Buscando al programador primigenio

La ciencia lleva muchas décadas –o siglos– dándole vueltas al complejo asunto del origen de la vida sobre nuestro planeta, o de la vida en general en todo el Cosmos. Como todos sabemos, desde el principio de los tiempos este tipo de preguntas tuvieron una respuesta mitológica o religiosa, mediante la oportuna aparición en escena de un dios o unos dioses creadores, a veces encarnados en las propias fuerzas de la naturaleza. De este modo, estos seres superiores habrían conformado el universo y todo lo que en él está contenido, incluyendo todas las formas de vida imaginables.

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¿Cuál es el origen de la vida en el Universo?

Sin embargo, estas explicaciones religiosas se empezaron a venir abajo hace un par de siglos con el triunfo del paradigma científico positivista y materialista heredero del pensamiento de la Ilustración francesa y de la ciencia moderna. Y el sorpasso definitivo tuvo lugar cuando Charles Darwin dio forma a la teoría evolucionista, que resultó ser una auténtica revolución copernicana en el estudio global de la naturaleza, eliminando la necesidad de recurrir a un Dios que ofreciese todas las explicaciones. Así, hoy en día, el mundo académico considera que cualquier referencia a un dios creador es puro creacionismo, esto es, un dogma o doctrina no-científica que debe limitarse al campo de las creencias.

Y ciertamente podríamos decir que en el último siglo la ciencia –en particular desde la química y la biología– avanzó mucho en la definición de la vida, o en la búsqueda de sus elementos primordiales. Así, todos los esfuerzos se fundamentaron en descubrir las claves comunes y elementales de los seres vivos, lo que suponía descender a los niveles más simples de la química orgánica. En cualquier caso, los científicos creyeron hallar una explicación viable de la vida en nuestro planeta a partir de una hipótesis que luego pudo reproducirse de alguna manera en el contexto de un laboratorio químico. Otra cosa sería afirmar que esta investigación fuese capaz de dar todas las respuestas o que éstas resultaran satisfactorias.

Principalmente, lo que los expertos buscaron fue el conjunto idóneo de condiciones para que se desarrollara la vida, una vez formado el planeta, hace miles de millones de años. De este modo, experimentaron o simularon las condiciones en las cuales se pudiesen desarrollar las moléculas elementales basadas en el carbono que luego darían paso a las formas de vida más simples. Estas experiencias ya se remontan a finales del siglo XIX, con pruebas de descargas eléctricas sobre mezclas de CO2 y H2O, para tratar de simular la atmósfera primitiva terrestre, pero no fue hasta mediados del siglo XX en que dichos experimentos dieron su fruto, sobre todo con el trabajo de Stanley Miller, que demostró que la combinación de varios elementos básicos (agua, metano, amoníaco e hidrógeno) sometidos a fuertes descargas eléctricas daba como resultado la formación de aminoácidos como aglicina, alanina, ácido aspártico y ácido aminobutírico, todos ellos necesarios para que las células puedan sintetizar sus proteínas. En definitiva, este experimento ofrecía una explicación plausible para la abiogénesis, esto es, el origen de la vida producida de manera espontánea a partir de una serie de reacciones químicas, y de hecho actualmente la casi totalidad de la comunidad científica avala esta teoría[1].

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Aspecto del ADN

Sin embargo, el gran avance en la comprensión de la vida y de sus componentes más básicos tuvo lugar aproximadamente en la misma época, y vino de la mano de Francis Crick y James Watson, que descubrieron el ácido desoxirribonucleico, más conocido como ADN. Este ácido, que tiene la apariencia de dos espirales o hélices enroscadas con una serie de conectores entre ambas[2], se ubica en el núcleo de los cromosomas de los seres vivos y es el responsable de la transmisión de la información genética, o sea, el que realmente define todas nuestras características como organismo diferenciado. Hoy en día los estudios sobre el genoma humano han podido mapear alrededor de un 5% de nuestro ADN, mientras que el resto –considerado como ADN chatarra o basura– sigue sin ser entendido por la ciencia académica.

Y ya que hablamos de ADN e información, es oportuno comentar ahora el interesante trabajo del escritor y editor de temas científicos Tom Bunzel, que el pasado año publicó un audaz libro titulado If DNA is software, who wrote the code? (“Si el ADN es software, ¿quién escribió el código?”)

El punto de partida de Bunzel es la descripción que han hecho algunos científicos del modo en que funciona el ADN. Así, un organismo podría ser interpretado como una aplicación informática que lee y ejecuta unas instrucciones determinadas contenidas en el código ADN. Por ejemplo, una manzana cae del árbol en un momento concreto como resultado de haber recibido una cierta cantidad de energía del sol; esto es, se ha ejecutado un código predeterminado.

Y esta programación o código del ADN viene definida por la combinación de cuatro proteínas (adenina, citosina, guanina y timina), que suelen representarse simbólicamente por sus iniciales: A, C, G y T. Lo que ocurre es que cuando vemos el código combinado de estos elementos, nos recuerda mucho al código informático HTML, el que se emplea para desarrollar páginas web. Para Bunzel, la analogía es más que evidente: los seres vivos están constituidos por enormes cadenas de códigos de software, pero con el pequeño detalle de que el ADN contiene más de cien trillones de veces de información que nuestros más modernos mecanismos tecnológicos de almacenamiento. Y desde esta posición, Tom Bunzel se pregunta: si detrás de los complejos programas informáticos hay obviamente una inteligencia, entonces ¿quién hay detrás del ADN, si también es información codificada? Además, si aceptamos que la vida está “codificada” por el ADN, en cierto modo esto supone que la propia vida es inteligente, mucho antes de que los humanos existieran.

Bunzel plantea a continuación una duda: ¿Es creíble la generación espontánea (por azar) de la vida? ¿Cómo es que ciertas moléculas químicas se convierten en seres vivos? En su opinión, la ciencia genética, pese a todos sus avances no ha podido sintetizar la energía de la vida; lo que se hace realmente es manipular y modificar el ADN con una especie de “edición” o “corta y pega”.

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El libro de Tom Bunzel

De aquí se deriva la siguiente reflexión: nadie seriamente puede pensar que un programa de software nace “por accidente”. Detrás de los programas debe existir un programador humano; sin él no hay programas, ni los programas pueden mejorar o evolucionar. Si trasladamos este concepto al ADN, se llega a la conclusión de que la secuenciación del ADN de una cierta manera supone la transmisión de un significado, y para Bunzel la única fuente para interpretar el significado, o su creación, es la mente. Por ello afirma que, pese a desconocer los orígenes del ADN, podemos estar seguros de que es fruto de una suprema inteligencia, intencional y activa, lo cual conecta de algún modo con la famosa analogía del astrónomo Fred Hoyle sobre la imposibilidad de que la vida surgiese accidentalmente[3]. A su vez, esta idea se puede relacionar con el llamado diseño inteligente[4], propugnado por científicos como Michael Behe, que considera que las casualidades o las mutaciones fortuitas no pueden explicar la enorme complejidad y diversidad de la vida sobre nuestro planeta. Behe se basa en el principio de la complejidad irreductible, que postula que la complicada e intrincada organización de determinados sistemas bioquímicos no puede haberse formado por una combinatoria de elementos al azar, pues una sola pieza mal puesta haría caer todo el sistema[5].

En suma, todos nuestros sistemas y funciones, nuestra realidad biológica completa, sería el resultado de la ejecución de un sofisticadísimo y complejo software, detrás del cual existe una inteligencia que tiene miles de millones de años. Pero las consecuencias de esta visión todavía van más lejos. Para Bunzel, si al fin reconocemos que el ADN es un software universal, estaremos poniendo en entredicho un postulado fundamental de nuestra actual ciencia: la objetividad. En efecto, la ciencia considera que estamos separados de la naturaleza, a la cual observamos “desde fuera”, pero el hecho evidente es que formamos parte de ella y que nuestra comprensión del mundo está limitada por nuestra biología y nuestros instrumentos técnicos. Sin embargo, nuestra íntima concepción de la vida está ligada a nuestra experiencia consciente (de la cual no tenemos duda), que supone reconocer la presencia de un componente inteligente o mental en nuestra existencia.

Con todo, el problema persiste: no sabemos qué o quién hay detrás del ADN. Como hemos comentado al principio, los antiguos recurrieron a un dios o dioses creadores porque no tenían un conocimiento científico de la naturaleza. En este punto, según Bunzel, si evitamos mencionar la figura de Dios, no quedan más que dos caminos para tratar de descubrir al hacedor del ADN. Por un lado, los proponentes de los antiguos astronautas han sugerido la existencia de una inteligencia extraterrestre que creó el código de la vida y que modificó nuestro ADN con un incierto propósito. Por otro lado, está la visión inspirada en la física cuántica que sugiere que la inteligencia no es la excepción sino la base o la regla (lo que en términos informáticos se denomina default).

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¿Es la conciencia la que codifica la realidad?

Esta última propuesta defiende pues que la vida es inteligente a priori, o que es la expresión de una inteligencia enorme e infinita, lo cual suele causar cierto malestar entre los círculos científicos ortodoxos que tienden a alejar la conciencia del debate científico. Esto es así porque el planteamiento de la conciencia como explicación última de nuestro origen y razón de ser resulta bastante incómodo para el actual paradigma materialista, pero es el que podría abrir una vía de conocimiento para responder a la pregunta inicial formulada por Tom Bunzel: “Si el ADN es software, ¿quién escribió el código?”

Finalmente, yendo un paso más allá, entraríamos en el terreno de cuestionar la propia naturaleza de nuestra realidad. ¿Estamos, como se sugería en la película de culto Matrix, viviendo en una enorme y compleja simulación? ¿Es nuestro universo un mundo virtual informático en que todo, seres orgánicos e inorgánicos, estamos constituidos por simples códigos de información que leemos e interpretamos para crear una realidad tangible? Esto ya no es ciencia-ficción; varios científicos han defendido seriamente la naturaleza holográfica de nuestra realidad física cotidiana, lo cual ha abierto las puertas a una concepción del Universo que sustituye en su fundamento la materia por la Conciencia.

© Xavier Bartlett 2017


[1] También existe una corriente minoritaria que sugiere que la vida pudo llegar del espacio (la exogénesis), a partir de moléculas orgánicas portadas por cometas, meteoritos o asteroides.

[2] Es de destacar que esta forma o simbología es muy antigua, ya que la vemos desde la antigua Mesopotamia hasta la Grecia clásica, donde tomó el aspecto de dos serpientes enroscadas alrededor de un bastón, esto es, el caduceo, clásico emblema de la Medicina.

[3] Hoyle afirmó que la posibilidad de que el ADN hubiese surgido del azar era equiparable a la posibilidad de que un tornado fuese capaz de montar un Jumbo 747 al atravesar un depósito de chatarra. (Por cierto, la visión de Hoyle es desestimada mayoritariamente por la comunidad académica.)

[4] Esta teoría, basada en la existencia de una fuerza inteligente creadora, también ha sufrido el rechazo frontal del estamento académico por considerarla como otra forma de creacionismo, aunque esté maquillada con un barniz teórico o metodológico científico

[5] Incluso Francis Crick reconocía que las posibilidades de selección por azar de una determinada secuencia de aminoácido eran bajísimas: una entre 1 seguido de 260 ceros.

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3 thoughts on “Buscando al programador primigenio

  1. Que manía con la informática y con reducir nuestro mundo a eso.

    “los antiguos recurrieron a un dios o dioses creadores porque no tenían un conocimiento científico de la naturaleza.”
    Los “antiguos” tenían muchos más conocimientos reales del mundo que habitamos, (si no lo llamo científico es porque no necesitaban adaptar sus conocimientos a un método). No recurrieron a un dios, llamaban dios a la fuerza primigenia creadora, de la cual conocían bastante por simple tradición. La hélice de ADN por ejemplo ha sido descrita en varias culturas con miles de años, aunque de forma solo comprensible para unos pocos (iniciados), se puede encontrar en el caduceo de Mercurio, entre otros.

    Tampoco la idea de un mundo holográfico es original, ya que todas las escuelas esotéricas definen este mundo como una ilusión, pero material, por supuesto, ¡Es que la materia es la ilusión, y eso es lo que los materialistas no comprenden!

    Y algo más sobre el ADN, un grano de arroz tiene el triple de información en el suyo que los humanos, así, que va a ser que no es ese el “código de la vida”

    Un saludo.

    1. Gracias Piedra

      Bueno, comparto bastante de lo que dices, y sólo te puntualizo algunos detalles:

      – La comparación con la informática no implica que no haya conciencia o “algo más”, si has leído bien el artículo. Lo que hace Bunzel es proponer que el universo (o la vida) puede ser “significado” o información, y que funciona mediante una codificación equivalente a lo que llamamos software.
      – Cuando me refería a un conocimiento científico por parte de los antiguos, me refería a la ciencia “convencional”, no a la ciencia espiritual o metafísica (o llámala si quieres intuitiva)
      – En efecto, lo del caduceo ya lo cito en la nota al pie 2, era un conocimiento sagrado para muchas antiguas culturas.

      Un saludo,
      X.

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