultado, los ejes de ciudad en realidad eran Noreste-Sudoeste y Noroeste-Sureste. El primero de ellos, el cardo, se mantiene en las calles del Call y de Llibreteria, y el decumanus, en las calles del Bisbe, Ciutat y Regomir.

[5] La ruptura definitiva oficial se dio con el conde Borrell II (966-992), que se negó a rendir vasallaje al rey franco Hugo Capeto, tras ver desoídas sus peticiones de auxilio en una situación de peligro.

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7 respuestas a “Los orígenes de una gran ciudad

  1. Me encanta lo ke se cuenta de Ildefonso Cerdá Suñer. Qué pena que no consiguiera que le hicieran caso en todo su proyecto… Lo de la muralla oculta me recuerda a algo parecido que pasa con la de Edimburgo; algo leí de que está en parte oculta, formando pared con otros edificios…. https://johnperkins.org/sustainability/lessons-from-an-underground-city ” We were in the underground city, a portion of Scotland’s capital that had been buried for many years – and now lay vacant among the foundations of newer buildings.”

    1. Gracias Ania

      Bueno lo que hizo el masón Cerdà fue retomar el típico urbanismo de origen greco-romano y adaptarlo al siglo XIX: la cuadrícula ortogonal con ejes principales. Pero es cierto que su idea original fue bastante pervertida por la influencia de los intereses. Y sobre la muralla oculta, te puedo contar la anécdota que hace muchos años comí en un típico restaurante pakistaní del casco antiguo que se asentaba en su fondo sobre la muralla. Comi en una mesa pegada a esos muros gastados… podría haber dicho aquello de Napoleón: ¡desde esta mesa 1700 años nos contemplan!

      saludos,
      X.

  2. Hola Ania,

    Las fotos las tengo en formato diapositiva, no papel, no creo que se puedan escanear. Además ya perdí los negativos, con lo cual no creo que una tienda de fotos pueda hacer nada y si fuera así, costaría una fortuna. Maravillas de los avances tecnológicos… En su día (hace más de 20 años) usé esas diapos para una conferencia en el Museo Egipcio de Barcelona y pensé que las volvería a utilizar, pero las tengo muertas de asco desde entonces.

  3. Hermosa historia.
    Y al final mira tu en qué ha quedado, en el cortijo de G. Soros.

    😉

    Cuando visito alguna ciudad o pueblo, me gusta investigar un poco sobre sus orígenes y su historia. En el caso de algunas ciudades de Barcelona, me resulta sorprendente que tengan tanta historia, que sean tan antiguas, porque ahora son poco más que ciudades dormitorio de las que muy poca gente conoce nada, (por desinterés me refiero) sobre todo porque nadie de los que allí vive nació en ellas.

    Saludos.

    1. Gracias por tu comentario

      Bueno, de vez en cuando me sale la deformación profesional y por eso he querido dar estas pinceladas sobre el origen de mi ciudad, sin ánimo de ser exhaustivo. Y sobre lo que decías, me consta que hay muchos barceloneses que apenas saben nada de lo que he explicado aquí resumidamente. Supongo que por motivos políticos se lleva más hablar del asedio de 1714 y de la Barcelona reciente, porque hablar de romanos es muy aséptico y no le interesa a casi nadie.

      Saludos,
      X.

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